Los esclavos del balón

viernes, 6 de agosto de 2010

El Mundial en Sudáfrica inevitablemente descorrió la cortina sobre los varios lados oscuros del futbol en ese continente. Uno de ellos es el mercado negro de menores de edad que sueñan con jugar en Europa y que son reclutados por promotores que les ofrecen un futuro lleno de fama y lujos y que, tan pronto hacen su negocio, los olvidan y dejan al garete en un país extraño, sin dinero y lejos de sus familias.

 

PARÍS, 6 de agosto (Proceso).- Todo empezó en una calle de Abiyán, en Costa de Marfil. Un día, Yves Stéphane, un joven de 16 años, jugaba futbol con sus amigos cuando se le acercó un francés de unos 30 años quien dijo llamarse Philippe. “Se presentó como ‘agente deportivo’ y me dijo: ‘Juegas bien. Si quieres puedes hacer pruebas de acceso a un club francés’”, recuerda Yves. A cambio, el francés le pidió mil 500 euros.

Yves no se sorprendió. Sus amigos ya habían recibido ofertas similares. Él mismo había sido contactado tres veces en la calle por supuestos agentes, la mayoría de ellos europeos. Hasta entonces había rechazado la propuesta. Esta vez dijo que sí. Consiguió un boleto de avión a París así como los papeles necesarios para viajar.

La familia de Yves y su entrenador del club de Abiyán juntaron el dinero. Y el 26 de agosto de 2009 el joven marfileño se embarcó en un vuelo de Air France. Llegó al aeropuerto Charles de Gaulle con su “agente”, que le había conseguido un pasaporte francés falso.

Al llegar a un hotel en las afueras de París, Philippe le dijo a Yves que lo esperara hasta el día siguiente para hacer pruebas en algún club de futbol. Luego se fue. Nunca volvió.

Hoy, por ser menor de edad, Yves Stéphane recibe la ayuda de los servicios sociales franceses. Después de una infancia que califica de “solitaria”, Yves echa una mirada optimista a su vida: “Por lo menos me vine aquí. He recorrido la mitad del camino. Todavía no entiendo por qué me dejó así el agente. Quizás tuvo un problema o quizás me quiso estafar”, dice en entrevista con Proceso.

Su historia es igual a la de centenas de jóvenes de quienes abusan intermediarios sin escrúpulos que abundan en las calles polvorientas de los barrios populares de las capitales del África subsahariana. Sólo en lo que concierne a la región de París, la asociación de defensa de los menores de edad África Foot Solidaire ha registrado mil 200 casos de adolescentes africanos estafados por supuestos agentes desde 2001.

Por seguir el sueño de ser un Didier Drogba –atacante marfileño del Chelsea– o un Seydou Keita –mediocampista malinés del Barça–, centenas de jugadores son abandonados a su suerte después de una prueba no satisfactoria.

 

Tráfico de piernas

En Italia, un informe del Senado reveló también la amplitud del fenómeno: en 1999 más de 5 mil jóvenes menores de 16 años, oriundos de países no europeos, formaban parte de los clubes de futbol aficionados, muchas veces sin contrato laboral. El tráfico de jóvenes jugadores es la otra cara de la moneda de la globalización del balompié.

En 1995 la Corte Europea de Justicia suprimió las restricciones sobre la cuota mínima de jugadores extranjeros en los clubes. Desde entonces los equipos y los agentes pueden comprar a los talentos extranjeros, especular sobre sus actuaciones y venderlos con una jugosa plusvalía. El resultado: 80% de los jugadores de las selecciones nacionales africanas en el Mundial 2006 jugaban en las ligas europeas, según las cifras de Raffaele Poli, académico suizo especializado en las migraciones en el futbol. Hasta tal punto, que en la liga británica el número de jugadores “expatriados” (oriundos de todos los continentes) pasó de 15.8% en 1995 a 59.2% en 2009.

Además, los éxitos de algunos grandes atacantes africanos o sudamericanos en Europa contribuyen a fortalecer la popularidad del futbol en los países pobres. En 2009 el camerunés del Barcelona Samuel Eto’o fue contratado por el Inter de Milán que, desde entonces, le paga 11 millones de euros al año. 

¿Cómo países como Brasil, Argentina, Uruguay, Nigeria, Camerún y Costa de Marfil han llegado a convertirse en exportadores de jugadores profesionales?

“Hay pasiones, talentos y muchos jóvenes –por la explosión demográfica– que consideran el futbol como un medio de ascenso social”, observa Poli. Sin embargo, precisa que “esto se ha vuelto desmesurado porque se obtiene mucho menos de lo que uno cree”.

Fue exactamente lo que le pasó a Assitan Samaké. Esta malinesa de 22 años fue contratada a los 16 cuando ya jugaba en el club femenil Super Lionnes, en Bamako. Para ella “llegar a Europa significaba ganar automáticamente mucho dinero, como los muchachos”.

Assitan llegó a la ciudad de Saint-Etienne, en el sur de Francia, junto con otras cinco jugadoras malinesas. Un intermediario concluyó un contrato entre el club de Bamako y el AS Saint Etienne, un pequeño club aficionado. 

Entre 2003 y 2007 la calidad de juego de las seis malinesas permitió al club colocarse entre los mejores del futbol femenil aficionado. Pero Assitan y sus compañeras, lejos de cosechar cualquier honor, fueron sometidas a una situación de semiesclavitud.

“El presidente del club nos daba entre 50 y 250 euros al mes para comer. No teníamos ni para vestirnos. ¡Algunas veces íbamos al entrenamiento hambrientas!”, recuerda Assitan. 

Y cuando se le ocurrió la idea de volver al país, continúa su relato, lo descartó casi de inmediato: la pobreza de su familia y la “vergüenza” de regresar con las manos vacías la retuvieron en Francia.

Assitan cuenta a Proceso que sobrevivió gracias a la solidaridad de otros jugadores profesionales y de algunos voluntarios en el club de futbol. En la ciudad nadie se preocupaba de la suerte de estas cinco africanas que vivían en un departamento de dos cuartos. Cada año las autoridades francesas renovaban la visa de Assitan con facilidad. La situación duró hasta 2007, cuando se restringieron las condiciones migratorias con la llegada al poder del gobierno de Nicolas Sarkozy.

Entonces la prefectura exigió un contrato laboral que el club ni siquiera podía otorgar legalmente. Preocupado por una eventual sanción de las autoridades, el presidente del club “despidió” a las seis jugadoras, que quedaron desamparadas.

A raíz de esto, Assitan Samaké llegó a París ayudada por la Red Educación Sin Fronteras (RESF). Esta ONG francesa de apoyo a los migrantes indocumentados orienta a la joven malinesa, ahora de 22 años de edad. Su objetivo es salir de su situación de simple “visitante”, tal y como lo plantean sus papeles. Assitan, quien ahora está embarazada, quiere una visa más permisiva para estudiar.

Así, aun cuando algunos jugadores consigan pasar pruebas en un club, son despedidos por lesionarse o simplemente por una actuación no satisfactoria. 

 

Neocolonialismo

Las autoridades políticas y deportivas no pudieron mostrarse indiferentes frente al impacto de este turbio negocio marcado por la ilegalidad, los abusos y las extorsiones que padecen los jugadores de los países pobres.

El presidente de la FIFA, Joseph Blatter, calificó el negocio de jugadores en 2003 como “saqueo económico y social de las naciones en vías de desarrollo” y comparó el fenómeno al “colonialismo”, pero no antendió el problema de fondo.

Y es que la geografía de los intercambios económicos del futbol revela los vínculos históricos entre los continentes. Mientras Francia elige a la mayoría de sus jugadores en África, los clubes de España e Italia hacen sus “compras” en tres países de Sudamérica: Brasil, Argentina y Uruguay. En Alemania, los jugadores expatriados vienen mayormente del resto de Europa.

Para frenar los excesos de este gran mercado, en 2001 la FIFA prohibió oficialmente el fichaje de menores de 18 años. Sin embargo, en virtud de la libre circulación de los trabajadores en la Unión Europea, se autoriza la compra de los jugadores a partir de los 16 años si los padres cambian de país por razones “externas al futbol” o si el jugador vive cerca de la frontera de la nación en la que juega.

En los hechos, estas dos excepciones se han convertido en pretextos para evitar dicha prohibición. Las medidas de la FIFA no han impedido la trata de menores. 

“La prohibición de los fichajes de menores fue contraproducente”, observa Wladimir Andreff, economista francés de La Sorbona. Según él, ésta regla favoreció el “mercado negro” de los jugadores. Y es que este negocio le conviene a muchos: a los clubes europeos, a los agentes que hacen un negocio jugoso y a la ínfima proporción de afortunados que logran entrar a un club prestigioso. Los países en desarrollo también se benefician de esta situación: naciones como Argelia convocan a los talentosos jugadores expatriados cuando se acercan los campeonatos mundiales. Pero las grandes perdedoras de este mercado son las ligas africanas, despojadas de sus mejores elementos que podrían dar una calidad mayor a los juegos.

Contactada por Proceso, la FIFA dice “tomar muy seriamente en cuenta la protección de los menores”. A través de un programa llamado Win in Africa with Africa (Ganar en África con África) iniciado en 2006, la institución pretende desarrollar las infraestructuras locales.

La primera Copa Mundial en el continente africano puso en evidencia la falta de medios en el futbol. Mientras la FIFA calcula un beneficio entre 750 y mil 100 millones de dólares gracias al Mundial, el organismo internacional afirma haber destinado 70 millones de dólares para construir canchas, profesionalizar el juego y brindar equipamiento básico. El objetivo era construir por lo menos una cancha de calidad en cada uno de los 52 países africanos miembros de la FIFA.

Raffaele Poli subraya también que las reglas no bastan para poner fin a los abusos. “La verdadera solución es desarrollar el futbol en los países africanos, cambiar a los dirigentes de las federaciones y educar a los jóvenes para que no se lancen a Europa”.

Andreff es aun más ambicioso. Desde hace varios años, aboga por un impuesto mundial sobre el fichaje de los menores de edad provenientes de países pobres. Así, el fruto de esta “tasa Tobin” (la que grava el flujo de capital) del futbol podría financiar las infraestructuras de educación en África y evitar la diáspora de las estrellas del futbol, como ocurre con los médicos, ingenieros y otros “cerebros” del Tercer Mundo.

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