Brasil: Las campañas se "fundamentalizan"

jueves, 28 de octubre de 2010

Las cifras de intención de voto están muy cerradas para la segunda vuelta electoral brasileña, que se efectuará el próximo 31 de octubre, y los candidatos a la Presidencia Dilma Rousseff y José Serra echan mano de sus cartas fuertes para aplastar al rival: la primera se apoya en Lula y el segundo en la religión. Entre acusaciones, “guerra sucia” y contraataques hay un tema que está en el centro y que resultó ser un arma de doble filo: el aborto.

SAO PAULO, BRASIL, 28 de octubre (Proceso).- La potencia emergente que esta semana empezará a extraer su petróleo submarino y se colocará entre los diez principales productores mundiales de crudo, de pronto quedó sumido en las tinieblas.

La imagen del país del Carnaval, de la fiesta sin fin, del mayor desfile homosexual del mundo, de la popularidad del primer obrero en la Presidencia, Luiz Inácio Lula da Silva, quedó eclipsada en el plano interno por una “guerra santa” declarada por fundamentalistas católicos y evangelistas.

La campaña –llamada “sucia” por Lula– implica a obispos y pastores evangélicos y apoya al centroderechista José Serra, exgobernador de Sao Paulo y candidato opositor a la Presidencia, y ataca a Dilma Rousseff, exjefa de ministros del gobierno y candidata presidencial del Partido de los Trabajadores (PT). Rousseff y Serra disputarán la segunda vuelta de las elecciones presidenciales el próximo 31 de octubre.

Lula decidió entrar a esa batalla –cuenta con una aprobación popular de 80% tres meses antes de entregar el poder para tomar las riendas de la campaña hacia la segunda vuelta del próximo domingo y apuntalar a su candidata, Dilma Rousseff. El objetivo: protegerla del arsenal que lanzó contra ella Serra, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), sus aliados ultraconservadores y parte de la prensa.

Lula tomó la decisión luego de que una encuesta del instituto Sensus indicó la posibilidad de que hubiera un “empate técnico”: mostraba a Rousseff con 52% de las preferencias y a Serra con 48%; un crecimiento inesperado de éste que sondeos de Ibope y Datafolha confirman.

“El presidente nos pidió sacar la militancia a la calle, donde el Partido de los Trabajadores tiene que marcar la diferencia para la victoria de Dilma. Ya pasó el momento de la sorpresa por el resultado electoral”, dijo el presidente del PT, José Eduardo Dutra.

Contra todos los pronósticos en la primera vuelta –el pasado 3 de octubre– Rousseff no ganó: ese día obtuvo 46.9% de los votos contra 32.6% de Serra y el sorpresivo 19% de Marina Silva, exministra de Medio Ambiente y candidata del Partido Verde, quien se declaró neutral para la segunda vuelta. Rousseff necesitaba 50% más uno de los votos para ser electa. No llegó.

Detrás de este resultado estuvo el avance de Silva, quien renunció al gabinete de Lula en 2008. Según Datafolha, la ahora líder del Partido Verde le restó 7% de votos a Rousseff. 

 

Ofensiva de púlpito

 

El mayor daño sufrido por Rousseff viene de una campaña –en lo que Lula llamó “el submundo de la política”– que afirma que la candidata del PT legalizará el aborto. Las afirmaciones fueron hechas en algunos templos católicos y evangélicos del estado de Sao Paulo, el más importante del país en términos económicos y electorales.

La participación de uno de los principales obispos de Brasil, Luiz Gonzaga, de Guarulhos, abrió grietas en la Iglesia brasileña. Él encabeza desde julio una campaña contra Rousseff y el PT, a los que acusa de “intentar legalizar el aborto”; el obispo ganó el respaldo de la Regional Paulista de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB, por sus siglas en portugués) pero no el de la cúpula eclesiástica a escala nacional.

Fue una frase de Rousseff dicha en 2007 al diario Folha de Sao Paulo lo que desató la “guerra sucia”: “Estoy a favor de la despenalización del aborto”, dijo la ahijada política de Lula.

De esas palabras se aprovecharon los colaboradores de Serra, quien en su propaganda comenzó a mostrar a mujeres embarazadas vestidas de blanco y acariciando sus vientres. En sus actos de campaña se distribuyen también panfletos con su cara y la frase “Jesús es verdad y justicia”.

Pero en el primer debate previo a la segunda vuelta, en el canal Bandeirantes, la presión de la supuesta “religiosidad” salió a la luz entre los candidatos. Serra acusó a Rousseff de tener “dos caras sobre el aborto”. La respuesta mostró a una Rousseff hasta el momento desconocida en la campaña: pasó al ataque.

Blandiendo un recorte del diario O Estado de Sao Paulo –públicamente serrista– la candidata del PT denunció que la esposa de Serra, la chilena Mónica Allende, hizo campaña entre evangelistas de Río de Janeiro diciendo que “Dilma va a matar a los niñitos”. Serra no respondió.

Y remató: “Para mí el aborto es un asunto de salud pública, no de policía. Personalmente estoy contra el aborto”. Después Rousseff firmó un manifiesto dirigido a sacerdotes y pastores evangélicos en el que se comprometió a no modificar la prohibición del aborto, vigente en Brasil. 

 

La ropa sucia de Serra

 

Pero la historia tiene otras aristas. José Serra fue ministro de Planificación y Salud del gobierno de Fernando Henrique Cardoso (1995-2002). Considerado progresista en un gobierno ultraconservador, Serra fue autor de la reglamentación sobre prácticas abortivas que rige en Brasil. Ese ordenamiento permite el aborto en la red pública de salud en casos de embarazos por violación o gestaciones que impliquen peligro de muerte para la madre.

Pero lo peor para el candidato conservador vino el sábado 16, cuando el diario Folha de Sao Paulo publicó una nota que fue un búmerang para el antiabortismo. Su esposa, Mónica Allende –quien estudió ballet en la Universidad de Chile– fue puesta en evidencia por una exalumna suya, Sheila Canevacci Ribeiro. Ella reveló que su exmaestra le había contado que en 1973, cuando emigró a Estados Unidos, se practicó un aborto.

La joven denunciante, bailarina y coreógrafa, es hija de una socióloga que fue candidata a concejal por el municipio de Osasco, Gran Sao Paulo, por el PSDB, el mismo partido de Serra.

“Quiero dejar clara mi indignación por la posición débil de José Serra, que no respeta ni a su mujer. Mónica Serra ya se hizo un aborto. Con el respeto que debo a mi profesora quiero revelar que nuestras clases trataron del aborto traumático. Ella contó que se hizo un aborto, no quiero decir que confesó”, dijo Canevacci.

La declaración coincidió con la transmisión del programa que cada candidato tiene diariamente por ley en todos los canales de televisión abierta. En el de Serra correspondiente a ese día se observa a Mónica Allende entregando una imagen de Nuestra Señora Aparecida, la patrona brasileña, a los mineros rescatados en Atacama, Chile.

Ni Serra ni Allende confirmaron o desmintieron la declaración de Canevacci. Sí lo hizo el PSDB en un comunicado que se limitó a decir que “Mónica Serra nunca se hizo un aborto”. El PSDB sostuvo que la acusación “es falsa” y la comparó con el caso de una exnovia del presidente Lula, Miriam Cordeiro, con quien habría tenido una hija, y que fue utilizado en la campaña de 1989 por su rival electoral Fernando Collor de Mello.

En ese año, pagada por la campaña de Collor de Mello, Miriam Cordeiro afirmó que Lula le ofreció dinero para que abortara. Sin embargo, la hija de ambos, Lurian, defendió a su padre en la televisión.

Después del supuesto aborto de Allende publicado por Folha de Sao Paulo nadie más habló del asunto. Paralelamente Serra cambió el eje de sus acusaciones y emprendió su batalla electoral denunciando la “corrupción” en las empresas públicas y en el gobierno, base de sus principales críticas al oficialismo.

En esa estrategia Serra muestra como ejemplo de corrupción a Erenice Guerra, brazo derecho de Rousseff desde 2003 y quien debió renunciar el pasado 23 de septiembre a la jefatura del gabinete acusada de tráfico de influencias y de nepotismo; se dice que sus hijos negociaron contratos de empresas privadas con el gobierno.

El “caso Erenice” obligó a Rousseff a afirmar que está “decepcionada” de su excolaboradora pero aclaró que el gobierno aparta a los acusados de corrupción y lo comparó con el caso de Paulo Souza, exdirector de la empresa de autopistas del estado de Sao Paulo acusado por su propio partido de haber desaparecido 3 millones de dólares que había recaudado para la campaña.

Si el aborto y la corrupción son caballos de batalla de Serra para erosionar a Rousseff y atraer a los votantes de Marina Silva, la candidata de Lula impuso su propia agenda de debate en los medios. 

Expresidenta del Consejo de Petrobras, la compañía estatal petrolera, Rousseff acusó a Serra de intentar privatizar la empresa que durante el gobierno de Cardoso –con Serra como su ministro de Planificación– fue sometida a un proceso de desestatización.

Los fantasmas de la privatización y el desempleo de los noventa –en la era de Cardoso– son esgrimidos por el PT en su propaganda electoral: esa fue la fórmula usada para la reelección de Lula en 2006.

Serra justificó las privatizaciones en esa época pero afirmó que “fortalecerá” las empresas públicas en caso de ganar. Dentro de su partido le reclaman una mayor defensa del gobierno de Cardoso, a quien apartó de su campaña por temor a una fuga de votos a causa del ahora impopular exmandatario.

 

El obrero contraataca

 

El mismo día en que su exalumna divulgó detalles del pasado de Mónica Allende de Serra, Lula comenzó a tejer su estrategia: ganar en Minas Gerais y Sao Paulo, estados gobernados por la oposición y la tabla de salvación de Serra, debido a que son los principales colegios electorales del país. Ambos estados reúnen a un tercio del padrón electoral.

En una marcha por Belo Horizonte, capital de Minas Gerais, junto a Rousseff, Lula afirmó que Serra realiza una campaña “vergonzosa” diseminando “prejuicios” y haciendo “terrorismo” contra la aspirante oficialista.

“Es una vergüenza la campaña de nuestro adversario atacando a Dilma. Es una vergüenza el prejuicio contra la mujer que irradian los ataques en internet. Es una vergüenza porque hacen una campaña mintiendo y difamando”, afirmó Lula. “Eso es falta de hombría”, remató.

El lunes 18, Lula objetó las promesas de Serra de aumentar el salario mínimo y las pensiones 10% y cuestionó a la prensa por no dudar de esas afirmaciones. “Lo único que quiero es que la prensa diga la verdad y nada más que la verdad. (…) Qué fácil es prometer en una elección y no veo las críticas necesarias (a Serra) por la falta de responsabilidad, por parte de la prensa”, observó Lula.

En el mismo momento, en el teatro Leblon de Río de Janeiro, Rousseff obtenía el respaldo de tres grandes personajes: el cantante Chico Buarque, el arquitecto Oscar Niemeyer (“creador” de Brasilia y quien ya tiene 102 años) y el teólogo de la liberación Leonardo Boff.

“Estamos con Dilma porque no le teme a nada y continuará la obra de Lula”, dijo Buarque, un luchador contra la dictadura, en referencia a la candidata que fue presa política durante tres años y torturada durante 22 días seguidos en 1970.

Chico Buarque, de una familia aristocrática y tradicional pero autor de canciones icónicas contra la dictadura, como A pesar de voce, dijo: “Lula gobernó para el pueblo pobre de este país. No habla fino con Washington pero tampoco levanta la voz con Bolivia y Paraguay”. El pronunciamiento de Buarque fue una táctica con la que la oposición no contaba.

“Mi objetivo es erradicar la miseria y garantizar educación de calidad, desde preescolar hasta la universidad”, dijo Rousseff en ese acto.

La avanzada de Lula en la campaña había dado sus frutos hasta la semana pasada, según la encuesta del martes 19 del instituto Vox Populi, que le da 57% de intención de voto a su candidata contra 43% de Serra. El PSDB acusó a la encuestadora de estar “a favor del PT”.

En el corolario de la ceremonia de respaldo a la mujer apadrinada por Lula, Leonardo Boff –el teólogo de la liberación apartado de la Iglesia por Joseph Ratzinger cuando estaba a cargo de la Congregación de la Fe– llamó a los brasileños a defender el proyecto de Lula y Rousseff:

“En 2002 Lula llegó a la Presidencia porque la esperanza le ganó al miedo que diseminaron las clases dominantes. En 2010 con Dilma Rousseff la verdad prevalecerá sobre la mentira”. l

 

 

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