De la cortedad existencial

Durante el apogeo del imperio romano, la esperanza de vida de sus ciudadanos no llegaba a los 25 años de edad y los censos confirman que sólo 4 individuos de cada 100 lograban existir hasta los 50. Ante la contundencia de las cifras no es de extrañar que los romanos fueran proclives a la disolución moral y que se consagraran al goce desmedido de los placeres. Tampoco sorprende que frente a una amenaza de muerte prematura, los filósofos se abocaran a definir las normas del bien vivir, apegándose a los cánones de la virtud y a los mandatos de la razón.

Aunque, ¿en realidad puede hablarse de muertes a destiempo? ¿No sostenía Séneca que la vida no es breve sino que somos nosotros con nuestra cerrazón quienes nos encargamos de abreviarla? ¿No sostuvo el filósofo cordobés que los vicios, la ociosidad vana y los lances amorosos son responsables de sustraernos el tiempo que nos es concedido y que esa percepción de la cuantía temporal depende de cómo nos preparamos para morir? ¿No recalcó con suficiencia que la vida no era otra cosa que un camino hacia la muerte y que mal viviría quien no aprendiera a bien morir?... Veamos qué pueden decirnos al respecto la música y sus artífices. Conocidos son los casos de Fryderyk Chopin, W. A. Mozart y Franz Schubert, quienes fallecieron a los 39, 35 y 31 años de edad, respectivamente, y sobre los que se sigue discutiendo acerca de lo que hubieran podido crear de haber dispuesto de más tiempo, empero, si reparamos en su producción, resulta que el que dispuso de menos días terrenales de los tres fue aquel que firmó más partituras. Schubert dejó para la posteridad 998 obras[1], compuestas en un lapso de sólo 17 años, mientras que en las tres décadas exactas que duró su pasión compositiva Mozart plasmó 626 creaciones[2] y Chopin 138[3], concebidas éstas a lo largo de 32 años. Resalta la paradoja, pues Schubert fue el único que no pasó a la historia como niño prodigio, ya que se inició en la composición a los 14 años, mientras que Mozart empezó a componer a los 5 y Chopin a los 7. Antes de que se nos recrimine por la esterilidad de incurrir en comparaciones, es imperativo decir que no se trata de evaluar los méritos de los aludidos, sino de destacar los datos duros en cuestión. Muchos dirán que vale más la única sinfonía de Cesar Franck que las 104 que se molestó en colegir F. J. Haydn y, con toda probabilidad, estarán en lo cierto, pero eso es caer en subjetividades. En principio, cada quien hace lo mejorcito que va pudiendo con lo que el destino le dicta; lo grave es cuando se eluden los llamados de la vocación o, peor aún, cuando ni siquiera se tiene idea de para qué se otorga el milagro de estar vivo. Mas no es momento de entrar en disquisiciones filosóficas, sino de traer a cuento a otros compositores cuyas vidas fueron todavía más cortas que las antedichas. La simple mención de su fugaz tránsito terrenal podría servirnos de acicate para iniciar el año con mayor congruencia entre nuestra voluntad y nuestros deseos o, mejor dicho, entre la claudicación de nuestros sueños y nuestra correlativa impasibilidad. Tuberculoso insigne fue Giovanni Battista Pergolesi, y como si eso no bastara para volverle un calvario la existencia, la madre naturaleza le obsequió una indómita poliomielitis. Sin embargo, Pergolesi supo espolearse el ánimo para ignorar sus dolencias, siendo capaz de componer en 5 años de febril actividad 32 obras maestras. Excelso tanto en la música litúrgica como en los géneros operísticos en boga, el enfermizo compositor fue derrotado a los 26 años de edad en la lucha contra sus impedimentos. Las fuerzas le alcanzaron para completar un mirifico Stabat Mater que, es de recalcar,alcanzó honduras inconcebibles dada la juventud de su progenitor.[4] Convertida en mito, la apertura de la obra fue calificada por Rousseau como la más perfecta y la más conmovedora que haya salido de la pluma de músico alguno. Doy la vida para verter mi alma entera dentro de mi música, escribió el compositor belga Guillaume Lekeu poco antes de fallecer, es decir, antes de fallarle al compromiso con su vocación. Enamorado de Bach y Beethoven, Lekeu convenció a los maestros Franck y D´Indy para que lo guiaran por los meandros de la creación musical sin importarle las renuncias ni los escollos. Una a una, las obras brotaron de su ardorosa inventiva hasta completar 48 en un lapso de 71 extenuantes meses. El alto definitivo se lo impuso una fiebre tifoidea a los 24 años de edad. Sobre su mesa de trabajo quedó un cuarteto inacabado que el mismo Franck calificó como una de las obras de cámara con mayor originalidad melódica y exuberancia armónica.[5] Nacido el mismo año que Mozart, el inglés Thomas Linley desplegó en su meteórica existencia un talento comparable al de su coetáneo. De hecho, fueron amigos y tocaron juntos. Puede leerse en las cartas del padre de Mozart que tanto Wolfgang como Tomassino estaban en boca de todos y que la gente no salía de su asombro al constatar sus dotes musicales. ¿Por qué, entonces, la fama de uno y el desconocimiento del otro? Controvertida, la respuesta reside en que Mozart vivió 13 años más que Linley y que, por vacua tradición, Inglaterra no se considera como suelo apto para el florecimiento de la música; acaso como patria de piratas virtuosos. La obra postrera de Linley fue una Music for the Tempest que, valga la paradoja, anticipó la forma en que habría de consumarse su defunción. Linley murió ahogado a los 22 años de edad. Tras de sí yace un estupefaciente legado que merecería difusión.[6] Acerca del vasco Juan Crisóstomo de Arriaga se ha dicho que su genio difícilmente tuvo tiempo para desarrollarse y que la mejor aliada de su aura trágica fue la corta edad en la que desapareció del mundo de los vivos. Arriaga feneció por tuberculosis a los 19 años de edad, aunque la madurez vislumbrada en las 29 composiciones que le sobrevivieron, nos remiten a otro aforismo senequiano: Como en la leyenda, no importa qué tan larga sea la vida sino lo bien que esté narrada. Es de anotar que la penumbra que rodea al músico fue creada por sus compatriotas; no era creíble que un talento de esa talla hubiera nacido en España y que se hubiera forjado en tan breve tiempo, en todo caso, era una promesa malograda…[7] Habría que finalizar el recuento rememorando a un mexicano cuyas amarguras lo condujeron a aniquilarse a sí mismo. Para él no hubo maestros devotos ni una familia que lo resguardara; tampoco hubo compatriotas que creyeran en su talento, ni mentores que lo apartaran de la bebida. No hubiera sido para menos, pues en su destino estaba decretado que tendría que haber sido un músico callejero, sin embargo, dejó su pueblo para emigrar a la capital con la idea de superarse. El viaje desde Guanajuato lo hizo a pie y una vez en la urbe de la desesperanza intentó matricularse en el Conservatorio, donde fue menospreciado por sus rasgos indígenas. Algún coqueteo con los poderosos le allegó alguna ilusión, mas la verdad del asunto es que acabó asqueado de sus ínfulas y optó por huir. Llegó a Mazatlán en un barco infectado por el cólera y fue uno de los pocos que salió ileso. Su última travesía concluyó en Cuba donde alcanzó a escribir un par de obras. Un danzón titulado Flores de romana denunció el anhelo por una muerte que disolviera congojas. Asediado por la cirrosis, pereció a los 26 años. Su nombre era Juventino Rosas.[8]


[1] De acuerdo a la catalogación del doctor  Otto Deutsch.
[2] Según el número de catálogo del barón Ludwig Alois Köchel
[3] Esta cifra suma las 64 obras que no están incluidas en las del corpus integrado por 74 números de opus.
[4] Se sugiere la audición del Duo inicial en la ventana de audio de la página proceso.com.mx
[5] Se sugiere la audición del segundo movimiento de su inconcluso cuarteto para piano
[6] Se recomienda con particular énfasis la escucha del coro Arise! ye spirits of the tempest
[7] Se insta vivamente a la audición del Presto agitato de su tercer cuarteto de cuerda.
[8] Se aconseja la audición del danzón referenciado. Tanto éste como las obras anteriores están en la red.

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