El arte de cruzar la frontera

miércoles, 31 de marzo de 2010

Después de residir 20 años en San Diego, California, donde vivía con su esposa y sus hijos y tenía un negocio de jardinería, Eusebio Ramírez fue deportado a Tijuana. Durante cuatro meses lo intentó todo para regresar a su hogar: con engaños a los guardias en la garita de San Ysidro; con polleros ligados a narcos en el área de Nogales; con pandillas que se disputan a los migrantes y el control de las rutas de cruce fronterizo; con lanchas que parten de Rosarito y llegan a las costas de California...

 

TIJUANA/SAN DIEGO, 31 de marzo (Proceso).- El 18 de octubre de 2009 la vida de Eusebio Ramírez dio un giro radical: después de comprar un auto en una subasta pública de San Diego fue detenido por agentes de la Patrulla Fronteriza que, vestidos de civil, verificaban los documentos de los compradores. Como no pudo comprobar su residencia legal, fue deportado tras 20 años de haber vivido en Estados Unidos.

“Allá se quedó todo. Mi esposa, mis hijos, mi negocio de jardinería y todo lo que había construido”, dijo Eusebio a Proceso durante una entrevista realizada en enero pasado en la ciudad de Tijuana, donde se había refugiado en espera de una oportunidad para cruzar de nuevo hacia aquel país.

Pero pasaban los días y la suerte parecía estar en su contra.

Durante cuatro meses se enfrentó al hecho de que la frontera ha dejado de ser tierra de nadie para convertirse en patrimonio exclusivo de redes del narcotráfico que ampliaron su campo de acción al tráfico de personas.

Cuenta que fue deportado el 20 de octubre. Al día siguiente empezó a buscar la forma de regresar a Estados Unidos. Veinte años antes había cruzado por la zona del río en Tijuana; así que se dirigió hacia allá y se dio cuenta de que todo había cambiado. Ahora del lado estadunidense había lámparas como de estadio de futbol por todos lados, sensores de movimiento, agentes en motos, helicópteros y hasta perros.

Del lado mexicano, encontró a mucha gente que le advirtió que no se arriesgara a cruzar él solo, “no tanto por la migra, sino por los polleros que asaltan y secuestran a las personas que intentan aventurarse por cuenta propia”.

Mientras caminaba por la avenida Internacional de Tijuana encontró a cinco personas que se estaban poniendo de acuerdo para cruzar. “Pensé que esa era mi oportunidad. Así que me acerqué y les dije que yo también necesitaba cruzar”.

El grupo apenas se estaba formando. Un pollero recorría el bordo fronterizo reclutando a los aspirantes.

–¿Qué? ¿De a cuánto? –preguntó Eusebio Ramírez.

–Tres mil 500 (dólares), pero garantizado y sin peligro –dijo el pollero.

–Pero ¿por dónde vamos a pasar?

–Por sus narices.

 

Ensayo y error

 

En la zona peatonal de la garita de San Ysidro el procedimiento de revisión es siempre el mismo. Las personas que van a cruzar se forman a lo largo de 10 filas y en cada puesto de revisión el agente de Inmigración llama una a una a las de su hilera. Cuando le llega el turno a una persona, ésta debe entregar su documento de identidad al agente, quien lo pasa por un escáner y revisa en la pantalla de su computadora los datos del viajero.

–En esos dos segundos que el agente ocupa para bajar la vista y checar la pantalla es cuando vas a cruzar –le dijo el pollero.

Ensayaron todo el día en una casa donde había una réplica a escala del área de revisión de la garita: los puestos, uno casi frente a otro; los tubos que dividen las líneas y hasta los sitios donde se colocan los agentes.

Si el pollero colocaba su mano izquierda sobre el tubo izquierdo, quería decir que cruzarían por el carril inmediato a la izquierda. En cambio, si arrimaba su pierna izquierda al tubo, entonces eso significaba que cruzarían por el carril de la extrema izquierda.

Todo estaba listo para el viernes 23 de octubre a las ocho de la mañana. Ramírez y sus compañeros de grupo se formaron a las 7:30 horas y empezaron a avanzar lentamente. Había mil peatones haciendo fila y pasaban en grupos de 50. Los agentes seguían exactamente la rutina que le había dicho el pollero. “La clave es mostrarse seguro. Hay que actuar con toda normalidad, como si uno anduviera derecho”, le había recomendado éste.

Frente a Eusebio, en la línea, el pollero tocó con su pierna el barandal derecho. Es decir, iba a cruzar a dos carriles de donde se encontraba.

Eusebio sintió que todo el mundo lo miraba.

Fueron unos cuantos segundos.

“Las cosas estaban pasando exactamente como nos habían dicho. En el carril que me indicó el pollero, el agente estaba revisando los documentos de un hombre como de 1.60 de estatura. Yo mientras tanto, con toda seguridad pasé frente al agente. Seguí caminando. ‘Ya la hice’, pensé. Entonces, lo único que quería era caminar lo más rápido posible para salir y perderme entre la gente. Me faltaban cinco pasos para salir por la puerta, cuando escuché la voz del agente:

–¡Deténgase!

“Tuve mala suerte. Ya en el interrogatorio, el mismo agente dijo que alcanzó a verme con el rabillo del ojo porque la persona que él estaba revisando en ese momento era de muy baja estatura y yo, que mido 1.80, no podía pasar desapercibido. Cinco personas del grupo pudieron pasar. Yo fui el único que me quedé”, se lamenta Eusebio.

 

Zona exclusiva

 

Ese mismo día –23 de octubre– lo soltaron y el pollero le dijo que no habría otra oportunidad sino hasta dentro de 20 días, cuando se “enfriara” un poco la frontera.

Eusebio aprovechó para visitar a su familia en Sinaloa. Tenía más de 10 años sin verla. Se estuvo ahí hasta mediados de noviembre. Allá consiguió un contacto que le dijo que unos amigos podían cruzarlo por Nogales. El costo: 4 mil 500 dólares.

No lo pensó dos veces. El 22 de noviembre viajó a Nogales. Iba con su cuñado, Ramón Romero, quien decidió acompañarlo. Se instalaron en el hotel Montecarlo de esa ciudad. Ahí esperaron a que los polleros los recogieran.

Puntuales pasaron por ellos a las cinco de la tarde. Los cruzadores iban en una camioneta Explorer último modelo. “Desde que nos subimos nos dimos cuenta de que no estábamos tratando con los polleros de siempre. En el auto venían tres personas. Como éramos de confianza, porque conocían a nuestro contacto, empezaron a alardear:

“–Aquí no hay pedo. Nosotros nos mochamos con todas las policías. De quien hay que cuidarse es del Ejército, pero no le sacamos porque tenemos con qué defendernos –decían retadores mientras mostraban las R-15 que traían en el auto y las granadas de fragmentación que llevaban en varios compartimientos secretos.”

Los polleros los llevaron a una casa de seguridad en lo alto de un cerro, a unos cuantos metros de la frontera. Desde ahí se podía observar con facilidad cuando se acercaba cualquier auto o persona.

Había vigilancia día y noche, no sólo en la casa, sino también en la zona aledaña a la frontera.

“Tenemos más de 45 autos patrullando para asegurarnos de que nadie se pase de listo e intente cruzar por aquí. Esta zona es nuestra y el que quiera trabajar aquí tiene que pagar derecho de piso; si no, se atiene a las consecuencias”, comentó uno de los polleros a Ramírez.

Las “consecuencias” son obvias: aquellos que no respetan “la exclusividad” son levantados y desaparecidos. Los pollos, en cambio, son secuestrados y dejados en libertad sólo después de que sus familiares pagan un rescate de 5 mil a 10 mil dólares, o cuando éstos acceden a cruzar la frontera con un cargamento de droga que ellos mismos les colocan en sus mochilas.

“Era una casa normal. Sin lujos pero con todo lo necesario para habitar por días sin necesidad de salir. En las recámaras tenían costales de dinero y droga. En el piso de abajo había como siete personas que esperaban el momento para cruzar a Estados Unidos”, recuerda Eusebio.

–Está fácil. Vamos a cruzar por el desierto, y llegando a la carretera los va a recoger un americano. Él los va a llevar por carretera hacia Phoenix. En el retén de Tucson tenemos contactos. Así que, si todo sale bien, en dos o tres días vas a estar en San Diego –le aseguró el pollero.

En la entrevista con Proceso, Eusebio confiesa: “Yo, la verdad es que sí tenía miedo. Pensaba que en cualquier momento nos iba a caer el ejército y que en lugar de cruzar, a lo mejor hasta a la cárcel iba a dar”.

–¿A qué se van? A ver, ¿a qué se van al gabacho? –les preguntaba uno de los guardias que los cuidaba–. ¿Cuánto crees que puedes ganar, sin papeles y sin inglés? ¿200, 300 dólares a la semana? Mejor quédense aquí, con nosotros, estamos necesitando dos guardias. Cuélguense un cuerno (de Chivo) y se ganan 500 a la semana. Lo único que tienen que hacer es cuidar alguna de las casas ¿A poco no está mejor?

Eusebio cuenta que como él y su cuñado “eran de confianza”, tenían algunos privilegios. Así que pidieron a los polleros que les dieran “chanza de ir a comprar unas cosas para la pasada. Para nuestra suerte, accedieron sin mayores problemas”.

Los dejaron en el centro de Nogales y les dijeron que pasaban por ellos en una hora. Pero Eusebio y su cuñado corrieron a la central de autobuses y tomaron el primer camión que salió rumbo a Tijuana.

 

“¡Ahí vienen los pelones!”

 

Ya en Tijuana, ambos fueron directo a la zona norte. Les habían dicho que ahí podían encontrar a alguien que los podía cruzar por el cañón del Matadero, una zona agreste en la que abundan las pandillas.

–Ya saben –les dijo el pollero–; si se avientan solos, se arriesgan a que los levanten.

Se pusieron de acuerdo con éste: 3 mil dólares por cada uno. Y se prepararon para salir tres días después: miércoles 2 de diciembre.

Los polleros llegaron a medianoche. Iban en un Jetta gris, nada ostentoso. Ramírez y su cuñado subieron al vehículo. El conductor tomó rumbo al aeropuerto de la ciudad. Ya se estaban bajando del auto cuando el guía recibió una llamada.

–¡Pélense, que ahí vienen los pelones! –les dijo.

El guía no se refería a los soldados, sino a los miembros de una pandilla contraria que los habían visto y que se disponían a atacarlos. Lo que Eusebio y su cuñado no sabían es que los polleros habían roto las reglas: los estaban transportando sin que sus jefes lo supieran. Era un “trabajo independiente” y ellos estaban a punto de pagar las consecuencias. Se echaron a correr y corriendo llegaron al otro extremo del aeropuerto, donde se escondieron hasta el amanecer.

Hubo otro intento que cancelaron. Ya tenían todo arreglado para cruzar en lancha. A finales de diciembre fueron a Rosarito y de ahí se pusieron en contacto con otro pollero. Les dijo que no había problema, pero que había que esperar porque la lancha de esa noche ya estaba llena.

“Nos salvamos de milagro”, comentó Ramírez mientras respiraba hondo… En la mañana del 16 de enero Eusebio y Ramón leyeron en el periódico Frontera que la panga se había hundido y que se había ahogado una persona y otras nueve se encontraban hospitalizadas.

“Ya estamos desesperados. Todos los días nos estamos gastando unos 500 pesos en alojamiento, transporte y llamadas telefónicas y no vemos para cuándo pasar”, dijo Eusebio al reportero durante la entrevista realizada en Tijuana en enero.

El jueves 4, Proceso volvió a entrevistar a Eusebio. Esta vez en San Diego. Había logrado cruzar, pero lo había hecho de manera insospechada.

Contó que el pasado 15 de febrero, casi cuatro meses después de haber sido deportado, estableció contacto a través de una taquería en Tijuana con unos polleros estadunidenses que le aseguraron que cruzaría sin riesgo alguno.

Acordó pagar 5 mil dólares una vez que estuviera en la ciudad de San Diego. La operación se llevaría a cabo el 19 de febrero. “Era la primera vez que escuchaba esta forma de cruzar”, contó Eusebio.

 Los polleros colocan un anuncio en los periódicos locales de Tijuana solicitando trabajadores para distribuir volantes en San Diego. Entrevistan a los candidatos en algún hotel local y ofrecen entre 12 y 15 dólares por hora de trabajo. La persona que resulta seleccionada debe tener auto y documentos para trabajar en Estados Unidos. Cuando llega la fecha acordada para trabajar, pasa a recoger los volantes a un domicilio en Tijuana, donde le dan las instrucciones para su reparto y le piden que por favor lleve a otro trabajador y que lo deje en un centro comercial de San Diego.

“El otro trabajador era yo”, dice Eusebio, pues su cuñado Ramón había desistido en su intento por cruzar la frontera y regresó a Sinaloa.

“Me entregaron una mica falsa y me dijeron que no le dijera nada a la persona que iba a manejar. Que le entregara la mica sólo un minuto antes de cruzar”, cuenta Eusebio.

Poco después de las 15 horas el empleado y Eusebio llegaron a la garita de San Ysidro y, cuando faltaba un auto para cruzar, Eusebio le entregó el documento. El oficial apenas miró los documentos y los dejó pasar.

Siguiendo las instrucciones, el conductor dejó a Eusebio en un centro comercial en Bonita, a unas 8 millas al norte de la frontera, donde lo estaban esperando los polleros con los que hizo el trato. Ahí pagó los 5 mil dólares acordados y ahí mismo llegaron a recogerlo sus familiares.

El conductor del auto nunca se enteró que había ayudado a cruzar a alguien de manera ilegal.

Comentarios

Otras Noticias