En Cuba, la libreta en vías de extinción

jueves, 7 de enero de 2010

LA HABANA, 7 de enero (Proceso).- “Libreta (de alimentos subsidiados) sólo para el que trabaje, para el vago todo el peso de la ley, con autoridad y sin complacencia”, escribió A. S. Fernández en una carta publicada el pasado 23 de octubre por el diario Granma, órgano del Partido Comunista de Cuba (PCC).

Como Fernández, decenas de cubanos utilizan la relativamente nueva sección de cartas del Granma, la cual se inició el 20 de noviembre de 2008, para expresar su opinión sobre un tema que actualmente se debate en la isla: debe permanecer o desaparecer la libreta de abastecimiento de alimentos subsidiados instituida por el gobierno de Fidel Castro, en 1962, como una de las conquistas de la Revolución.

De hecho, más de 70% de los 11 millones de cubanos han vivido desde que nacieron bajo el sistema de racionamiento de alimentos y de otros productos de primera necesidad.

Por medio de la libreta, el gobierno de la isla distribuye a la población (incluso a los que no trabajan o son opositores) una cuota mensual de arroz, azúcar, pan, frijoles, pollo, aceite, café y huevos a precios subsidiados.

Cada cubano obtiene mensualmente 230 gramos de picadillo de carne mezclada con soya; 3.5 kilos de arroz; 2.5 kilos de azúcar; medio kilo de frijoles; 230 gramos de aceite; 460 gramos de pescado con cabeza o 316 gramos sin cabeza; 460 gramos de pollo sin deshuesar; 10 huevos; 460 gramos de espagueti; 115 gramos de café, y algunos gramos de carne en conserva (salchicha o mortadela). Además, recibe diariamente un pan y, para los niños de siete años o menores de esa edad, un litro de leche.

A los hombres y mujeres nacidos antes de 1956, les vende a 6 pesos (24 centavos de dólar) tres cajetillas de cigarros.

Los ciudadanos de la isla pagan por todos estos productos el equivalente a tres dólares. Al cierre de 2008, el salario medio mensual era de 415 pesos, equivalente a unos 17 dólares, según la cotización oficial.

“Es injusto que núcleos (familias) donde viven personas en edad laboral y que no quieren trabajar, reciban los mismos beneficios que los grupos de más bajos ingresos de la sociedad… Teniendo en cuenta los argumentos, el Estado debería cambiar esta situación y que sólo reciban los beneficios de la libreta aquellas personas que de verdad los necesiten”, escribió R. Fonseca Abreu el pasado 13 de noviembre en la mencionada sección del periódico Granma.

En la misma sección, R. D. Goizueta Domínguez hace una crítica cruda de las mujeres y hombres cubanos que no trabajan. Los llama “vagos absolutos”. Se pregunta: “¿Cómo le cobramos al vago por los beneficios que reciben él y su familia de la sociedad sin que aporte algo?”

Él mismo responde: “Tendremos que marcar al vago con un letrero en la frente para que pague dondequiera que vaya, o abochornar a los familiares con el epíteto de ‘familiares de un vago’. O podríamos aislar a los vagos, como ya se hizo una vez con funestas consecuencias.

“El vago es una semilla que cuando germina hace renacer todo lo que hemos querido erradicar de la anterior sociedad, comenzando con la explotación del hombre por el hombre, las drogas, la prostitución y una gran cantidad de otros etcéteras muy negativos.”

J. Pacheco Seguí considera que los “alimentos normados” pueden desaparecer gradualmente de la libreta. Cree que eso ofrecerá mayor seguridad al pueblo y al Estado, según escribió el pasado 23 de octubre.

Ese mismo día, A. S. Fernández se lanzó contra los vagos que viven del “cuento ante los ojos de todo el pueblo”.

Escribió: “Para cualquier persona digna, revolucionaria, es una desvergüenza (sic) y una burla ver cómo disfrutan de todos los derechos y conquistas de la Revolución, mientras se dan una vida de lujos”.

J. Gutiérrez Alonso, M. Santana Pérez, D. Rojas y J. Puigvert García se oponen a la desaparición de la libreta de alimentos, pero proponen que no la obtengan aquellos que no trabajan. “Es cierto que por medio de ella se subsidia tanto a los trabajadores como a los vagos, pero lo mismo sucede con la salud y la educación, y nadie lo pone en duda”, dice J. Gutiérrez Alonso en su carta publicada el 25 de septiembre.

“Cuando pensamos en el vago, nos viene a la mente: ¿cómo pueden mantenerse si no trabajan?, y, peor aún, ¿cómo viven mejor que yo, que trabajo todos los días y cumplo estrictamente con un horario? Todos sabemos que se valen de artimañas que van en contra de los principios de nuestra sociedad, y eso sí lleva implícitas medidas más enérgicas y sistemáticas”, señala el texto de M. Santana Pérez, del 25 de septiembre.

L. E. Rodríguez Reyes es más crudo. En su carta publicada el 7 de agosto propone la desaparición de la libreta, con el propósito de eliminar algunas ilegalidades que sufre la sociedad cubana.

“El llamado mercado negro procede de la bodega, la panadería o los almacenes. Nadie tendría que sobornar a un bodeguero o despachador de pan.”

Rodríguez Reyes no tiene duda de que desapareciendo la libreta de alimentos subsidiarios “la corrupción disminuiría”.

“¿Qué voy a comer?”

 

El debate sobre la desaparición de la libreta de racionamiento ocurre cuando el gobierno de la isla adopta medidas para afrontar la caída del crecimiento económico y la crisis de liquidez que padecen sus empresas.

Las penurias se asoman por todas partes, pero se resienten más en la canasta de productos básicos de los cubanos.

Un dato es elocuente: las importaciones de alimentos de Estados Unidos, el quinto socio comercial de la isla, cayeron en 2009 40%. Su monto no superará los 590 millones de dólares, 280 millones de dólares menos que 2008, informó Igor Montero, presidente de la empresa estatal Alimport.

La escasez de alimentos y la baja producción en el campo empujan al alza de los precios en los mercados agropecuarios, tanto estatales como privados. Por si fuera poco, el Estado dejó de ofrecer productos del campo a través de la libreta de abastecimiento. Todo ello tiene en vilo a los cubanos.

“En junio nos redujeron las cuotas de granos y sal que nos entregaban mediante la libreta de abastecimiento. En noviembre nos quitaron de la libreta las papas y los chícharos. Quieren que los compremos en el mercado libre con precios mucho más caros”, expresa enojado Ricardo Fundora, jubilado de 65 años.

Agrega:”Nosotros trabajamos tantos años. Me jubilé con salario de unos 300 pesos cubanos (unos 12 dólares). La mayoría de la población sobrevive con lo poco que nos dan en la libreta. Si nos la quitan, ¿qué voy a comer?”

A partir de junio pasado los centros de distribución –conocidos como bodeguitas– redujeron la cuota de frijoles colorados y de chícharos de 850 gramos a 260 gramos mensuales. La cuota de sal –que se entregaba cada tres meses– se redujo de un kilo a 500 gramos.

Desde el 1 de noviembre, la papa fue excluida del sistema de racionamiento y apareció en el mercado libre a 10 centavos de dólar el kilo, un precio que duplica al que tenía en el sistema subsidiado.

Pedro Peraza es un maestro jubilado que vive solo. Ninguno de sus familiares le ayuda con sus gastos. Su único ingreso es el de su pensión: 350 pesos (unos 14 dólares) mensuales. De vez en cuando recibe dinero extra por dar clases particulares.

“No puedo aceptar que el gobierno nos esté orillando a no comer. Es imposible que un viejo como yo tenga el dinero para comprar en los mercados privados. No estoy de acuerdo en la desaparición de la libreta. El gobierno tiene el compromiso de nuestra subsistencia. Nosotros ya cumplimos con el gobierno y la sociedad, ahora ellos tienen que velar por nuestro bienestar”, sentencia.

Este reportaje se publicó originalmente en la edición 1731 de la revista Proceso que está en circulación.

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