El solitario de la Casa Blanca

lunes, 1 de noviembre de 2010

Pasada la efervescencia popular que lo catapultó a la presidencia en 2008 y desplomadas las expectativas que su triunfo electoral generó, el presidente Barack Obama concluye dos años de administración vilipendiado por la derecha, castigado por la izquierda y abandonado por el centro. “En una democracia grande y compleja todas las cosas toman su tiempo, y nuestra cultura no se basa precisamente en la paciencia”, declaró el mandatario a Peter Baker, reportero de The New York Times, quien en vísperas de las elecciones legislativas de este 2 de noviembre describe el ambiente en la Casa Blanca y recoge las reflexiones críticas de colaboradores cercanos a Obama. Con autorización del diario neoyorquino, Proceso reproduce el texto de Baker.

WASHINGTON, 1 de noviembre (Proceso).- Aunque esa tarde de finales de septiembre había mucha actividad en el ala oeste de la Casa Blanca, Barack Obama se veía relajado y sin prisas cuando se sentó en un sillón de cuero café recién retapizado en la Oficina Oval. Acababa de regresar del Salón Este, donde había firmado la Ley de Empleo de los Pequeños Negocios de 2010. Esta ley será la última pieza de la significativa legislación económica de su administración, antes de que los votantes den su veredicto sobre sus primeros dos años en el cargo.

Sin embargo, para efectos prácticos, el primer capítulo de la presidencia de Obama ha terminado. El segundo empezará el próximo 2 de noviembre, día de los comicios intermedios.

El presidente que impulsó en el Congreso la agenda interna tal vez más ambiciosa en una generación está vilipendiado por la derecha, castigado por la izquierda y abandonado por el centro. Entra a la recta final de la campaña de las elecciones intermedias con visos de repudio, en tanto que los votantes se preparan para entregarle un Congreso que, aun en el caso de que los demócratas mantengan el control, será con seguridad mucho menos amistoso con el presidente que el anterior, con el que ha pasado dos años librando luchas de lodo.

Aunque orgulloso de sus logros, Obama ha empezado a reflexionar sobre qué salió mal y lo que debe hacer para modificar el rumbo durante los próximos dos años. Uno de sus asistentes asegura que ha pasado “mucho tiempo hablando sobre Obama 2.0” con su nuevo jefe interino de gabinete, Pete Rouse, y su jefe de gabinete adjunto, Jim Messina.

 

“Lecciones tácticas”

 

Durante la hora que pasamos juntos Obama insiste en que no se arrepiente de la orientación general de su presidencia, pero identifica lo que llama “lecciones tácticas”: permitió que se le viera como “el mismo demócrata liberal de siempre con su vieja política de impuestos y gastos” y reconoce que tal vez no debió proponer moratorias fiscales como parte de su programa de estímulos, “sino dejar que los republicanos insistieran en su recorte de impuestos” para que pudiera aparecer como un acuerdo bipartidista.

Sobre todo, asegura, aprendió que pese a su retórica anti-Washington debe jugar con las reglas de Washington si quiere ganar en la capital y que no basta su gran convicción de que está en lo correcto si nadie más está de acuerdo con él. “En vista de lo que se nos venía encima –dice Obama–, probablemente pasamos mucho más tiempo tratando de enderezar las políticas que de enderezar la política. Probablemente hay un orgullo perverso en mi administración y asumo la responsabilidad por ello, pero estaba claro que haríamos lo correcto aun si en el corto plazo era impopular”.

Lo impactante del autodiagnóstico de Obama es que, de acuerdo con su propia interpretación, descuidó la “inspiración” una vez que fue electo. Para empezar, acepta, no se mantuvo conectado con la gente que lo colocó en el cargo. En vez de ello decepcionó a quienes lo consideraban encarnación de un nuevo movimiento progresista, así como a los que esperaban que cruzara la brecha para marcar el comienzo de una época pospartidista.

Cuando Obama aseguró la nominación demócrata en 2008, dijo a una multitud de seguidores: “Algún día seremos capaces de mirar hacia atrás y contar a nuestros hijos que este fue el momento en que empezamos a dar asistencia a los enfermos y buenos empleos a los desempleados; que fue el momento en que la subida de los océanos empezó a detenerse y nuestro planeta comenzó a sanar; que este fue el momento en que terminamos una guerra, le dimos seguridad a nuestro país y restauramos nuestra imagen como la última y mejor esperanza sobre la Tierra”.

Le leo estas líneas a Obama y le pregunto cómo suena esa retórica de altos vueltos en estos días en que su gobierno está alicaído. “Suena ambicioso. ¿Pero sabe qué? Avanzamos en cada uno de estos frentes”.

–¿Pero… salvar al planeta? Si usted promete salvar al planeta, ¿no podría la gente pensar realmente que usted lo va a salvar?

El presidente ríe antes de regresar al tema de la esperanza y la inspiración. “No pido disculpas por haberme fijado altas expectativas para mí mismo y para el país porque creo que podemos alcanzarlas”, aclara. “Pero hay una cosa que quiero decir, que anticipé y que puede ser difícil de entender: en una democracia grande y compleja como ésta, todas las cosas toman su tiempo. Y nuestra cultura no se basa precisamente en la paciencia”.

Durante mi recorrido por el ala oeste no sólo conversé con Obama sino con casi dos docenas de sus asesores –algunos hablaron con autorización y otros no– para entender cómo ven la situación. La perspectiva desde dentro de la administración parte de un mantra fundamental: Obama heredó los peores problemas para un presidente en años. O en generaciones. O en la historia de Estados Unidos. Impidió otra Gran Depresión al tiempo que colocaba los cimientos para un futuro más estable. Pero esto le exigió tomar medidas impopulares que inevitablemente tendrían un costo para él.

Sin embargo, a muchos funcionarios les preocupa que los mejores días de la presidencia de Obama pudieran haber pasado ya. Se preguntan si no sería el momento de dar el siguiente paso. En los sondeos realizados por The New York Times y CBS News los niveles de aprobación de Obama habían caído, de 62% que tenía cuando asumió el cargo, a 45% en septiembre último; es decir, sólo un punto por encima de donde estaba Clinton en 1994 antes de perder el Congreso, y tres por arriba de Reagan antes de que los republicanos perdieran en 1982 dos docenas de bancas en la Cámara de Representantes.

Pese a todo, el equipo de Obama está orgulloso de haber cumplido tres de las cinco principales promesas que planteó en su discurso de abril de 2009 en la Universidad de Georgetown como pilares de su “nueva fundación”: las reformas a la salud y a la educación y la re-regulación financiera. Y también destaca las decisiones de dar por terminada la misión de combate en Irak e intensificar la guerra en Afganistán.

Pero es posible ganar el juego interno y perder el juego externo. En sus momentos más oscuros los asesores de la Casa Blanca se han preguntado en voz alta si para un presidente moderno existe siquiera la posibilidad de tener éxito, sin importar cuántas iniciativas logre firmar.

Todo parece conspirar contra esta idea: una oposición implacable, con muy poco interés en colaborar, si es que tiene alguno; unos medios noticiosos saturados de trivialidades y conflictos; una cultura que exige soluciones para ayer y un cinismo social que mantiene muy baja estima por el liderazgo.

En este contexto algunos colaboradores de Obama han llegado a la conclusión de que ante estas condiciones cualquier presidente moderno, en el mejor de los casos, sólo podrá tener un desempeño promedio.

 

“Problemas de comunicación”

 

El cálculo más errado entre la mayoría de los asesores de Obama fue creer que éste sería capaz de tender un puente sobre una capital polarizada y construir coaliciones auténticamente bipartidistas. “Si creímos que los republicanos simplemente iban a transitar por él, estábamos terriblemente equivocados”, me dice Tom Daschle, mentor y asesor externo de Obama.

El gobernador de Pennsylvania, Ed Rendall, está entre los demócratas que critican con dureza al presidente por no haber sido lo suficientemente hábil frente a la oposición. Él opina que la legislación de salud constituye “un logro increíble” y que el programa de estímulos fue exitoso en grado extremo, pero considera que Obama permitió que estas victorias se vieran empañadas por las críticas.

“Perdieron las batallas de la comunicación en las dos principales iniciativas y las perdieron muy pronto”, considera Rendall, ferviente partidario de Hillary Clinton y que después apoyó a Obama.

Este estribillo también se escucha con frecuencia dentro de la Casa Blanca: “Es un problema de comunicación”. Cuando algún político está en dificultades argumenta que los problemas son de comunicación y no de otra índole.

Las críticas hacia Obama pueden ser confusas y muy contradictorias: mientras la derecha lo considera un fanático liberal, la izquierda lo ve como un pusilánime acomodaticio. Hay quienes creen que es un socialista anticapitalista que tiene relaciones demasiado estrechas con Wall Street; asimismo se le ve como un apologista de la defensa no violenta de Estados Unidos que ha adoptado las implacables tácticas antiterroristas de Bush, a expensas de las libertades civiles.

“Cuando hablaba de ser un presidente transformador, se refería a su idea de restaurar la fe del pueblo estadunidense en sus instituciones de gobierno”, dice Ken Duberstein, exjefe de gabinete de Ronald Reagan que en 2008 votó por Obama. “Lo que ahora sabemos es que esto no funcionó. Por el contrario, ahora la gente duda todavía más de nuestras instituciones, en especial del gobierno… Francamente yo dejaría atrás aquellos días. Olvidaría al presidente transformador y mejor intentaría ser un presidente negociador, alguien con quien se pudiera acordar. Me parece que hay una rigidez ideológica que el pueblo estadunidense no había percibido antes”.

Otros, por el contrario, desearían mayor rigidez ideológica. Norman Salomon, activista del campo progresista y presidente del Institute for Public Accuracy, dice que “Obama ha desperdiciado totalmente esta gran oportunidad” de reinventar a Estados Unidos al no ser suficientemente agresivo en temas como la opción de la salud pública. “Se ha mostrado tan reflexivo desde que fue elegido que sólo ha cedido y cedido terreno”, sostiene Salomon.

Aporreado por ambas partes Obama se ve claramente frustrado y, en ocasiones, a la defensiva. “Congénitamente los demócratas tienden a ver el vaso medio vacío”, declaró Obama hace un mes, en un acto para reunir fondos en Greenwich, Connecticut.

Y añadió: “Si sacamos adelante una histórica Ley de Salud, bueno, está bien, pero no incluye la opción de la asistencia pública. Si logramos que pase una inciativa de reforma financiera, entonces, bueno, yo no entiendo de estas normas derivativas y no estoy seguro de si me satisfacen. Y, ¡válgame Dios!, no hemos logrado aún la paz mundial. Yo pensé que eso iba a ser más rápido”.

Rahm Emanuel, primer jefe de gabinete de la Casa Blanca de Obama, quien renunció en septiembre, dice que las crisis en cascada que afectó los días iniciales del gobierno cobró una cuota permanente. “Las semillas de sus actuales dificultades políticas fueron plantadas cuando dio sus primeros pasos”, comenta. 

Funcionarios de la Casa Blanca coincidieron en que no debieron dejar que el proceso de la reforma de salud se alargara tanto tiempo esperando un apoyo republicano que nunca llegaría. “La gente siente que no envió a Obama a Washington para ser legislador en jefe”, comenta uno de sus principales asesores. Y precisa: “Esto se prestó a que surgiera la percepción de que no estaba haciendo nada en favor de la economía”.

 

Escenarios

 

Melody Barnes, asesora presidencial en política interna, asegura que el mayor problema fue que después de ocho años de gobierno de Bush los partidarios de Obama estaban muy ansiosos de cambiar todo cuanto antes. “Había una exigencia multiplicada en todas las áreas temáticas (ciencia, educación, asistencia médica, inmigración). Un enorme deseo de que todas las cosas se hicieran finalmente. Cada segmento de la población tenía algo que pedir y que consideraba de la mayor importancia. En verdad quería que llegara a la meta.”, explica.

Los asistentes de Obama se mostraron más optimistas frente a las elecciones de 2012 que ante las de 2010 porque creen que el Tea Party hará que se reelija Obama al empujar al candidato republicano demasiado a la derecha. Dudan que Sarah Palin se postule y piensan que Mitt Romney no puede obtener la nominación republicana porque hizo aprobar su propio programa de salud cuando fue gobernador de Massachusetts. Si tuvieran que adivinar hoy, algunos en la Casa Blanca dirían que Obama se verá contendiendo con Mike Huckabee, exgobernador de Arkansas.

Obama expresa su optimismo de que podría hacer causa común con los republicanos después de las elecciones intermedias de noviembre. “Podría ser que, independientemente de lo que ocurra en esta elección, se sientan más responsables ya sea porque no obtengan tan buenos resultados como esperaban –y eso quiere decir que la estrategia de sólo decir no a todo y arrojar bombas desde la orilla no les funcionó– o porque tengan resultados razonablemente buenos, en cuyo caso el pueblo estadunidense esperará que ofrezcan propuestas serias y que trabajen conmigo de una manera seria”.

Pero aun si una alianza de esta naturaleza llegara a emerger, los siguientes dos años serán para cimentar lo que Obama hizo en los dos primeros y defenderlo frente a los desafíos del Congreso y de las cortes. En palabras de uno de los principales asesores, “habrá muy pocos incentivos para plantear grandes cosas en los próximos dos años, a menos que surja algún tipo de crisis”.

No obstante, los colaboradores de Obama aún miran con desdén la limitada disposición a ejercer reformas que Bill Clinton asumió después de las elecciones intermedias de 1994. Emanuel comenta: “No soy de la opinón de no hacer nada. Creo que uno debe tener una agenda”.

¿Pero qué tipo de agenda? Ni tan amplia ni tan provocadora, sostienen algunos de los asesores. “Ésta tendrá que limitarse y enfocarse a los asuntos que son alcanzables y que constituyen una alta prioridad para los estadunidenses”, afirma Dick Durbin, el demócrata número dos en el Senado. Daschle considera que Obama tendría que extenderle la mano a sus adversarios.

Rendall piensa de otro modo. “No preocuparse tanto por el bipartidismo si los republicanos continúan negándose a cooperar. Haz lo que tengas que hacer y defiéndete. Deja de estarte quejando de lo que heredaste. Después de la elección, yo diría que ya no hay que estar señalando hacia atrás, acusando de todo a la administración Bush. Está bien hacerlo durante la campaña, pero luego hay que parar. Seguir haciéndolo constantemente, como nosotros lo hacemos, suena a disco rayado. Y después de dos años tienes que asumir tu propia responsabilidad”, plantea.

Obama tendrá que asumir esa responsabilidad dos años más, o seis si logra encontrar el camino para seguir adelante. Como escritor Obama sabe apreciar los ritmos de una trama tumultuosa. Pero, ¿quién es realmente el protagonista? En el fondo este presidente sigue siendo un enigma para muchos estadunidenses. Durante la campaña hizo promoción de sí mismo –o de la idea que tiene de sí mismo– más que de cualquier política en particular. Los votantes se encargaron de completar la historia al gusto de cada uno. 

Ahora la historia se sigue escribiendo. Con cada decisión que toma el presidente se sigue definiendo, para bien y para mal, en las mentes de los estadunidenses. Dice que sabe a dónde va y que está incrementando su velocidad, pese a los obstáculos. Así lo comentó ante un grupo de visitantes la primavera pasada: “Empiezo despacio, pero cierro con fuerza”.

Tendrá que hacerlo si quiere que la historia que está construyendo tenga el desenlace que desea. (Traducción: Lucía Luna) l