Las lecciones no aprendidas de Afganistán

viernes, 4 de diciembre de 2009

MÉXICO D.F., 4 de diciembre (apro).- “Prácticamente no hay un espacio de tierra importante en Afganistán, que no haya sido ocupado en algún momento u otro por nuestros soldados. Sin embargo, gran parte del territorio permanece en manos de los terroristas. Controlamos los centros provinciales, pero no podemos mantener el control político sobre los territorios que ocupamos”.

         Esto no lo dijo en días recientes algún general estadunidense o de las fuerzas de la Organización del Atlántico Norte (OTAN) que libran una guerra contra la resistencia talibán en ese país centroasíatico, sino el mariscal Sergei Akhromeyev, comandante en jefe de las fuerzas armadas soviéticas, en un informe al Kremlin en 1986.

         Según Victor Sebestyen, autor del libro “La revolución de 1989. La caída del imperio soviético”, publicado en julio de este año y del cual el Times londinense publicó algunos extractos, en ese séptimo año de la invasión soviética a Afganistán, que ya le había costado a la URSS 12 mil hombres, los gobernantes de Moscú querían saber por qué 109 mil soldados soviéticos eran “humillados una y otra vez por una banda de terroristas”.

         “Nuestros soldados no son culpables”, defendía Akhromeyev. “Han luchado con increíble valor en condiciones extremadamente difíciles. Pero ocupar ciudades y pueblos no tiene gran validez en un país tan grande, donde los guerrilleros simplemente pueden desaparecer en las montañas”.

         En su reporte, el mariscal ruso insistía en las dificultades del terreno y en la necesidad de recibir más tropas y equipo militar. Aseguraba que el 99% de las batallas y escaramuzas libradas en Afganistán había sido ganado por “sus muchachos”, pero, al día siguiente, “los terroristas que se suponía habían sido eliminados, volvían a aparecer en el mismo lugar”.

         Y eso, subraya Sebestyen, que en sus métodos los soviéticos llegaron a ser brutales, con bombardeos masivos y arrasamiento de poblaciones enteras –se calcula que unos 800 mil afganos murieron durante los diez años de guerra con la URSS–, y que constantemente cambiaban sus estrategias y renovaban sus tropas.

         Hoy, que las fuerzas del Pentágono y la OTAN han cumplido ocho años entrampadas en el mismo terreno, los lugares de combate suenan familiares, dice el investigador en el artículo del Times. Entonces como ahora, las zonas más problemáticas estaban en la frontera con Pakistán, por donde pasaban combatientes y armas; y en las provincias del sur del país, como Helmand y Kandahar, dominadas por los jefes tribales. Ahí, “en cuanto las tropas soviéticas abandonaban sus fortificaciones, estaban en peligro de ataques y atentados por parte de mujaidines”.

         Documentos desclasificados después de la caída de la Unión Soviética, revelan que la guerra en Afganistán se caracterizó por una disputa constante  entre los jefes políticos y militares de Moscú. De entrada, los primeros ordenaron en 1979 la invasión, a pesar de las recomendaciones en contra de los segundos, que recomendaban prudencia a la luz de las desastrosas experiencias de los ejércitos zaristas y británicos en el siglo XIX.

         Conocido desde entonces como “el cementerio de los ejércitos extranjeros”, por su ubicación estratégica en Asia Central, Afganistán ha sido históricamente una tierra de tránsito y de invasiones. Desde Ciro el Grande hasta Tamerlán, pasando por Alejandro Magno y por Gengis Khan, persas, helenos, mongoles y turcos se disputaron su control; y, ciertamente, la “ruta de la seda” que abrió el paso de los europeos hacia la India y China, también cruzaba por sus montañas.

         Producto de todos estos forcejeos, Afganistán no logró consolidarse como entidad sino hasta mediados del siglo XVIII. Y, hasta la fecha, debido no sólo a su accidentada geografía, sino a la diversidad de sus grupos étnicos, no sólo las potencias extranjeras han tenido dificultad en someterlo a sus interses, sino que el mismo gobierno central de Kabul ha sido incapaz de controlar a los jefes provinciales, lo que ha redundado en una permanente inestabilidad política del país.

         Pero las experiencias concretas a las que se referían los asesores militares del Kremlin para disuadir la invasión de 1979, eran las disputas entre rusos y británicos por controlar el territorio afgano. Los primeros, porque pretendían tenerlo como dique frente al imperio Otomano y, al mismo tiempo, asegurarse un paso hacia las cálidas aguas del mar Arábigo; los segundos, porque querían tener garantizado el paso hacia su colonia en la India, frenar las migraciones nómadas y eliminar los “santuarios” montañosos, donde se refugiaban los rebeldes antibritánicos.

         Ante las dificultades que implicaba una campaña militar, los estrategas zaristas optaron por el cortejo y el soborno, mientras que los británicos se decidieron por el juego rudo, lo que derivó en las tres guerras anglo-afganas de los siglos XIX y XX. Y si bien a la postre la corona británica logró establecer un “protectorado” en Kabul y dominar su política exterior, nunca logró colonizar el país, cuyos grupos tribales siempre ofrecieron una feroz resistencia a los invasores extranjeros.

         Particularmente la primera guerra anglo-afgana se saldó con una paliza de los asiáticos a los europeos. Además de tener que batirse en retirada ante las constantes derrotas, de los 15,600 súbditos de su “graciosa majestad” que salieron de Kabul, sólo uno logró llegar con vida al puesto de montaña que los británicos tenían en la India, debido al inclemente frío, el hambre y los constantes ataques sobre el camino.

         Por ello Frederick Roberts, uno de los pocos generales británicos victoriosos en la segunda campaña militar, recomendó inmiscuirse lo menos posible en Afganistán: “Tal vez no halague mucho nuestro amor propio, pero creo estar en lo correcto cuando digo que, mientras menos nos impongamos a los afganos, menos nos detestarán y más posibilidades habrá de que se pongan de nuestro lado, cuando sea necesario”.

         Pero los jerarcas del Kremlin no quisieron escuchar este consejo cien años más tarde, y cayeron en la ratonera. Una vez ahí, el problema fue salir, tarea que le tocó a Mijail Gorbachov. Cuando tomó el poder en 1985, dijo que su prioridad era acabar con esa “herida sangrante”, pero tuvo que esperar cuatro años más para “salvar la cara y retirarse con honor”. Fue un proceso agónico que cobró la vida de miles de soldados más y marcó el principio del derrumbe del imperio soviético, concluye Victor Sebestyen.

         “Nunca aprendimos cómo librar la guerra ahí”, reconocería posteriormente Gorbachov, aunque habría que consignar que sus tropas no sólo se enfrentaron a la resistencia interior afgana, sino a los apoyos que le brindaron desde fuera Estados Unidos y varios países musulmanes vecinos, unos para detener el avance comunista y otros para defender el Islam.

         En octubre de 2001, después de los criminales atentados del 11 de septiembre contra Washington y Nueva York, una coalición internacional encabezada por Estados Unidos atacó Afganistán, donde el régimen de los estudiantes islámicos conocidos como talibanes daba cobijo al grupo extremista Al Qaeda y su dirigente, Osama Bin Laden, señalados como los perpetradores de los ataques.

         Pocos en el mundo objetaron esta acción militar, ante la gravedad de los hechos y las atrocidades que en nombre del Islam cometían los talibanes contra la población afgana, particularmente las mujeres. El objetivo de sacarlos del poder se cumplió con relativa rapidez, pero a ocho años de los primeros bombardeos mantienen una feroz resistencia en amplias zonas del país, su líder el mulá Omar y Bin Laden no han sido apresados, y Al Qaeda mantiene ramificaciones en diversas partes del globo.

         Oficiales occidentales participantes en el conflicto han declarado en diversas ocasiones que la fuerza multinacional no puede ganar militarmente la guerra en Afganistán y que, para asegurar la paz, habría que negociar con los talibanes. Concretamente en 2008, el comandante saliente de las fuerzas británicas, brigadier Mark Carleton-Smith, dijo que ganar la guerra no era “factible ni sostenible”, y que lo que había que hacer, era reducir el nivel de violencia en ese país.

         Indignado, el secretario de Defensa Robert Gates –entonces todavía bajo la administración Bush, pero que sigue en el cargo con Obama– calificó estos comentarios como “derrotistas”; y aunque admitió que los desafíos en Afganistán eran grandes, sugirió que no había que desestimar las posibilidades de triunfo a largo plazo.

         Un año después, con la situación no sólo empantanada sino en franco deterioro, Gates modificó su discurso. “Las metas que nos hemos planteado para Afganistán son demasiado amplias y a un futuro demasiado largo. Se requiere de un plan de tres a cinco años para restablecer el control en ciertas áreas, proporcionar seguridad a la población, perseguir a Al Qaeda, impedir la proliferación del terrorismo y dar mejores servicios a la gente – algunos puntos concretos”.

         El planteamiento más específico, empero, provino del comandante conjunto de las tropas de Estados Unidos y la OTAN en Afganistán, el general Stanley McChrystal, que al igual que en su momento el mariscal Akhromeyev, lo que hizo fue pedir un aumento masivo de tropas y pertrechos militares. La mayoría de los altos mandos del Pentágono coincide en este punto como una necesidad para frenar la resistencia, pero advierte que “en sí, la guerra no podrá ser ganada, si no se establecen objetivos realistas y a corto plazo”.

         Para algunos oficiales, la estrategia seguida hasta ahora es militarmente “perdedora” y los esfuerzos de reconstrucción del país “carecen de coherencia”, no sólo por su fragmentación, sino porque el gobierno central de Kabul, encabezado por Hamid Karzai, se ha evidenciado como “corrupto e incapaz”. Pero el punto central para el Estado Mayor Conjunto, es que se requiere de un enfoque más integral hacia Afganistán y Pakistán, donde los insurgentes utilizan como bases los territorios inaccesibles e ingobernados de la frontera, para lanzar ataques cada vez más complejos y mortíferos sobre las fuerzas de la coalición.

         El martes 1º de diciembre, después de tres meses de análisis, el presidente Barack Obama anunció el envío de 30 mil efectivos adicionales a Afganistán y solicitó a sus aliados occidentales varios miles más. Dijo que se trataba de un refuerzo para concluir la tarea y acelerar la salida, que fijó para 2011. También presentó un plan que responde al “cambio de estrategia” planteado por los mandos castrenses.

         Aparte de decepcionar a gran parte del electorado que votó por él con la esperanza de dar fin a la era belicista de George W. Bush, muchos analistas dudan de que las tropas estadunidenses tengan en Afganistán un destino mejor del que tuvieron anteriormente las británicas y las soviéticas. Y recuerdan que el problema no es entrar, sino salir.

         En febrero de este año, Obama dijo a la revista US News & World Report que el momento más reflexivo de su joven presidencia había sido cuando se sentó a firmar cartas para las familias de los soldados caídos en Irak y Afganistán. “Esto te recuerda las responsabilidades que tienes en este cargo, y las consecuencias de las decisiones que tomas”.

         Todo indica, que tendrá que firmar muchas cartas más…