Jeanne Mukamusoni: Curar los estigmas

KIGALI, RUANDA.– Hijos de la violación. Así tituló Jeanne Mukamusoni la tesis con la que obtuvo su título de licenciada en psicología. Escueto, sí, pero de contenido denso, sobre todo porque aborda en su investigación uno de los temas considerados tabú en Ruanda. “Después del genocidio fue difícil hablar de la violencia sexual. Era un tema intocable en nuestra sociedad. Y aunque finalmente empezamos a librarnos un poco –muy poco– de esa cohibición, aún pesa una espesa capa de silencio sobre los hijos de la violación. Es un prejuicio que causa daños inconmensurables”, sostiene Jeanne. Datos oficiales e investigaciones de asociaciones ruandesas indican que alrededor de 80% de las sobrevivientes del genocidio fueron víctimas de violaciones. Lo que se desconoce es cuántas de ellas quedaron embarazadas; tampoco se sabe cuántas abortaron o cuántas murieron de septicemia después de los abortos realizados en condiciones insalubres; menos se sabe aún cuántas fueron las que abandonaron a sus bebés. “No hay cifras ni datos al respecto. Sólo sabemos que existe un sufrimiento que descubrimos a finales de los años noventa y que nos agarró totalmente desprevenidos”, confiesa Jeanne. Sigue contando: “Un día atendí a un muchacho muy angustiado, su comportamiento era muy agresivo. Cité a su madre y tras una larga conversación con ella comprendí el problema: el muchacho pasaba por una profunda crisis de identidad. “Él quería saber quién era su padre, pero la madre no tenía el valor de decirle que había sido violada en varias ocasiones por los interahamwe (milicianos tutsis extremistas). Poco a poco me enteré de otros casos. Hablé con mis colegas y me dijeron que se encontraban en una situación similar.” –¿Qué hacer en estos casos? –se le pregunta. –Eso fue lo que nos preguntamos. Estábamos totalmente desarmados. No sabíamos qué aconsejar a las madres ni qué decir a los jóvenes. Nos asediaban todo tipo de interrogantes: ¿es conveniente revelar a un muchacho que es producto de una violación o que su padre es o fue un genocida? ¿Qué es mejor: mentirle o callarse? “El silencio de las madres violadas ponía al borde de la locura a los jóvenes. Varios de ellos incluso amenazaban con matarlas si no les hablaban de su origen; algunas muchachas caían en depresiones profundas. “Jeanne comenta que reflexionó sobre el problema con sus colegas durante semanas. Al final propuso realizar una amplia investigación sobre esos casos.” –¿Qué descubrió? –Entrevisté a muchas madres y a sus hijos y llegué a la conclusión de que se debe decir la verdad; explicar lo que pasó, pero con sumo cuidado. – ¿Puede ser más precisa? –La madre no sólo queda traumada por la violación; también debe cargar con el estigma, pues es despreciada por su familia, por sus vecinos y por la comunidad. Ningún hombre quiere casarse con ella. El hijo, por su parte, es rechazado, objeto de burlas, discriminado. El estudio evidenció la necesidad de atenderlos a ambos. Al principio, por separado, para juntarlos posteriormente en una misma sesión de terapia. –¿Usted a quién atiende primero? –Por lo general a la madre porque es la que viene a consulta y pide ayuda. Por lo general se siente rebasada por la situación, impotente o culpable. No sabe qué hacer con un hijo que le inspira sentimientos ambivalentes. La invito a revisitar su pasado y a soltar la violencia que sufrió, para iniciar así un proceso de desculpabilización hasta que se estabilice. Luego atiendo al hijo. Al final los veo juntos. Ese es el momento crucial. –¿El momento de la verdad? –El momento de cortar el nudo gordiano. Lo ideal es que la madre tenga suficiente fuerza para contar lo que le pasó. Y cuando no puede hacerlo, entonces intervengo. Empiezo por contar lo que fue genocidio. Evoco la violencia, el caos y el odio que imperaban en 1994. “Al joven le digo: ‘Tu madre tuvo relaciones sexuales que no deseaba. La obligaron. Fue muy doloroso para ella… En ese contexto fuiste concebido. Pero una vez que naciste, tu madre se puso muy feliz, te volviste muy importante para ella. Te ama. Antes de tu nacimiento quería morirse, pero tú le diste sentido a su vida’. “Paulatinamente, él deja de sentirse desgraciado. Su vida empieza a cobrar sentido. El proceso toma tiempo, obviamente”. –Enterarse de que su padre es un genocida que además violó a su madre, ¿no resulta violentísimo para él? –Nunca pronuncio la palabra “violación”. Insisto sobre el contexto caótico y violento. Le explico que su madre no conoce al hombre que la obligó a tener esa relación sexual no deseada, que ella no lo volvió a ver, que es probable que él nunca sabrá quién es su padre. –…Pero eso no resuelve su problema de identidad. –En seguida le digo que él no es responsable de lo que pasó, que él es un “tesoro” para su madre. Poco a poco le ayudo a que aprenda a vivir con eso, así como ayudo a otros pacientes a vivir con el VIH-sida. “Decir la verdad con delicadeza es esencial. Después se puede aprender a vivir con esa revelación. Otros colegas y yo llevamos varios años trabajando así y vamos bien. Notamos que baja la angustia de estos jóvenes. Saber es duro, pero no saber es invivible.” –¿Qué pasa con el resto de la familia una vez reconciliados madre e hijo? –Es indispensable trabajar también con las familias. Muchas de las madres solteras que me consultan viven con sus padres, tíos, hermanos, y son toleradas o menospreciadas; mientras que los hijos viven apartados, culpabilizados. “En realidad, lo que pasó hiere a toda la familia, pero nadie puede verbalizar ese dolor. Mi papel consiste en hacer que cada uno de ellos exprese su sufrimiento y analizar juntos las consecuencias de su actitud sobre el niño que no tiene ninguna responsabilidad en esa tragedia”. Jeanne reflexiona unos segundos: “Varias veces me tocaron casos extremos. Todos tienen el mismo ‘guión’: el padre del niño es el genocida que asesinó a gran parte de la familia. Para colmo, mientras más crece el muchacho, más se parece físicamente al criminal. La situación se vuelve insostenible para los sobrevivientes, en primer lugar para la madre. “Trabajamos mucho con esas familias. Es sumamente doloroso. Pero llegamos a reconciliaciones. No hay que olvidar que el genocidio ruandés fue un genocidio de proximidad. De repente pobladores hutus empezaron a descuartizar a sus vecinos tutsis… –¿Hay fracasos? –Sí, aunque son pocos. Una vez que madre, hijo y familiares cercanos aceptan entrar en un proceso de sanación, salen adelante. A veces hay dificultades con los tíos, primos o abuelos; no importa. Si madre e hijo están bien, pueden hacer frente a todo, incluso a bloqueos psicológicos de algunos parientes. La entrevista Jeanne atiende a la reportera en la sede del Centro para Sanar las Heridas de la Vida (ASBV, por sus siglas en francés), en la que se desempeña como terapeuta, administradora general y responsable de la capacitación de nuevos terapeutas. Antes del genocidio, ella trabajaba como enfermera. Durante el genocidio cayó en el abismo, por lo que se muestra discreta sobre ese aspecto. “Nunca me imaginé que fuera posible sufrir tanto como yo sufrí. Aunque no me puedo quejar. A diario vienen a consultarme personas que pasaron por situaciones aún más atroces que las que yo viví. Apaga su celular que lleva varios segundos vibrando, y continúa: “Ya no me asfixia el pasado. Por el contrario, las pruebas por las que pase despertaron en mí fuerzas insospechables. Sumergirme en el sufrimiento de un ser humano y acompañarlo en su camino de regreso a la vida es algo esencial. En estos últimos 17 años crecí mucho. Me armé contra el sufrimiento –el mío y el de los demás– y contra las injusticias.” Calla unos segundos y vuelve al tema de los hijos de la violación. “Me viene a la mente un caso que me conmovió mucho. Una mujer víctima de violación que vivía en casa de su madre con su hijo. Lo quería mucho pero la abuela no lo soportaba. Y ese odio perturbaba profundamente al muchacho, quien se volvió belicoso, provocador, incontrolable. “La abuela no quería venir a consulta, por lo que decidí ir a su casa. Fue durísimo, pero finalmente logré crear armonía entre los tres. Cuando la abuela murió, heredó lo que tenía a su nieto. Ese gesto fue importante para el joven, porque en Ruanda los hijos ilegítimos no suelen recibir herencia. La abuela lo ‘legitimó’ ante el resto de la familia y ante la comunidad. Incluso fue el muchacho quien cargó la cruz durante el sepelio de la abuela. Hoy es un joven increíble.” Jeanne es inagotable. Sirve café y luego se acomoda en un sillón. Dice que es importante hacer una pausa para recordar sus modestas victorias sobre casos límite de sufrimiento que, dice, agobian y siguen agobiando a tantos seres. “Si me permite –comenta–, quisiera contarle una historia terrible que ilustra tanto el genocidio como la fuerza de resistencia del ser humano. “Hace años atendí a una mujer que hoy vive en el norte del país, en la frontera con República del Congo. Habían matado a su marido y ella se refugió en una iglesia con su hijo. Lo había disfrazado de niña porque en ese entonces los interahamwe sólo asesinaban a muchachos y hombres. “Estuvo varias días en la iglesia. Cuando los asesinos se metieron en el templo descubrieron que la niña en realidad era niño y se lo llevaron. La madre los siguió. “El niño preguntó: ¿A dónde me llevan? La madre contestó: Al cielo. El niño preguntó de nuevo: ¿Me darán de comer y de beber en el cielo? Sí, dijo la madre. Un instante después los interahamwe mataron al niño a martillazos y lo botaron en una fosa común. “Cuando vino a consultarme, la madre llevaba años sin perdonarse sus mentiras. En ese entonces yo trabajaba con Avega, una asociación de viudas de Ruanda. La mujer siguió todos los talleres de duelo, de reconstrucción personal, de autoestima, de proyectos de vida que organizamos. “También se metió en los talleres sobre traumas, capacitación parasicológica y capacitación parajurídica. Se involucró en todo, aunque nunca quiso seguir una terapia individual. Un día me escribió una espléndida carta en la que me contó cómo estaba cuando había llegado a Avega y cómo se sentía después de todo ese trabajo sobre sí misma. “Se regresó a su pueblo del norte de Ruanda, donde se convirtió en mediadora de su comunidad. Hoy todo mundo la consulta, inclusive los hutus. “Casos de resiliencia como el suyo son capitales para las mujeres que la viven; pero también para su comunidad, cuyos integrantes se dan cuenta de la transformación que ella experimentó. Gente como ella por lo general se vuelve un modelo para los demás, en un elemento clave para la evolución de nuestra sociedad. Ayuda a su comunidad, impulsa talleres curativos y de capacitación.” –¿Hay casos de recaídas? –Por supuesto. Para muchas víctimas, las ceremonias anuales de conmemoración del genocidio resultan traumatizantes. Sé que son importantes y que debe preservarse la memoria de lo que pasó. Pero sé también lo que provocan las recaídas. Y aunque una recaída no es demasiado grave, siempre existe la posibilidad de volverse a levantar. –Respecto de los genocidas, sabe usted si algunos hayan tenido problemas o hayan enloquecido? –No me tocó atenderlos. Sé que los hay en las cárceles y en hospitales psiquiátricos. –¿Qué pasa con los maridos de las mujeres violadas que sobrevivieron al genocidio? –Son casos difíciles. La violación es un arma de destrucción del adversario, de destrucción del otro. La violación es una transgresión de los tabúes. Es una aniquilación de la mujer como fuente de vida. Es un desafío al carácter sagrado del ser y de la vida. El violador busca demostrar que es todopoderoso, que no le teme a nada ni a nadie, que se mofa de los tabúes. “Durante el genocidio hubo muchísimos casos de mujeres violadas en presencia de sus esposos e hijos. Cuando ellas llegan a consulta es absurdo atenderlas solas. Se vuelve imprescindible atender también a los hijos y al marido; también hay que reunirse con las y los hermanos de la víctima que están al tanto de lo que pasó. ¿De qué sirve ayudar a una mujer a enfrentar sus traumas y después dejar que regrese a su familia aún traumada?” Mientras más habla Jeanne, más se apasiona. “En nuestra Asociación para Sanar las Heridas de la Vida partimos del principio de que en la mayoría de los casos la salud mental es un problema comunitario. Las enfermedades mentales tienen sus raíces en la familia, en la comunidad, en el sistema. Casi nunca atendemos a un individuo solo. Nuestro enfoque es psicosocial. Nuestro eje es la comunidad. Consideramos que el problema de la violencia no es individual, sino comunitario. Es insuficiente atender al individuo cuando el disfuncionamiento radica en el corazón de la comunidad”. Jeanne se refiere a Simon Gasiberege, fundador de la AGBV: “El enfoque de Simon subraya que en la experiencia humana los factores psicológicos y sociales están estrechamente relacionados. Los aspectos psicológicos abarcan el pensamiento, las emociones, el comportamiento, la memoria, la facultad de aprendizaje, mientras que los aspectos sociales se refieren a las relaciones entre humanos, las tradiciones, la cultura, los valores, la familia, la comunidad, las cuestiones económicas y sus efectos sobre las redes sociales y nuestro estatuto. Simon insiste en que la salud mental reposa sobre tres pilares: la comunicación, la solidaridad y la capacidad de gestión de los conflictos. “Es por esa razón que organizamos sobre todo talleres en los que familias enteras pueden adquirir instrumentos sencillos para curarse los unos a los otros. En estos talleres acogemos a personas de distintas edades, religiones y medios sociales. Juntos creamos un espacio de intercambio en el que trabajamos sobre heridas, tabúes y prejuicios”. ¿Qué hace Jeanne para relajarse? ¿Alguna vez logra abstraerse de tantas existencias trituradas y frágiles? Jeanne sonríe y guarda silencio.

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