Ana, la torturadora "mexicana"

domingo, 11 de abril de 2010

Después de la invasión estadunidense a Afganistán, Lahcen Ikassrien fue detenido por las tropas de la Alianza del Norte. El señor de la guerra, Abdul Rashid Dostum, lo acusó de ser terrorista de Al Qaeda y como tal lo vendió en 75 mil dólares a los militares estadunidenses, quienes lo llevaron a la prisión de Guantánamo. Lahcen sufrió allí los peores tormentos. Se los infligió una oficial de nombre Ana, quien decía ser mexicana. La justicia española investiga la identidad de esta mujer, pues la considera “un personaje central” en la causa penal que inició el juez Baltasar Garzón en contra de los responsables del “andamiaje jurídico” que permitió la tortura en Guantánamo.

 

Madrid.– “Fue un infierno lo que ella me hizo vivir, y su cara la tengo grabada aquí”, dice Lahcen Ikassrien mientras pone el dedo índice en su frente.

Este hombre que pasa de los 40 años, moreno, corpulento y de estatura media, habla con rabia contenida: 

“Decía que se llamaba Ana y que era mexicana. Al menos eso decía y así la llamaban los soldados estadunidenses: ‘Ana, la mexicana’. Los presos también la conocíamos como ‘la mujer del bigote’, porque lo tenía; o la ‘mujer gorda’, porque así era. Y te puedo asegurar, sin duda, que era la más dura de Guantánamo, una verdadera hija de puta.”

Marroquí afincado en España, Ikassrien habla con Proceso sobre su impactante experiencia como prisionero de Guantánamo y recuerda a Ana como una de las principales interrogadoras y quien le aplicó tormentos inimaginables. 

En un castellano fluido con cierto acento árabe, Lahcen describe con detalle cómo eran las sesiones de interrogatorios. Enfundado en su uniforme naranja, sentado en una silla e inmovilizado con grilletes y cadenas sujetas a argollas en el suelo, con los fusiles de cuatro soldados apuntándole, Lahcen escuchaba las preguntas de Ana y veía una y otra vez las mismas fotografías de supuestos terroristas de Al Qaeda. Ella quería que los reconociera y que le hablara de ellos. 

Como las respuestas eran “no los conozco” y “no sé”, Ana le gritaba casi en su cara y daba vueltas alrededor de la silla: “¡Hijo de puta!” “¡cabrón terrorista!”, “¡no tienes derecho a vivir!”, “¡no eres más que un perro!”, “¡deberían estar muertos todos ustedes!” 

Y luego ordenaba que iniciaran la tortura, cuyas sesiones podían durar hasta 16 horas, con algunas pausas. Ella misma lo golpeaba con una macana o con su arma.

La interrogadora le advertía: “Si mañana no hablas, te tocará otra vez”. Luego se retiraba con su carpeta de fotografías. Él perdió la cuenta de cuántas ocasiones fue torturado.

Originario de un paupérrimo pueblo de Marruecos, Lahcen compareció el pasado 15 de febrero ante la Audiencia Nacional en la querella que el juez Baltasar Garzón inició en abril de 2009 en contra de funcionarios del gobierno de George W. Bush que construyeron el andamiaje jurídico que permitió la tortura en Guantánamo (Proceso 1706).  

En su testimonio, Lahcen describió los métodos de tortura que puso en práctica Geoffrey D. Miller, el general estadunidense que pasará a la historia por dirigir la prisión de Guantánamo en el periodo en que se aplicaron los tratos más crueles y degradantes a los presos. Esos métodos fueron exportados luego a la cárcel iraquí de Abu Ghraib. Fotografías de las torturas y humillaciones sexuales que los guardias practicaban contra los prisioneros se difundieron en 2004 y provocaron un escándalo internacional.

En la misma causa penal, iniciada por Garzón, también testificó Hamed Adberrahman Ahmed, conocido como Hamido o el talibán español, liberado en España luego de que el Tribunal Supremo comprobó que sus declaraciones de supuesta pertenencia a Al Qaeda fueron arrancadas mediante tortura en la prisión estadunidense. Él también identificó a “la mexicana” como responsable de los interrogatorios y como la oficial que ordenó las torturas que le infligieron. 

El magistrado incluyó asimismo las denuncias del palestino Jamil Abullatif El Bana y el libio Omar Deghayes.

La policía española no logró acreditar que Lahcen haya sido entrenado como mujaidín ni que fue captado por Imad Edwin Barakat, alias Abu Dahdah, considerado uno de los jefes en España de Al Qaeda. “Son mentiras”, alega Lahcen. Señala que no existe declaración alguna que lo vincule a esa organización, “porque yo no hablé ni con los estadunidenses ni con los españoles. Fue la propaganda para engañar al mundo diciendo que yo era un terrorista”. 

–¿Ana era del equipo del general Miller? –pregunta el reportero en referencia a los equipos de interrogadores que habilitó ese jefe militar.

–Sí, era gente del general Miller. Ella era de las principales jefas cuando estuvo él (en Guantánamo). Había cambio de militares cada tres meses. Se iban unos y llegaban otros. A muchos los ponían bajo las órdenes de Ana. Ella traía dos militares como guardaespaldas. Un día la vi con un uniforme con las insignias de su rango militar.

Lahcen dice que al principio Ana tuvo otra actitud: sólo hacía preguntas, pero como no obtuvo las respuestas que quería, “muy pronto cambió y conocimos lo dura que era. Ella es una de las principales responsables de lo que pasó con los presos en Guantánamo”.

“Daba la orden a los torturadores y por horas veía cómo sufríamos. Me hablaba, preguntaba, pedía más fuerza en las torturas, se enojaba y volvía a preguntar. Ella ordenó que me hicieran el ahogamiento (práctica de tortura conocida como waterboarding o submarino). Me pegaba en la cabeza con su carpeta y gritaba”.

–¿Cómo era físicamente?

–Fueron cuatro años de tormento. La recuerdo bien: no era muy alta, 1.50 (metros) de estatura, tenía mucho vello en la cara, se le marcaba una especie de barba y bigote. Era morena, muy fea, gorda, y su voz a veces semejaba la de un hombre. Parecía que odiaba a los hombres, incluso a los soldados los trataba mal. A mí casi todas las veces me interrogaba en español. Muy entrenada, pasaba de estar tranquila a estallar y ser muy muy dura. A veces reía cuando me estaban torturando (…) Con facilidad amenazaba y arrinconaba para que uno supiera que ella tenía el control.

Gonzalo Boyé, abogado de la causa, la cual se encuentra en investigación, señala que en el expediente aparece que Lahcen y Hamido identificaron ante Garzón a esta militar, cuya identidad se está tratando de averiguar. “No sabemos si realmente es mexicana o mexicano-estadunidense, pero es un personaje central en este juicio”, dice Boyé.

 

“Animal 64” 

 

La entrevista con Lahcen se realiza en una cafetería del barrio madrileño de Tetuán, una zona del centro muy concurrida por jóvenes musulmanes asimilados a la cultura occidental. El café se encuentra a tan sólo dos calles de la mezquita Abu Baker, la más antigua de la ciudad y que es frecuentada por el entrevistado. 

Recuerda que el 18 de julio de 2005 aterrizó en el aeropuerto de la base militar de Torrejón de Ardoz, procedente de Guantánamo. Regresaba a España, país al que llegó por primera vez en 1987, cuando tenía 20 años de edad y había emigrado del pueblo marroquí de Targuist para probar suerte.

Sin embargo, en 2000 decidió ir a vivir a Afganistán porque consideraba que el régimen talibán era más acorde con sus creencias musulmanas; incluso, considera que entonces Afganistán era “un país normal”.

Luego de muchas peripecias en su viaje, Lahcen se instaló en la ciudad afgana de Kunduz, donde logró salir adelante: compró una tienda y un taxi. 

Pero las cosas dieron un vuelco tras los ataques del 11 de septiembre de 2001 a Washington y Nueva York. En diciembre de ese año, el ejército estadunidense invadió Afganistán e inició la búsqueda de Osama Bin Laden y de la red Al Qaeda. 

“Algunos ataques alcanzaron la región de Kunduz. Había muchos aviones estadunidenses sobrevolando; por eso unas 600 personas de ese lugar salimos huyendo en camiones de redilas (…). Casi de inmediato nos capturaron las tropas de la Alianza del Norte, aliadas de los estadunidenses y lideradas por el general Abdul Rashid Dostum, un conocido “señor de la guerra” de Afganistán.

“Nos llevaron a la fortaleza de Qila-i-Jhangi, cerca de la localidad afgana de Mazar-i-Sharif, donde los confinaron “en una fosa; todos estábamos atados con las manos detrás de la espalda”. Ahí pasaron una noche y al día siguiente los sacaron para meterlos a otro sitio y hacerles preguntas. 

Pero inició un sangriento motín de otro grupo de prisioneros. Señala que eran mercenarios talibanes. Ese día inició “el bombardeo de los aviones estadunidenses sobre la fortaleza”. Murieron 600 personas. El hecho fue denunciado por Mary Robinson, alta comisionada para los Derechos Humanos de la ONU. Lahcen no murió, pero una bomba lo hirió en la pierna derecha y el brazo izquierdo. Durante la entrevista, muestra al reportero las cicatrices.

Tras este hecho, Dostum los reubicó en la prisión Mazar-i-Sharif, donde Estados Unidos tenía concentrados a los sospechosos de pertenecer a Al Qaeda. “Cuando llegamos había unos 5 mil prisioneros”, recuerda.

“No había agua ni comida ni medicinas ni ropa suficiente. Vimos morir a personas que habían llegado heridas y nunca fueron atendidas. Ahí tuve un primer interrogatorio con una pistola en la cabeza. Me hablaban en sirio, con un intérprete que era de Kazajastán, y que también acabó en Guantánamo. Me advirtieron que si no decía la verdad, me iban a matar. ¿De dónde eres? ¿A  qué te dedicas? ¿Perteneces a…?”

A Lahcen lo separaron en un grupo de 15 prisioneros, quienes fueron entregados a los estadunidenses. “Con el tiempo me enteré que el general Dostum me había vendido por 75 mil dólares y me presentó como un terrorista peligroso. Lo hizo para ganar dinero. Por otros llegó a pagar más”, dice.

Fue llevado a la prisión secreta del aeropuerto de Kandahar. “Apenas llegamos y nos empezaron a violar sexualmente. Teníamos la cabeza tapada y por el trasero nos metían algo muy duro. Nos lastimaron muchísimo, porque querían buscar explosivos, decían. Todos nos moríamos de frío en ese desierto. Luego, uno tras otro fuimos llevados a los primeros interrogatorios.

“Me pedían que firmara un papel para amputarme el brazo y la pierna, porque estaban gangrenados. Yo me encontraba amarrado y con una capucha en la cabeza. Ese día acabé tirado sobre el charco de mi sangre.”

–¿Qué preguntas le hacían?

–Nada, sólo eran golpes para dejarte el miedo adentro. Pocos días después llegó personal de la Cruz Roja para ver de dónde éramos y qué estaba pasando. Confiamos en ellos y les empezamos a dar la información, pero resultaron ser personas falsas y peligrosas. Nos dimos cuenta que sólo querían sacarnos información y pasársela a los militares estadunidenses.

En ese sitio, “los militares nos despertaban a las tres o cinco de la madrugada para aventarnos pedazos de pan. Pero como éramos muchos, lo hacían para que peleáramos entre nosotros. Había muchas peleas, era poca comida y demasiada hambre”.

Un día lo subieron a un avión. Después de 16 horas de vuelo llegó a Guantánamo, pero sólo supo el nombre y la ubicación de esta prisión después de muchos meses de estar en ella. Los soldados le ofrecieron a él y a otros prisioneros que viajaron en ese vuelo un “acto de recibimiento”: los dejaron entre ocho y 10 horas hincados en un campo con unas piedras muy filosas. “Si te movías te pegaban en la espalda”, comenta.

En la enfermería, a Lahcen le colocaron una pulsera que decía “animal sexual” y después “animal 64”. Mientras lo sujetaban cuatro soldados, una mujer militar le apretaba los testículos hasta lesionarlo. Después le insistieron que firmara la autorización para amputarle el brazo y la pierna. Nunca aceptó. Ahí se percató de que a los presos les controlaban la comida para mantenerlos “con la moral muy baja”.

Lahcen pasó primero por el campo Ray-X, conocido como “las jaulas de los animales”, donde permanentemente le apuntaban con una pistola a la cabeza. Ahí estuvo tres meses.

“En ese tiempo a los prisioneros nos inyectaban sustancias, nos sacaban sangre y practicaban cosas con nosotros. En esas jaulas no podíamos dormir, porque se metían las culebras y los ratones, y luego nos ponían música a todo volumen. Eso era permanente”.

Luego pasó por el Campo Delta, “cuyas paredes estaban construidas con el material de los contenedores”. Dice que era “el sitio donde se practicaban las peores torturas”. Ahí, recuerda, le inyectaron en la espalda una sustancia para tratar enfermedades de los perros. Permaneció en una celda muy blanqueada y con iluminación constante que le impedía dormir. Afirma que los guardias introducían aire frío con un ventilador y sustancias químicas que le provocaban picazón en el cuerpo. “No podía respirar, me ahogaba”.

 

“Golpéalos”

 

Entre marzo de 2002 y marzo de 2004, policías y diplomáticos españoles visitaron a 13 presos de Guantánamo para preguntarles sobre el terrorismo de extremistas musulmanes. Uno de ellos era Lahcen Ikassrien.

En esos interrogatorios siempre estuvo presente “Ana”. “La primera vez les dije (a los diplomáticos y policías españoles) que me estaban torturando y no hicieron nada. Ellos me ofrecieron la nacionalidad española, dinero y casa a cambio de culpar a personas de cometer atentados o de pertenecer al terrorismo”. Sostiene que les respondió que no sabía nada. Señala que además no iba a inculpar a nadie para que sufriera ese tormento.

“Después de que venían a verme los españoles o los marroquíes, los estadunidenses me torturaban más fuerte”. Incluso, señala que los españoles aseguraron a los estadunidenses que él se dedicaba al tráfico de drogas a nivel internacional para financiar actos de terrorismo. 

“Ana me dijo que me torturaban más por las mentiras de los españoles y de los marroquíes. Me lo dijo cuando cambió el gobierno de España y llegó (José Luis Rodríguez) Zapatero (marzo de 2004)”.

“Yo no sabía qué estaba pasando, pero un día llegó Ana en una actitud totalmente distinta conmigo y me dijo que al día siguiente iban a venir los españoles. Me dijo: ‘si les quieres pegar, nosotros te quitamos las esposas y las cadenas para que los golpees’. Me extrañó mucho ese cambio y me imaginé que había algún problema entre ellos. Al día siguiente, cuando me llevaban al interrogatorio, un soldado que hablaba español me dijo que España estaba retirando sus tropas de Irak y entendí que por eso ella quería utilizarme para golpearlos durante la visita.

“Cuando me empiezan a preguntar los policías (españoles), yo estaba sin cadenas. Y le dije a uno de ellos: ‘mira, no vengas más ni me hagas preguntas; si no, voy a tomar la silla y te la voy a romper en la cabeza’. Se fueron con la moral baja y cuando me regresaban al Campo 5 Ana –que había observado la escena tras el vidrio– me reclamó: ‘¿Por qué no les pegaste si mucho de lo que has sufrido es a causa de sus mentiras? 

–Mira, yo estoy secuestrado aquí por ustedes. No tienes que meter a nadie más en mi problema, ni españoles ni marroquíes ni a nadie más –le respondí. 

–Pues de aquí no vas a salir nunca, hijo de puta –me dijo enojada.

Un año después, en julio de 2005, Lahcen fue sacado del Campo 5 y una semana después aterrizaba en la base militar de Torrejón de Ardoz, en Madrid.

La Audiencia Nacional lo reclamaba por su presunta pertenencia a la célula de Imad Edwin Barakat, Abu Dahdah, considerado el jefe en España de Al Qaeda.

En julio de 2006, la Audiencia Nacional decretó su libertad provisional ya que la acusación se había basado en las mismas pruebas que el Tribunal Supremo había anulado en el caso de Hamido. En octubre de ese año fue absuelto.

“Desde entonces vivo en el limbo”, dice Lahcen.

Explica: “Estoy aquí ilegal y España no define mi situación migratoria. Todas las peticiones que hago al gobierno son denegadas. Ahora mismo, el abogado Gonzalo Boyé recurrió una decisión para pedir asilo político. Vivo de lo que mi familia me manda de Francia y de Marruecos. Y soy permanentemente vigilado por el gobierno español”.

Al concluir la entrevista, Lahcen y el reportero salen de la cafetería en direcciones opuestas. Y un hombre vestido de civil y fornido sigue los pasos del marroquí a unos 40 metros de distancia.

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