Hablemos de videos

lunes, 24 de agosto de 2020

"A los hombres grandes no se les toca; si se les toca, es preciso acabar con ellos.”

(Maquiavelo, Istorie fiorentine, libro IV, XXX).

“Amor con amor se paga”, dice la canción. Tuvieron que pasar algunos años –16 para ser exactos– para que, finalmente, Andrés Manuel López Obrador tuviera oportunidad de devolver el favor que debía a los panistas. Video con video se paga. Tardoncito, pero buena paga. También pagó intereses. De los que se confabularon en su contra para exhibir los videos en los que aparece René Bejarano recibiendo dólares, estuvo en la cárcel Carlos Ahumada, ahora en el exilio; están en ella el amor de su vida: Rosario Robles y el abogado Juan Collado. Está en deuda con Carlos Salinas de Gortari y con Diego Fernández de Cevallos. Los panistas, cuando estaban en el poder, ofendieron a Andrés Manuel López Obrador. Lo hicieron de palabra, también llegaron a vías de hecho. Pretendieron meterlo a la cárcel y acabar con él. Encarcelaron, con saña, a gente cercana a él. Fueron perversos; les faltó malicia. Como “gente bien” tuvieron escrúpulos. Se les olvidó el consejo latino: fueron moderados en la perversión. Esa debilidad los perdió. En la persecución de que fue objeto López Obrador hubo de todo, tanto sucio como puerco. No hubo panista que se opusiera. A pesar de sus años y experiencia, Juan de Dios Castro se dejó embaucar. En la Cámara de Diputados, cuando se discutía lo relativo al desafuero, pronunció un discurso sin pies ni cabeza. Nadie entendió lo que quiso decir. Marta Sahagún fue la responsable de haber acelerado a Vicente Fox, su pobre marido; ella, a base de insistir, logró el desafuero de AMLO. No pudo llevarlo a la cárcel. Yo fui uno de los que intervinieron, en 2004, en las negociaciones para arreglar ese problema. Recuerdo claramente que un subsecretario reconoció que no había elementos para recurrir a esa medida extrema y de encausarlo penalmente. Al insistirle en que, si las cosas estaban de esa manera, por qué no se daba fin al procedimiento, su respuesta fue: “Mire maestro, en dos ocasiones el presidente Vicente Fox le pidió al procurador general de la República que procediera penalmente contra López Obrador; éste le contestó que no había elementos para hacerlo; en la tercera ocasión, estando Marta Sahagún presente, el presidente no pidió, ordenó que lo hiciera.” No digo más y hay más. En ese entonces Fox, para hundir a AMLO y meterlo a la cárcel, contó con el asesoramiento del presidente de la Suprema Corte de Justicia, el que tenía en sus manos la controversia constitucional que yo había elaborado en defensa de López Obrador. No lo estoy inventando, lo dice un testigo presencial de la maniobra y del acto ilegal (Rubén Aguilar V. y Jorge G. Castañeda, La diferencia, p. 283). Fox y su facción recularon. No lo hicieron por buena gente. Supieron la que se les venía. Habría ardido México. Había gente decidida a todo. No estoy inventando. El presidente López Obrador lo sabe. En su momento me lo comentó. Recuerdo claramente lo que me dijo: –¿Es cierto lo que me dijo Santiago (Creel)? –¿Qué te dijo Santiago? –le pregunté. –Que si me meten a la cárcel arde México. –Así es –le respondí. Terminó el diálogo diciéndome: “de esta gente quiero”. En 2004 los priistas y panistas hicieron escarnio de AMLO; era válido hacerlo. Había que pararlo y, si era posible, acabar con él. Ellos establecieron las reglas del juego: usar la procuraduría y la justicia con fines partidistas. Ahora no pueden cambiarlas y exigir moderación, imparcialidad, objetividad y discreción. El que se lleva, se aguanta. Ahora los panistas no tienen cara para exigir que la justicia no se use con fines partidistas. Mal harían AMLO y Morena si actuaran como los panistas les están pidiendo. Es el momento de acabar con esa derecha convenenciera, acomodaticia y corrupta. El pensamiento conservador, muy respetable como ideología, ahora está en otro lugar menos en el PAN. Este partido no tiene remedio. Los pocos idealistas, los auténticos seguidores del pensamiento de don Manuel Gómez Morin, de mis queridos maestros don Manuel Herrera y Lasso y don Rafael Preciado Hernández y de muchos otros sinceros y honrados luchadores sociales, ya no está en ese partido, en esa camarilla de vividores que usufructúa la franquicia, en los restos de lo que quedó. Se les acabó la patente de corso. Aquellos, con valor y entereza, se enfrentaron al sistema cuando era delito ser oposición. Dos subordinados, como lo fueron Guillermo Gutiérrez y Rafael Caraveo, no se quedaron con el dinero que recibieron. Si el ahora gobernador de Querétaro, Francisco Domínguez, y Jorge Luis Lavalle no supieron de los enjuagues en que andaban sus empleados, dice mucho de su irresponsabilidad. https://www.youtube.com/watch?v=XMInpJNhftg&feature=emb_title Si lo supieron y no lo denunciaron, se convirtieron en sus cómplices; si recibieron el dinero y lo distribuyeron entre algunos de los miembros de la bancada del PAN, son dos muertos políticos, aparte de una que otra responsabilidad penal que pudiera fincárseles. Habrá que esperar que tanto Guillermo Gutiérrez como Rafael Caraveo se acojan al beneficio de oportunidad y de colaborador protegido; es de esperarse que lo hagan con tal de no pisar la cárcel y, de esa manera, obtener el beneficio de pasar lista de presente vía internet. Esperemos que suelten la sopa, que digan, con pelos y señales, quién les entregó el dinero, a título de qué lo recibieron; a dónde fue a parar, es decir a quién se lo entregaron. Es obvio que no pidieron recibo contra la entrega. Hicieron bien muchos panistas que, hastiados de tanta corrupción y componendas en su partido, lo abandonaron. Pobre de Ricardo Anaya, tan modosito y buen muchacho que se veía. Todo apunta a que también saldrá raspado. Aquí se acabó su promisoria carrera, para la que se preparó tanto. Hasta inglés y francés habla. Termino con otra frase de Maquiavelo “…no se debe ofender a un príncipe y luego fiarse de él”. Algunos panistas esperan que no los raspen mucho; otros desean que López Obrador tenga piedad de ellos. Los más realistas ya se hicieron a la idea de que aquí acabó todo para ellos y para su partido. Este ensayo forma parte del número 2286 de la edición impresa de Proceso, publicado el 23 de agosto de 2020 y cuya versión digitalizada puedes adquirir aquí

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