La interminable integración latinoamericana

lunes, 8 de marzo de 2010

MÉXICO, 8 de marzo (apro).- Adentrarse en el proceloso mar de los organismos regionales de América Latina conlleva el riesgo de extraviarse. Hay grupos y subgrupos, provisionales y permanentes, generales y específicos; intergubernamentales, semiautónomos y autónomos, sin incluir, claro, la infinidad de iniciativas independientes de la sociedad civil. Y todos en alguna parte de sus estatutos mencionan un mismo objetivo: la integración latinoamericana.

         Ahora, en la llamada Cumbre de la Unidad de Playa del Carmen, se creó uno más, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELC), que sería un organismo “paraguas” de todos los otros y congrega, por primera vez en forma exclusiva, a todas las naciones de América Latina y el Caribe, sin Estados Unidos y Canadá.

         Esta nueva iniciativa viene a ser la suma del Grupo de Río y la Cumbre América Latina y el Caribe sobre Integración y Desarrollo (CALC). Pero para llegar a ella se requirió de tiempo y muchos cambios de nombres y siglas. Y también de caminos directos e indirectos, de choques y rupturas, porque la unidad soñada al calor de las guerras de independencia del siglo XIX no ha sido –ni es– fácil, ante las diferencias que separan a las naciones que cohabitan en el espacio latinoamericano.

         Por la vía corta, la CELC empezó a gestarse no hace tanto tiempo. En 1983 surgió el Grupo Contadora, integrado por Colombia, México, Panamá y Venezuela, como instancia mediadora para acabar con los conflictos armados que desangraban entonces a El Salvador, Guatemala y Nicaragua. De ahí nació el Acta de Paz y Cooperación en Centroamérica, que si bien no pudo dar fin a estas guerras por la negativa de Estados Unidos a cambiar su política intervencionista en la región, sí sentó las bases para impulsar su solución –y la de otros conflictos del área– desde una óptica latinoamericana.

         La iniciativa tuvo eco, dado que la Organización de Estados Americanos (OEA), que desde 1948 reúne en Washington a todos los países del continente, se había mostrado como un instrumento obsecuente con los intereses hegemónicos de Estados Unidos, máxime que éste aporta la mayor cuota regional (40%). Así se vio con la expulsión de Cuba en 1962, con la larga cadena de golpes militares de derecha que se extendió desde Guatemala hasta Argentina por 30 años y, nuevamente, con la represión de los movimientos revolucionarios en América Central.

         Más aún, fresco estaba todavía el episodio de las Malvinas (1982), en el que Estados Unidos se puso de parte de Gran Bretaña. Signatario como todos los demás países de la OEA del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), que prevé que cualquier ataque contra un Estado miembro será considerado como un ataque contra todos, Washington privilegió su alianza con la Organización del Tratado Atlántico Norte (OTAN) y alegó que Argentina había empezado la guerra al invadir las islas.

         Así las cosas, en 1985 Argentina, Brasil, Perú y Uruguay se sumaron a Contadora como Grupo de Apoyo o de Lima, porque ahí se signó la adhesión; luego se les llamó Grupo de los Ocho. Iniciado por esos años el retorno de las naciones latinoamericanas a la democracia, el grupo amplió sus preocupaciones a otros temas de interés regional y fue sumando nuevos miembros. En 1990 tomó el nombre de Grupo de Río, al consolidarse en esa ciudad brasileña. Actualmente reúne a 22 países y ha realizado 21 Cumbres, la última precisamente en Playa del Carmen.

         En cuanto a la CALC, ésta empezó a gestarse después de que los presidentes de Brasil, Luiz Inacio da Silva, y México, Felipe Calderón, convinieron en la Cumbre de 2008 que había necesidad de avanzar en la integración regional y buscar temas de interés común. La primera reunión se realizó en Bahía y convocó a los 33 países de América Latina y el Caribe.

         Su agenda es amplia. Incluye la promoción del comercio interregional, la inserción en la economía global como región, la cooperación entre mecanismos regionales y subregionales, el combate a la pobreza, el desarrollo social, la defensa de los derechos humanos, la lucha contra cualquier tipo de discriminación, la cooperación frente a desastres naturales. Considera además temas como la soberanía de las Malvinas y el embargo a Cuba. Todos fueron llevados a la Cumbre de la Unidad y se espera que sean su eje de trabajo una vez que ésta se consolide.

         Pero ha habido otra vía más larga y complicada. Un antecedente es la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) que funcionó entre 1960 y 1980, pero ante las insalvables diferencias de sus miembros, planteó que había que empezar por pactos subregionales.

         Fue reemplazada por la Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi), que aunque tiene la mismas metas de cooperación regional, no se plantea el establecimiento de una zona de libre comercio en un plazo determinado, sino crear un sistema de preferencias económicas y arancelarias, tomando en cuenta las diferencias de desarrollo de cada país. Es intergubernamental, cuenta con 13 miembros y está abierta a países extraregionales.

         Más allá de este intento de integración regional, por dinámica propia se han dado uniones subregionales. La más antigua fue la que de 1824 a 1838, y de Guatemala a Costa Rica, dio vida a la República Federal de Centroamérica. Agregada después Panamá, más de un siglo después, en 1951, se crea la Organización de Estados Centroamericanos (ODECA), que luego de nueve años prohija el Mercado Común Centroamericano.

         Con varias reformas en el camino, finalmente en 1991 surge el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), que incluye la parte económica y política y busca crear en la subregión “un espacio de paz, libertad, democracia y desarrollo”. Agrupa a todos los países del istmo, incluyendo Belice, y tiene a República Dominicana como Estado asociado.

         Poco más hacia el sur, en 1969 se conformó la Comunidad Andina de Naciones (CAN), más conocida como Pacto Andino. Integrada inicialmente por Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela como una unión aduanera, con el tiempo amplió sus atribuciones y en 1996 se transformó en el Sistema Andino de Integración (SAI), que incluye un tribunal de justicia, un parlamento, corporaciones de fomento, fondos de reserva, consejos consultivos y hasta la universidad Simón Bolívar.

         Además de favorecer el desarrollo equilibrado en la zona y promover su crecimiento, busca la integración regional y aspira a un mercado común latinoamericano. Tiene como países asociados a Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay, y como observadores a México y Panamá.

         En la zona austral del continente, en el marco de la Aladi se creó en 1991 el Mercado Común del Sur (Mercosur), que reunió primero a Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay, y sumó luego como Estados asociados a Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela (2006, miembro pleno). Sus fines son la reducción de aranceles, la creación de una zona de libre circulación de bienes y servicios, la coordinación de posiciones en foros económicos internacionales y el compromiso de integración regional.

         Con base en estos dos últimos pactos subregionales, esta integración empezó a perfilarse cuando, a partir de 2000, 12 naciones sudamericanas empezaron a reunirse bianualmente para explorar temas de interés común. Las reuniones pasaron a ser Cumbres y en 2007 se creó en Venezuela la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur). Un año después, en Lima, se firmó su Tratado Constitutivo.

         Incluyendo un Consejo de Integración Energética, este nuevo foro que unió por primera vez a todas las naciones del sur del continente se propuso fortalecer entre ellas el diálogo político, promover la concertación e integración regional, y estrechar la cooperación económica y comercial. Pero además incorporó temas comunes como la pobreza, el deterioro del medio ambiente, la inseguridad, el terrorismo, el narcotráfico, el tráfico ilegal de personas y armas, etc.

         La formación de este amplio bloque en gran parte fue posible gracias al cambio de perfil político de varios países del área. Con una tendencia más abierta y progresista, excluyendo a Colombia el resto, encabezado muy visiblemente por el Brasil de Lula, vio la coyuntura propicia para unir fuerzas y objetivos frente a un mundo cada vez más globalizado.

         Pero este giro hacia la izquierda también trajo consigo choques y fracturas. Para empezar, Venezuela decidió retirarse del Grupo de los Tres (integrado además por México y Colombia) y de la CAN para reorientar hacia otro lado su estrategia de integración regional. Luego su presidente, Hugo Chávez, se dio a la tarea de crear la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) como una respuesta directa al Acuerdo de Libre Comercio de la Américas (ALCA), impulsado por Washington.

         Creada en 2004 por Fidel Castro y Chávez, al ALBA se fueron sumando gradualmente la Bolivia de Evo Morales, la Nicaragua de Daniel Ortega, la Honduras de Manuel Zelaya y el Ecuador de Rafael Correa, más cinco naciones del Caribe no hispano. Enfocada contra el neoliberalismo, que prioriza las inversiones y la libertad de comercio, esta propuesta centra su atención en la lucha contra la pobreza y la exclusión social. Además de la cooperación energética, uno de sus ejes es la defensa de la agricultura tradicional, como forma de preservar la cultura y la autosuficiencia alimentaria.

         Con una agenda amplia en defensa de la educación, los derechos humanos y laborales, y la protección del medio ambiente, el ALBA maneja lo que llama empresas Gran-Nacionales (por contraste con trasnacionales) en los campos de la agricultura, la pesca, la minería y el transporte. Se ha abocado aparte a la construcción de grandes obras de infraestructura –financiadas con recursos del petróleo–, cuenta con un banco propio y este año pondrá en circulación el Sucre, una moneda electrónica regional.

         Dentro de esta tendencia de integración regional, el único país latinoamericano que por geografía, historia, dependencia económica y vocación política ha mirado hacia el norte, es México. En 1994 entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que comparte con Estados Unidos y Canadá, y que en su momento se quiso ver como un primer paso para la conformación del ALCA, ahora desafiado por las tendencias integracionistas hacia el sur.

         Por lo demás, México comparte con América Latina muchos otros foros regionales como la Cumbre Iberoamericana, la Cumbre América Latina y el Caribe-Unión Europea, el Foro del Arco del Pacífico Latinoamericano, el Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe, la Comisión Económica para América Latina, la Organización Latinoamericana de Energía, el Organismo para la Proscripción de las Armas Nucleares en la América Latina y el Caribe, el Parlamento Latinoamericano y varios otros organismos especializados.

         Ahora, además de anfitrión en Playa del Carmen, México ha sido, junto con Brasil, el principal promotor de la gran unidad latinoamericana, anhelada por las gestas independentistas que en estos años celebran su bicentenario. El tiempo dirá si esta nueva iniciativa tiene una viabilidad real o se queda en un mero escaparate de buenas intenciones.

 

cvb

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