La "cándida" Condoleezza Rice

viernes, 2 de diciembre de 2011
MÉXICO D.F., (apro).- ¿Cándida? Sería probablemente el último calificativo que la mayoría emplearía para describir a Condoleezza Rice, la primera asesora de Seguridad Nacional y luego Secretaria de Estado de la administración de George W. Bush (2001-2009), quien en público siempre mostró una posición dura y respaldó sin vacilar las cuestionadas decisiones de su jefe. Así la presenta la editorial Crown Publishers, filial de Random House–Mondadori, que a principios de noviembre lanzó en Estados Unidos y Canadá su libro No Higher Honor: A memoir of my years in Washington, un abultado volumen de 734 páginas en las que “desde su perspectiva única, Rice comparte los asuntos políticos, diplomáticos y de seguridad más trascendentes de los ocho años de gobierno de Bush, en sus propias palabras y con una narrativa inesperadamente candorosa”. El candor se refiere particularmente a la forma en que expone sus desencuentros con los otros altos funcionarios del área de seguridad y de política exterior de la Casa Blanca, y hasta con el mismo presidente Bush, después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, las subsecuentes invasiones a Afganistán e Irak y la estrategia general de la guerra contra el terrorismo. Y es que no sólo a Condi le ha dado por escribir sus memorias, sino que en forma sucesiva lo han hecho el también exsecretario de Estado, Colin Powell (My American Journey y otro en preparación); el exsecretario de Defensa, Donald Rumsfeld (Known and Unknown: A Memoir) y el exvicepresidente Dick Cheney (In My Time: A Personal and Political Memoir) en las que los dos últimos son particularmente rudos con Powell y Rice, al grado de que ambos se quejan de “golpes bajos”. Si bien Rice enfatiza que, desde su óptica, sus muy publicitadas disputas con Cheney y Rumsfeld no eran personales sino profesionales, debido a diferencias políticas sobre asuntos sustanciales, los planteamientos de cada una de las partes muestran que la relación de Condi con los “halcones de línea dura” –como ella misma los llama– de la vicepresidencia y el Pentágono fue siempre tensa y estuvo a punto de llevarla a la renuncia en varias ocasiones. La primera de ellas fue en noviembre de 2001, cuando Rice como asesora de Seguridad Nacional descubrió que Bush había autorizado sin consultarla las controvertidas comisiones militares destinadas a juzgar a los “sospechosos de terrorismo”. La orden había sido escrita por Alberto Gonzales, el consejero de la Casa Blanca que elaboró el marco legal para saltarse toda la normatividad internacional en materia de guerra. Bush se disculpó, dice Condi, pero ella le advirtió que “si vuelve a suceder se va él o me voy yo”. Otro choque con el presidente, ya como secretaria de Estado, se dio en 2006 cuando él quería enviar más tropas a Irak para frenar una guerra civil y Rice proponía más bien hacerse a un lado. “Entonces, ¿cuál es tu plan Condi? ¿Dejarlos que se maten entre ellos, mientras nosotros sólo observamos, y luego recoger los pedazos?”, recuerda que le dijo Bush no sin cierta irritación. Ya antes, había tenido otra discusión sobre el traslado de Khalid Sheikh Mohammed, el supuesto cerebro del 9/11, de una de las cárceles clandestinas que Estados Unidos mantenía en diversas partes del mundo a la prisión de Guantánamo. Rice se oponía a las medidas de fuerza arbitraria que defendía Cheney, a quien dijo que no se podía simplemente “desaparecer” a los sospechosos de terrorismo como en los regímenes autoritarios. Esta vez el presidente le dio la razón. Sobre este mismo tema, la exfuncionaria cuenta que Bush estaba “ofuscado y furioso” después de que el programa 60Minutes mostró por televisión los abusos que cometían los soldados estadunidenses contra los prisioneros de Guantánamo. “Sabía de ellos, pero no los había visto”, explica Rice, quien asegura que después de ello las condiciones carcelarias fueron mejoradas. “Esto subraya la dificultad de librar una guerra y, al mismo tiempo, cumplir con nuestras obligaciones internacionales en relación con el trato a los detenidos. Es un acto de equilibrismo y creo que al final lo logramos”. El reconocimiento de errores fue otro motivo de roces con el sector duro. En 2003, cuando se discutió en la Casa Blanca si Bush debía disculparse públicamente por la falsa afirmación de que Irak había estado buscando uranio enriquecido en Níger para fabricar armas atómicas, Cheney se opuso porque consideró que eso “avivaría el fuego”. En su libro, el vicepresidente dice que entendió que Bush estaba de acuerdo y por eso se sorprendió cuando días después Rice declaró a la prensa que “no lo hubiéramos puesto en el texto del Informe si hubiéramos sabido lo que sabemos ahora”. El resultado, continúa Cheney, es que en los medios se desató el incendio que había anunciado y cuando Rice se dio cuenta de su error “vino llorando a mi oficina a darme la razón”. En una entrevista con la agencia Reuters, Condoleezza aceptó que se acercó a Cheney para decirle que había tenido razón sobre la reacción de la prensa, pero ciertamente no lo hizo llorando. “Esa no parezco yo, ¿o sí? No recuerdo, en los ocho años que trabajé con él, haber acudido nunca a decirle algo con lo ojos llenos de lágrimas”, asegura y dice que algunas cosas que escribe el vicepresidente no concuerdan con la relación de respeto mutuo que mantenían. Pero Cheney no sólo la exhibe, también la acusa. Dice que ella engañó a Bush durante las negociaciones con Corea del Norte sobre su programa de armas nucleares. Aquí sí Rice es categórica: “Mantuve al presidente plenamente informado de todos los detalles de estas negociaciones, y creo que se puede hablar de diferencias políticas con tus colegas sin sugerir un engaño. No aprecio este ataque contra mi integridad”. Con Donald Rumsfeld el intercambio de declaraciones no es mucho mejor. Para empezar, el exsecretario de Defensa sostiene en su libro que “Rice y su personal no parecían entender que no estaban en la cadena de mando”. Dice que le hizo ver que estaba fallando a lo que ella respondió, “Don, tú también has cometido errores en tu larga carrera” --Sí, pero yo trato de enmendarlos”, reviró él. En sus memorias, Condi recuerda que Rumsfeld en efecto dijo que la relación con ella “simplemente no funciona, a pesar de que es brillante y comprometida”. Rice lo tomó como un comentario despectivo de un superior a un subordinado, “pero nunca a un igual”. La prensa inclusive publicó que el exsecretario de Defensa no le respondía las llamadas, lo que ella desmintió categóricamente: “Eso yo no lo hubiera tolerado ni tampoco el presidente”. En sus más de 700 páginas de memorias, Condoleezza Rice por supuesto toca una multiplicidad de temas, personajes y anécdotas del ámbito internacional que le tocó enfrentar como secretaria de Estado de la primera potencia mundial, pero el eje del libro –y de sus reseñas– se centra en los “tumultuosos años” posteriores al 11 de septiembre de 2001, cuando entre divergencias la administración Bush buscaba adaptarse a un mundo radicalmente modificado por los ataques de Al Qaeda contra Estados Unidos, según consigna la revista Newsweek. Glenn Kessler, quien durante ese periodo cubrió la fuente diplomática para The Washington Post, realizó numerosos viajes con ella y al final escribió un libro crítico sobre su gestión, dice que “de todos los altos funcionarios del área de política exterior de la turbulenta presidencia de Bush, Rice era la menos complicada. Los otros –Powell, Cheney y Rumsfeld– se imaginaron en algún momento como presidenciables, fueron jefes en la industria o el ejército, y tenían experiencia en las oscuras artes del mundo burocrático de Washington. Ella, inteligente, equilibrada y agraciada, era diferente, y sobre todo al principio parecía opacada por sus contrapartes más famosas”. Aunque defiende muchas de las decisiones más cuestionadas de la administración Bush, sobre todo la de invadir Irak, para Kessler la de Rice es la primera memoria seria que también reconoce los errores y los pasos en falso dados sobre el camino. “En público Condi era una defensora tan abierta y tan fiera de las políticas de Bush, que resulta sorprendente enterarse de que estaba consciente de que los errores se estaban acumulando”. Resalta por ejemplo que, en su libro, Rice admite que el gobierno hizo una mala valoración del Acuerdo de Kioto sobre cambio climático, lo que lo llevó a rechazarlo – “una herida autoinfligida que pudo haberse evitado”. También plantea que Estados Unidos se equivocó al no dar una respuesta positiva a la OTAN después de los atentados del 11/9, cuando ésta invocó el artículo que los consideraba como un ataque a todos los Estados miembros de la Organización Atlántica. Más allá de su presunto “candor”, la mayoría de las reseñas reconoce en Rice una honestidad y una conciencia histórica que no se aprecia en las memorias de sus colegas. “Los titulares de hoy y los juicios de la historia rara vez coinciden”, dice la exacadémica de Stanford en las primeras páginas. Y dada la rudeza con que Cheney y Rumsfeld la tratan en sus respectivos libros, Kessler destaca la “ecuanimidad” de sus planteamientos. No todos por supuesto están de acuerdo. En Los Angeles Times, por ejemplo, Scott Martelle dice que “es un hecho de la vida política de Estados Unidos que, cuando una administración termina, algunas de sus figuras clave escriben su versión de lo que vieron e hicieron. Estos textos deben leerse con cierto escepticismo, porque lo que los motiva es más el legado que la revelación. Y las memorias de Rice no son muy diferentes”. Condoleeza Rice ya escribió anteriormente un libro autobiográfico que cubre sus años de niñez y juventud, titulado Extraordinary, Ordinary People: A Memoir of Family.

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