Alemania: Una y dividida

sábado, 2 de octubre de 2010

BERLÍN, 2 de octubre (apro).- La reunificación de Alemania cumple dos décadas. El aniversario genera, al igual que en los últimos años, un contrapunto entre el ánimo celebratorio y la revisión crítica. Pero esta vez trae a la luz documentos, hasta ahora secretos, que muestran cómo algunos mandatarios europeos de la época intentaron influir en el proceso, temiendo, más que ninguna otra cosa, la conformación de un Estado alemán grande y poderoso.

La celebración es impulsada por quienes la favorecieron y llevaron adelante. La variada gama incluye –entre otros– a sectores conservadores y liberales (hoy nuevamente en el gobierno), directorios de grandes consorcios, redacciones de medios influyentes, cátedras universitarias y antiguos opositores al gobierno de la República Democrática Alemana (RDA).

La atmósfera festiva no apela a la oda triunfal ni al nacionalismo. El discurso reivindica como un hito histórico la recuperación de un Estado único para todos los alemanes, tras la división impuesta por la derrota de la Segunda Guerra Mundial.

El mensaje es simple, irrevocable. Postula que la reunificación no podría haberse llevado a cabo de mejor manera. Los alemanes viven, como consecuencia, en el mejor de los mundos posibles. Los problemas irresueltos se deben a “daños colaterales” de la globalización. El sistema capitalista, con sus defectos, es el único que garantiza libertad y democracia.

Desde el lado opuesto, un sector también heterogéneo de la sociedad alemana propone la revisión crítica del modo y de los objetivos con los que se llevó a cabo la tan ansiada unidad. Se critica el costo humano del proceso. Se le define como una anexión. Se habla de un derroche interminable de recursos. Este sector lo conforman sectores de la socialdemocracia y la izquierda, el contribuyente promedio del oEste, organizaciones antisistema, antiguos miembros de la burocracia de la RDA.

Pero también muchos opositores que en la RDA arriesgaron el pellejo por ampliar las libertades individuales dentro del socialismo y que ahora asisten a un recorte del Estado de bienestar, producto de la economía social de mercado, un invento de los conservadores para demostrar a los germano-orientales que el sistema capitalista era conveniente incluso para los obreros.

 

Hipócritas

 

¿Y el pueblo alemán? ¿Y ese conglomerado de individualidades que conforman la sociedad alemana?

Para los niños, los jóvenes y buena parte de los adultos, la reunificación territorial y de la vida diaria parece ser algo tan normal que acaso sólo los aniversarios les recuerden que alguna vez las cosas no fueron de Este modo. A la hora de celebrar la reunificación, su enorme complejidad se diluye. Los eventos de conmemoración de los 20 años de la caída del Muro de Berlín, a los largo de 2009, convocaron a cientos de miles de personas. Cuatro décadas de separación forzosa, frontera blindada y conato de guerra atómica, devinieron en eventos de la industria del entretenimiento, a tono con el paladar promedio.

El recelo entre quienes crecieron en uno y otro sistema no ha desaparecido en estos veinte años. Muchos alemanes orientales se siguen sintiendo discriminados. Una voz del sector triunfante, el actual ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, en ese entonces ministro del Interior de Helmut Kohl, cree ver la raíz del fenómeno: los occidentales se equivocan al identificar la vida de los orientales con el sistema en que vivían.

“Pero la gente tenía una vida también más allá de la dictadura y la odiosa burocracia, buscaba la felicidad e intentaba vivir decorosa y decentemente”, dice Schäuble en entrevista publicada el pasado 26 de septiembre en la Deutsche Welle.

El alemán occidental desdeñó durante años el sistema de poder de la RDA, que anteponía la voluntad del Politburó a la del resto de los ciudadanos. En la Alemania democrática y reunificada, sin embargo, la separación entre la población de a pie y los centros neurálgicos de decisión es cada vez más evidente.

Partidos políticos, sindicatos e iglesias pierden representatividad y miembros. “Ya no se dice la verdad en ninguna parte”, sostiene Edzard Reuter, expresidente del directorio del consorcio automotriz Daimler Benz, según publicó el diario Die Zeit, el 27 de septiembre.

Y agregó: “Las elites del sector político y económico, los así llamados círculos burgueses, todos somos hipócritas. Por eso muchos se apartan de las instituciones de la sociedad establecida.”

Cuando están en juego los intereses de los sectores de poder en Alemania, como en el caso de la intervención armada en Afganistán, la oposición de dos terceras partes de la opinión pública no es tenida en cuenta. Lo mismo ocurre con la prolongación del uso de la energía atómica, medida gubernamental que elude de manera expresa la aprobación del Bundesrat (Senado), donde el gobierno no podría imponerse por la vía del voto.

El espionaje masivo contra los trabajadores de numerosos consorcios alemanes, que involucran a altos cargos de la empresa de telecomunicaciones Telekom, la cadena de supermercados Lidl o la empresa de ferrocarriles Deutsche Bahn, por sólo citar algunos ejemplos, ponen de manifiesto que la tentación de ejercer un control omnímodo sobre el ciudadano no es patrimonio exclusivo de los Estados policiales.

La experiencia de la Stasi fue asimilada desde muy temprano en la RFA. El propio canciller Helmut Kohl importó especialistas en criptología de la policía secreta de la RDA. A través de empresas privadas, algunos de ellos desarrollan en la actualidad sistemas secretos de técnicas de encriptado y desencriptado de datos para el gobierno alemán y la OTAN, según publico el semanario Der Spiegel, el 27 de septiembre.

 

Ganadores y perdedores

 

Algunos artículos de prensa dedicados a recordar los veinte años de reunificación alemana indagan entre sus ganadores y perdedores. El primer lugar entre los beneficiados suele ocuparlo Angela Merkel.

Nacida en 1954 en Hamburgo, crecida en la RDA, la canciller germana es una de las escasas representantes orientales entre las elites de Alemania. En una entrevista reciente, esta mujer elegida durante cuatro años por la revista Forbes como la más poderosa del planeta, sostuvo que en su desaparecido país seguramente no hubiera sido política. Acaso maestra de grado. O intérprete.

El sistema de jardines de infantes y guarderías de la RDA también ha salido airoso del cambio. Se supone que recién en 2013 la Alemania reunificada podrá asegurar una plaza a todos los niños mayores de un año. La RDA era, en Este punto, campeona de Europa.

La reunificación sirvió para mejorar el medio ambiente en el Este alemán. Con ella murió la industria oriental, altamente contaminante, causando una desocupación masiva, pero a la vez recuperando los ambientes naturales, como un efecto colateral positivo.

La Agencia de Fideicomiso fue el organismo estatal encargado de transformar la economía planificada en economía de mercado en tiempo récord, entre 1990 y 1994. La máxima era privatizar o cerrar antes que sanear. De libre competencia, ni el menor asomo: los compradores ponían el precio. La desocupación en el Este, hasta entonces desconocida, trepó hasta 20%. Hoy es de 11%, en comparación con 6.2% en el oEste.

El historiador económico André Steiner establece que la reunificación fue el resultado de un acuerdo político que “estaba muy alejado de las circunstancias y las necesidades económicas”.

El proceso volvió a ser definido en estos días como una “anexión”. La palabra maldita fue pronunciada el pasado 30 de agosto por el ministro presidente de Brandeburgo, el socialdemócrata Matthias Platzeck, provocando el rechazo, incluso, de Angela Merkel. “Anexión” es como se define el ingreso de Austria a la órbita del Tercer Reich, el 13 de marzo de 1938.

Algunos barrios de Berlín oriental se convirtieron de buenas a primeras en destino obligado del turismo internacional e imán para artistas jóvenes. Berlín occidental, por el contrario, asistió a la pérdida paulatina de algunos privilegios, tales como el precio irrisorio de los alquileres, subsidios de todo tipo y exenciones al servicio militar. Los había gozado durante 40 años, simplemente por ser el primer lugar que sería barrido del mapa en caso que la Guerra Fría se pusiera bien caliente.

Los habitantes del Este han podido acceder masivamente a la tecnología. En la RDA tenía un televisor de color sólo 52% de la población, mientras que en la RFA, 94%. De una línea de teléfono disfrutaba sólo 9% de los hogares orientales, contra 98% de los occidentales. Por el contrario, el precio del pan, el transporte o la energía eléctrica, hasta entonces irrisorios, se volvieron precios de mercado.

Uno de los grandes perdedores de la reunificación es el marco alemán. Introducido en 1948, el marco dio estabilidad a la economía alemana y se convirtió rápidamente en moneda dura. En julio de 1990, Helmut Kohl decidió agilizar la unidad monetaria con el Este. La introducción del marco alemán en la RDA fue una medida populista. Los alemanes orientales pudieron cambiar 1:1 sus marcos de la RDA por los de la RFA, siendo que la paridad cambiaria de mercado era de 1:3 en favor de la moneda occidental. La medida tendía, principalmente, a aplacar la migración de trabajadores del Este al oEste. Su efectividad se ha demostrado escasa.

En estos 20 años, el Este alemán perdió 12% de su población, según datos de la Oficina Federal de Estadísticas. Hoy tiene un millón 700 mil habitantes menos de los que tenía en octubre de 1990. Esto se debe a la migración, pero también a una baja en la tasa de natalidad. Las diferencias salariales en uno y otro lado todavía son marcadas.

 

Archivos secretos

 

¿El abandono del marco alemán fue el precio impuesto a Alemania por los aliados europeos para no dificultar la unidad? La revelación de documentos, que hasta ahora habían permanecido en secreto, demuestra que la relación entre la reunificación alemana y la introducción del euro es más estrecha de lo que lo se sospechaba.

La ansiada unidad de Alemania estaba amenazada por la formación de un frente europeo en contra. El eje franco-alemán, motor político e industrial de la Unión Europea, estuvo muy cerca de quebrarse.

Suele identificarse la reunificación germana con las imágenes de los autos compactos trabis que llegaban desde el Este en lentas caravanas, y eran recibidos en el oEste con palmadas en el techo, efusión, abrazos, gritos y botellas descorchadas. No fue esta la atmósfera que reinaba entre los países vecinos.

Cuando a fines de noviembre de 1989, semanas después de la caída del Muro, Helmut Kohl anunció un programa de diez puntos para la reunificación alemana, los aliados europeos no habían sido puestos al tanto. La desconfianza era grande. Temían el renacimiento de una gran Alemania, un Estado súper poderoso, con una moneda y un peso político que dominara el continente.

El ministro de Exteriores alemán, Hans-Dietrich Genscher, viajó a París tras el anuncio para explicar el plan alemán al presidente francés. Francois Mitterrand había estallado en ira al enterarse. Un protocolo del propio ministerio alemán, revelado por Der Spiegel el 27 de septiembre, registra lo dicho en el encuentro.

Mitterrand repite una y otra vez que Alemania puede aspirar a su reunificación si se mueve decididamente en dirección a la integración europea. De lo contrario, Francia anunciaría su veto.

Hubert Vèdrine, antiguo asesor del entonces presidente francés, Francois Mitterrand, asegura que éste no estaba dispuesto a aceptar el agrandamiento de Alemania si ésta no hacía concesiones en cuanto a los progresos de la Unión Europea. “Y el único terreno que estaba preparado era el monetario”, dice Vèdrine en la edición del 27 de septiembre de Der Spiegel.

Los alemanes en el Este o el oEste no podían decidir por sí solos sobre sus fronteras, sin la aprobación de las cuatro potencias que los habían derrotado y que aún ocupaban el país. “Dos veces derrotamos a los alemanes. Y ahora están otra vez aquí”, sostuvo la primera ministra británica, Margaret Thatcher, quien llegó a viajar a Moscú, para entrevistarse con Mijail Gorbachov, y buscar apoyo para su enérgico rechazo.

El jefe de Estado italiano Giulio Andreotti alertó sobre la amenaza de un “pangermanismo”. El temor también alcanzaba a Holanda. Y ni qué hablar de Polonia. Los estadunidenses condicionaban el apoyo a la reunificación a que la nueva Alemania continuara siendo parte de la OTAN. A la Unión Soviética le jugaba en contra su propia inestabilidad. Además, salió a la luz el artículo 23 de la Constitución de la RFA, hasta entonces desapercibido, que preveía que la RDA podía convertirse en parte de la RFA por simple aprobación de la Cámara del Pueblo.

Después de elecciones de marzo de 1990, la Cámara podía reunir los votos necesarios. Ante la irrupción del marco alemán, los 350 mil soldados soviéticos estacionados en la RDA, que ganaban en el debilitado rublo, se verían en dificultades.

No se puede asegurar a ciencia cierta que el abandono de Alemania de su moneda haya sido el precio que pagó frente a sus vecinos. Políticos democristianos, entonces y ahora en el gobierno, rechazan de plano la tesis. Sostienen que la unión monetaria hubiera llegado incluso sin la reunificación alemana.

Pero mucho habla en favor de esta tesis. Mitterrand bendijo la reunificación y ayudó a Kohl a ser el canciller de la reunificación. Eso dio a Kohl el poder para quitarles a los alemanes su tan preciado marco, un enorme triunfo para Mitterand, ya que entonces el franco estaba librado al arbitrio del Banco Central de Alemania.

 

mav

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