Occidentales y musulmanes: Vivir bajo sospecha

miércoles, 13 de enero de 2010

MÉXICO, D.F., 13 de enero (apro).- Más allá de provocar el incremento de las medidas de seguridad aeroportuarias y una revisión de los sistemas de inteligencia de Estados Unidos y Europa, el fallido atentado protagonizado por el  nigeriano Umar Faruk Abdulmutallab el día de Navidad, devolvió a un primer plano las sospechas que caracterizan la de por sí ya difícil relación entre occidentales y musulmanes desde los atentados de 2001 y su subsecuente “guerra contra el terrorismo”.

         El hecho tuvo particular resonancia, porque ocurrió nuevamente dentro del espacio estadunidense; pero antes y después estuvo rodeado de noticias que dan cuenta de la tensión que se mantiene entre las partes, pese a las esperanzas que despertó el fin de la época belicista de la administración Bush y el advenimiento de un estilo más conciliatorio en la Casa Blanca.

         La principal de ellas, el anuncio del presidente Barack Obama del envío de 30 mil efectivos estadunidenses – y 10 mil europeos– más a Afganistán para “terminar la tarea”, como dijo. Pero ocho días antes de Navidad hubo también un ataque conjunto de fuerzas estadunidenses y yemeníes contra supuestas bases de Al Qaeda en Yemen. Partes oficiales consignaron 35 militantes muertos, pero prensa y oposición hablaron de hasta 120 víctimas mortales, la mayoría civiles.

         Luego vendría el asesinato de siete agentes de la CIA en Afganistán y la promesa de venganza de esta agencia de inteligencia estadunidense. También la indignación de gobierno y pueblo iraquíes por la anulación de los cargos a cinco guardias de la empresa Blackwater que mataron a 14 de sus compatriotas en 2007. Ya ni hablar de los constantes ataques y atentados recíprocos –casi siempre con víctimas civiles– que se dan en Afganistán, Irak y la frontera con Pakistán.

         Pero sin necesidad de ir a los escenarios de guerra, hay otras señales del recelo que hay entre Occidente y el Islam. En noviembre, un referendum en Suiza se pronunció por prohibir la presencia de minaretes en las mezquitas del país. El resultado provocó una favorable reacción en cadena en varias naciones europeas que se confrontan cada vez más con su creciente población musulmana. Y, hace una semana, fue detenido un somalí que ingresó a la casa del caricaturista danés Kurt Westergaard, supuestamente para matarlo por una caricatura ofensiva contra Mahoma.

         Estos, sin embargo, son sólo algunos datos aislados. Si bien la animadversión entre el mundo cristiano y el musulmán puede rastrearse por catorce siglos, desde la dominación árabe de Europa hasta la colonización europea del siglo XIX, pasando por las Cruzadas y otras guerras, en la época más reciente primero los movimientos nacionales y después, y sobre todo, el surgimiento de grupos islamistas radicales y violentos, han generado un nuevo tipo de enfrentamiento entre estos dos sistemas de valores que parecen excluyentes entre sí.

         Ya desde mediados del siglo pasado las metrópolis europeas vieron cómo algunos de los independentistas más audaces de las naciones árabes llegaban hasta sus puertas a exigir libertad de manera poco amable; y después cómo el conflicto palestino-israelí se trasladaba a su territorio vía sangrientos atentados. Luego los estadunidenses, que las sustituyeron en la dominación del vasto y rico mundo del Islam, empezaron a resentir las consecuencias con sorpresivos y demoledores ataques contra sus intereses.

         Pero sin duda los atentados contra Washington y Nueva York (2001), y luego Madrid (2004) y Londres (2005), perpetrados por una nueva estirpe de extremistas islámicos que preconiza la yihad o “guerra santa”, son los que han marcado la actual tónica de las relaciones entre occidentales y musulmanes. La vulneración territorial, pero sobre todo el ataque contra civiles inermes que nada tenían que ver con los conflictos políticos, dieron a la confrontación un inevitable cariz religioso y cultural. De ahí a los estereotipos y las generalizaciones hubo un solo paso.

         Como se sabe, la respuesta gubernamental de Occidente, con Estados Unidos a la cabeza, fue la apertura de varios frentes de guerra en países islámicos, que aún persisten y que han cobrado un sinnúmero de víctimas inocentes, creando más resentimientos y una espiral de violencia sin fin. Pero también en el campo legal del combate al terrorismo los prejuicios contra las musulmanes se han hecho constantemente presentes.

         Después de los atentados del 11 de septiembre, el gobierno estadunidense arrestó a miles de personas “sospechosas de terrorismo”, violando sus derechos legales y civiles. Y los más afectados, según un informe del Instituto de Políticas de Migración con sede en Washington, fueron los musulmanes. “La administración de George Bush alentó el registro de casas y comercios musulmanes; hubo redadas de familias enteras, se estableció el registro obligatorio de poseedores de visas emitidas en países musulmanes, se interrogó a miles de ciudadanos de origen iraquí, se investigaron las finanzas de organizaciones islámicas, se pidió información sobre sus fieles a las mezquitas…”

         Paralelamente, los políticos, los medios de comunicación e inclusive intelectuales y académicos incurrieron en una retórica antiislámica, permeando a la opinión pública. En 2003, la organización Human Rights Watch denunció que después del 11/S los crímenes de odio contra la comunidad musulmana en Estados Unidos crecieron 1,700%, incluidos asesinatos, asaltos, incendios provocados y vandalismo. Las organizaciones musulmanas y árabes, por su parte, recibieron miles de denuncias de hostigamiento y violencia motivados por prejuicios religiosos o raciales.

         Y aunque el gobierno, incluido George W., condenó públicamente estos ataques, los organismos humanitarios consideraron que los órganos encargados de aplicar la ley no se prepararon suficientemente para la ola de actos violentos que previsiblemente se iba a dar. Además, criticaron el doble lenguaje gubernamental, al proceder a una detención masiva de árabes y musulmanes, y demonizar a los países de esta filiación, extendiendo sobre todos ellos “un manto de sospecha”, que persiste hasta hoy.

Según el Foro Pew sobre discriminación y vida pública, los musulmanes son percibidos por los estadunidenses como el grupo religioso más discriminado del país, pese a no conformar una comunidad cohesionada. Con alrededor de 8 millones, los musulmanes en Estados Unidos muestran claras diferencias de origen étnico (árabes, africanos, asiáticos) y religioso (sunitas, chiitas, sufíes, etcétera), pertenecen a diversos sectores sociales y corrientes políticas, y unos están más asimilados que otros a la cultura estadunidense.

         Entre ellos se cuentan los descendientes de esclavos traídos de Africa, a los que se considera los “musulmanes indígenas de Estados Unidos”. De hecho, hasta los años sesenta, éstos eran los representantes más importantes del Islam en la Unión Americana y tenían un fuerte vínculo con el movimiento de liberación afroamericano, con personajes como Malcolm X o Ellijah Muhammad. Después vendrían las inmigraciones de diversos países islámicos. Y aunque el imaginario colectivo tiende a “meter a todos en el mismo saco”, no se sabe de ninguna reacción conjunta de este colectivo ni aun en los momentos de conflicto más candantes.

         Más antigua y compleja es la relación de europeos y musulmanes, tanto por su historia como por cercanía geográfica. Según los últimos cálculos, en Europa viven actualmente unos 53 millones de musulmanes. Dos terceras partes, en países donde el Islam es mayoritario y autóctono como Albania, Kosovo, Bosnia-Herzegovina y el Cáucaso ruso, además de Turquía que tiene un pie en suelo europeo. El tercio restante se distribuye dentro de las fronteras de la Unión Europea.

         La mayoría de esta población musulmana está compuesta por inmigrantes que empezaron a llegar en los años 50 y se asentaron por afinidad lingüística y cultural en el territorio de sus antiguas metrópolis coloniales. En los últimos dos decenios, sin embargo, esta presencia se incrementó debido a migraciones masivas producto de la situación económica, las persecuciones políticas y las guerras, incluida la de Los Balcanes; además de una alta tasa de natalidad, comparada con el resto de la población europea. Ello condujo a fuertes tensiones sociales que derivaron en xenofobia y, no pocas veces, en actos de discriminación y violencia racista.

         En este clima ya crispado se produjeron los atentados de Madrid y Londres. Si ya antes los musulmanes eran “molestos”, ahora eran sospechosos, con el agravante de que en suelo europeo se han detectado numerosas células de presuntos terroristas, en un ambiente en que muchos jóvenes musulmanes, hijos de la primera generación de inmigrantes y socialmente poco favorecidos, están abrazando un Islam radical como elemento de identidad y escape.

         Así, junto con los actos cotidianos de discriminación y acoso que no trascienden hasta las noticias, se ha dado una serie de confrontaciones públicas, algunas con consecuencias funestas. La más conocida, sin duda, fue la de las caricaturas satíricas de Mahoma, publicadas en 2005 por el periódico danés Jyllands Posten y reproducidas por otros diarios europeos, que provocaron no sólo reclamos de ciudadanos, sino de gobiernos musulmanes, y protestas masivas en varias naciones islámicas, que se saldaron inclusive con muertos.

         Pero también estuvo el caso del cineasta Theo Van Gogh, que fue asesinado por un holandés musulmán debido a una película que criticaba el trato discriminatorio que reciben las mujeres en el Islam. Este tema ha sido particularmente sensible, porque choca de frente con los valores liberales europeos, y ha incluido asuntos como el uso del velo en público, la ablación femenina o el asilamiento social  de las mujeres, tradiciones que muchos inmigrantes han querido continuar en Europa.

         Ello ha desatado acalorados debates a todos niveles sobre los límites de la libertad de expresión, la práctica de tradiciones y el uso de símbolos religiosos en un espacio secular que preconiza la separación entre lo público y lo privado, pero también defiende a ultranza las libertades individuales y colectivas. En esto han chocado no sólo europeos y musulmanes, sino también organizaciones liberales y conservadoras europeas, marcadamente los partidos xenófobos que han proliferado en Europa occidental. En este campo se incluye también la discusión sobre el ingreso de Turquía a la Unión Europea, ya que, además de sus pocos méritos económicos y democráticos, juega un papel clave su filiación islámica.

         En cualquier caso, según Naciones Unidas “cada vez más líderes políticos, medios influyentes e intelectuales en el mundo occidental están equiparando al Islam con violencia y terrorsimo”. Este fenómeno ha sido denominado “islamofobia” y fue definido en 2005 por el Consejo de Europa como “…el temor o los prejuicios hacia el Islam, los musulmanes y todo lo relacionado con ellos. Ya sea que tome forma de manifestaciones cotidianas de racismo o discriminación u otras formas más violentas, la islamofobia constituye una violación de los derechos humanos y una amenaza para la cohesión social”.

         Barack Obama mismo fue víctima de ella durante su campaña, cuando se le hizo ver como un musulmán “encubierto” por su pasado en Indonesia, su segundo nombre (Hussein) y la similitud de su apellido, Obama, con el nombre de Osama. Según encuestas, hasta hoy 12% de los estaunidenses sigue creyendo que en realidad Obama es musulmán. En todo caso, el nuevo presidente afroamericano creó esperanzas de que limaría asperezas con ese mundo que conoce bien. Lo hizo en su discurso de toma de posesión y, posteriormente, en sus visitas a Turquía y Egipto. Pero sus últimas decisiones, junto con el torpe intento de atentado de Abdulmutallab, auguran más bien que la tensión subirá.

 

jpa

---FIN DE NOTA---

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