Haití: un año después del terremoto

martes, 11 de enero de 2011

GINEBRA, 11 de enero (apro).- Desde que Haití fue sacudido, el 12 de enero de 2010, por un sismo de 7 grados en la escala de Richter, alrededor de 12 mil organizaciones no gubernamentales (ONG) han trabajado en ese pequeño y pobre país a lo largo de un año.

 En ausencia de registros oficiales por la destrucción de las estructuras gubernamentales, la ayuda  humanitaria de las ONG se prodiga al ritmo de la buena voluntad, bajo una descontrolada coordinación.

Los informes presentados por la Organización de las Naciones Unidas, la víspera del primer aniversario de la tragedia –que se cumple mañana--, muestran un país postrado en el sufrimiento y la desolación, aliviado en su dolor, pero carente de perspectivas de recuperar lo perdido.

 Estados Unidos tardó dos años en remover los escombros de las Torres Gemelas a causa de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Haití necesitará que 300 camiones trabajen siete días por semana durante 10 años para limpiar el territorio de las ruinas.

La ONU y las ONG socorren a una población de 10 millones de habitantes que no pueden acudir a los órganos de un Estado que prácticamente no existe, impotente para resolver necesidades básicas en comida, agua potable, atención sanitaria y educación.

El desplazamiento interno que originariamente provocó el temblor se ha reducido en 50%, aunque 800 mil personas continúan hacinadas en tiendas de campaña, sin olvidar los 220 mil muertos y 300 mil heridos. Además, 60% de los edificios de la administración pública se han derrumbado, 2 millones de habitantes perdieron sus casas y no hay datos de construcción de nuevos edificios habitacionales.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) cifra en 171 mil 304 los infectados por el cólera, que ya cobró la vida de 3mil 651 personas, y anuncia "que el pico más alto aún no se ha alcanzado".

Como si la mala suerte del sismo no viniera sola, la enfermedad se produjo por contagio de "cascos azules" nepaleses, integrantes del contingente de 12 mil 600 soldados bajo bandera de la ONU, desplegados para garantizar la seguridad.

Así acaba de establecerlo el experto médico francés Reynaud Piarroux, especialmente mandatado para investigar la epidemia. Nadie sabe cómo hará la OMS para contribuir a levantar 30 de los 47 hospitales desmoronados.

Por si ello fuera poco, el bálsamo de la renovación democrática de las autoridades engendró un fraude que fue denunciado por la Organización de Estados Américanos (OEA).

Jude Celestin, yerno y candidato del actual presidente, René Preval, fraguó cómputos en la primera vuelta del 28 de noviembre 2010, para subir al segundo puesto y poder disputar la ronda final con Mirlande Manigat, que encabezó el escrutinio con 31.37% de los votos. El cantante Michael Martelly, que quedó en tercer lugar, debería suplantarlo, en una jornada electoral inicialmente prevista para el próximo domingo 16, que probablemente será postergada, añadiendo la incertidumbre política a la precariedad material de los votantes.

La ONU ha dado trabajo a 1 millón 200 mil haitianos en tareas de limpieza de basura y  acondicionamiento de canales de evacuación de agua. Otros 240 mil haitianos han sido contratados para distribuir los alimentos que aporta el programa mundial de la ONU, mientras que la FAO ha encaminado 2 mil 200 toneladas de semillas y fertilizantes para paliar los estragos en la agricultura, maltrecha  por el paso del huracánTomas en noviembre último, mismo que ocasionó inundaciones y corrimientos de tierra.

Los haitianos siniestrados parecen condenados a una estabilización del desastre. El destino da la impresión de negarles la aspiración futura de volver a vivir normalmente.

Un millón de personas no tiene vivienda. La mayoría se aloja en campos de tránsito, reproduciendo una especie de palestinización de la gente, que amenaza con perdurar sin visos de solución. No han sido expulsados de sus lugares de origen por una potencia ocupante, sino por la violencia de la naturaleza que la comunidad internacional se muestra incapaz de contrarrestar, pese a los 5 mil 300 millones de dólares prometidos para financiar la reconstrucción.

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