Alicia Leal: Todo puede cambiar

MÉXICO, D.F. (Proceso Especial 35).- Antes de los 30 años Alicia Leal vivía en su país de las maravillas. Estudiaba pedagogía en el Centro Cultural Universitario de Monterrey pero se casó y truncó su carrera. Durante 12 años procreó tres hijas, se dedicó al hogar y al cabo de ese lapso se divorció. A su reconquistada soltería se sumaron sus ganas de concluir su carrera universitaria; corrían los ochenta. Para titularse realizó su servicio social en un lugar cercano a su casa pero que no estaba relacionado con la pedagogía. Era el Centro de Atención a Víctimas de Delitos en Monterrey, donde un hecho le cambió la vida y la vocación. Cuando recuerda la experiencia se le nublan los ojos, aunque no cede al llanto: “Una tarde salí del centro de atención y vi a una mujer que había sido severamente golpeada por su esposo. No era la primera vez que esto sucedía, pero estaba aterrorizada. Lo que más me impactó fue la mirada de pánico que tenían los niños. “Regresé a mi casa con ganas de haberle dicho ‘vente para acá, escóndete en mi casa o en algún otro lado’. Pero también sabía que como ella había muchas y que si hacía eso, iban a acabar todas en mi casa. Me quedé con una sensación espantosa en el alma.” En esa época la violencia intrafamiliar no se consideraba un delito, pero era tema de todos los días. En 1995 Alicia acudió a un Congreso de Salud Pública en Washington, Estados Unidos, con la entonces directora del centro para ayudarla como traductora. Ahí se enteró de la existencia de los refugios para mujeres maltratadas, pues los temas centrales del evento eran la violencia contra las mujeres y el VIH-sida. “Cuando comienzan a preguntar dónde están esos refugios en México, nadie sabía, y empiezo a conocer gente que trabajaba en refugios de mujeres en India, Estados Unidos, Canadá, Finlandia… Dije: ‘Por Dios ¿cómo que en México no hay?’. Supimos que se había abierto uno en el Estado de México, pero lo cerraron por problemas de seguridad y falta de recursos. “Había otro en Aguascalientes pero no era modelo interdisciplinario. Supimos que en materia de políticas públicas no existía nada sobre el tema. Recuerdo que entonces me pregunté qué haría si estuviera en los zapatos de esa mujer y mis hijas fueran esas criaturas. Me movió muchísimo. Decidí que eso no podía seguir así, algo se tenía que hacer y se ha hecho”, comenta a la reportera. Contra la inercia Leal confiesa que hizo su servicio social en el Centro de Atención a Víctimas de Delitos “por floja” y porque iba a dedicarse a un programa en el área de educación para prevención de la violencia intrafamiliar. Sin embargo en el trabajo diario vio a mujeres, niñas y niños que no tenían opción real para defenderse de las agresiones de sus esposos, de sus padres. También constató que los abogados no tenían respuesta jurídica ante ese problema. “En esa época —dice— conocí a Ana, una mujer que llegó al centro después de varios intentos de suicidio y la opción era enviarla al psiquiátrico. Después de escuchar su historia pensé que cualquier persona normal en su situación querría suicidarse.” Ella era víctima de violencia física, sexual, psicológica, económica, patrimonial y social. No encontraba salida porque sus allegados le decían: “Agarra tu cruz y síguelo”. Incluso sus familiares le recomendaban: “Búscale el modo, mi’jita, porque así salió y los hombres son así”. Para Alicia esta situación era inconcebible, indignante, y se preguntaba cómo hacían estas mujeres para seguir adelante, para sacar fuerzas cuando piden ayudan y se les cierran todas las puertas. En 1996 fundó Alternativas Pacíficas en Monterrey, el primer refugio para mujeres, niñas y niños maltratados que se instaló en México. Gracias a su activismo y determinación se logró que la violencia intrafamiliar fuera considerada delito en Nuevo León. También se estableció la Norma Oficial Mexicana NOM-190. Prestación de servicios de salud. Criterios para la atención médica de la violencia familiar. La idea que motivó a Leal surgió de su trabajo de tesis para la universidad que trató sobre la violencia intrafamiliar contra las mujeres y falta de atención a las víctimas. Con la asesoría de la organización texana Women Together, Alicia y sus colaboradores abrieron una casa que sirvió de oficina y albergue. El inmueble fue cedido en comodato por un abogado de la comunidad. “Este albergue fue el primero que se instaló en el país”, recalca orgullosa. Cuando comenzó su tarea, Leal se percató de que “había muchas mujeres que estaban pidiendo ayuda y había muy poca respuesta institucional. En primer lugar porque la violencia contra las mujeres no se consideraba delito; en segundo porque el fenómeno estaba muy arraigado y se le veía como algo natural, y en tercero porque no había interés político”, aclara. Aunque muchas personas le decían que sería imposible mantener un refugio y replicarlo a nivel nacional, no se desanimó. Cobró conciencia de cuál era su vocación y aprendió de mujeres sobrevivientes de la violencia que resultaron ser sus asesoras técnicas, maestras que la guiaron en la búsqueda de la justicia social para las víctimas. “Una de las compañeras de Texas, Eva Rangel, directora del Centro Women Together Mujeres Latinas, me dijo: ‘No sabes en lo que te estás metiendo’, y le respondí: ‘sí, vamos a hacer este refugio y lo que sea necesario para modificar las leyes y lograr un cambio’.” Después de 15 años de trabajo reconoce que al principio no se percató de que estaba inmiscuyéndose en un mundo complicado, una sociedad conservadora y patriarcal. Pese a todo abrió su primer refugio con cinco familias y en menos de un año su capacidad, así como la del centro externo, se vieron superadas por la demanda de la comunidad. Hoy en día existen más de 60 refugios de este tipo en todo el país. En 2008 Alternativas Pacíficas recibió el premio Emprendedor Social 2008 de la Fundación Schwab. Cultura del abuso Alicia cuenta que abrió el refugio para defender a las mujeres con la Constitución en la mano y el argumento de que todas las personas tienen derecho a la paz y la libertad. Siempre insistió, acota, en que un contrato de matrimonio no es un permiso para violar, golpear, esclavizar o torturar al cónyuge. “Al principio los jueces me veían raro porque no era abogada ni tenía estudios en leyes, sino en derechos humanos.” Asegura que su labor como defensora de mujeres maltratadas le ha acarreado “golpeteo mediático, difamación, golpes bajos y falta de apoyo comunitario” que la han hecho dudar en seguir con su labor social. “De pronto pienso: ¿para qué estoy haciendo esto? Y digo que ya no quiero seguir, pero alguna persona llega y me dice: ‘muchas gracias porque me abrieron esta puerta y logré transformar mi vida y mis hijos y mis hijas tienen otra oportunidad que nunca soñamos tener’. Esas palabras me bastan para agarrar un poco de aire y seguir con mi trabajo.” Alicia comenta que con frecuencia se pregunta por qué motivo se reproducen en nuestra sociedad estos sistemas de opresión y abuso de poder tan arraigados en la cultura mexicana: “Es estar constantemente cuestionándote qué he hecho y cómo he hecho mi vida, para luego revisar qué hice mal y cómo lo puedo hacer de otra manera. No es nada fácil porque, como dice Eduardo Galeano, ¿quién está a salvo de reproducir esta cultura? Nadie lo está”. Y agrega: “Como mujeres tampoco estamos exentas de reproducir la misoginia arraigada en esta cultura patriarcal, en donde las madrastras compiten con las hijastras. Blanca Nieves se debe defender de las brujas; la Cenicienta es linda siempre y cuando se mantenga en la cocina hablando con los ratones pero si se sale ya no, ya es mala onda”. Afirma que todas estas reflexiones las hace como una forma de catarsis, a solas, en su casa o cuando juega con sus nietos. También apunta que ha aprendido a defenderse, inclusive ante los jueces: “Recuerdo un juez que quería regresar a su casa a una mujer que había sido apuñalada. No le otorgaba la separación provisional porque decía que no tenía caso, pero nosotras la necesitábamos jurídicamente para que no la fueran a demandar, de manera injusta, por abandono de hogar.” Alicia le pidió al juez que firmara una carta de responsabilidad para pagar los gastos médicos o funerarios si alguien salía lastimado por tanta violencia intrafamiliar. Éste la apercibió porque no le gustó la manera en que le hablaba. “Le dije, discúlpeme pero no creo estarle faltando al respeto. No sé de qué otra manera hablarle, pero dice la ley que usted debe proteger a esta mujer para prevenir un delito que ya sabemos que va a pasar.” El juez le preguntó si era abogada y Leal respondió que no. El magistrado le aclaró que una señora no le diría cómo hacer las leyes. Amenazó con arrestarla por desacato. Entonces, la mujer maltratada pidió ser encarcelada junto con Alicia, quien a su vez pidió a sus compañeras que llamaran a los reporteros para denunciar el caso. Sólo así el juez aceptó darle “por excepción” la separación provisional a la mujer agredida. Aunque Alicia reconoce que ha cambiado la actitud de los jueces y hasta hay una Ley General de Acceso a las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, aprobada en 2007, todavía falta un largo camino por recorrer para evitar la violencia intrafamiliar. Promoción social El trabajo de Alicia la ha expuesto a la violencia. En una ocasión la encañonaron afuera de su casa e incluso ha recibido amenazas de muerte. “Mi mamá y la gente que me quiere me decía que tenían temor de que me pudiera ocurrir algo. Además, ver tanta tristeza, miedo, dolor, afectó mi salud. Tenía pesadillas, no podía dormir.” El gobierno de Monterrey le retiró los recursos económicos y la organización Alternativas Pacíficas sufrió una crisis institucional. Al mismo tiempo Leal fue víctima de difamación y corrieron muchos rumores en torno a su persona, todos ellos “muy desagradables”.- En 2005 renunció a la dirigencia nacional de Alternativas Pacíficas porque estaba agotada y desilusionada por no lograr todos los objetivos que se había propuesto. En 2006 conoció a Andreas Heinke, quien la invitó a formar parte de Ashoka, una red global de emprendedores sociales, cuyo lema es “Todos podemos cambiar al mundo”. Y de nueva cuenta cambió el rumbo de su vida. Leal no se considera una luchadora social. Tampoco le gusta el término “activista” porque estima que cualquier labor de tipo social es una actividad. Prefiere definirse como una emprendedora social, como la gente de Ashoka. Para ayudar a mujeres en situación de violencia creó en Nuevo León una empresa llamada Milagros de Amaranto, que produce galletas a base de amaranto, nuez y azúcar mascabado. Las utilidades se destinan a financiar el Centro de Refugio Alternativas Pacíficas y piensa reproducir el modelo en todo el país. Actualmente es una empresa social rentable. También fue seleccionada como dirigente de la Fundación Ashoka México, viaja a Los Ángeles para un taller de formación y capacitación, y concluye: “Yo soy de aquí”. Alicia resalta que en Ashoka trabajan personas como ella y dice: “Somos personas que no aceptamos un no como respuesta en el sentido de que no se puede. Ellos ven un problema y buscan la forma de solucionarlo con una ética clara, transparente”. A sus 51 años Leal afirma: “Ashoka fue como un viento fresco entre mis alas. Vino a restaurar en mí la esperanza. Este deseo y ganas de soñar y seguir trabajando por lo que parece imposible. Es algo muy gratificante. Para mí es un logro confirmar que me dediqué a mis hijas y seguí mi propio camino”.

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