El trauma nacionalista

domingo, 29 de septiembre de 2013
MÉXICO, D.F. (Proceso).- La escena ocurrió en el departamento de Octavio Paz, durante la visita oficial de Jimmy Carter, en febrero de 1979. México vivía el delirio petrolero y López Portillo atravesaba el cenit de su presidencia imperial. Llegó eufórico y lenguaraz. “Vino hacia mí Carter –nos contó, reproduciendo con su puño y su quijada desafiante la epopeya que narraba– y en el momento en que le apreté la mano me dije: ‘¡a éste ya me lo chingué!’”. Se burlaba del “pobre” Carter, que mientras “pedía perdón” a los mexicanos en el Congreso sufría la “venganza de Moctezuma”. ¡Qué perdón ni qué ocho cuartos! Ahora, con la nueva e inagotable riqueza petrolera, “administrando la abundancia”, México vengaría la afrenta de 1847 (que él, como descendiente de una vieja familia criolla, vivía con un resentimiento contemporáneo). Sirvieron las copas y propuso un brindis: “¡por la Reconquista!”. Conocemos el desenlace: el país se precipitó en una terrible crisis económica. El gobierno “se chingó’” a sí mismo y a los mexicanos. Los sueños de reconquista quedaron en vanas quimeras. La historia de ese desastre está en el libro de Gabriel Zaid: La economía presidencial, que recoge sus ensayos de la época, incluido uno de lectura obligada: “El presidente apostador”. Había, en efecto, algo de gallero jalisciense en su afán de jugarse todas las divisas del país en el palenque petrolero, y perderlas. Y como “Jalisco nunca pierde, y si pierde arrebata”, al llegar la del estribo no discurrió otra cosa que repetir el libreto nacionalista de 1938 y “nacionalizó” los bancos… nacionales. El nacionalismo ha sido una de las ideologías más poderosas y devastadoras desde el siglo XIX. En pocos países goza de la buena prensa que tiene en México. George Orwell –que detestaba el nacionalismo aún en la inocua variante del futbol– hizo la distinción entre patriotismo y nacionalismo: “Por patriotismo entiendo una devoción a un lugar particular o a una determinada forma de vida… El nacionalismo, en cambio, es inseparable de la voluntad de poder”. El nacionalista podía ser ofensivo o defensivo pero siempre ve “la vida en términos de victorias, derrotas, triunfos y humillaciones…” Quien alimenta o padece esa visión exaltada y obsesiva de la historia –concluía Orwell– termina por desarrollar una “indiferencia a la realidad”. Es verdad que en el caso mexicano el nacionalismo tiene raíces profundas: la infame invasión de 1847 y la actitud, durante y después de la Revolución, de las compañías petroleras (amparadas por sus gobiernos), que se habían convertido en verdaderos “estados dentro del Estado”. Con ese bagaje a cuestas, es natural que la expropiación de 1938 se haya vivido no sólo como una reivindicación económica sino como un resarcimiento de los agravios, una afirmación de dignidad mediante la cual se superaría el complejo de inferioridad que, apenas cuatro años antes, Samuel Ramos había identificado (en su libro El perfil del hombre y la cultura en México) como un componente central de nuestra cultura. Por desgracia, el complejo no se superó. El sistema político priista alentó (en ceremonias, discursos, libros de texto) la persistencia de un nacionalismo defensivo y cerrado que se manifestó nuevamente en el revanchismo autolesivo de López Portillo. Y la misma actitud aparece ahora –en su variante defensiva– entre quienes siguen viendo el mundo de hoy (con sus realidades comerciales, con la emergencia de China y la India) como un campo bélico en el que nuestro único papel es resguardarnos del embate enemigo. Sólo una mentalidad así puede sostener que Pemex es “nuestro último motivo de orgullo”... Fragmento del análisis que se publica en la edición 1926 de la revista Proceso, ya en circulación.

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