Agresión acústica

domingo, 6 de noviembre de 2011 · 00:01
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Un ciudadano cualquiera entra gozoso a un restaurante en compañía de un grupo de amigos pero, apenas atraviesa su umbral, es recibido por una exhalación del averno. Al dirigir la mirada hacia la fuente sonora, lo que al inicio le había parecido que provenía de un conglomerado de músicos, resulta ser producto de un solo individuo con su equipo de teclados, amplificadores y altoparlantes. Dudando sobre la elección del lugar dirige la mirada hacia los comensales ya instalados y los percibe a sus anchas entre la intensidad acústica y su plática a gritos. Sus acompañantes tampoco manifiestan incomodidad al respecto y eligen la mesa. Una vez sentados, el ciudadano comenta que la música está muy alta, obteniendo como respuesta la mansedumbre frente a lo irremediable. No sabe cuántos decibelios basten para que su oído se lesione empero, el malestar que le causa la acumulación de ruidos –hay varios televisores encendidos al mismo tiempo- vuelve opresivo el ambiente del sitio. ¡Qué lastima! El decorado tiende a la elegancia y la luminosidad del lugar favorecería la conversación… Apela a un supuesto derecho sobre su entorno auditivo y llama a un mesero para solicitar que le bajen al volumen. Con mirada ovina éste le responde que sí, y a hurtadillas llega hasta el improvisado podium donde, como un Zeus de la electrónica, el artífice lanza truenos y centellas hacia el inerme auditorio que, además, debe aplaudir las ejecuciones. También ha de considerar una propina por desequilibrarle la digestión y el ánimo. El resultado de la solicitud es nulo. La plática se vuelve extenuante y acabará por extinguirse mas la comida no es mala. Piensa que al menos él y su grupo no están tan cerca de las bocinas y, nota con azoro que hay una familia con niños pequeños situada junto a la orquesta fantasma que ya ni siquiera reacciona ante el amontonamiento perverso de decibelios. Como último recurso pide hablar con el gerente para exigirle que se atienda la petición de un cliente inconforme, sin embargo, el adepto del local contesta que proveer música “en vivo” es una política inalterable de la empresa. Además, si observa a su derredor, el lugar está lleno y nadie ha protestado antes; es la misma clientela la que vota tanto por las pantallas como por la “amenización” del restaurante. Antes que disponer de música enlatada ahí se acata la disposición sindical de emplear a músicos de carne y hueso. Sus amigos sugieren que “le baje” y que mejor no la haga “de tos”. Aquello que le resta es comer de prisa para irse cuanto antes… Escenas como la anterior se repiten con monotonía en nuestras civilizadas ciudades, y sus protagonistas reaccionan de manera previsible: ya no perciben la alienación de su espacio acústico; por ende no saben cómo defenderlo, es más, la idea misma de su defensa tiene que ver con una asociación deformada de la alegría: Mientras más ruido los circunde más a gusto se la pasan; con mayor soltura evaden la responsabilidad de comportarse como seres pensantes. En última instancia, es su alienación interior la que encuentra sintonía con la contaminación acústica que ellos propician. Bien sabemos que la tolerancia al ruido es inversamente proporcional a la inteligencia. El sujeto que osó quejarse se estrelló contra un muro de inconciencia y fue cooptado por las circunstancias para someter su oído a los daños que ocasiona la exposición prolongada a los sonidos de alta intensidad. Sobra decir que dicha exposición desemboca en hipoacusia, que es la sordera clásica que florece por doquier, tanto así que se ha vuelto compañera inseparable del homo “sapiens” en su angustioso devenir. Constátese el auge de prótesis auditivas. Básicamente en todos los sitios de convivencia humana se asiste al mismo espectáculo de enajenación colectiva; las variantes dependen de los substratos culturales y del nivel educativo de sus habitantes, pero los resultados son análogos; tipifican la negligencia con que nos relacionamos con el sentido que nos permitió, en primer término, construir un sistema de pensamiento. Recordemos que la principal diferencia que teníamos con el chimpancé era la de haber sido dotados con un gen del oído más apto para su desarrollo. Tal diferencia actúa hoy de forma regresiva: el cuadrumano con zapatos elige la involución para poder actuar como un primate sordo. Gracias a nuestra capacidad auditiva se consolida el lenguaje y se accede a los misterios de lo invisible. El oído es el primer sentido que adquiere autonomía dentro del vientre materno para ponernos en contacto con el mundo exterior, pero una vez paridos ya no hay forma de desconectarlo de sus funciones. Al conciliar el sueño es el último de los sentidos que, en apariencia, se apaga y es el primero en despertarse. Por decirlo con llaneza: su único filtro de protección es de índole psicológica. El flagelo de motores y máquinas aunado a los prodigios de la amplificación electrónica ha acabado por definir el perfil de las metrópolis que se enorgullecen de serlo. En su capacidad para producir ruidos y en la sacralización que hace de éstos reside su empuje hacia el futuro pero, ¿es esto realmente cierto? ¿No es otra de las entelequias que vienen aparejadas con la manipulación que subyace en cualquier tipo de coloniaje? Téngase presente que la primera amplificación del sonido avino en 1919 durante un discurso del presidente norteamericano Woodrow Wilson. Es decir, aquel que emite el ruido más poderoso es quien lleva la batuta en la orquestación de las sociedades, traduciéndose esto en su eficaz sometimiento. Ciertamente en nuestro país han habido intentos vagos de legislación contra el ruido, pero no se acatan a cabalidad y sus medidas son insuficientes comparadas con el deterioro que día a día se le ocasiona al paisaje sonoro, por no hablar de la consecuente inestabilidad psíquica y anímica que eso genera en quienes lo habitan. En zonas colindantes con el aeropuerto Benito Juárez de la ciudad de México es donde se registra el mayor número de casos de epilepsia de la nación y donde las escuelas de la metrópoli registran el menor grado de aprovechamiento de sus educandos. ¿Mera coincidencia? Antiguamente las ciudades se amurallaban para que sus moradores vivieran con la impresión de sentirse protegidos; son en nuestros tiempos las grandes urbes donde residen las peores amenazas para nuestra incolumidad emocional y física. Al filósofo Henri Bergson se le preguntó cómo podríamos darnos cuenta de alguna aceleración imprevista en la velocidad de los acontecimientos del universo, y su respuesta fue profética: es muy simple, nos daremos cuenta por el considerable empobrecimiento de nuestra experiencia… Los discretos sonidos de las sociedades “primitivas” se han metamorfoseado en los ruidos continuos que hoy nos invaden. El atentado contra nuestra frágil dignidad humana es reiterativo e incuantificable. En otras palabras, las resultantes sonoras de las máquinas -con el negocio multimillonario que las crea y las multiplica- se han convertido en narcóticos para nuestros minimizados cerebros. Ante el empobrecimiento profetizado por Bergson hemos de agregar una avasallante indiferencia. ¿Tenemos que dejar de protestar para que los banquetes de ruido ya no nos atraganten…?1 La decisión es nuestra. 1 Se desaconseja la audición de música que incida en el embotamiento. Pero si no puede evitarse se recomienda bajarle el volumen y si eso tampoco es posible, entonces se provee de unos minutos de inducido silencio. Aférrelos en proceso.com.mx

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