Paquistán: A la horca, en nombre de Mahoma

lunes, 10 de enero de 2011

SHEIKHUPURA, Paquistán, 10 de enero (apro).- “El uso de un comentario despectivo (...) con respecto al Profeta Sagrado: Cualquiera que con palabras, habladas o escritas, o con representación visible, o imputación, insinuación, directa o indirecta, profane el nombre sagrado del Profeta Mahoma (la paz sea con Él) debe ser condenado a muerte o a cadena perpetua, y también multado”, cita el artículo 295-C del Código Penal de Paquistán.

         A causa de esta ley, Asia Bibi, una mujer de la minoría cristiana de 45 años y cinco hijos, está condenada a la horca en Paquistán por blasfemar contra Mahoma. Asia languidece desde hace un año y medio en una celda oscura y diminuta en el distrito de Sheikhupura de la provincia del Punjab, en la que no alcanza ni a tumbarse estirada sobre los colchones facilitados por su familia.

         “Son las segundas Navidades que pasamos sin nuestra madre. Ojalá vuelva pronto”, dicen dos de sus hijas: Isham, una niña de nueve años con ojos enormes y cuello largo, y Sidra, ya con 18, quien se encarga ahora de preparar la comida para la familia en ausencia de la madre y de quien todos dicen que le guarda un enorme parecido. Las imágenes captadas de Asia muestran a una mujer hermosa, de cabellera oscura y expresión alegre. Sidra, en cambio, dirige su mirada perdida al suelo y su rostro redondo queda enmarcado por un pañuelo negro.

         Ambas hijas y su marido, Ashiq Masih, un hombre 50 años con aspecto abatido, han sido conducidos en secreto por la Alianza para las Minorías de Paquistán (Apma) hasta una casa del barrio cristiano de Gloria en Sheikhupura para encontrarse con la reportera. La organización les protege aun a costa de los posibles riesgos a los que se enfrentan. Asia permanece encerrada un par de kilómetros más allá en la prisión del distrito, un edificio de ladrillo rojo rodeado de polvo y alambradas.

         La familia cambia de domicilio cada dos o tres días para ocultarse de la amenaza de muerte proferida por parte de los extremistas religiosos del país. “Mi mujer no cometió ninguna blasfemia”, asegura Masih, con la desesperación y el desasosiego de un padre prófugo de los islamistas, con cinco hijos a cuestas y una esposa confinada entre rejas esperando la horca. “Mantenemos firme la esperanza, pero a veces es difícil no tener miedo”, confía con unos ojos grandes, oscuros y tristes.

Masih parece un hombre derrotado. Le reza a la Virgen María para que su mujer vuelva desde las diferentes casas en las que habita. Ni siquiera puede asistir a misa los domingos.

         Naseem Shahbaz, coordinador de distrito de Apma, trae vasos con agua para mitigar la sed en la habitación con luz artificial y las persianas corridas donde ha organizado el encuentro con los familiares de Asia Bibi. Todo el mundo se lleva el vaso a la boca. A diferencia de lo ocurrido en junio de 2009, cuando la cristiana acercó agua a sus compañeras musulmanas en el descanso para la comida mientras recogían fresas de los campos. Algunas jornaleras del grupo se negaron a probar el líquido de manos de una cristiana. Se originó la trifulca en la que supuestamente Asia cometió una blasfemia contra el Profeta Mahoma.

         Ninguno de los entrevistados se atrevió a repetirla, pero según el canal de televisión estadunidense CNN, la cristiana afirmó que “el Corán es falso y vuestro Profeta permaneció un mes en cama antes de su muerte porque tenía la boca y los oídos llenos de gusanos. Se casó con Khadija sólo por el dinero y después le robó y la echó de casa”.

         Una de las mujeres le contó lo sucedido a Mohammed Salam, imán de la aldea Ittan Wali, y el religioso decidió denunciarla ante la policía cinco días más tarde de la pelea.

Antes de introducirse en la mezquita del pueblo para dirigir la oración del viernes, el imán espetó a Apro: “Asia cometió una blasfemia prohibida por nuestras leyes contra el Profeta. No importa si es mujer u hombre, ha de morir colgada”.

Salam tiene 31 años y lleva cinco ejerciendo como máximo responsable religioso en la aldea. Tiene una mirada furiosa y la barba larga.

 

Prejuicios

 

El antiguo hogar de la familia cristiana no difiere mucho del resto de las viviendas del poblado: una casa de adobe en medio de caminos polvorientos sin asfaltar habitados por unas pocas cabras, burros, niños y hombres. Suena la llamada del muecín y los chiquillos se arremolinan ante la llegada de un coche de fuera de la aldea --o del único coche de la aldea--. También se aproximan algunos jóvenes --Naim, Abdul y Shaed--. Todos se declaran dispuestos a matar a Asia en el caso de que la justicia la absuelva.

Zulfikar Naim, de 25 años, afirma: “Estaría dispuesto a matar a mi hija, mi hermana o mi madre si hicieran lo mismo”.

En el Islam Mahoma es profundamente reverenciado y su estatus es casi el mismo que el de su Dios, Alá.

         Asia fue condenada a la horca por la Corte del distrito de Sheikhupura, pero a la familia todavía le esperan años de incertidumbre hasta que se pronuncie el Tribunal de Lahore, la capital del Punjab, y finalmente el Supremo.

         El presidente paquistaní, Asif Alí Zardari, intervino en el proceso judicial para concederle el indulto ante la presión de la comunidad internacional, e incluso la intervención del papa Benedicto XVI en defensa de Asia.

Pero los extremistas se echaron a la calle para pedir su cabeza y en contra de dichas presiones. Desde Peshawar, el clérigo Yousef Qureshi llegó a ofrecer a principios de diciembre una recompensa de 500 mil rupias (4 mil 400 euros) por su cabeza.

         Zardari se debate entre la imagen que su país proyecta en el exterior y los extremistas religiosos que pueden armar mucho ruido y hacerle pasar por una marioneta de Estados Unidos que no respeta los preceptos de su propia religión.

         Los grupos radicales no están dispuestos a que se le perdone. “Nosotros respetamos a Jesucristo y las leyes de Europa. Del mismo modo esperamos que se respete la santidad del Profeta y hay que dar un castigo ejemplar, como la horca, incluso aunque se trate de una mujer”, explica en un coche de camino a la frontera Wagah con India Yahya Muhajid, portavoz de Yamat ud Dawa, el ala social y benéfica del grupo terrorista paquistaní Lashkar-e-Taiba, responsable de los atentados de 2008 en Bombay.

         “El Papa traicionó el diálogo de armonía interreligiosa cuando salió en defensa de Asia Bibi”, continúa el islamista, indignado y subiendo la voz ante lo que él percibe como una imposición de los valores occidentales en la sociedad paquistaní.

          La ley contra la blasfemia fue introducida en 1986 por el dictador Zia ul Haq y los regímenes democráticos posteriores no se atrevieron a derogarla. “La ley no tiene ningún sentido”, afirma Anwar Kamal, antiguo presidente de la Asociación de Abogados de Paquistán.

         En Ittan Wali, de unos mil habitantes, los únicos cristianos que permanecen en el lugar son su hermana Najma, su cuñado y sobrinos. Y se quieren marchar. “En cuanto vendamos la casa, nos iremos de aquí”, asegura su hermana.

         “No sé si Asia cometió la blasfemia, pero la gente del pueblo trató de obligarla a convertirse al Islam y ella se negó”, continúa Najma en el patio de la casa mientras una de sus hijas prepara chapatis (tortas de pan). La otra familia cristiana abandonó la aldea después del incidente.

         La mayor parte del 4% de la población cristiana de Paquistán habita en la región del Punjab. Antiguos intocables del hinduismo que se convirtieron al cristianismo antes de la partición del subcontinente y continuaron siendo marginados en la nueva República de Paquistán.

         Nazmi Saleem, miembro provincial de la Asamblea del Punjab y cristiana a su vez, denuncia las dificultades a las que se enfrentan las minorías religiosas del país: hindúes, parsis, sijs, shías, la secta de los ahmedi y los cristianos.

Mujer enérgica y con los labios pintados de rojo, Nazmi señala que “para los cristianos es mucho más difícil encontrar un trabajo y, además, si lo tienen, son tratados peor por lo general”.

 

Ley contra la “blafemia”

 

La mitad de los cristianos de Paquistán son católicos, como la familia de Asia Bibi, mientras que la otra es protestante. Pero todos se enfrentan a los prejuicios de un país donde el Islam es la religión oficial. La Constitución paquistaní prohíbe a los no musulmanes convertirse en presidente y primer ministro.

         Aunque algunos cristianos son capaces de ocupar puestos en el gobierno o llevar negocios, los más pobres asumen las labores más indignas, como limpiar letrinas o barrer las calles.

Sidra cuenta en la habitación oscura bajo un calendario con la imagen de Jesucristo y una cruz de madera colgadas en la pared que “en el colegio las otras niñas me pegaban a menudo por el mero hecho de ser cristiana”.

Su hermana pequeña Ishan se libró de las palizas porque había asistido a un colegio cristiano. Ahora ninguna de las dos puede ir a clase al permanecer escondidas por el miedo a los extremistas.

         “La ley contra la blasfemia se utiliza para aterrorizar a las minorías en Paquistán”, señala Shahbaz Bhutti, presidente de Apma, quien realizó recientemente una visita a la cárcel a Asia y, de este modo, caldeó los ánimos entre los islamistas.

         Muchos expertos legales han denunciado el uso abusivo de la ley contra las blasfemias para justificar la violencia sectaria. Cualquier persona puede presentar una demanda, lo que facilita que otro tipo de disputas por envidias, venganzas o cualquier otro tipo de desavenencias personales con minorías religiosas se utilicen a través de esta ley para inculparlas de forma injusta.

         Antes de que se aprobara esa ley, solamente se habían registrado dos casos de blasfemia, pero a partir de 1986 se han producido alrededor de mil acusaciones.

“Esta ley es un arma que se puede usar con motivos de prejuicios contra etnias, religiones y etnias”, afirma preocupada Nazmi, quien relata otros casos recientes.

Y mientras siga en pie, Ishan y Sidra no saben cuántas Navidades más habrán de pasar sin su madre.

 

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