El cabildeo de Obama en Brasil

jueves, 24 de marzo de 2011

WASHINGTON, 24 de marzo (apro).- Después de ser agasajado con alfombra roja y guardia militar de honor a su llegada a Brasilia, y antes de su salto a Río de Janeiro para visitar una favela y hablar sobre “la calidez y generosidad del espíritu” del pueblo local, el presidente estadunidense Barack Obama aprovechó la reunión con su colega anfitriona, Dilma Rousseff, para abordar uno de los pocos puntos concretos de su gira por América Latina: la venta de 36 aviones caza F-18 de la Boeing a la Força Aérea Brasileira (FAB).

 Obama hizo preceder su viaje a Brasil, Chile y El Salvador con numerosas declaraciones de sus voceros sobre la “importancia” que América Latina tiene para la Casa Blanca. Pero en Brasilia, gran parte de la prensa local tuvo pocas dudas sobre cuál era uno de los principales motivos de la llegada del presidente estadunidense.

“Aun sin enviar ningún ejecutivo a Brasil, la estadunidense Boeing espera recoger frutos del viaje de Barack Obama al país”, destacó, por ejemplo, O Estado de Sao Paulo.

“Se espera que el lobby directo del presidente desequilibre la competencia para la compra de nuevos cazas” para la Fuerza Aérea brasileña que, hasta la llegada de Obama, parecía ganada por la francesa Dassault para sus aviones Rafale, añadió el diario.

 Y, en efecto, Obama ejerció ese “lobby directo” durante su entrevista del 19 de marzo con Rousseff en Brasilia.

De hecho, tres días después, mientras Obama se encontraba ya en Santiago de Chile, el mismo Estado de Sao Paulo citó a dos fuentes del gobierno estadunidense que se declararon satisfechas porque “comenzó a darse vuelta el juego hasta entonces favorable a Francia”.

         Fuentes del gobierno brasileño, por un lado, y el principal consejero de la Casa Blanca para asuntos de América Latina, Dan Restrepo, por otro, aseguraron que el tema surgió a instancias de Rousseff, y que Obama tomó ventaja de la situación para asegurarle a la presidente brasileña que la transferencia de tecnología incluída en el paquete de venta de los cazas sería idéntica a la que gozan los aliados más estrechos de Washington.

         La presión de Obama en favor de Boeing, actuando como uno de aquellos vendedores de enciclopedias puerta a puerta del siglo pasado, no debería sorprender, en especial si se tiene en cuenta que el propio presidente declaró antes de partir hacia Brasil que el principal interés de su viaje a América Latina era el de abrir más oportunidades en la región para los exportadores estadunidenses.

          Pero el particular interés de Obama toma un color especial cuando se recuerda que el entonces senador por Illinois fue el principal receptor de fondos de campaña electoral de la Boeing en el 2008 y que cables difundidos por Wikileaks a fines del año pasado mostraron que diplomáticos estadunidenses actuaron durante meses como “súper vendedores” de aviones de la empresa de Seattle.

         Según el Center for Responsive Politics (CRP, por sus siglas en inglés), un centro de estudios no partidario de Washignton que sigue la pista de los dineros aportados a las campañas políticas, Boeing gastó 17.8 millones de dólares en tareas de lobby solamente en el 2010, y empleó nada menos que 139 cabilderos.

         En el proceso electoral federal del 2008, Obama fue el máximo receptor de dineros de la Boeing, triplicando al segundo lugar, Hillary Clinton. Los números recogidos por el CRP muestran que la campaña del ahora presidente se embolsó de la compañía de aviación 196 mil 652 dólares, contra 61 mil 964 de la actual secretaria de Estado y por encima de los 39 mil 99 del senador John McCain, de Arizona.

         Los números de Obama, siempre según los datos oficiales recogidos por el CRP, representan un récord, ya que el máximo receptor del 2010 fue la senadora demócrata Patty Murray, del estado de Washington, el mismo donde la Boeing tiene su sede, con 82 mil 560 dólares, mientras que en el 2006 el principal beneficiario fue el entonces senador republicano James Talent, de Missouri.

         En el ciclo del 2004, el favorito fue el republicano George W. Bush, quien corrió exitosamente por la reelección y recibió cheques por 76 mil 813 dólares de la Boeing, que también le entregó 63 mil 525 dólares a su rival demócrata, el senador John Kerry, de Massachusetts.

Bush hijo había recolectado apenas 20 mil 50 dólares en el 2000, cuando llegó a la Casa Blanca, mientras que su rival demócrata, el vicepresidente saliente Al Gore, se debió conformar con apenas 11 mil 300 dólares de la Boeing.

         “Casi todos los políticos estadunidenses reciben dinero de los contratistas del sector de la defensa, y Obama no es una excepción”, explicó a Apro el experto John Feffer, del Insitute for Policy Studies.

De todas maneras, matizó, la posición del presidente en asuntos militares “está a mitad de camino: él apoya algunas reducciones militares, pero esos recortes representan apenas unas gotas en el mar de gastos crecientes del Pentágono”.

         Feffer reconoce que Obama puede estar apostando a la maquinaria militar estadunidense como una fuente de creación de los puestos de trabajo tan ansiados tras la recesión. “A pesar de la considerable evidencia de que las inversiones en empresas no militares, como educación e infrastructura, crean más empleo, el presidente viene apoyando una agresiva política de exportación militar para apoyar a la industria de la defensa”, dijo Feffer.

         La apuesta de Washington en favor de la industria militar fue confirmada por los cables difundidos por Wikileaks, según los cuales diplomáticos estadunidenses vienen trabajando desde hace tiempo para favorecer la operación de venta a los brasileños por unos 4 mil 400 millones de dólares. La oferta “en persona” que Obama le hizo a Rousseff representó un escalón de lujo de esta guerra comercial-militar, que ve a la Boeing enfrentada a Dassault.

         Los despachos diplomáticos y reportes periodísticos mostraron que el expresidente brasileño Lula da Silva estaba decididamente inclinado por la oferta que le hizo su colega francés, Nicolas Sarkozy. Para fortuna de la Casa Blanca, Rousseff parece estar buscando diferenciarse de su predecesor y mentor, y estaría lista para amarrar la compra de los F-18 Super Hornet.

         El negocio de la Boeing con la FAB “es extremadamente importante”, señala Feffer. “En primer lugar, es un montón de dinero, en segundo lugar Boeing y otros contratistas están preocupados por los recortes en el Pentágono y esperan poder compensar con acuerdos de exportación y, en tercero, la venta representa empleos para los trabajadores estadunidenses”, explicó el experto.

         En un artículo que escribió para USA Today antes de salir para Brasil, y que luego sirvió de base para su mensaje radial del sábado 19 de marzo, el mismo día que se reunió con Rousseff, Obama habló de las posibilidades de exportación que el país sudamericano representa para las empresas de su país. Sugestivamente, a la hora de poner ejemplos, el presidente eligió a tres empresas involucradas, en mayor o menor medida, en la industria de la defensa: Rhino Assembly, una firma que provee herramientas de ensamblado pesado; Capstone Turbine, productora de microturbinas que tiene contratos con bases del Ejército en California, y Sikorsky, fabricante de los famosos Black Hawk, entre otros modelos de helicópteros artillados.

         El director del programa de Armas y Seguridad de la New American Foundation, William Hartung, dijo a Apro que, a su juicio, la venta de los F-18 a Brasil “no fue la razón principal del viaje de Obama, pero sí fue un asunto mayor en la agenda”.

Según el especialista, “la administración Obama viene teniendo una actitud amistosa hacia la industria de la defensa, aunque no le ha dado todo lo que quería”.

         Por ejemplo, apuntó, la actual Casa Blanca “canceló programas de grandes armas como el avión de combate F-22, en el cual Boeing jugaba un papel muy importante, y el Expeditionary Fighting Vehichle”.

Sin embargo, continuó, “el gasto militar siguió creciendo” durante el gobierno de Obama, incluso “a niveles por encima de los del gobierno de Bush, y el más grande desde los años de la Segunda Guerra Mundial”.

         Además del lobby en persona en Brasil, Obama logró concretar un acuerdo récord de venta de armamentos a Arabia Saudita por 60 mil millones de dólares y “cabildeó en favor de la venta de aviones de combate estadunidenses a la India”, recordó Hartung.

          El entusiasmo de Obama por la maquinaria de guerra no debería ser una sorpresa, después de todo. “Históricamente –dijo Hartung-- los demócratas nunca tuvieron demasiada vergüenza en ir a la guerra”, y en ese sentido recordó el involucramiento de Harry Truman en Corea, de Lyndon Johnson en Vietnam, Bill Clinton en Bosnia y el voto favorable del partido en el Congreso a la hora de decidir la campaña del 2003 sobre Saddam Huseein en Irak.

         Durante la campaña electoral que lo llevó a la Casa Blanca, “Obama dejó en claro que iba a reducir la presencia en Irak para aumentarla en Afganistán”, añadió el experto.

La intervención contra el coronel libio Muamar el Gadafi en Libia, que curiosamente comenzó el mismo día en que Obama se entrevistó con Rousseff, “es la primera campaña que inicia Obama desde que llegó al poder, y sorprende solamente porque Estados Unidos ya está participando de otras dos guerras”, indicó Hartung.

         Feffer, por su lado, dijo que percibió a Obama “reluctante” antes de disparar misiles sobre Libia, porque –en general-- el presidente “prefiere enfocarse en asuntos domésticos”. Pero, “dicho esto, él no es un pacifista y marchará a la guerra si siente que hay una imponente razón de seguridad nacional”, completó.

         Reluctante o no, y además de promover las ventas de los cazas de Boeing o los helicópteros de Sikorsky en el exterior, Obama mantiene la tradición de poner al Pentágono al tope de los gastos federales.

Al anunciar en febrero su pedido de presupuesto para el año fiscal 2012, la Casa Blanca estimó 558 mil millones de dólares para el ministerio de Defensa y un adicional de 118 mil millones para las operaciones en Irak y en Afganistán, claramente por encima de los gastos impulsados por George W. Bush o hasta el propio Ronald Reagan.