Argentina: La búsqueda de una nieta

lunes, 3 de mayo de 2010

BUENOS AIRES, 3 de mayo (Proceso).- Desde hace 34 años, María Isabel Chicha Chorobik de Mariani, fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo en Argentina, busca a su nieta Clara Anahí. Cuando tenía tan sólo tres meses de edad, la niña fue tomada como “botín de guerra” durante un operativo de la dictadura militar contra una imprenta del grupo guerrillero Montoneros. Varios indicios relacionan esa desaparición con la adopción irregular de los hijos de Ernestina Herrera de Noble, la dueña del consorcio de medios de comunicación Grupo Clarín.

A María Isabel Chicha Chorobik de Mariani, fundadora de la asociación Abuelas de Plaza de Mayo, le ordenaron descansar. Tiene 86 años, problemas de columna y un par de ojos que se están quedando ciegos. Varios médicos le insisten en que debe reposar en su casa: una construcción baja, sobria y alargada, emplazada en una de las veredas tranquilas de la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires.

El fondo de la vivienda de Chicha es sereno. Hay una cama, silencio y algún rayo de sol colándose entre las cortinas. Pero ella no está allí. Está en un salón furioso de luces ubicado en la parte delantera de la construcción, y no para de hablar por teléfono. 

El día en que Proceso llega a la entrevista –jueves 22– es particular. Los diarios nacionales publican un desplegado de una plana en el que Marcela y Felipe Noble Herrera, hijos adoptivos de Ernestina Herrera de Noble –la dueña del Grupo Clarín, el mayor consorcio de medios de comunicación en Argentina–, se pronuncian por primera vez sobre las dudas que existen sobre sus padres biológicos. Y son muchas. Tantas, que las principales organizaciones de derechos humanos de Argentina exigen una prueba de ADN que confirme o desmienta lo que hasta ahora es sólo una sospecha: que los hermanos Noble Herrera son hijos de desaparecidos y que, en consecuencia, Ernestina Herrera de Noble se los “apropió”, un delito que puede pagarse con la cárcel.

“Nuestra identidad viene siendo manoseada por intereses políticos. Nuestros miedos son muchos. No somos un botín”, dicen Marcela y Felipe Noble en el desplegado. 

En virtud de estas palabras, muchos medios de comunicación intentan contactarse con Chicha. Es ella quien, en diciembre pasado, hizo pública su sospecha de que Marcela Noble era en realidad Clara Anahí Mariani: la nieta que las fuerzas armadas le robaron durante la más reciente dictadura militar (1976-1983).

“Siento mucha pena por ellos –dice Chicha, mientras se acomoda trabajosamente en el sillón de la sala de estar–. Me da lástima ver cómo los han manipulado durante tantos años. La verdad va a surgir recién cuando se sientan liberados de la tutela de la madre. Mientras tanto, yo pienso: pobres chicos. El día de mañana, cuando tengan sus propios hijos, ¿cómo harán para enseñarles la importancia de la identidad, cuando ellos mismos no saben quiénes son?”

El operativo

Clara Anahí Mariani, la única nieta de Chicha, nació en La Plata el 12 de agosto de 1976. Era hija de Daniel Mariani, economista, y de Diana Esmeralda Teruggi, estudiante de Letras. Los tres meses que vivió junto a sus padres lo hizo en una casa de tres cuartos que en el fondo tenía un patio, un limonero y una jaula con conejos. Allí, sobre una mesa de trabajo, Diana y Daniel desarrollaban un negocio familiar –la preparación de conejos en escabeche– que enmascaraba una actividad de mayor riesgo: una imprenta clandestina a la que se accedía por una trampa bajo la mesa. En ese lugar, la agrupación de lucha armada Montoneros –identificada con la izquierda peronista– editaba Evita Montonera, una publicación que echaba algo de luz sobre las muertes, las torturas y las desapariciones que casi todos los medios de comunicación de la época ni siquiera mencionaban. 

Chicha Mariani no sabía nada de esto. Sólo sabía que su hijo Daniel y su nuera Diana hacían trabajo social en los barrios marginales y regalaban a los pobres cualquier alimento o prenda de vestir que les pasara por las manos. “Yo era profesora de Bellas Artes; sólo vivía para acompañar a mi marido concertista y para ver a mi hijo crecer. Lo político me resultaba ajeno –admite Chicha–. Pero quién hubiera dicho. Cuando ocurrió lo que ocurrió, la que empezó en la militancia fui yo”.

“Lo que ocurrió” tiene fecha: el 24 de noviembre de 1976. Esa mañana, Diana se había preparado para llevar a Clara Anahí, de sólo tres meses de edad, a la casa de Chicha. Pero la construcción fue rodeada por tanques de guerra, helicópteros, patrullas y 200 miembros del Ejército, al mando de Ramón Camps, entonces jefe de la policía bonaerense. Querían sangre. No queda claro si alguien dijo “ahora”, sólo se sabe que el bombardeo reventó hasta el alma de las cosas. Y que Diana, tras la primera descarga, alcanzó a esconder a Clara en una bañera, bajo una pila de almohadones.

Diana fue acribillada bajo el limonero. En un rincón fue asesinado Daniel Mendiburu Eliçabe (25 años, estudiante de Arquitectura); decenas de agujeros de bala aún pueden verse hoy en ese sitio. Y en otras esquinas de la casa también mataron a Roberto César Porfirio (31 años, licenciado en Letras), Juan Carlos Peiris (28 años, antenista) y Alberto Óscar Bossio (34 años, médico). El Citröen familiar, con el que se hacía la repartición de frascos de escabeche y de ejemplares de Evita Montonera, quedó taladrado por los proyectiles. 

El operativo duró cuatro horas. Los únicos que no murieron esa tarde fueron Daniel Mariani, porque no estaba ahí (fue asesinado ocho meses después). Y Clara, la bebé. 

Chicha se enteró de todo al día siguiente. Un vecino (que años más tarde testificaría en los Juicios por la Verdad) le aseguró que, terminado el ataque, un suboficial se acercó al general Camps con un pequeño bulto entre sus brazos. Camps señaló el asiento de uno de los autos que ya se retiraban. “Póngala ahí”, habría dicho. 

“Al principio esos milicos me quisieron convencer de que Clara Anahí había muerto en el bombardeo –recuerda Chicha–. Pero a esta altura no quedan dudas de que eso es mentira. Yo siempre supe que estaba viva y que se la habían llevado como botín de guerra.”

En absoluta soledad –su marido estaba dando un concierto en Italia–, Chicha recorrió cuarteles, comisarías y juzgados. Incluso acudió con monseñor José María Montes, quien había casado a Daniel y Diana en la Catedral de La Plata. Fue tal su insistencia que monseñor Montes, entonces rector de la Catedral de la Plata y actual obispo emérito de la diócesis de  Chascomús, le exigió que no molestara más. 

“Los obispos que al principio me decían que me iban a ayudar, en un segundo encuentro se mostraban cambiados. Ya no eran los amables obispos que me habían recibido –señala Chicha–. Muy serios, muy tajantes, me decían que no molestara, que la chica había sido colocada en ‘un lugar muy alto’ y que no se me ocurriera interferir.”

El Poder Judicial también le cerró las puertas. Solamente la abogada Lidia Pegenaute, una asesora de menores, se animó a darle un consejo: “Busque otras mujeres en su situación”, le dijo. Y le dio el contacto de Alicia Licha Zubasnabar de De la Cuadra, otra abuela que buscaba a su nieta.

Así Chicha y Licha se conocieron. Así nació, en 1977, la asociación de Abuelas Argentinas con Nietitos Desaparecidos, que en 1980 se organizó legalmente bajo el nombre de Abuelas de Plaza de Mayo, asociación de la que Chicha fue presidenta, para luego ser sucedida por Estela de Carlotto. 

¿Qué certeza regía a las Abuelas? Que la situación de los niños secuestrados por las fuerzas de seguridad era diferente de la de sus padres, y que se precisaban estrategias y métodos específicos para recuperarlos. El recurso más efectivo consistió en la creación de un Banco Nacional de Datos Genéticos que permitiera identificar a los nietos apropiados. Gracias a ese cotejo de datos y a una búsqueda incansable, las Abuelas han recuperado a 101 nietos. Pero aún quedan 399 casos sin resolver, entre ellos el de Chicha. 

Las sospechas

La relación de Marcela Noble con las desapariciones de la dictadura, y posiblemente con Clara Anahí Mariani, se basa en la declaración de un testigo que participó en los Juicios por la Verdad, que asegura que el excomisario Juan Fiorillo –quien terminó sus días en la cárcel por su papel activo en los secuestros y las torturas en la pasada dictadura– metió a un bebé en su auto luego del “operativo de la calle 30”. Otro testigo dice haber visto a ese mismo comisario entregando una criatura en el umbral de Ernestina Herrera de Noble. 

Si bien la dueña de Grupo Clarín sostuvo siempre que encontró a sus hijos en cestos de mimbre junto a su puerta, el exjuez federal Roberto Marquevich demostró en 2003 que tanto los papeles como los testigos de adopción de ambos hijos eran falsos. Por este motivo, en ese entonces resolvió el procesamiento y la detención de Herrera de Noble, bajo el cargo de “falsificación de documentos públicos”. 

En ese mismo dictamen, Marquevich mencionó la sospecha de que Antonio Plaza, arzobispo de La Plata, fue quien le entregó a los chicos.

Herrera de Noble estuvo presa tan sólo seis días; un año después de su detención, el juez Marquevich fue destituido. El argumento oficial: mal desempeño. Sin embargo, a nadie escapó el hecho de que fue apartado de la causa por presentar este tipo de informes y tomar decisiones políticamente escandalosas. 

Hoy, la causa está en manos del juez Conrado Bergesio y está marcada por varias irregularidades. Por un lado, si bien Herrera de Noble permitió que sus hijos se hicieran una prueba de ADN, la extracción de las muestras se hizo en presencia sólo de los peritos designados por Herrera de Noble y sin perito alguno representando a las partes querellantes. 

Por otro lado, las muestras están desde hace dos meses en el despacho del juez Bergesio, cuando desde un primer momento debieron llegar al Banco de Datos Genéticos.

Chicha no confía en los resultados. “Tal como fueron tomadas, esas muestras no sirven. Hasta que no se hagan de nuevo y bien, nadie puede creer en nada”. 

–¿Encuentra parecidos físicos entre Marcela Noble y su familia? 

–Claro que sí. La forma de sus piernas es propia de la familia Chorobik, y su cuerpo tiene un parecido asombroso con el de la mamá de Diana.

La casa de la barbarie 

Dada la excelencia de su Universidad Nacional, la ciudad de La Plata es una de las urbes con mayor densidad de población estudiantil en Argentina. No extraña que fuera una de las más diezmadas durante la pasada dictadura militar. 

En 1976, una decena de adolescentes platenses que luchaban por el otorgamiento de un boleto de transporte estudiantil fueron secuestrados en el marco de un operativo que el coronel Camps tituló La noche de los lápices. En los años subsiguientes desaparecieron 771 personas más, cinco de ellas en la balacera de la calle 30.

Hoy, en esa construcción derruida funciona el Museo Mariani Teruggi, declarado “de interés histórico” por el gobierno nacional. Verla es constatar el brutal ataque que sufrió la casa: todo el edificio está agujereado y la fachada tiene un cráter de dos metros de diámetro que luego se replica en una pared posterior; es decir, que un solo golpe de bazuka perforó dos paredes. 

Con el paso de las décadas, además, la casa se fue degradando. Es por eso que, en la actualidad, dos arquitectos de la Universidad Nacional de La Plata la restauran para devolverle el aspecto que tenía el día después del bombardeo. 

“Walter Benjamin decía que todo documento de cultura es a su vez un documento de barbarie, y creemos que pocas veces una obra de arquitectura resulta tan elocuente como esta casa”, explica a Proceso la arquitecta Ana Ottavianelli, quien junto a su colega Fernando Gandolfi está a cargo del proyecto. 

“Este lugar es un claro testimonio de la violencia indiscriminada ejercida por el Estado durante la última dictadura militar.”

La idea de restaurar la casa fue de Chicha, y también fue ella quien decidió organizar una muestra fotográfica itinerante sobre el caso de Clara Anahí. Además, puso a circular un correo electrónico con la foto de su nieta, que recorrió todo el mundo.

Chicha cree que la difusión masiva y pedagógica en museos, en exhibiciones y en internet es la única forma de que la búsqueda de Clara la sobreviva. 

–¿Usted cree que podrá encontrarse con su nieta?

–Yo siempre estuve segura de que sí, pero ahora no tanto... Los años acumulan dolencias y ya no estoy tan segura de llegar a tiempo. 

–¿Quién seguirá la búsqueda?

–No lo sé. Ya no me queda nadie. Yo siempre quise encontrarla para contarle la historia de la familia. Pero ahora, como no voy a llegar, creo que se la voy a dejar por escrito. 

Chicha es alta y aún tiene un cuerpo fuerte, labios pintados de color carmín y un pelo sano, lacio, entrecano. La sala de su casa, un lugar que alguna vez fue un espacio de reunión familiar, hoy es el territorio de una cruzada. Aquí funciona la Asociación Anahí, una entidad creada en 1989 con el objetivo de que la búsqueda de los nietos trascienda la vida de sus abuelas. 

Entre faxes, teléfonos y papeles, en las paredes del salón hay fotos de Daniel Mariani, Diana Teruggi y Clara Anahí; hay diplomas enmarcados (en 2007 Chicha recibió una mención de honor en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, por su tarea en favor de los derechos humanos). También hay un cuadro en el que puede leerse una leyenda azteca: “Cuando un guerrero muere, su alma se convierte en mariposa para acompañar a los que siguen luchando”.

En los rincones de la sala, acomodadas, decenas de mariposas de plástico llenan el aire de colores.

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