Religión y conflictos políticos en el tercer milenio

domingo, 5 de septiembre de 2010

MEXICO, D.F., 3 de septiembre (apro).- A 10 años de iniciado el tercer milenio, la Organización de Naciones Unidas (ONU) documenta una veintena de conflictos en los que todavía se mezclan los quehaceres terrenales con los designios divinos. En la mayoría, el meollo no es propiamente la religión, sino intereses políticos y económicos muy concretos, como el dominio territorial, el control de la población, el usufructo de materias primas, las posiciones geoestratégicas, las alianzas regionales, etc. En suma, la vieja disputa por el poder.

         Enraizada sin embargo en la identidad nacional de muchos grupos de población, que incluye territorio, pertenencia étnica y valores culturales, la religión constituye un formidable combustible para incendiar los ánimos y, sabedores de ello, los políticos no pocas veces la utilizan para lograr sus propios objetivos. La radicalización de ciertos sectores, empero, se vuelve un arma de dos filos, porque desatado el fanatismo difícilmente se puede dar marcha atrás.

         En esa lógica, casi todos los conflictos actuales con ingredientes religiosos tienen decenios, cuando no siglos de antecedentes, pero muestran un recrudecimiento desde que acabó el sistema de bloques ideológicos que dominó el mundo el siglo pasado y que buscó relegar la religión a un segundo plano o, por lo menos, al ámbito de lo privado. Aun así, durante los últimos 50 años dos disputas territoriales se significaron por su carga religiosa: la de católicos y protestantes en Irlanda del Norte, y la de palestinos e israelíes en Medio Oriente.

         Si bien el núcleo del conflicto del Ulster es la permanencia británica que impide la reunificación integral del territorio irlandés, más allá de los grupos que tomaron las armas, la animadversión entre católicos y anglicanos, que se acusaron durante generaciones de traidores a su fe cristiana común, los llevó a enfrentarse no pocas veces con desenlaces fatales.

         En 1998, después de 30 años de choques, el Acuerdo de Paz del Viernes Santo logró un cese del fuego que derivó en un gobierno compartido, pero no la independencia total de la isla, lo que mantiene viva la inconformidad de los más radicales. Las heridas tampoco han sanado. Apenas en junio pasado, el gobierno de David Cameron pidió perdón por la matanza de manifestantes católicos pacíficos en el llamado “Domingo sangriento” (1972) a manos del ejército británico.

         El conflicto del Medio Oriente, ya se sabe, se inició con la partición arbitraria de la Palestina histórica en 1948 y la gradual apropiación de más territorios por parte de los sucesivos gobiernos de Israel, sin que hasta la fecha se haya logrado su devolución ni la creación de un Estado palestino independiente.

         Cuna de las tres grandes religiones monoteístas, musulmanes y judíos fincan en esa tierra el origen de su identidad nacional. La creación misma de Israel ahí, está ligada con la promesa que hace miles de años hizo Yavé a Moisés, y toda la base legal del moderno Estado judío descansa en esta premisa histórica. Tanto, que su sociedad sigue debatiendo si vive bajo una virtual teocracia o una democracia parlamentaria de corte occidental.

         Y es que si bien un alto porcentaje de los israelíes se declara laico, pacifista y democrático, son los sectores conservadores y religiosos los que han bloqueado sistemáticamente una solución con los palestinos y los que a la postre  también determinan la política nacional.

         Antes los menos religiosos entre los árabes, los palestinos por su parte se han ido replegando sobre su fe musulmana como una forma de identidad nacional frente al conflicto. El surgimiento de grupos extremistas que en nombre de Alá ataca a su enemigo histórico, da cuenta de este giro. Pradójicamente, el grupo integrista Hamas, que hoy gobierna Gaza, fue apoyado en sus inicios por Israel como un contrapeso al movimiento Fatah de la OLP, secular y de izquierda, considerado entonces su peor enemigo.

 

Los conflictos

 

En estos días se inició en Washington un nuevo intento por acercar a las partes para que negocien. Nada indica, sin embargo, que los atavismos religiosos hayan sido superados, aun en los círculos oficiales, y la presencia de grupos radicales en países vecinos tampoco ayuda.

         En Líbano, por ejemplo, donde la llegada masiva de refugiados palestinos rompió en los 70 el precario equilibrio entre maronitas cristianos y musulmanes, y desató una nueva guerra civil (1975-1990), las tensiones nunca se han extinguido del todo. Los asesinatos selectivos intergrupales dan cuenta de ello, pero además la presencia de la guerrilla chiita Hezbollah, apoyada por Irán y que ataca a Israel desde territorio libanés, ha derivado en episodios de violencia mayores como la ofensiva israelí de 2006.

         Otra guerra que a fines del siglo pasado sacó a relucir los enconos religiosos fue la de los Balcanes. Unida sólo por el férreo puño del mariscal Josip Broz Tito, la otrora Yugoslavia se desmemebró a su muerte. Si bien la separación se dio bajo criterios de nacionalidad, que incluyeron el terrible concepto de “limpieza étnica”, el factor religioso estaba implícito, ya que los serbios son cristianos ortodoxos, los crotas católicos y los bosnios musulmanes.

         El último capítulo de este conflicto todavía vive en Kosovo, cuya independencia unilateral fue ratificada hace poco como válida por la Corte Internacional de Justicia, pero sólo es reconocida por un tercio de los países de la ONU. Ahí, los llamados “albaneses étnicos” detentan la fe musulmana y, correspondientemente, han sido apoyados por guerrilleros mujaidines que combatieron en las guerras de Afganistán y Chechenia.

         Exacerbado el fervor islámico con el triunfo de la revolución chiita de Irán en 1979, aunque la mayoría de los musulmanes son sunitas se generó un espíritu reivindicativo en todo el amplio arco del Islam, que va desde el noroeste de Africa hasta el sudeste asiático. A partir de él se formó una serie de grupos extremistas violentos, que encontró su cúspide en la red de Al Qaeda y los atentados de 2001 contra Estados Unidos.

Desde entonces, el mundo vive una especie de reedición de las Cruzadas de la Edad Media, aunque esto no significa que los únicos enfrentamientos con connotaciones religiosas sean entre cristianos y musulmanes, ya que los hay entre diversas denominaciones y aun entre ramas antagónicas del propio Islam.

         En Irán, que se declara como República Islámica y donde rige una teocracia, ya que aunque hay un presidente seglar el que manda realmente es el Consejo de Clérigos, las minorías sunita, cristiana, judía y zoroastriana han denunciado actos de discriminación y hostigamiento, y la propia población civil se queja de los rígidos controles ejercidos por los “guardianes de la fe”. Últimamente Irán ha dado la nota con la persistencia de la lapidación para las personas que cometen adulterio.

         No hay que olvidar tampoco que, a pesar de sus motivos foráneos, la guerra de los 80 entre Irán e Irak acabó por enfrentar a dos ramas musulmanas. Sadam Hussein, quien procuró mantener un gobierno laico, en sus últimos años recurrió también a la utilización política del Islam y, a su caída, el enfrentamiento entre la minoría sunita, que tenía el poder, y la mayoría chiita marginada y perseguida, fue inevitable. Los yihadistas, llegados de fuera, le dieron además una connotación de “guerra santa”.

         Afganistán, en su lucha contra la invasión soviética de los ochenta, fue la cuna de los mujaidines de los que surgió Bin Laden y su red, y a los que paradójicamente Estados Unidos apoyó en contra de la URSS. Este ambiente prohijó al régimen talibán, que se caracterizó por su violenta aplicación del purismo islámico, particularmente contra las mujeres. Pero también hubo discriminación contra las minorías hinduistas y budistas, a las que se obligó a usar un distintivo similar al de los judíos durante el nazismo. La destrucción de los budas gigantes de Bagram evidenció el grado de fanatismo y causó indignación internacional.

         En la vecina Pakistán, donde se refugiaron varios dirigentes talibanes a partir de la ofensiva estadunidense de 2003, el fundamentalismo islámico ha sido alimentado por innumerable madrasas donde se imparte una visión dogmática del Corán y de las que han salido numerosos yihadistas como los que cometieron los atentados de Londres en 2007. Organismos de derechos humanos denuncian además discriminación y actos violentos por parte del gobierno y jefes tribales contra las minorías cristianas, hinduistas y paganas.

         Otro conflicto dentro de este marco es el de Chechenia. Si bien el independentismo checheno se remonta al siglo XVIII, en las dos guerras recientes con Moscú el factor islámico ha jugado un papel crucial y las guerrillas que aún persisten cuentan, al igual que los “albaneses étnicos” de Kosovo, con el apoyo de los mujaidines de Afganistán. Además se han documentado tensiones entre la mayoría musulmana y la minoría cristiana ortodoxa de origen ruso.

         En el sudeste asiático Tailandia, de mayoría budista, y Filipinas, de mayoría católica, luchan contra sus respectivos movimientos secesionistas islámicos, mientras que en Myanmar, los militares birmanos han reprimido duramente a los musulmanes cham, aunque tampoco dudaron en aplastar a los monjes budistas que encabezaron la revuelta de 2007. Indonesia, el mayor país musulmán, ha vivido desde su independencia feroces persecuciones de extremistas contra la minoría china, budista y cristiana, y en la represión contra Timor Este también exacerbó la violencia la condición católica de los independentistas.

         En la península índica, con su multiplicidad de creencias, los choques son ancestrales, pero crecieron con la arbitraria partición postcolonial. Bangladesh esgrimió para independizarse de Pakistán su identidad benaglí, pero conforme los partidos musulmanes se hicieron del poder, empezaron los ataques contra hinduistas y budistas. En Sri Lanka, los tamiles hindúes del norte han buscado separarse de los budistas cingaleses del sur, en una guerra en la que ha intervenido Nueva Delhi, por temor a que sus propios grupos tamiles quieran independizarse.

         En la India misma, aunque ahora gobierna el sij Manhoman Singh, el principal conflicto ha sido con esta minoría que busca la independencia del Punjab. Su brutal represión en los ochenta, que incluyó el bombardeo de su sitio más sagrado, se saldó con el asesinato de la premier Indira Gandhi y su hijo Rajiv. Pero sin duda, el principal conflicto sigue siendo el de Cachemira. Desde que en 1947 un marajá hindú decidió incorporar su territorio con 80% de población musulmana a la India, los choques con Pakistán no han cesado. Hoy, Islamabad acusa a Nueva Delhi de reprimir a los independentistas musulmanes, mientras que ésta denuncia la infiltración de yihadistas, que han cometido sangrientos atentados contra el lado hindú.

         En África los conflictos interreligiosos también son múltiples, pero entre ellos ha sobresalido la guerra en Sudán, que enfrenta a los árabes musulmanes del norte, con los cristianos y animistas negros del sur. La imposición de la sharia por parte del gobierno central, creó de facto un Estado islámico al que quedó sometida toda la población, fuera o no musulmana. Presuntamente Bin Laden planeó ahí a principios de los noventa los atentados de las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania, motivo por el que Sudán fue posteriormente bombardeado.

         Otro sitio de tensión religiosa sigue siendo China. Si bien en los últimos lustros se ha tolerado el resurgimiento de prácticas como el confucionismo, el taoísmo y la religión china tradicional, todavía hay denuncias de represión hacia minorías como los uigures musulmanes o la secta Falun Gong. Pero, sin duda, el principal conflicto es con el budismo tibetano y su cabeza visible, el Dalai Lama, acusados de separatismo, a los que se ha reprimido en forma inclemente; la última vez en 2008, poco antes de las Olimpíadas de Pekín.

         Hay muchos otros focos que no están en guerra hoy, como el de los griegos ortodoxos y los turcos musulmanes en Chipre, o los cristianos coptos que se quejan de discriminación en Egipto. Pero la proliferación de grupos fundamentalistas en Internet, sobre todo cristianos, judíos y musulmanes, que se atacan unos a otros sin misericordia, da cuenta de una virulenta intolerancia interreligiosa, que francamente asusta.

 

Mr

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