Italia ¡fuera!

jueves, 24 de junio de 2010

JOHANNESBURGO, 24 de junio (apro).- El último campeón del mundo, Italia, murió en Sudáfrica a manos de Eslovaquia, un joven país en las faldas de los Cárpatos que en su primer viaje al máximo evento del futbol clasificó a los octavos de final.

La defensa azzurra, hace cuatro años compuesta por pretorianos que no dejaban al enemigo pisar sus tierras ni con la mitad del zapato, toleró hoy tres goles. Con Buffon lesionado en la banca, Cannavaro en calidad de cachorro y Totti, Del Piero y Toni en algún lugar de Italia, la escuadra de Marcelo Lippi se quedó en la primera ronda del Mundial por primera vez desde 1974.

La fuerza de los eslovacos se sintió desde los primeros minutos de juego cuando otro expretoriano, Genaro Gatusso, le clavó los tachones en la pierna izquierda a Zdenko Strba. El mediocampista tuvo que abandonar el terreno para ser atendido con una herida de unos cinco centímetros.

En la banca el entrenador Vladimir Weiss, ya había parado a Kamil Kopunek y hasta en la pizarra electrónica ya estaba anunciado el cambio. Pero Straba desde la otra orilla del campo, le hacía señas con las manos a Weiss. Brincaba para que lo viera y le pedía el acceso al árbitro. El entrenador vio la cara de ganas y de tristeza de su muchacho, como diciéndole no me saques,  y mandó a Kopunek de regreso.

Al 25, Eslovaquia dejó helados a todos. Robert Vittek le clavó el primero a Italia del lado derecho de Federico Marchetti. Los fanáticos italianos enmudecieron.

Las gradas eran mayoritariamente azules, del tono de los ojos de Lippi, combinadas del rojo de los que algún día fueron comunistas y hoy el capitalismo les permite llegar hasta la punta del mundo. Entremezclados los aficionados, a ratos no se sabía quién lamentaba los yerros al ataque de Italia y quién los aplaudía. 

“No Del Piero. No party”. Sin Del Piero no hay fiesta, rezaba una manta. Tal vez Lippi lo pensaba.

Gianluigi Buffon, fuera del Mundial por una lesión en la espalda, sufrió lo indecible. En el medio tiempo ni siquiera fue al vestidor, se quedó en el campo ayudando a calentar a los sustitutos. Por momentos se detenía a conversar con el preparador físico. Manoteaba un poco, señalaba al campo en los puntos donde las jugadas pudieron ser goles. Luego, las manos adentro de los bolsillos; se acordaba de otra buena y apuntaba con el dedo hacia allá. Movía la cabeza de un lado a otro.

Para la segunda mitad Gatusso salió del juego. Sin el trío de goleadores que hace cuatro años hicieron a Italia campeón, Marcelo Lippi le apostó todo a Fabio Quagliarella, el 18 en el dorsal. Los azzurra intentaron de todo, que si un pase de Pepe que Iaquinta cabecea afuera, que si Zambrotta por un costado no alcanzó a meterla, que si Di Natale dispara desviado.

Entonces Andrea Pirlo, uno de los artífices de que Italia llegara a Sudáfrica con la Copa FIFA en sus vitrinas, empezó a calentar. La tribuna, desde hacía varios minutos muerta, se alegró. Unos a otros se avisan: “Es Pirlo, es Pirlo”. Y ya sólo eso se escuchó con la nostalgia de hace cuatro años: “¡Pirlo!, ¡Pirlo!, ¡Pirlo!”. Italia en plena resurrección.

Antonio Di Natale ahora con el 10 que perteneció a Francesco Totti en la espalda, no podía emular al que todo le ha entregado a la Roma y a la squadra azzurra. Llegadas, medias vueltas, disparos, pero nada. En la banca, Buffon noventa minutos de pie, apretaba las manos hasta enrojecerlas, luego las soltaba.

La cara de Lippi lo decía todo: desesperación, tristeza.  Hasta que Quagliarella disparó sólido, el portero Jan Mucha completamente afuera y el balón viajando como tren bala hacia dentro de la red, pero en plena línea, en la pierna del zaguero del Liverpool, Martin Skretl, se estrelló el Jabulani.

Los once de azul atacaban sin cesar, encima, encima, todo el tiempo encima, por un costado, por el otro.

Pero entonces, gol de Eslovaquia al 73. Un pase de Marek Hamsik, sí, el mediocampista del Nápoles de Italia, para Vittek que puso el 2-0.

En las gradas al borde del llanto, en la banca Lippi igual. Iaquinta las manos al rostro sudado. Los ojos azules de Cannavaro a punto de salirse. Dolía el dolor de los fanáticos italianos. Una pareja de ancianitos que comenzaron eufóricos, ya estaban con los codos en las piernas y las manos en la quijada. Tremendos pucheros. Tanta tristeza.

Minuto 80, Fabio entra por derecha, pared con Iaquinta por el centro, sirve hacia la izquierda para Di Natale, disparo cruzado y gol. Una descarga de electroshocks al corazón del equipo. Quagliarella corrió al fondo de la portería por la pelota, el arquero Mucha no se la dio. Se empujaron, se pegaron. Mucha, enterrado en el fondo de la red del lado izquierdo. Fabio tirado, pataleaba porque Juraj Kucka lo había jaloneado. Simone Pepe llegó al rescate y le dio por atrás a Skrtel. Pirlo se llevó de la camiseta a Pepe y lo regañó por rijoso.

“I-ta-lia, I-ta-lia”, gritaba la grada.

Cambio de Eslovaquia: Sale el herido Strba, entra, ahora sí , Kamil Kopunek. Parecía de rutina. Tres minutos de tiempo regular. Clavado en el alma el 2-1, insoportable para algunos, comenzaron a abandonar el estadio. Bajaban las escaleras con la cabeza gacha, el orgullo herido y los rostros verde, blanco y rojo desteñidos por las lágrimas. Buffon abrazado a Gatusso. 

Toda la banca de Italia de pie, jugadores y hasta utileros daban instrucciones que pónganse aquí, que tu por allá, tu baja acá. Mimos con la cara limpia.

En una jugada de saque de banda por la derecha, el recién ingresado Kopunek se adelantó a la defensa italiana. Disparó de derecha y marcó el tercero con el que Eslovaquia, en su primer Mundial, clasificó a los octavos de final.

Un integrante del cuerpo técnico eslovaco, cabello completamente blanco y espíritu aventurero, corrió hacia la derecha para hacer escarnio frente la banca de Italia. Varios dedos sobre de él y caras volteadas hacia el cuarto árbitro.

Los que se fueron ya no vieron el segundo gol de Italia al minuto 90 más dos de compensación. Golazo de Quagliarella que la metió en el ángulo superior derecho. Los jugadores desconcertados en el campo, mientras Buffon los arengaba. ¡Vayan al centro del campo!”, les decía con los brazos y a gritos. Como si las moronas de segundos alcanzaran para algo.

Todavía Pepe en el último suspiro alcanzó a tirar. Parecía gol. La banca de Italia salió corriendo, luego frenaron en seco. Las manos a la cabeza, a la cara, al cielo y el silbatazo final.

Simone Pepe se derrumbó en el centro de la cancha. Primero de rodillas. Después acostado como esperando que la tierra lo sepultara. Quagliarella de pie, con espasmos de llanto, inconsolable, abrazado al capitán Cannavaro.

Los eslovacos corrían despavoridos por todo el campo. Le dieron la vuelta para agradecer a los aficionados. De pronto todos corrieron hacia una esquina y se deslizaron panza debajo de felicidad. El técnico Vladimir Weiss con la derecha en alto saludaba a todos, con la izquierda se enjugaba las lágrimas que la emoción le sacaba.

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