La invasión china

miércoles, 30 de diciembre de 2009

China se posiciona a pasos acelerados en África con el propósito de garantizar materias primas para su economía. Sólo en el primer semestre de 2009 invirtió 60 mil millones de dólares en los sectores del petróleo y de la minería del continente. Su estrategia le ha permitido ser un influyente actor político en la región. Más aún, unos 75 mil chinos pobres emigraron, junto con técnicos y empresarios, a diversos países africanos para trabajar en la construcción o en la manufactura. Incluso, unos 15 mil  de ellos laboran en Egipto en talleres clandestinos de ropa que luego venden por las calles de El Cairo.

 

BEIJING/ EL CAIRO.- China mantiene su ofensiva económica y política en África. Su objetivo: garantizar el suministro de las materias primas que requiere para su desarrollo económico.

De hecho, China es ya un actor de primer orden en ese continente. Y lo demostró apenas el mes pasado, cuando jefes de Estado y ministros de 49 países de la región asistieron al cuarto Foro de Cooperación China-África que se celebró el 9 y 10 de noviembre en la ciudad egipcia de Sharm El Sheikh.

Una semana después, el 19 de noviembre, la agencia de noticias Bloomberg informó que el gobierno de Beijing certificó una inversión por 8 mil millones de dólares que empresas chinas realizarán en Zimbabwe, país gobernado por Robert Mugabe, el sempiterno presidente que ha estado en el poder desde 1980.

“Socio global”

De hecho, China invierte y comercia a gran escala a lo largo y ancho del continente, especialmente en países ricos en minerales y petróleo como Angola, Sudán, Nigeria, Zambia y República Democrática del Congo.

Sólo en el primer semestre de este año las grandes corporaciones chinas del rubro energético invirtieron 60 mil millones de dólares en derechos de explotación en minas y campos petroleros, así como en la compra de acciones de compañías de este sector radicadas en África, de acuerdo con el diario español Público.

Asimismo, un estudio del Instituto Sudafricano de Asuntos Internacionales señala que 83% de las exportaciones africanas a China en 2007 fueron de petróleo. El comercio bilateral también se ha disparado. Desde 2000 se ha multiplicado por 10 y sigue creciendo a un ritmo vertiginoso: en 2008, el comercio superó los 106 mil millones de dólares,  45% más que en 2007, según datos de la oficina de Aduanas de China.

Un informe disponible en línea de la Fundación Rockefeller indica que sólo 15 de los 53 países africanos tiene superávit con el gigante asiático. Pero África, que necesita inversiones, carreteras, hospitales y otras obras de infraestructura, tiene en China un socio al que considera como su igual.

“Se ve a China como un socio global que tiene mucho dinero, pero que los trata de igual a igual”, explica Wenran Jiang, un experto en relaciones sino-africanas de la Universidad de Alberta, Canadá, en su blog wenran.blogspot.com.

Además, en países arrasados por guerras recientes, como Angola o Ruanda, las empresas chinas lideran la reconstrucción. El costo, la rapidez y la buena calidad de la oferta china en productos, tecnología y servicios para dicha reconstrucción son prácticamente imposibles de batir. Factores todos ellos que seducen especialmente a los gobiernos africanos.

“En términos de entrega y velocidad no hay una opción mejor que la  china. Puede haber factores negativos, pero la cuestión es cómo consigues un impacto más rápidamente”, explica a Proceso Felix Mutati, ministro de Comercio de Zambia.

Existe también otro factor que juega a favor del país asiático: a diferencia de Estados Unidos, la Unión Europea (UE) o de instituciones como el Banco Mundial, Beijing no condiciona sus créditos financieros y la ejecución de proyectos de comercio e inversión a la existencia de la democracia o la erradicación de la corrupción.

“Hay que ser prácticos. Todo es cuestión de eficacia a la hora de afrontar los retos del desarrollo”, reconoce Mutati.

Para las naciones africanas los términos de la relaciones con China son insuperables: consiguen productos chinos a precios más baratos, los suyos acceden más fácilmente al mercado chino y, a cambio de sus recursos, reciben millonarias inversiones –dinero que se inyecta para su desarrollo– y el apoyo diplomático del poderoso gigante asiático, el cual abandera la pretensión del continente africano de tener representación en el Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas (ONU).

En los hechos, China ha mostrado muy pocos escrúpulos a la hora de entablar relaciones con gobiernos africanos como los de Sudán, Zimbabwe, Chad y Guinea, a los cuales la comunidad internacional acusa de violar sistemáticamente los derechos humanos. Ello contribuye a que algunos gobiernos de Occidente vean con recelo el desembarco de China en África.

Los críticos –entre los que se incluyen organizaciones de derechos humanos– señalan además que China está aprovechando su poderío económico y las urgentes necesidades de recursos financieros por parte de África para saquear los recursos naturales de un continente cuya mayoría de países es pobre.

En la citada cumbre celebrada en Egipto el 9 y 10 de noviembre pasados, el primer ministro chino Wen Jiabao calificó como “desinteresada” la política de Beijing en África y negó las acusaciones de neocolonialismo.

“Las acusaciones de que China ha ido a África para saquear sus recursos y practicar el neocolonialismo son absolutamente insostenibles”, dijo. Y puso un ejemplo: China importa de África sólo 13% de lo que exporta a ese continente; remarcó también que la política de Beijing en la región “está orientada a contribuir al bienestar de la gente”.

Aunque las élites políticas africanas defienden la presencia china debido fundamentalmente a su eficacia, sobre el terreno la situación dista de ser idílica. En varios países, como Argelia, Angola y Namibia, han saltado a las páginas de los periódicos escándalos laborales y de corrupción en los que se han visto involucradas empresas del país asiático.

Es decir, el asunto va más allá de que las empresas chinas “lleven a sus propios trabajadores, de que en los contratos exijan un alto porcentaje de materiales chinos o de que no haya transferencia tecnológica”, advierte un diplomático de Namibia que accedió a hablar con Proceso a condición de anonimato. “Lo malo es que los chinos serán los nuevos imperialistas. Y a ver qué pasa entonces con África”, remata.

 

“Chinos-bolsa”

La luna de miel entre China y África ha impulsado también una segunda oleada de inversiones del gigante asiático en sectores no vinculados con los recursos naturales. Empresas chinas públicas y privadas están posicionándose con éxito en los mercados locales. Tal es el caso de las compañías de telecomunicaciones Huawei y ZTE.

Al mismo tiempo, miles de pequeños empresarios y emigrantes chinos han escogido África para hacer fortuna.

Una de ellas es Re, una joven de la provincia de Jilin que hace dos años llegó a El Cairo, la capital de Egipto, huyendo del desempleo. “Me dedico a vender ropa puerta por puerta”, explica a este semanario.

Como ella, un ejército de miles de chinos emigrados de los polos no industrializados del norte de China recorre los rincones de Egipto para vender la mercancía que producen talleres ilegales instalados en apartamentos de la capital egipcia.

En árabe se les conoce como los shanta sini (chinos-bolsa) por los fardos que cargan en la espalda. Fuentes del sector consultadas por Proceso estiman que son unas 15 mil personas en la capital de Egipto.

“Ahora me voy a un pueblo a tres horas de El Cairo a vender mis mercancías. Mi jefe chino emplea a otras 2 mil personas como yo para que distribuyamos las prendas que fabrica”, revela desde el interior de un destartalado minibús esta mujer vestida con chaqueta militar que sólo chapurrea unas pocas palabras de árabe, suficientes para poder regatear con los compradores.

La aparición del fenómeno de los shanta sini es un ejemplo de la idiosincrasia emprendedora del pueblo chino, que no deja escapar oportunidad empresarial que se le ponga delante. Ni siquiera en África: “a los egipcios no les gusta ir a las tiendas a comprarse ropa; y las mujeres comen muchos dulces y están muy gordas. Así que prefieren comprar la ropa, muchas veces a la medida, en sus propias casas, porque tienen vergüenza. Ahí radica el éxito de la venta a domicilio”, explica Yu, una joven de 21 años cuya familia posee ocho talleres, 60 almacenes y emplea a mil 500 vendedores ambulantes.

“En 15 años mi tío, uno de los primeros chinos que llegó a Egipto, ha hecho una fortuna de 4 millones de euros”, asegura sin pudor.

Según Yu, los empresarios chinos emplean a trabajadores egipcios para confeccionar las prendas debido a que éstos cobran salarios más bajos: apenas 65 euros al mes. Los talleres ilegales chinos se sitúan en los barrios populares de la megalópolis egipcia, como el de Hdayk El Koba o Aim Shams.

En esos barrios las mujeres visten burkas integrales y se pasean silenciosas, mientras que automóviles decrépitos sortean ovejas y vacas que pastan en medio del asfalto.

La emigración china a África es un fenómeno que se remonta al siglo XIX, cuando cientos de ciudadanos del llamado Imperio del Centro llegaron a Sudáfrica para trabajar en las minas de oro controladas por los Bóers. Pero fue en la última década cuando se multiplicó la llegada al continente de estudiantes, empresarios y aventureros chinos, cuyo número ascendería a 750 mil, según cifras oficiales de gobierno de Beijing.

La mayoría emigra de las áridas regiones del noreste de China, las cuales presentan un retraso económico y social de décadas en comparación con las florecientes provincias costeras y los polos urbanos del centro del país. Además, el desmesurado proyecto de la presa de las Tres Gargantas ha provocado la reubicación de más de un millón de personas y ha disparado el desempleo en lugares como Chongqing.

El resultado: muchos optan por emigrar fuera de China. Y de ello se aprovechan las llamadas agencias “caza inmigrantes”. Existe un millar de ellas en todo el país asiático. Sus empleados y representantes buscan pueblo por pueblo a los candidatos idóneos para levantar puentes, construir carreteras o dirigir fábricas en África.

“Les proporcionamos un trabajo seguro durante un tiempo, un visado y un billete de avión. Viajan en grupos de entre 10 y 30 personas y los destinos principales son Nigeria, Gabón, Angola y Uganda”, explica Huang Yi Ming, quien gestiona uno de estos establecimientos en Chongqing.

Los emigrantes reciben entre 500 y 900 euros mensuales de salario en función de la formación de la que disponen. Antes de embarcarse en la aventura africana deben desembolsar 2 mil euros como depósito para asegurar que mantendrán su compromiso contractual.

“Muchos empresarios prefieren chinos en vez de trabajadores locales porque laboran sin descanso y saben que el producto o servicio estará listo a tiempo”, concluye Huang.