Guatemaltecos de Indias

martes, 19 de octubre de 2010

Durante décadas autoridades de salud de Estados Unidos experimentaron con el contagio de la sífilis; los sujetos de estudio eran negros de un condado de Alabama. Pero una investigadora del caso halló por casualidad documentos que revelaban los antecedentes del experimento: son reportes de los años cuarenta sobre la inoculación de la enfermedad entre soldados, presos y hasta pacientes de un hospital psiquiátrico de Guatemala, sin su conocimiento y en complicidad con las autoridades locales. El caso ya cimbró a la diplomacia estadunidense, al grado de que Barack Obama y Hillary Clinton han ofrecido disculpas al país centroamericano mientras ordenan una investigación a fondo.

SAN DIEGO, California, 19 de octubre (Proceso).- En 1946 en una celda de la Penitenciaria Nacional de Guatemala un médico estadunidense pica con una aguja el pene de un prisionero. Cuando brota la sangre le coloca un algodón impregnado de una sustancia incolora...

El reo no sabe qué le están haciendo ni por qué. Tampoco sabe que a otros prisioneros los están sometiendo al mismo procedimiento. Ignora que a ellos, a soldados y hasta a pacientes del Hospital Nacional de Salud Mental les están inoculando la bacteria de la sífilis como parte de un estudio que el gobierno de Estados Unidos lleva a cabo en Guatemala exactamente el mismo año en el que en Nuremberg se condena a médicos nazis por los experimentos a los que sometieron, sin su consentimiento, a prisioneros de guerra.

Prácticamente nadie sabía de este experimento hasta el pasado enero cuando en el Congreso de la Asociación Americana de Historia de la Medicina, en Rochester, Minnesota, la doctora Susan Reverby, historiadora médica del Wellesley Collage, dio a conocer los resultados de una investigación que hizo en los archivos de la Universidad de Pittsburgh.

Desde 2006 la doctora Reverby ya había revisado esos archivos para documentar su libro Examining Tuskegee en el que puso al descubierto el experimento que el Departamento de Servicios de Salud Pública de Estados Unidos (PHS por sus siglas en inglés) llevó a cabo de 1932 a 1972 en esa ciudad de Alabama, inoculando sífilis a 600 hombres, todos negros.

A Reverby –doctora en Estudios Americanos por la Universidad de Boston y directora del Departamento de Estudios de la Mujer y Género del Wellesley College– le llamó la atención el estudio Tuskegee: la sífilis sin tratamiento médico entre los hombres negros, porque las inoculaciones fueron hechas sin el conocimiento pleno de los pacientes.

“Los investigadores les dijeron que estaban siendo tratados con medicamentos para ‘la mala sangre’, un eufemismo local para describir algo que podría variar entre anemia, sífilis o fatiga”, dice Reverby en entrevista con Proceso.

Descubrió que a los sujetos del estudio nunca se les medicó a pesar de que a mediados de los cuarenta la penicilina ya había demostrado su efectividad contra la sífilis.

“Cuando estaba haciendo la investigación encontré (…) varias cajas de documentos del doctor John Cutler, quien había sido maestro en el Wellesley College, así que anoté la información y seguí mi trabajo”, dice Reverby.

Cuando terminó el libro volvió a revisar las cajas; Reverby esperaba hallar información del doctor Thomas Parran Jr., cirujano general de Estados Unidos en la época en que dio inicio el estudio Tuskegee, pero lo que encontró la dejó sorprendida: descubrió que Cutler también había participado en el proyecto Tuskegee.

“Me di cuenta de que Cutler no hablaba de Tuskegee sino de otro experimento, también sobre la sífilis, en Guatemala”, dice Reverby. “Conforme fui abriendo las cajas la sorpresa fue cada vez mayor porque estaba frente a un estudio del que prácticamente no había rastro”.

Un resumen de los documentos aparecerá en la edición de enero de 2011 del Journal of Policy History.

Al finalizar su artículo sobre el experimento en Guatemala, Reverby se puso en contacto con David Spencer, exdirector del Centro de Prevención y Control de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés). “Cuando revisó el documento me preguntó ‘¿te molestaría que se lo muestre a otras personas antes de que sea publicado?’”.

Spencer mostró el documento a los funcionarios del CDC y éstos decidieron iniciar una investigación sobre el trabajo de Cutler.

El impacto de esa información cimbró al Departamento de Estado: el viernes 1, cuando conoció los detalles del caso, la secretaria de Estado Hillary Clinton se comunicó con el gobierno de Guatemala para ofrecer una disculpa y prometer una investigación a fondo.

El mismo día el presidente Barack Obama se disculpó con el mandatario guatemalteco Álvaro Colom.

 

Los objetivos

 

Peter Brown, médico de la Universidad Emory explica a Proceso que la investigación en Guatemala tenía la finalidad de averiguar si la penicilina podía prevenir –no sólo curar– la sífilis. “También se esperaba que sus experimentos pudieran llevar a la realización de mejores exámenes de sangre y conocer las dosis exactas en el suministro de antibióticos”.

Los sujetos de estudio no supieron que estaban participando en una investigación; a diferencia de los de Alabama a los de Guatemala se les inoculó la bacteria con diversos métodos. El proyecto violaba los procedimientos éticos vigentes en el mundo, los mismos que el gobierno de Estados Unidos reconocía como válidos en materia de investigación científica.

La investigación en Guatemala involucró a 696 sujetos de la Penitenciaría Nacional de Guatemala, cuarteles del ejército y el Hospital Nacional de Salud Mental.

Guatemala parecía ser un excelente sitio para el estudio por varias razones, dice Reverby. “Juan Funes, director del Departamento de Enfermedades Venéreas del Ministerio de Salud de Guatemala, había sido entrenado en el CDC, lo que hizo más cercana y fácil la colaboración”.

A diferencia de Alabama, donde el PHS esperaba encontrar a un gran número de sujetos en la última etapa de la enfermedad, Guatemala ofrecía personas que aún no padecían ese mal.

Con recursos del Instituto Nacional de Salud de la Oficina Panamericana de Sanidad, bajo la dirección del Laboratorio de Investigaciones de Enfermedades Venéreas, el PHS se coordinó con oficiales del Ministerio de Salud de Guatemala, del Ejército, del Hospital Nacional de Salud Mental y del Ministerio de Justicia para llevar a cabo “una serie de estudios experimentales de la sífilis en los hombres”.

Con la cooperación del gobierno de Guatemala los investigadores trabajaron con 438 niños de entre seis y 16 años del Orfanatorio Nacional para que se les hicieran estudios de sangre. “A ninguno de ellos se les infectó con sífilis”, aclara Reverby.

La mejor forma de ganar la cooperación institucional fue prometiendo cosas. “En instituciones con problemas de presupuesto o sobrepobladas, como el Hospital de Salud Mental, el PHS entregó anticonvulsivos para gran parte de la población que padecía epilepsia. También llevaron un refrigerador para los biólogos, un proyector de cine, tazas, platos y tenedores”, afirma la investigadora.

 

Los procedimientos

 

En algunos casos la bacteria era impregnada en agujas y se inyectaba en los brazos, cara o boca de las mujeres, informa la doctora Reverby. Con los hombres la inoculación se hacía de manera más directa.

Los enviados del PHS escogían a los soldados que tenían el prepucio más grande, de manera que pudiera cubrir el pene completamente y mantenerlo húmedo. En el experimento el médico bajaba el prepucio hasta dejar el glande al descubierto y con una aguja hipodérmica pinchaba hasta que salía sangre. Con un aplicador de algodón colocaba varias gotas de una emulsión de sífilis en el punto que había sangrado.

Otra forma era raspar el brazo con un inoculador o hacer beber agua con un cultivo de sífilis. Hubo casos en los que se retiraba líquido de la médula espinal, se infectaba y se reinyectaba.

En otros estudios la bacteria fue colocada en la cérvix de las prostitutas antes de que tuvieran relaciones sexuales con los prisioneros. Después se pedía a los hombres que orinaran y entonces se les aplicaban diferentes sustancias para ver si lograban evitar la transmisión de la enfermedad.

Los experimentos variaban en la fuente de inoculación, ya sea que la bacteria viniera de una pústula simple o de una combinación de “donantes”: conejos o prostitutas, reos o soldados infectados. Los investigadores probaban diferentes tipos de mezclas químicas para tratar de prevenir la enfermedad.

El estudio involucró a cientos de hombres y mujeres, a muchos de los cuales se les tomaron fotografías que quedaron en el expediente.

Después de que la doctora Reverby difundió su estudio, investigadores del CDC revisaron los archivos de Cutler. El 30 de septiembre publicaron un reporte en el que señalan los siguientes resultados correspondientes a aquella época: “71 de las personas a quienes se inoculó la enfermedad han muerto, aunque los archivos no permiten determinar si los decesos tienen alguna relación con los procedimientos a los que se les sometió (…) 331 de los 479 pacientes a quienes se les contagió sífilis recibieron tratamiento y sólo a 85 se les terminaron de administrar las dosis de penicilina”. 

El experimento terminó abruptamente en 1948, cuando en Estados Unidos hubo fuertes rumores de que algo ilegal e inmoral se estaba llevando a cabo en Guatemala.

En la correspondencia que Cutler mantuvo en 1947 con R. C. Arnold, integrante del PHS y experto en penicilina, el investigador dice que “unas cuantas palabras a la persona equivocada aquí o incluso en Estados Unidos pueden echar a perder todo o parte del estudio...”

El gobierno de Guatemala tenía sus propias demandas. Le pidieron a Cutler que sometiera a los hombres en los cuarteles a pruebas y los tratara, que realizara investigaciones sobre la enfermedad en zonas específicas y que aumentara el suministro de penicilina que Estados Unidos le daba como pago por su colaboración con el estudio. Intercambió drogas para el tratamiento de la malaria en el orfanato por el derecho de seguir realizando las pruebas de sangre.

Pero a sus jefes en el PHS les preocupaba la posibilidad de que Cutler pudiera estar prometiéndoles a las autoridades guatemaltecas muchos suministros y desarrollando un programa demasiado ambicioso.

Para entonces el PHS ya estaba librando una batalla en Estados Unidos para continuar las investigaciones sobre las enfermedades venéreas porque el tratamiento con penicilina parecía estar surtiendo efecto, por lo que el proyecto en Guatemala se hizo difícil de justificar.

Ocho meses después de los juicios de Nuremberg, el 19 de abril de 1948, Arnold, supervisor del trabajo de Cutler en Estados Unidos, le escribió manifestándole sus preocupaciones por el estudio en Guatemala.

“El experimento con los dementes me produce un poco, más que un poco, de problemas morales. Ellos no pueden dar su consentimiento, no saben lo que sucede, y si alguna organización benéfica llegara a enterarse, armarían un gran problema. Creo que sería mejor realizar los experimentos con soldados o reos, ya que ellos sí pueden dar su consentimiento.”

Las preocupaciones continuaron. F. Mahoney, su supervisor directo, le indicó a Cutler que había muchos “rumores” en las altas esferas sobre lo que estaba sucediendo en Guatemala. “Espero que usted no dude en cesar la realización del trabajo experimental en caso de que llegara a haber un interés desmedido en esta fase del estudio”.

Mahoney parecía menos preocupado por los estudios en los que la enfermedad se transmitía utilizando prostitutas que por la dimensión política y moral de los que se realizaban en el psiquiátrico.

Había otro problema: ya que los estudios requerían un esfuerzo tan grande para reducir la infección, no podían replicarse en ningún otro lado. Cuando el proyecto llevaba un año y medio, Mahoney le dijo a Cutler: “En el caso de la sífilis, a menos que podamos transmitir la infección fácilmente y sin recurrir a la laceración o a la implantación directa, no existen muchas posibilidades de seguir estudiando al sujeto”.

Le hizo notar que los procedimientos eran “drásticos e iban más allá de la gama natural de formas de transmisión y no servirían como base para el estudio del agente profiláctico localmente aplicado”.

A pesar de que Cutler siguió haciendo muchos estudios diferentes, sus supervisores en el PHS ya estaban conscientes de que el experimento debía terminar. Los suministros comenzaron a escasear y el creciente uso de la penicilina disminuyó el apoyo político que se le había dado a la investigación.

En 1948 le ordenaron a Cutler que terminara su trabajo, que le dejara los materiales de laboratorio a las autoridades guatemaltecas encargadas del tratamiento de enfermedades venéreas y que regresara para ser asignado a otro proyecto.

Después de Guatemala, Cutler fue enviado a participar en otro estudio de inoculación de sífilis. Cinco años después estaba en la prisión de Sing Sing, en Nueva York, trabajando con “62 humanos voluntarios” usando los conocimientos adquiridos en Guatemala. En los sesenta Cutler reapareció, esta vez en el caso Tuskegee.

“Toda la investigación en Guatemala muestra con claridad cuál es la relación, por lo menos en materia de salud pública, entre la metrópoli y las colonias”, concluye Reverby, quien al hacer su balance sobre Cutler dice que no hay que verlo como un monstruo. “Libraba una guerra contra la sífilis y los sujetos del estudio eran sus soldados”, dice la investigadora. “Desgraciadamente, en las guerras los soldados mueren”.

 

 

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