El informe Chilcot

miércoles, 20 de julio de 2016
MADRID (apro).— El informe Chilcot sobre la intervención militar en Irak en 2003, dado a conocer el pasado 6 de julio en Londres, no solo confirmó lo incontrovertible sobre los errores que rodearon la decisión del Reino Unido de involucrarse en la acción militar, sino que sus conclusiones son aplastantes en contra del primer ministro de la época, Tony Blair, y su gobierno. El informe británico documenta el papel protagónico que tuvo el entonces presidente español José María Aznar, uno de los mandatarios protagonistas --junto con el estadunidense George W. Bush y Blair-- de la cumbre de las Azores, donde se lanzó el ultimátum previo a la invasión militar. Se sabe que la investigación de siete años confirmó que “las circunstancias en las que se decidió que existía una base legal para la acción militar del Reino Unido en Irak, no eran aceptables”. Además, se acusa a Blair y a la inteligencia británica de manipular información sensible para justificar la invasión que terminó con el derrocamiento de Sadam Hussein, que se basó en la “duda razonable” de que Irak producía armas químicas y biológicas. El informe es contundente al afirmar que “no se agotaron las alternativas pacíficas” en el momento en que Reino Unido se sumó a la guerra de Irak y advierte que aún quedaban “vías diplomáticas por explorarse” antes de la acción militar. También señala que Blair fue advertido de que la invasión podía desencadenar una mayor actividad terrorista de Al Qaeda, entonces con una importante presencia en Irak. De esto se puede desprender que si los tres socios en la aventura --Bush, Blair y Aznar-- compartían información, debían haber conocido dicha advertencia, que España pagó muy caro con los atentados del 11-M (2004) en los trenes de cercanías de Madrid y Reino Unido con los atentados del 7-J (2005) en el transporte público de Londres. En octubre de 2015, en una entrevista con CNN, Blair pidió perdón por los “errores de la guerra de Irak”, sumándose así al de Bush, que en su autobiografía aceptó su actuación. Durante la entrevista, quizá la pregunta más oportuna que se le hizo a Blair, para entender las actuales consecuencias con la expansión del Estado Islámico como una amenaza para Medio Oriente y Europa, se la hizo el analista de la cadena de televisión Fareed Zakaria: ¿Fue la guerra de Irak la principal causa del ascenso del Estado Islámico? Blair aceptó a medias: “Pienso que hay elementos de verdad en esa conclusión… No se puede decir que quienes derrocamos a Sadam en 2003 no tengamos responsabilidad por la situación en el 2015”. La investigación de siete años que encabezó John Chilcot se conoce ahora, justo en medio de la escalada de terror del Estado Islámico en contra de países islámicos y de Occidente, como hoy se ve en Francia, Bélgica, Alemania, Turquía y otros países. Por eso, la reacción en España fue incluso hiriente al conocerse las conclusiones de esta investigación. El ministro de Defensa de la época y actual embajador de España en el Reino Unido, Federico Trillo dijo en una entrevista de radio que “España no estuvo en guerra. No envió combatientes a Irak. Deliberadamente y parlamentariamente, decidió lo contrario. Enviamos un paquete de ayuda humanitaria”. Arriesgada declaración cuando el conflicto dejó 11 militares españoles y siete agentes del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) muertos. Además de que las acciones bélicas provocaron la muerte de los periodistas Julio Anguita Parrado de El Mundo y de José Couso, camarógrafo de Telecinco. Trillo –premiado con la embajada tras su intervención en los sótanos del sistema para dinamitar la investigación por corrupción política que el juez Baltasar Garzón inició en el llamado caso Gürtel— incluso aseguró que “ni ocultamos ni manipulamos información sobre las armas de destrucción masiva en Irak”. Hasta hoy, Aznar no ha reconocido que fue un error implicar a España en esa guerra ni ha pedido perdón por su decisión. La mentira de Aznar El día que se conoce el informe Chilcot, la televisión española rescató de su videoteca una ilustrativa entrevista, en febrero de 2003, en la que Aznar, con su arrogancia característica mira fijamente a la cámara, y dice: “Puede usted estar seguro y pueden estar seguras todas las personas que nos ven, de que les estoy diciendo la verdad: el régimen iraquí tiene armas de destrucción masiva, tiene vínculos con grupos terroristas y ha demostrado a lo largo de la historia que es una amenaza para todos”. En febrero de 2007, durante una conferencia en Madrid, el expresidente español reconoció por primera vez que no había armas de destrucción masiva en Irak, pero se defendía. “Todo el mundo pensaba que en Irak había armas de destrucción masiva y no había armas de destrucción masiva. Eso lo sabe todo el mundo y yo también lo sé… ahora. Tengo el problema de no haber sido tan listo de haberlo sabido antes”, dijo. La deliberada mentira de Aznar no para ahí. De acuerdo con una carta que envió al actual ministro de Exteriores español, José Manuel García-Margallo --citada por El País, el 2 de noviembre de 2015--, el exmandatario justifica la guerra en Irak, con el argumento de que “en términos de influencia y de apoyo internacional a nuestros objetivos, España salió ganando. Y no solo España”. Se escuda en que él solo hizo “lo que la mayoría de los países europeos”, aunque su “visibilidad era mayor porque ocupaba un puesto no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU”. Vuelve a mentir cuando argumenta que “ningún soldado español estuvo en Irak ni un solo día sin la cobertura de Naciones Unidas”, pese a que la resolución de la ONU que les atribuye a estas potencias extranjeras la condición de ocupantes, se produjo cuando el ejército español ya estaba en el terreno. También defiende que apoyó la invasión “por convicción atlantista, porque convenía estratégicamente a España y por un elemento de reciprocidad política: no se puede pedir ayuda a un amigo (Bush) y luego, cuando ese amigo te la reclama, negársela”. Aparte de las multitudinarias manifestaciones que recorrieron las principales ciudades españolas en rechazo a la participación de España en la guerra en Irak, se constituyó la plataforma “Juicio a Aznar”, que en abril de 2009 se querelló contra Aznar y sus ministros Trillo (Defensa) y Ana Palacio (Exteriores), por la declaración de guerra al margen de la constitución; por la muerte y devastación originada por la decisión de invadir Irak, y por las 192 muertes y los dos mil heridos que provocaron los atentados del 11-M, en Madrid. Pero la iniciativa no tuvo éxito. En 2009, la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo (TS) archivó la querella interpuesta por la plataforma, como ya había hecho con otras tantas denuncias presentadas desde 2004, argumentando que para que sea incoado un procedimiento penal por un delito relacionado con la declaración de guerra, es necesario que este sea planteado por iniciativa de una cuarta parte de los miembros del Congreso y con la aprobación de la mayoría absoluta del mismo. Evidencias Pero al margen de la protección institucional para Aznar, el informe Chilcot arroja nuevas evidencias sobre el papel del exmandatario español, que es mencionado en 24 ocasiones. De él dice que se reunió con Blair los días 27 y 28 de febrero de 2003 para discutir la invasión de Irak. En el encuentro acordaron una estrategia de comunicación para dar la impresión de que “estaban haciendo todo lo posible para evitar la guerra”, esto para salvar las críticas de la opinión pública en sus respectivos países. No solo Blair se comprometió con Bush a estar a su lado en la invasión, también lo hizo Aznar, según lo afirmó a los investigadores el asesor de política exterior de Blair, David Manning. Explica que, España acudiría con Estados Unidos en esa decisión, en caso de que Reino Unido no apoyara a Bush. “Supongo que los españoles habrían seguido. No sé, pero Aznar estaba absolutamente convencido y estaba claramente muy, muy, muy a favor de continuar con ello”, dijo en las entrevistas que forman parte del informe. En otro pasaje, el informe sostiene que mientras Blair insistió en la necesidad de sacar adelante una segunda resolución de Naciones Unidas que aprobase la intervención en Irak, Aznar se mostró contrario si no se tenía garantizado el éxito de dicha votación. El embajador británico en Washington en la época, Christopher Meyer, dijo a la comisión Chilcot que Aznar presionó a Estados Unidos para que la invasión se realizase en el plazo previsto inicialmente. Con todos estos nuevos elementos sobre el papel de Aznar en la guerra de Irak, no serán suficientes las mayorías parlamentarias o los estamentos político y judicial que le mantengan el blindaje, el tema seguirá siendo materia pendiente en la agenda de España. Aún hay muchos españoles indignados por la mentira y la deslealtad de Aznar y esperan, cuando menos, un juicio moral en su contra.

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