La espuma y el pan francés

viernes, 18 de junio de 2010

MÉXICO, D.F., 18 de junio (apro).- —Me llamo Jonathan. Pero me dicen El Borra porque soy bien pinche borracho y disturbador. Y un toque de mota de vez en cuando por qué no, culero. Si el Cuauh es un dios. Igual al que le quemaron sus patitas. Ira, si ya fueron 100 años de power y justicia. México es grande.

Jonathan es un personaje tenso, lleno de desesperanza. Los ojos turbios. En el centro de su pecho lleva un tatuaje: Orgullosamente mexicano. Es un buscapleitos. El mundial es un antídoto contra su desesperanza. Bebe mezcal con refresco al pie del Ángel. Mienta madres. Su mirada es amenazadora. Una de sus mejillas está salpicada con sangre.

—Soy americanista de coraza, a güevo. De no ser por el Cuauh la selección jugó dos tres. Pero ps el paro fue el penalti. A güevo que llegan a la final. No te digo, si Cuauh es el número uno de México— dice con juicios elípticos y nimios acerca de la selección mexicana.

En su brazo izquierdo lleva tatuado un retrato de Zapata. Encima del sombrero hay una docena de rostros anónimos. Un payaso. Una mujer. Una hoja de marihuana. Encima del corazón las letras: TQM Esther. En el brazo derecho un charro enclenque, desproporcionado. Un retrato de sí mismo.  

—Los pinches francesitos ya ni juegan, si no nos hubieran ganado— asegura con el desconcierto de un arbitro cuando marca fuera de lugar. Vive en Ecatepec, en la periferia del Distrito Federal. Se gana la vida como tablajero. Todas las mañanas atraviesa cerdos con la precisión de un delantero frente a una portería vacía…

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Los aficionados dan vueltas al Ángel como una marabunta que inflama los tímpanos y bebe todo lo que ponen enfrente. El ambiente, como si fuese un centrifugado, comienza a ponerse violento. ¡Viva México cabrones! La glorieta no está nunca completamente inmóvil. Vibra con los gritos: ¡Jenry, chinga tu madre! / En dónde están / en dónde están / los francesitos que nos iban a ganar…

Algunos vienen cubiertos con sombreros. Pintados tricolor. Otros con pelucas recortándose contra el cielo plomizo. Vienen con bandas en la frente como una fórmula que dispara el optimismo y hace la piel chinita.

Un hombre con papada cimbreante y sombrero de charro agita con furia una bandera del tamaño de una sábana. Junto a él, un vendedor utiliza pestañas de aluminio multicolor. Comercia con bigotes tan anchos y espesos como los de las estatuas en la glorieta del Ángel. Su cara rayoneada con gis tricolor: Goool.

En la tangente, un trío de jóvenes con pelucas entintadas bailan como apaches alrededor de un six de cervezas. La batucada hace sincopes con las frases: “Les di-mos en la madre”, “Los hi-ci-mos san-güich, los hi-ci-mos san-güich”.

Un joven a rape bufa su motocicleta al ritmo de sí-se-pudo. Los decibeles son tan altos como una copa mundialista de periódico y carrizo forrada con aluminio dorado. Pasea por Reforma en brazos de una turba presa del entusiasmo ficticio. Agustín Franco tardó una semana en hacerlo. Lo llevó en sus hombros desde el mercado de San Cosme hasta el Ángel. “Vamos a llegar con Argentina. Ya después no”, asegura un aficionado contrariado.

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El Enmascarado del Misterio tiene 66 años. Trabaja de mensajero. Utiliza una máscara de luchador con una lengua tan larga como la de Kiss. —Yo soy rockero y le saco la lengua a Francia— asienta.

Se autodenomina “un mexicano hasta las cachas”. De su cuello cuelga un rosario de madera y un montón de piedras picudas. Carga un morral rayado y un guaje como cantimplora. El Enmascarado es un fetiche zacapoaxtla. La gente se fotografía con él. Rechoncho y vestido con una jerga rayada, el hombre siempre tiene un juicio sobre el partido.

—Se peleó con garra e ímpetu. Ganarle a una potencia es histórico. La selección nos dio esa alegría después de muchos años. Y mira que he sido testigo de más de 14 copas mundiales. Todo es posible. Y más con el Vasco (Aguirre). Hasta le ganamos a Italia— monologa con la experticia de un comentarista televisivo.

—(La victoria) sirve de bálsamo. Estamos ya adentro— expresa con la frialdad en la que un jugador camina a los vestidores mientras se aleja bajo la bruma del estribillo nacionalista: Mé-xi-co / Mé-xi-co.

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En una suerte de ritual, la lubricidad de la espuma congrega a cientos alrededor del Ángel de la Independencia. Es como de esa espuma que te acaricia por obligación y te deja manchada la ropa.

En Paseo de la Reforma todo sirve para hacer ruido: las campanas de la basura. Las varillas pelonas en los edificios en construcción. La pista infinita de los tamales oaxaqueños. Matracas y chifladores y trompetas dejan un surco aullante en dirección a Insurgentes.

—Trompeta, tambor, vuvuzela... Trompeta, tambor, vuvuzela... Hoy Francia es nuestra mujerzuela.

Los automovilistas recorren las calles agitando banderas tricolores por las ventanas abiertas. En las banquetas la religiosidad se impone: playeras con un Cuauhtémoc alado en un nicho. “San Cuauh talentoso de jugadas divinas, llevamos al mundial con una cuauhtemiña”, reza la prenda. 

Un plano sucinto de la ciudad da las indicaciones para orientarse: México es un país con 62 por ciento de aficionados al futbol, según Mitofsky. Para que la selección pase a octavos de final tiene al menos que empatar con Uruguay. Si pierde y Francia golea a Sudáfrica…

 

A la mañana siguiente el diario francés L’equipe señalará a sus seleccionados: “Les imposteurs”. “A menos de que ocurra un milagro, el mundial para Francia, se terminó”, consignará.

Los otros diarios franceses no serán menos benevolentes: “Ont bu la Tequila jusqu'à la lie” (Rue89.com), “Nettoyage aztèque” (Liberation), “Pathétiques” (Le Parisien). Los diarios en México se contagiarán de lugares comunes: “Oui, México ganó”.

Del otro lado de la calle, un niño-corneta sopla la muletilla victoriosa: tu-tu-tututu. Un viperino ruido se cuela entre las botellas de cerveza. También se venden fotos con una replica manoseada y descarapelada de un trofeo mundialista. Algunos se agolpan frente a las cámaras de televisión. Quieren beber tequila desde la botella en cadena nacional.

Frente a la Bolsa de Valores un cuarteto de jóvenes baila cumbias y dan cátedra futbolera: "Pelé es el rey, Maradona es Dios, pero Cuau es el papá de los dos". Son comentarios apasionados y febriles. Son aseveraciones que son parte de una trama en la que el tiempo se detiene. Como los balones que le rozan la melena a los leones en el Ángel.

En avenida Reforma los hilos de algodón rosa se atoran en los postes. Una bandera de México se utiliza como trampolín. Un grupo de aficionados alados comentan —Ya no hicimos sangüich, hicimos pan francés…

Son arlequines que se contorsionan con los brazos al aire. Aúllan. Gritan. Son huéspedes de un festejo que no es suyo. Cantan una canción cuyo estribillo se desploma en una fiesta colectiva. Un gran escenario. Un espectáculo pasajero. Como la espuma. Como su entusiasmo ficticio.

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