Y en el Zócalo, ganó el diablo

viernes, 11 de junio de 2010

Primer tiempo

A las ocho de la mañana los trolebuses se llenan de secretarias que huelen a perfume. Llegan taconeando a las oficinas de gobierno. Atraviesan una de las bocas del Metro donde un vago dormita. Los transeúntes (y los vagabundos) no se inmutan con los gritos de los huelguistas: O-le, ole-ole-ole, ES-ME, ES-ME.

La Plaza de la Constitución está repleta de personas que no tienen prisa. Buscan un lugar entre las vallas que con pintura rojinegra gritan: “No queremos Mundial, queremos comer”. “México no es la Selección, la revolución es ahora, muera Calderón”. “El Mundial es una cortina de humo”.

El campamento del SME circunda una de las esquinas de la Plaza. Con los ojos enrojecidos un hombre despierta con los primeros rayos solares. Junto a él descansa un sombrero con la etiqueta: “No queremos goles, queremos frijoles”. Otros se cepillan los dientes con la boca apuntando el enjuague hacia la coladera, como cada mañana desde hace más de 40 días.

Laura lleva prisa. Va tarde al trabajo mientras vitorea a los bafana bafana.

—Es una payasada, como en el imperio romano, pan y circo para todos. Tenemos una bola de hampones en el gobierno. Hay mucha violencia. Crisis. Hacienda oculta a quien le devuelve créditos. El gobierno tiene una postura blandengue…

—Yo voy a trabajar, no vengo a ver el partido—dice Laura, mientras atraviesa una valla de policías federales que custodian Palacio Nacional. Ella es guía en un museo, y también es guía de su propio pensamiento.

Al mismo tiempo que Laura se aleja, Jacob Zuma profetizaba en la pantalla: “El tiempo para África ha llegado”. Absortos, los asistentes en el Zócalo se quitan el sombrero cuando en el estadio Soccer City se canta el himno nacional. Cada que la cámara enfocaba a Calderón se escuchaban en la lejanía los gritos: “Fuera Calderón- Fuera Calderón”.

—Está el himno compadre, descúbrete la cabeza— murmullan mientras estiran su puño luchador. Ellos entonan el himno. Felipe Calderón también…

—Cada que aparezca el pelele nos volteamos, le damos la espalda— dice un simpatizante del SME.

—¡Borracho y culero!— se escucha entre la multitud. —¡Asesino!— le gritan mientras estrecha su mano con los jugadores de la selección mexicana.

El respiradero del Metro ondula las banderas al mismo tiempo que la gente elogia a un primerísimo plano del balón en la pantalla. Asumen esa posición del televidente: espalda encorvada, la mirada aguzada en la pantalla. El labio superior se aprieta con el inferior y la cara entera se frunce en medio de las cejas.

Otros cubren su nariz con las palmas de las manos. Bufan. Pasan sus manos a la cintura. Bufan. Se llevan las manos a la cabeza y echan su cabello para atrás. Bufan. Pasan sus manos a la cintura. Se indignan. Lanzan manotazos como queriendo detener el balón que pasa por encima del travesaño. Y no tocan el balón.

Con el rumor del estadio en la Plaza, todos juntos se convierten en una pelusa de algodón verde y negra que cantan y gritan cu-leee-ro cuando a Salcido le marcan una falta o cuando a Carlos Vela le anularon su gol, o cuando Aguirre masculla groserías en los exclusivos ángulos Televisa.

—Ora si que uno pone y ellos disponen, están pa’ golear— le dice un padre a su hijo.

—Es que tienen que meter los cambios…

Medio tiempo

—Quiero ver el futbol, yo vivo en el Zócalo— grita un vagabundo. Su mirada era tan desviada como los tiros de Giovani al ángulo de la portería.

Él dice que es el hijo del presidente de todos los magistrados mientras lo sacan cargando, violentamente, de sus extremidades. Algunos uniformados desquitan su coraje y le patean las costillas.

—Si hijo, pero la Corte esta del otro lado— le dice uno de los policías.

Ya de pie y frente a Palacio Nacional le piden que se retire.

—Dame un cigarro o no me muevo—amenaza.

Los policías permanecen atónitos mientras el vagabundo les avienta una andanada de reclamos. Un judicial saca de su pantalón de lino un cigarro y un encendedor.

—Préndemelo— ordena con violencia mientras lo arrinconan contra una ambulancia.

—Si me vas a matar, mátame, me vale verga—les dice iracundo.

—Me voy a venir a cates contra todos—grita mientras se repliega.

—Mira hijo, mejor tranquilízate— le dice Téllez, uno de los siete policías que lo sacó del FIFA Fan Fest.

—Toy tranquilo, estoy fumando— lo dice postrado en una banqueta.

—¿Sabes quién juega hoy?— le cuestiona otro policía.

—Juega México y Sudáfrica— dice con una bocanada de humo.

—¿Y quién va a ganar hijo?

—Yo le voy al diablo.

—Ah chinga.

—Yo soy el culero que los espanta en el cuarto con sus esposas…

Él, es uno de los 2 mil 759 indigentes que pululan en el Distrito Federal, su cuello está rodeado por un mecate con una cruz de madera. En la frente tiene unas cinco puntadas con el hilo de fuera. En el estómago le cicatriza una herida. En cada pómulo lleva pintado una cruz tricolor ad hoc. con el festejo.

Su cabello es cenizo como el carbón frío. Chamuscado como el infierno. De su boca salen hilos de humo mientras lo suben a una patrulla.

José Luis lo ve a la lejanía, dice que mucho activo ya lo tiene mal. Él es otro vagabundo, por las noches, duerme cerca de la entrada del Hilton, en avenida Juárez, en el día deambula por la Plaza. Según él, hace dos meses su mamá lo corrió de su casa por alcohólico. Tomaba mucho y se partió la espinilla en el filo de una banqueta, desde donde observa el trajín mundialista.

—Acá (en el Zócalo) no se juega mucho futbol— cuenta.

—Quién sabe que trama el gobierno— especula mientras corre por un banderín que una señora tiró sin darse cuenta…

Segundo tiempo

Durante dos horas, la Plaza permanece atiborrada de gente callada. La mayoría sólo gesticula cuando hay una jugada peligrosa o cuando Aguirre aparece en un close-up del tamaño de un portón de Catedral.

Minuto 54. El rostro hinchado de la desesperanza. Albañiles y hombres de traje. Fue un doble contragolpe. Uno al arco. Otro al orgullo. Siphiwe Tshabalala y sus compañeros bafana bafana movían las caderas en una coreografía triunfal.

Algunos intentan que la Selección despierte de su sueño como una chicharra, pero no lo logran. Los reporteros y las cámaras aguzan su enfoque en los boquiabiertos, que son como peces en un estanque que en vez de piedras tiene en el fondo balones promocionales Sony.

Minuto 78. Un hombre con cuerpo de chile jalapeño agita dos banderas. Caldea el ánimo con el gol de Rafael Márquez que rozó las costillas del elástico portero sudafricano.

Algunos vienen cubiertos con sombreros. Pintados tricolor. Otros con pelucas recortándose contra el cielo blanco. Vienen con bandas en la frente como una fórmula que dispara el optimismo y hace la piel chinita.

Minuto 90. Más de cincuenta refrigeradores rebozan con refrescos de Coca-Cola. Las marcas mundialistas atiborran la Plaza de la Constitución. Anuncian futbol en tercera dimensión. Venden un deporte colectivo, pero solitario, como el balón, que rueda de patada en patada, pero al final de partido siempre se queda abandonado…

Tiempo extra

En los comercios de Madero los vendedores hablan con una experticia futbolera:

—Pinches güeyes, en el primer tiempo lo tenían todo.

—Si hubieran puesto al Guille en la portería.

—Pinche Giovanni que regrese con Belinda a ver si mete gol.

—Si el Cuauhtémoc hubiera deja la mochila en el vestidor, hubiera corrido más rápido.

—Ni modo, se empató, pero vamos a calificar, venga tricolor…

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