Los estadunidenses, entre el repudio y el miedo

domingo, 8 de agosto de 2004
Ahora que ya se celebró la Convención Demócrata en que se oficializó la candidatura conjunta entre John Kerry y John Edwards, y que la Convención Republicana de fines de este mes correrá como un mero trámite para ratificar la búsqueda de la reelección por parte de la mancuerna Bush-Cheney, quedaron también delineadas las apuestas que las dos fórmulas harán para ganarse el favor de los electores durante los últimos tres meses de campaña Por supuesto, como en toda oferta electoral, los temas que se abordan son múltiples y aluden a muy diversos auditorios políticos; pero esta vez, mucho más que la economía y los habituales asuntos domésticos, lo que centrará el debate es el combate al terrorismo, con particular énfasis en la guerra de Irak, y el rol que en este campo debe jugar Estados Unidos a nivel mundial Porque sin seguridad interna e internacional, se entiende, cualquier otra preocupación pasa a un segundo plano No hay nada que polarice más que una guerra; y, peor, si se trata de una guerra mal llevada, con muy dudosas perspectivas de triunfo, que cobra una importante cuota de sangre y que, para colmo, sólo beneficia a unos cuantos Y esta polarización, justamente, es la que pretenden explotar demócratas y republicanos Los primeros, por el amplio repudio que han ido cobrando las poco exitosas medidas antiterroristas de la administración Bush; los segundos, con la alimentación del miedo ante una amenaza difusa e intangible, cuyo combate no se puede dejar a medio camino Es cierto que para las elecciones del 2000, antes de los atentados del 2001, el espectro político en Estados Unidos ya se encontraba polarizado, como lo evidenció la final de fotografía que acabó por dirimir la Suprema Corte de Justicia (tampoco muy neutral, por cierto) Pero esta polaridad se ha acentuado con un elemento adicional: si hace cuatro años la mitad del electorado quiso evitar que Bush y su equipo llegaran a la Casa Blanca, porque los percibía como un serio riesgo para el país, ahora esta percepción se ha demostrado como cierta y los hechos están ahí En el exterior, una guerra empantanada en Irak, construida sobre mentiras y con efectos contraproducentes sobre el terrorismo islámico; un Medio Oriente más violento e inestable que antes; distanciamientos, cuando no rencores, en otras partes del mundo, todo envuelto en un clima de descrédito y recelo internacional Y, exceptuando algunos personeros del gobierno y empresas relacionadas con ellos, que se sepa nada de esto ha redundado en beneficio de la situación interior El crecimiento económico es mínimo, hay más desempleo, mayor inflación, aumentó la pobreza y disminuyeron los beneficios sociales; el déficit es desorbitado y lo peor es que el estadunidense común ha perdido dos de sus principales baluartes: su sentimiento de seguridad y sus libertades individuales Todo en aras de la guerra contra el terror Absurdo sería suponer que los demócratas no utilizaran todo esto para sacar del gobierno, justamente, a quienes son sus causantes Y lo han hecho con generosidad, antes y después de su Convención La tentación de explotar esta veta en realidad es tanta, que los estrategas temen que se abuse de ella en detrimento de temas que pueden atraer a electores indecisos, sobre todo tomando en cuenta que tanto Kerry como Edwards no son demasiado conocidos y la imagen que se tiene de ellos es bastante estereotipada Preocupado por este enfoque, Tad Devine, uno de los principales asesores de la campaña de Kerry, declaró por ejemplo al semanario Newsweek que si bien estaba satisfecho de lo que se había alcanzado, admitía que “no podemos apoyarnos únicamente en la autodestrucción de Bush” Y, según se filtró a la prensa, Bill Clinton también habría aconsejado a Kerry que dejara de concentrarse en las vulnerabilidades de Bush e hiciera campaña “como si hubiera estabilidad en Irak, la economía avanzara a toda marcha y Bin Laden estuviera muerto” Sin embargo, en la inauguración de la Convención Demócrata, para la cual se había acordado asumir un tono positivo, esperanzador y de fomento a la unidad nacional, el expresidente fue el primero en desoír sus propios consejos Empezó muy bien, diciendo que “los demócratas traemos a Estados Unidos una campaña positiva, sin pelearnos sobre quién es bueno y quién es malo”; pero casi de inmediato, sin mencionarlos más que irónicamente como “nuestros amigos”, acusó a los republicanos de sectarios y de buscar dividir el país Habló, como le gusta hacerlo, de “la extrema derecha”, con lo cual subrayó la división ideológica, y se lanzó contra su política impositiva que, dijo, sólo ha beneficiado a los más ricos, generado déficits presupuestarios que tomará años revertir y provocado recortes de servicios sociales y programas de seguridad Sin mencionar tampoco a Bush o a los republicanos, sino más bien por inferencia invertida, en el mismo tono se expresaron también todas las luminarias del firmamento demócrata que intervinieron a lo largo de los cuatro días de la Convención: la exprimera dama y actual senadora, Hillary Clinton; el expresidente y Premio Nobel de la Paz, Jimmy Carter; el exvicepresidente y excandidato presidencial, Al Gore; congresistas como Ted Kennedy o gobernadores como Bill Richardson Palabras más, palabras menos, todos hablaron de recuperar el prestigio perdido en la comunidad internacional; de ser fuertes, pero ser prudentes; de no confundir a los amigos con los enemigos; de vivir con confianza y no con miedo; de recuperar los valores y los principios; de ocuparse de la gente y no sólo de las empresas, etc Es decir, evidentemente de reponer o corregir todo lo que la actual administración ha descuidado o destruido En el mismo sentido, por supuesto, se expresaron John Kerry y su esposa Teresa Heinz, quienes pusieron especial énfasis en que el exsenador sería capaz de enfrentar con mejor ojo el reto de la seguridad La fuerza, dijo el nuevo candidato “es algo más que palabras duras” y consideró que más valía ser respetado y admirado, que temido O, como lo puso Clinton con evidente sarcasmo: “la sabiduría y la fuerza no tienen por qué estar reñidas” De acuerdo con su propia historia, el candidato a la vicepresidencia, John Edwards, fue el encargado de pronunciar el discurso de reivindicación social Habló de la existencia de dos Estados Unidos: de los que tienen y de los que no tienen, de los que saben y de los que no saben, de los que pueden y de los que no pueden No era difícil distinguir a quienes se refería Pero, sobre todo, fue el mensajero de la esperanza: “La gente está desesperada por sentirse optimista otra vez Yo sé lo que quieren y necesitan alguien que los levante de manera real, no sólo con retórica” Así, la que pretendió ser una Convención propositiva, acabó siendo un golpeteo constante contra la administración de George W y contra los círculos republicanos más recalcitrantes que lo rodean Nada novedoso, en realidad, en las contiendas políticas Lo que sí es nuevo, en todo caso, es que a esta posición partidaria se ha sumado un cúmulo de voces de todos los ámbitos de la sociedad estadunidense, que clama por sacar al junior y su equipo de la Casa Blanca La interrogante, sin embargo, es si este repudio expreso de una parte importante de la población de Estados Unidos tendrá expresión masiva en las urnas el próximo noviembre y si, junto con las pruebas documentales que lo acompañan, será suficiente para convencer de que voten por el binomio John-John a ese amplio sector de indecisos políticos, atenazados por las dudas y el miedo, que será finalmente el que decida el resultado electoral Con un núcleo duro que apoya incondicionalmente a los republicanos, y que es el que mantiene a Bush en las encuestas virtualmente empatado con Kerry, es también hacia este sector influenciable que se dirigen las baterías de los tozudos neoconservadores que hoy detentan el gobierno Y no es necesario esperar a la Convención Republicana para conocer su estrategia, porque la han venido desplegando en forma ininterrumpida Pese a todos sus escándalos, mentiras y fracasos, tanto en la guerra contra el terrorismo como en la invasión de Irak, George W no ha dejado de presentarse como un comandante en jefe fuerte, decidido y en quien se puede confiar Paradójicamente, mantiene al mismo tiempo un clima de incertidumbre permanente, pero es que ya se sabe que no se cambia a un general en medio de una batalla y a eso se quiere apostar Imposible de comprobar su veracidad para el ciudadano común, han sido ya varias veces las que se eleva la alerta terrorista Y, aunque hasta ahora no ha vuelto a pasar nada, queda la duda si esto fue porque en realidad no existía tal amenaza o porque el gobierno la conjuró a tiempo Una duda que conjuga perversamente miedo y esperanza Según algunos analistas estadunidenses, esta alerta se ha disparado coincidentemente cada vez que Bush pasa por una coyuntura muy desfavorable que hace bajar sus bonos electorales La última, por cierto, coincidió justo con la Convención Demócrata, lo cual despertó suspicacias en muchos; más todavía, porque después se reveló que se sustentó en información de inteligencia anterior a los atentados de 2001 El secretario de Seguridad Interna, Tom Ridge, supo sin embargo darle la vuelta y volvió a sembrar la duda Los republicanos duros y la Casa Blanca, por lo demás, no han disimulado que su objetivo es desacreditar al binomio demócrata como incapaz de enfrentar los retos de seguridad que exige el país Pese a que Kerry vivió en Vietnam la experiencia bélica que Bush eludió, no han vacilado en resaltar sus indecisiones ante la guerra de Irak y de calificarlo de un “aristócrata de izquierda” (valga la contradicción), incapaz de proteger a la gente y de tomar decisiones duras frente al enemigo En cuanto a Edwards, se destaca su poca experiencia en materia de defensa y de política exterior, en comparación con la de Dick Cheney, como si la del actual vicepresidente hubiera servido para algo más que para beneficiar al propio Cheney y a los intereses que lo rodean Pero en la lucha por el poder todo se vale Y está claro que las dos partes en pugna apostarán por exacerbar los dos sentimientos que dividen actualmente a la nación estadunindense: la indignación y el miedo Son las dos caras de una misma moneda Y esa moneda está en el aire

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