Alemania: La culpa es de "Pluto"

jueves, 27 de enero de 2011

BERLÍN, 26 de enero (apro).-  El modelo de producción industrial de alimentos deja ver sus grietas en Alemania. Una cantidad indeterminada de cerdos, aves y huevos contaminados con dioxinas ha llegado a la mesa de los consumidores. El efecto tóxico en el organismo puede prolongarse durante décadas.

La contaminación fue provocada por una empresa productora de forrajes y alimento balanceado para animales. 4 mil 760 establecimientos agrícolas fueron clausurados, y algunos países han prohibido la importación de huevos y carnes provenientes de Alemania.

Los productores agrícolas afrontan duras pérdidas. Las acusaciones cruzadas entre los políticos llevan ya tres semanas. Sectores independientes denuncian un problema estructural. Proponen una producción de alimentos saludable, orgánica, más humana con los animales y favorable con el medio ambiente.

La empresa Harles & Jentzsch, con sede en el estado de Schleswig-Holstein, utilizó grasa adulterada para la producción de sus forrajes. Los cereales o la soja componen hasta 85% de estos piensos. El resto son minerales y aditivos.

La grasa, que da cohesión al forraje y provee energías, debe obligatoriamente ser de origen animal. Harles & Jentzsch, sin embargo, usó grasa más barata, proveniente de la producción de biodiesel. Hasta 3 mil toneladas de esta grasa industrial contaminada con dioxina fueron vendidas, en noviembre y diciembre de 2010, a 25 productores de alimento para cerdos, pavos, pollos y gallinas ponedoras en varios estados alemanes.

Los investigadores estiman que la grasa fue mezclada en una proporción de 2 a 10%. De esta forma la contaminación habría alcanzado entre 30 mil y 150 mil toneladas de forrajes. Las dioxinas llegaron así a miles de granjas y establos. Y de allí al comercio minorista y a la mesa de los consumidores.

Las autoridades ordenaron el retiro de los alimentos de los supermercados a fines de diciembre. La publicación Hannoversche Allgemeine Zeitung informó, sin embargo, que los alimentos contaminados habían estado al alcance de los consumidores desde mucho antes. El pasado viernes 7 publicó el análisis que un laboratorio privado hizo de una muestra de forraje, a pedido de Harles & Jentzsch. El resultado del estudio, fechado el 19 de marzo de 2010, consignaba un nivel de dioxinas de 50% por encima del límite aceptado por la Unión Europea. El análisis no fue transmitido a las autoridades.

Ya nadie cree en la justificación de Harles & Jentzsch, esgrimida en un comunicado que hablaba de un involuntario “error humano”. La ministra de Alimentación, Agricultura y Protección al Consumidor, la socialcristiana Ilse Aigner, cuyo cargo ha pendido de un hilo en las últimas semanas, tildó a los responsables de emplear “manejos criminales”. La empresa ha llamado a concurso de acreedores. La fiscalía general investiga el caso.

 

Arma química

Las dioxinas son compuestos químicos que se obtienen como derivado de la producción de pesticidas, conservantes y desinfectantes. Son poco biodegradables y suelen penetrar en la cadena alimentaria. Llegan al cuerpo humano a través de huevos, lácteos o carnes. Se almacenan durante años en el hígado y los tejidos.

Los efectos nocivos de largo plazo incluyen afecciones del sistema inmunológico, las vías respiratorias, la tiroides y enfermedades graves de la piel, tales como el cloro acné, que puede perdurar durante décadas. En experimentos con animales de laboratorio se han detectado efectos cancerígenos y reducción del éxito reproductivo. Entre los humanos las dioxinas pueden acelerar el crecimiento de tumores. Pero no se sabe a ciencia cierta si pueden desencadenar el cáncer en células sanas.

La toxicidad de algunas dioxinas también se da en concentraciones pequeñas. En algunos casos llegan a ser letales. La dioxina 2.4.5-T es uno de los componentes del agente naranja, arma química utilizada por el ejército de Estados Unidos en la guerra de Vietnam. Dicha dioxina fue también utilizada en el atentado contra el político ucraniano Víctor Yúshenko, durante la campaña electoral de 2004, que lo llevo a la presidencia de su país.

El cloro acné desfiguró el rostro de Yúshenko. Los médicos le diagnosticaron un probable aumento del riesgo de contraer diabetes, cáncer o tener un ataque al corazón. Concluyeron que Yúshenko había sufrido un envenenamiento por vía oral, con dioxina de alta pureza.

El contenido de dioxina en huevos no representa “ningún peligro grave para los consumidores”, declaró Helmut Schafft, director del Instituto Federal para la Evaluación de Riesgos. Schafft sostuvo que las concentraciones de dioxinas encontradas en los alimentos para consumo humano “no son exorbitantes”.

“Lo difícil, incluso desde el punto de vista jurídico, es que los riesgos a la salud por la ingestión de dioxina no se pueden determinar concretamente”, dijo Thilo Bode, director de la organización de protección al consumidor Foodwatch, en entrevista publicada el viernes 14 por Zeit Online.

Udo Pollmer, director del Instituto Europeo de Ciencias de los Alimentos y la Nutrición en Munich, consideró además que es poco pertinente transpolar los resultados de laboratorio hechos con hámsteres hacia los seres humanos.

Muchos consumidores creen que se puede minimizar el peligro si optan por alimentos orgánicos. Sin embargo, “allí el nivel de contaminación promedio –sea en huevos, carnes o lácteos– es mayor que en el establo”, sostuvo Pollmer, según publicó el diario Jungewelt el pasado viernes 7.

Es que las dioxinas están ya en todas partes. Y son ingeridas por el ganado o las aves que andan fuera del establo. “Ni siquiera con medidas más severas podemos evitar la ingestión de dioxina con los alimentos”, dijo Helmut Schafft en una entrevista publicada el 7 de enero por el sitio en internet del semanario Spiegel.  

De todas formas, en los últimos 15 años el grado de esta contaminación ha disminuido en Alemania. Esto se nota en la leche materna, que refleja claramente el nivel de asimilación de dioxinas que se produce a través de la alimentación.

 

Problema de comunicación

En este escándalo, como en otros anteriores, el problema de fondo poco a poco fue tapado por la airada discusión política y las acusaciones cruzadas. Los verdes pidieron la cabeza de la ministra Aigner, acusándola de falta de controles e inacción ante la crisis. El altercado más notorio se dio dentro de las filas conservadoras. La ministra Aigner acusó al gobernador de Baja Sajonia, el democristiano David Mc Allister, de haberle ocultado información acerca de la magnitud del problema.

La canciller Angela Merkel medió entre ambos. Criticó la forma en que se transmitía la crisis hacia a la opinión pública. Se había tratado, una vez más, de un “problema de comunicación”, eufemismo al que suele apelar el gobierno cuando no acierta a dar una explicación convincente a la sociedad.

Finalmente, el lunes 17, el gabinete aprobó un plan de acción propuesto por la ministra Aigner. En el futuro, el sector de forrajes deberá cumplir con una acreditación obligatoria, contratar un seguro contra terceros para proteger a los productores agrícolas. Se anunció un mejoramiento de los controles y una posible elevación de las penas para los adulteradores.

A lo largo de las tres semanas que lleva el escándalo, los consumidores no pudieron conocer el nombre de los casi 5 mil establecimientos clausurados. El peso recayó pura y exclusivamente en Harles & Jentzsch. “Sólo porque unos pocas personas en el sector de forrajes han obrado de manera criminal, ahora se demoniza a todo el sector agrícola”, señaló el presidente de la Federación de Agricultores de Alemania, Gerd Sonnleiter, al inaugurar el miércoles 19 la Semana Verde, la feria de alimentos más importante del mundo, que se realiza cada año en Berlín.

El diario Märkischer Allgemeine Zeitung publicó el jueves 20 una noticia que dio mayor impulso a este tipo de argumentación. El jefe de Harles & Jentzsch, Siegfried Sievert, de 58 años, habría sido durante casi dos décadas soplón de la Stasi. Su área de acción era la fábrica de aceites en Brandeburgo para la que trabajaba. No pasó de ser un informante raso. Su nombre de guerra era “Pluto”.

La extinta RDA, de paso, recibe un poco más de tierra bajo su abultada alfombra.

Las medidas anunciadas por la ministra Aigner fueron saludadas por la industria alimenticia, los productores agrícolas y la federación de protección de los consumidores, pero criticadas duramente por sectores independientes.

“El gobierno no quiere cambiar nada”, sostiene Thilo Bode, quien dirige Foodwatch después de un largo paso como manager de Greenpeace. Bode cree que ni la ministra Aigner ni tampoco sus antecesores se han atrevido a enfrentarse al sector de los forrajes.

“Esta industria se sienta en la mesa de discusiones y elabora propuestas. Esto es como si uno le pidiera a un ladrón de coches que hiciera  propuestas sobre cómo uno puede evitar robos de coches”, añade.

Bode tampoco cree que en este sector haya sólo unas pocas ovejas negras con un gran impulso criminal. A su juicio es la falta de regulación la que invita al abuso.

Los productores y distribuidores de forrajes se someten a dos tipos de control: los estatales y otros a los que se obligan voluntariamente. “El sistema es llevado a cabo por las propias empresas agrícolas y de alimentos. El sector se controla a si mismo, pero voluntariamente y de manera no vinculante”, objeta Thilo Bode.

El hecho de que Harles & Jentzsch, ya en marzo de 2010, haya ocultado frente a las autoridades la contaminación en sus forrajes, avala esta desconfianza. “Es un secreto a voces que los productores de forrajes rebajan las partidas muy contaminadas, para no sobrepasar los valores tope”, continúa Bode. “Con la dioxina eso no sirve mucho, ya que es un veneno de efecto prolongado y se asimila a la cadena alimenticia.”

El jefe de Foodwatch propone obligar por ley a las empresas a examinar todas las partidas, y a destruirlas en caso de comprobarse un alto componente de dioxinas. Esto facilitaría el trabajo de los inspectores estatales. “La propuesta es buena, y por eso no le interesa a la señora Aigner. El ministerio federal de Agricultura representa los interesas del sector agrícola, no el de los consumidores”, agrega el jefe de Foodwatch.

 

Exportaciones

La Federación para la Protección de la Naturaleza de Alemania (BUND, según sus siglas en alemán) ve en el escándalo sólo un síntoma de una política que favorece una producción industrial de carne que perjudica el clima y el medio ambiente. “Desde que Angela Merkel está al frente del gobierno, primero con los socialdemócratas, ahora con los liberales, Alemania se ha convertido en un centro de cría industrial de animales. El costo en daños a la salud y el medio ambiente es subsidiado por la población.”

La industria alemana de la carne tiene amplios mercados. Fomenta una política de exportación. Para que ésta florezca y sea competitiva, presiona sobre los precios de forrajes. Al mismo tiempo, el gobierno federal subsidia la exportación de carne de cerdo desde 2010, con fondos provenientes de la recaudación impositiva.

Las últimas noticias son poco edificantes. China y Corea del Sur prohibieron la importación de carne de cerdo y productos con huevo de Alemania. Japón anunció controles estrictos para la entrada de estos productos. Carne de cerdo contaminada fue a parar a los mercados checo y polaco.

“El gobierno está atrapado en la trampa de sus lobbystas”, dice Thilo Bode. “Ahora los chinos y los surcoreanos no quieren comer más cerdos alemanes con dioxina. Esta política no sólo es una burla a los consumidores. El sector político actúa al servicio de la industria de forrajes y la protege de controles más estrictos.”

Una agrupación de 300 catedráticos, entre los que hay profesores de Filosofía, Ética, Teología, Agronomía y Medio Ambiente, exige el fin de la crianza industrial de animales. Piden una regulación mayor de este sector a través de los responsables políticos. Condenan que un tercio del cereal que se produce en el mundo se destine a la producción de forrajes, causando hambre en países pobres y tala de bosques en Latinoamérica.

Aprovechando la presencia en la Semana Verde de ministros de agricultura de todo el mundo, y de representantes de las multinacionales del agro, convocaron a una manifestación que programaron para el sábado 22.  Se oponen a la industrialización de la agricultura a través de una política basada en tecnología genética, fábricas de animales y exportación a precios de dumping, con subsidios estatales. Proponen una producción de alimentos saludable, orgánica, más humana con los animales y favorable con el medio ambiente. 

 

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