Tokio 2020

Él es Crisanto Grajales, el triatleta que nació con los tenis puestos

Entrenar, comer y dormir es la fórmula que ha llevado al éxito deportivo. La pondrá a prueba la tarde de este domingo en horario de la Ciudad de México al participar en el individual varonil de Tokio 2020.
domingo, 25 de julio de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Crisanto Grajales era un niño de 10 años cuando su papá ya lo entrenaba como si fuera adulto. Al pequeño le encantaba correr. Las lágrimas se le escurrían del cansancio. No lo dejaba parar. Le exigía que diera más. Y quienes atestiguaban la escena se comían al hombre con la mirada. Movían la cabeza en señal de desaprobación: ¿cómo un padre puede maltratar así a su hijo?

El señor Grajales sabía lo que hacía. Él, y su esposa, corredores amateurs, tenían la disciplina del entrenamiento y la competencia. ¿Qué otra cosa iba a ser Crisanto si nació con los tenis puestos?

“Mi primer triatlón fue a los ocho años en Xalapa. Mis padres sabían cómo llevarme poco a poco, no con muchas cargas. Entrenar era entretenido aunque a veces iba llorando mientras corría y la gente decía: ‘qué malo es ese señor’. Pero estoy agradecido porque me inculcaron el deporte, sembraron una semilla que comenzó como juego y ahora es mi trabajo. Me decían que ellos no estaban haciendo un gasto sino una inversión”, cuenta el deportista.

En 1999, cuando Crisanto cumplió 11 años, el entrenador Eugenio Chimal, un triatleta de élite, se hizo cargo de su preparación. El niño admiraba a Chimal. Quería que su ídolo lo formara. Nació con cualidades natas para correr. El ciclismo se le dio con facilidad. Pero la natación ha sido su punto débil. Grajales aprendió a nadar hasta los diez años, una edad avanzada para los triatletas.

Chimal lo tomó en sus manos y los resultados en la Olimpiada Nacional comenzaron a llegar. En su primera participación terminó en el lugar 13. Grajales tenía solo 14 años. Después pensó en que solo quería ganar oro. En su segunda Olimpiada lo obtuvo. Se volvió adicto al triunfo.

Por televisión veía al español Ivan Raña, al doble medallista olímpico Bevan Docherty de Nueva Zelanda, al británico Tim Don, y soñaba con competir con ellos. Sus resultados en las primeras competencias internacionales lo animaron a hacer del triatlón su vida. Tenía solo 16 años.

La fórmula que ha llevado al éxito deportivo a Crisanto Grajales es entrenar, comer y dormir. Sus sesiones de entrenamiento son unas palizas. Su preparación rumbo a Juegos Olímpicos comenzó fuera de México. Estuvo cinco meses a nivel del mar. Después se concentró durante cinco semanas en Huamantla, Tlaxcala, a 2 mil 750 metros de altitud. Las dos primeras fueron de adpatación a la altura y las otras tres de estímulos para no perder velocidad ni potencia.

“Entrenamos todo el día. Tenemos sesiones de ciclismo cinco veces a la semana, de carrera nueve y de natación de seis a ocho. Lo más importante es la recuperación. Entrena, desayuna y duerme. Entrena, come y duerme. Intentamos que duerma de ocho a 10 horas y que no madrugue. Eso ayuda a que no se lesione y asimile el trabajo. Pasar del nivel del mar a la altura crea un efecto positivo y mejora su rendimiento porque aumentan sus glóbulos rojos y la hemoglobina”, explica el entrenador.

Cuando concluyó el entrenamiento en la altura, Grajales se trasladó a Galicia, España, para unirse al campamento del multicampeón mundial Javier Gómez Noya. Y de ahí se marchó a Rio de Janeiro donde este jueves 18 de agosto competirá. Crisanto Grajales no tiene el somatotipo de un triatleta. Mide 1.66 metros y pesa 58 kilos. Según Eugenio Chimal, esto no lo pone en desventaja.

El entrenador reconoce que el segmento de la prueba que más trabajo le cuesta es la natación. No haber aprendido a nadar a temprana edad es la razón. La natación es la prueba con la que inicia el triatlón. Lo atletas deben nadar 1500 metros. Después 40 kilómetros en bicicleta y cierran con una carrera de 10 kilómetros.

-¿Qué indican tus marcas? ¿Es posible que puedas aspirar a una medalla?

-Dicen que puedo hacer un gran papel. Sé hasta dónde podemos llegar. Las medallas olímpicas se construyen día a día, no son de echarle ganas ni de suerte. No hay casualidades. A lo mejor hay un porcentaje mínimo con la suerte, pero se construye en el trabajo. Nada es gratis. Y yo he trabajado durísimo.

“Hay días en que me levanto a entrenar en calidad de zombi. No sé ni que día es. Pero esos son los entrenamientos clave, son los que marcan la diferencia. Cuando era sub 23 a veces me pregunta por qué me esforzaba tanto por qué hacía tantos sacrificios . No tenía muy claros mis objetivos. Ahora que ya tengo metas claras sé que mi deporte es duro, que nada va a ser fácil pero que si me esfuerzo voy a tener mi recompensa.

-¿Qué pasa cuando tienes malos resultados? Cuando a pesar del esfuerzo no llega la recompensa.

-En competencias que no tengo buenos resultados soy lo más positivo posible. De esas cuando no te salen las cosas y el golpe es duro aprendes más. No pasa nada. Nos sentamos mi entrenador y yo, analizamos qué hicimos antes. A veces no es la competencia en sí, sino el entreamiento. Por ejemplo, dormí menos, si nos pasamos entrenando, qué comí, si descansé de más. Son detalles que ajustamos para reducir el margen de error. Y también debo decir que soy humano, que sí me canso y que no soy un roboto. Hago esto porque me gusta, pero he aprendido hasta qué punto puedo con más cargas y hasta donde debo bajarle.

-¿Has sufrido tu deporte?

-Sí, y me he cuestionado todo el esfuerzo que hago, las dietas, el dolor de hacer esto. Cualquier atleta de alto rendimiento de cualquier deporte llegamos a pasar por un estado así. Me pasó. Lo admito. Cuando estaba en juvenil entrenaba muchísimo, iba a los mundiales y quedaba arriba de los lugares 30 y 40. Me daba cuenta de la realidad, del nivel que hay en el mundo. Ahí me cuestionaba si yo lo hacía bien, si el triatlón era lo mío. Si estaba en el deporte correcto.

“Ahora que soy más grande sé que la clave está en no tirar la toalla, en luchar, seguir y no darme por vencido. Es muy fácil decir que no, darme por vencido y no ir a entrenar. El verdadero reto es levantarme, salir a competir y si pierdo decir: ‘hoy no es el día, pero mañana sí’”.

-¿Por qué la brecha entre tu rendimiento y el de los rivales era tanta? ¿Influía tu talla o era cuestión de acumular kilómetros?

-Sí, faltaba madurez. Sabía que la natación es clave y es lo que más me cuesta. Mi entrenador me decía que tenía que abrir duro en las competencias, salir en buen lugar de esa prueba y defender mi lugar. A mí me daba temor abrir rápido y cansarme y que después ya no pudiera correr rápido. Se me iban los grupos. Se perdía todo. Al final, lo entendí. Maduré. Un día salí a competir y no me importó nada. Abrí rápido, salí en el grupo de punta y tuve un buen resultado mundial.

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