Música para el erotismo (II)

viernes, 11 de septiembre de 2020 · 16:21
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Recordará el benemérito lector que en la entrega pasada expusimos la diferencia entre sexo y erotismo y que lanzamos algunas sugerencias para “embellecer” sus relaciones íntimas mediante un par de propuestas musicales que habrían de inflamar su imaginación antes de formalizar la cópula (de hecho, esta columna recibió varias críticas por haber inducido la intimidad sin haberla culminado). Asimismo, hablamos de la inextricable relación entre los sonidos bien ordenados y la sexualidad humana, relación que ha evolucionado paralela desde los albores de la especie; y especificamos el empleo de conjugaciones genéricas –el femenino “pareja” para referirnos a ambos sexos y el masculino “lector” para englobar también a las mujeres– con la idea de ser lo menos excluyentes posibles (sólo mencionamos que, tal vez, los diversos “pervertidos” no serían los lectores ideales de estas letras ni los escuchas adecuados de estas músicas). Igualmente, nos atrevimos a asentar que nuestra herencia “amatoria”, al cabo de los milenios, nos enfrenta, por lo general, con la “torpe inmediatez” del macho y la “indefensión resignada e ignorante de sí misma” de la hembra, sin embargo, aquí se abrió un hueco al hablar de nuestra heredad “amorosa”, ya que esto implicaría profundizar en la grave disfunción que padecemos, como individuos, para amar de una manera plena y generosa o, verdaderamente madura y consciente, como habría dicho Erich Fromm. No en balde pontificó que el arte de amar debe practicarse con asiduidad, como aquel de saber vivir, y que, merced a su totalizadora influencia nuestras sociedades, tan desintegradas, egoístas y enajenadas, lograrían disolver el deplorable estado de separación en que se encuentran sin perder su propia individualidad. Empero, no es este el cometido real que nos anima –ni el espacio idóneo para hacerlo–, a pesar de lo imperioso que sería seguir abogando para que la manera en que nos relacionamos con nuestras parejas enarbole, en primer término, el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento de su maravillosa unicidad y sus anhelos espirituales, mas lo hacemos subliminalmente mediante la música que le proponemos, querido lector, para que le haga el amor a su pareja, transformando el instante erótico en una eternidad y vislumbrando, con la balada de los cuerpos que se poseen, la abolición de nuestros inmaduros egos dentro de la materia cósmica de la persona que nos ama, y a quien decidimos amar aun bajo el infaltable riesgo de extraviarnos. Por último, antes de acceder a los destinos que nos aguardan, enfaticemos la capacidad que tiene el arte sonoro para dilatar o congelar nuestro tiempo interno, para hacernos fluir de manera gozosa con los ritmos errantes de nuestras almas, para recobrar las conexiones invisibles que nos sumergen en los torrentes primigenios de la vida y para volver una pasión audible la constatación de nuestros inexpresables deseos, en perfecta analogía con la sexualidad sin inhibiciones. Bien lo sintetizó la visión poética de Octavio Paz: “El encuentro erótico comienza con la visión del cuerpo deseado. Vestido o desnudo el cuerpo es una presencia: una forma que, por un instante, es todas las formas del mundo. Apenas abrazamos esa forma, dejamos de percibirla como presencia, y la asimos como una materia concreta, palpable, que cabe en nuestros brazos y que, no obstante, es ilimitada. Al abrazar a la presencia, dejamos de verla y ella misma deja de ser presencia. Dispersión del cuerpo deseado, vemos sólo unos ojos que nos miran, una garganta iluminada (…) Cada fragmento alude a la totalidad del cuerpo, ese cuerpo que, de pronto, se ha vuelto infinito. El cuerpo de mi pareja deja de ser una forma y se convierte en una sustancia informe e inmensa en la que, al mismo tiempo, me pierdo y me recobro. Nos perdemos como personas y nos recobramos como sensaciones. A medida que la sensación se hace más intensa, el cuerpo que abrazamos se hace más y más inmenso. Sensación de infinitud: perdemos cuerpo en ese cuerpo. El abrazo carnal es el apogeo del cuerpo y la pérdida del cuerpo. También es la experiencia de la pérdida de la identidad: dispersión de las formas en mil sensaciones y visiones, caída en una sustancia oceánica, evaporación de la esencia. No hay forma ni presencia: hay la ola que nos mece, la cabalgata por las llanuras de la noche. Experiencia circular: se inicia por la abolición del cuerpo de la pareja, convertido en una sustancia infinita que palpita, se expande, se contrae y nos encierra en las aguas primordiales; un instante después, la sustancia se desvanece, el cuerpo vuelve a ser cuerpo y reaparece la presencia”. https://www.proceso.com.mx/643439/caprichos-y-estragos-de-la-testosterona Tercer destino: “Una suite señorial frente al río Elba en Dresde, Alemania” (Ya apuntamos que el erotismo se alimenta de la imaginación y que la música es el vehículo ideal para motivarla). Por azares de la fortuna, la noche cayó sin que usted lo previera, lector, y hubo de alojarse en este hotel de cinco estrellas. Su pareja le sugirió que evitaran manejar en la oscuridad y que, mejor, aguardaran hasta el día siguiente para continuar el recorrido. Podría ser una gran oportunidad para descansar dejándose arrullar por la susurrante corriente del río. Y, ¿por qué no? para vivir una noche de pasión como hacía tiempo no se concedían. Antes de enfundarse en el lecho, se sintonizan con la www para poner algo a tono con su estado de euforia recobrada. Localiza usted, lector, el Adagio de la segunda sinfonía de Rachmaninov (1) y el hechizo se apodera de su libido. ¡Qué tersura de sonoridades, como la piel de su pareja que lo roza erizando sus terminaciones nerviosas! Un beso con sabor a fruta lo obliga a cerrar los ojos para recorrer con la lengua toda la geografía de su pareja. El pubis lo vuelve a marear con su esencia de cáliz divino, y el discurrir de la melodía infinita lo conduce, dócilmente, por la senda de las sensaciones. Sus manos, lector, son un manantial y sus genitales son la montaña que palpita. Lento, suave, a ritmo con lo que escucha, aviene, espontánea y atónita, la penetración. Otra vez, su mente se disuelve en el momento sin tiempo y sólo hay oscilaciones que asemejan a la marea relamiendo la arena de una playa desierta. La respiración se acelera pero usted la controla para prolongar su conexión con el infinito. La música lo guía y, sin notarlo, la inminencia del clímax le ensancha el plexo solar para desembocar, en la sección específica de la obra, en un orgasmo que lo ilumina por dentro. Se emulsiona el yo en un “nosotros”, mientras los colores de la pasión son suyos para recrear con ellos la historia de las especies y la evolución de todo lo viviente. Aún con los ojos cerrados el sueño se aposenta, y brota, inmenso, un agradecimiento que le pone en paz, aunque sea por una noche fugaz, el cuerpo, la mente y el espíritu. Cuarto destino: “En una improvisada hamaca sobre las dunas de Bilbao, Coahuila”. (Hágase la validez con un teléfono celular, señal por satélite y la disposición anímica para atizar las imágenes que el autoerotismo necesita.) Está usted solo, animoso lector, en medio de lo que fue un mar prehistórico y su cuerpo conserva todavía el abrazante sol que lo calentó a lo largo del día. Extraña tener con quien compartir los sortilegios que el desierto le regala a los sentidos. Arenas infinitas y caracoles silentes, ahora convertidos en fósiles son su principal compañía. ¿Desde hace cuánto que su cuerpo no recibe una verdadera caricia?... No lo recuerda y tampoco logra rememorar la última vez que hizo el amor con alguien largamente deseado... ¿Siente autocompasión? ¿Capta el desgaste de ahorrar sus cuotas de ternura en el banco de su soledad?... No está del todo seguro, pero percibe que, en realidad no le importa mucho; la costumbre de convivir consigo mismo y la de habitar su mente es la norma que lo pone a flote. ¿Qué más da, si se tiene a sí mismo y su salud es perfecta?... El ocaso dibuja unos alucinantes tonos anaranjados y violetas en el horizonte. Sus manos comienzan a palpar su exquisita sensibilidad cutánea. La piel de su cuello y su pecho se deleitan con el roce mínimo que reclama su epidermis. Y ahora siente usted un escalofrío en el vientre y sus dedos peinan los pelos de su pubis. Deslice aún más los alcances de su tacto hasta hallar el punto más erógeno de sus genitales. Hay una respuesta del glande, sea femenino que masculino, y su fricción se alinea con su propio ritmo. La sensación de darse placer se entona, expansiva y certera, con los vientos que le ofrenda el desierto y, para mayor regocijo, se da el lujo de acompañar su delirio con las vibraciones que las plantas desérticas le regalan a los oídos atentos (2). Los cactus cercanos vibran a la par suyo y, nótelo bien, lector, también ellos pueden florecer cuando el ocaso comienza a rozarles sus fibras vegetales… Amarse a uno mismo es afinarse con el espíritu del mundo desde que la noche yace en nuestra memoria. El espacio y el tiempo, criaturas anhelantes, claman por entrar dentro de nosotros mismos como un torbellino posible de erotismo. __________________________ 1          Encuéntrelo pulsando el código QR impreso o en el sitio: https://youtu.be/kHYgPfiQvlw. 2          Escúchese el Concierto para plantas del eminente ingeniero electrónico y estudioso de la teoría electromagnética mexicano Ariel Guzik (CDMX, 1960), quien comanda el Proyecto artístico del Laboratorio de Investigación en Resonancia y Expresión de la Naturaleza A. C. https://youtu.be/jQ7C3JxbVXY.  

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