Los temores de Israel

lunes, 7 de marzo de 2011

MÉXICO, D.F., 7 de marzo (apro).- En su desesperación por atribuirle un motivo externo a las crecientes manifestaciones opositoras en su contra, los dirigentes de Libia, Muamar Gadafi, y de Yemen, Alí Abdalá Saleh, agitaron fantasmas poco efectivos. El primero señaló a jóvenes “drogados” por la red de Al Qaeda, que desearía instaurar un “emirato islámico” en el país norafricano; y el segundo acusó directamente a Estados Unidos e Israel de promover la desestabilización en los países árabes.

         Gadafi no se ha retractado de sus declaraciones, más bien las ha escalado, llamando “ratas” a sus malquerientes y convocando a sus leales a impedir “una nueva colonización”. Pero Saleh se apresuró a disculparse con Washington, y de paso con Tel Aviv, apelando al manido recurso de que sus palabras fueron “malinterpretadas”. Y es que el líder yemenita, él sí señalado de dar cobijo a elementos de Al Qaeda, recibe desde hace años millonarios recursos para combatir al terrorismo islámico.

         Lo cierto es que si bien ahora Estados Unidos e Israel están buscando encauzar los alzamientos populares en los países árabes del norte de África y el Medio Oriente en beneficio de sus propios intereses, no parece probable que tuvieran algún motivo previo para desestabilizar a los gobiernos autócratas de la región, sobre todos aquéllos con los que mantenían viejas alianzas, como Egipto, Jordania o Túnez; o aun otros con acuerdos más recientes, precisamente como Libia y Yemen.

         Todo indica, más bien, que la efervescencia regional los tomó por sorpresa. Cables de agencias noticiosas internacionales dieron cuenta de que los gobiernos de Barack Obama y Benjamín Netanyahu reclamaron a sus respectivos servicios de inteligencia, la CIA y el Mossad, el no haber previsto la magnitud y los alcances del descontento popular que se incubaba en la zona, y que ya había dado algunas manifestaciones aisladas. Quizá, precisamente, porque no obedecía a ninguna corriente política o ideológica identificable ni a un liderazgo preciso.

         Aunque ahora la secretaria de Estado Hillary Clinton ha declarado que Estados Unidos está dispuesto a apoyar las transiciones en el mundo árabe, porque “no es sólo un tema de ideales, sino un imperativo estratégico”, y la maquinaria diplomática y militar de Washington está lista para actuar en la región, la reacción tardía de Obama frente al levantamiento contra Mubarak en Egipto, evidencia que buscó ganar tiempo para hacer vertiginosos amarres que impidieran que la situación se le fuera de las manos.

         Más elocuente todavía fue el silencio inicial de Israel. El primer ministro Netanyahu, tan dado a las declaraciones estridentes, se limitó a decir que “estamos siguiendo de cerca los acontecimientos en Egipto y en toda la región. En este momento debemos mostrar responsabilidad, moderación y consideración máximas”. Luego, gradualmente, dejó traslucir sus preocupaciones. La principal, el acuerdo de paz entre Egipto e Israel.

         “La paz entre Egipto e Israel dura ya más de tres decenios y nuestra meta es garantizar que esa relación se mantenga ante cualquier escenario”, declaró Bibi, como lo llaman los israelíes, a la prensa internacional. Pero ya ante la Knesset, delineó dos tipos de fuerzas emergentes en Egipto: las que quieren un cambio moderado, reformas y democratización, y las del islamismo radical –apoyadas según él por Irán– que pretenden convertirlo en otra Gaza.

         En opinión del politólogo estadunidense James Petras, sea cual sea el nuevo gobierno egipcio, incluso uno de centro-derecha, no puede seguir colaborando igual que Mubarak en la opresión de los palestinos con el bloqueo a Gaza. Su colega Noam Chomsky, de ascendencia judía, asegura inclusive que los israelíes estaban furiosos, porque pese a todas sus presiones Obama no sostuvo a Mubarak ni, finalmente, pudo sostener a su vicepresidente y sucesor designado, Omar Suleiman, un hombre forjado en los círculos de inteligencia militar.

         De acuerdo con una de las múltiples filtraciones de WikiLeaks, desde 2008 funcionarios israelíes deseaban que Suleiman sucediera a Mubarak. Un cable diplomático de Estados Unidos a este respecto informaba que “no hay duda de que Israel estaría más cómodo con la perspectiva de Omar Suleiman”. El informe revelaba además que los delegados de éste mantenían conversaciones con militares israelíes a través de un “teléfono rojo”; que Suleiman estaba de acuerdo en que se aislara a Hamas y que pensaba que Gaza “debía pasar hambre, pero no en grado extremo”.

         Pero esta perspectiva ya se desvaneció por la vía de los hechos y en Israel nadie sabe a ciencia cierta cómo van a cambiar las reglas del juego, según admitió Ron Pundak, director del Centro Peres para la Paz de Herzliya, en una conferencia en Washington. Simon Peres mismo, premio Nobel de la Paz, sempiterno líder del laborismo israelí y actual presidente de Israel, quien primero acusó a Obama de traicionar a Mubarak, dijo en una visita a Alemania que ve positivas las revueltas árabes y consideró que “el gobierno de Teherán tarde o temprano caerá”.

En cualquier caso, “la revuelta en El Cairo se sentirá aquí”, como señaló el diario liberal Haaretz al resumir algunas de las preocupaciones de los círculos políticos y de seguridad israelíes. “En el largo plazo, el colapso del gobierno de Mubarak puede amenazar la paz de Israel con Egipto y Jordania, los principales activos de nuestro país luego del apoyo de Estados Unidos. Dañará inevitablemente la cooperación con los egipcios y llevará a un deshielo de las relaciones de Egipto con Hamas y el gobierno de Gaza. Podría dañar el status de las fuerzas de paz en el Sinaí y llevar a que El Cairo rechace que los submarinos israelíes se muevan por el Canal de Suez como fuerza disuasoria contra Irán”.

Los primeros temores ya empezaron a materializarse. Aunque el Consejo Militar Supremo que asumió provisionalmente el mando en Egipto se dijo comprometido a honrar todos los tratados regionales e internacionales –incluyendo el de paz con Israel–, casi de inmediato autorizó a dos buques de guerra iraníes cruzar el Canal de Suez, para realizar una “visita de cortesía” a Siria, lo que Tel Aviv consideró como una “provocación”.

Es la primera vez desde la revolución islámica en Irán, en 1979, que se da un movimiento así, y la confluencia con naves militares del propio Israel, más las de Estados Unidos que se desplazan ahora hacia las costas mediterráneas de Libia en plan de “disuasión”, crean en ese estrecho marítimo un inevitable clima de tensión.

Más allá de una confrontación directa con Irán, lo que los israelíes temen es que amplíe su influencia sobre las corrientes que están en su contra en la región. En el mismo Haaretz, Amos Harel escribió que “Israel sospecha que debajo de una superficie [laica] de mejoras económicas y de libertades, descansa un elemento islamista radical. Los islamistas no están haciendo planes por ahora, pero serán los primeros en recuperarse y ganar adeptos”.

Por su parte, en una entrevista a Radio Neederland, el analista político Meir Yavenaufor también planteó que “si los grupos seculares no logran mantener la estabilidad, los Hermanos Musulmanes se perfilan como una poderosa fuerza religiosa y política”. Y aunque consideró que probablemente no cancelarían los acuerdos de paz ni declararían la guerra a Israel, sí podrían facilitar el envío de armas a través de la frontera a Hamas, e inclusive habló de una posible infiltración de la guerrilla libanesa Hizbolá en Gaza.

Los Hermanos Musulmanes, de filiación sunita, se mantuvieron al margen de las protestas populares que derribaron a Mubarak, y si bien participaron en las conversaciones para la transición y expresaron su deseo de convertirse eventualmente en un partido político, hace rato que moderaron su discurso ideológico. Proscritos en todos los gobiernos secularistas, su fuerza, más que religiosa, se ha derivado de la amplia red de apoyo social, con escuelas, asociaciones caritativas y centros de salud que ha montado para suplir las deficiencias gubernamentales.

Hamas, una rama de los Hermanos Musulmanes que en su momento Israel cobijó en los territorios ocupados para oponerla a la beligerancia de la Organización para la Liberación de Palestina, ganó por los mismos motivos las elecciones en Gaza. Su no reconocimiento por parte de Tel Aviv, el bloqueo económico, los ataques militares y sus choques con la ahora Autoridad Nacional Palestina, son propiamente los que han conducido a su radicalización.

En todo caso, el que más podría justificar los temores de Israel es el grupo chiita Hizbolá en Líbano. Creado y financiado por Irán a partir de 1979, ha lanzado desde la frontera libanesa constantes ataques con cohetes sobre territorio israelí, protagonizado múltiples escaramuzas limítrofes y librado una cruenta guerra en 2006, en la que si bien no ganó, tampoco perdió. Este año, tras la última crisis gubernamental en Líbano, el movimiento, que ya tenía representación en el Parlamento, se hizo de los principales cargos del gobierno y es de suponerse que Teherán buscará ejercer su influencia a través de él.

Pero, en realidad, de momento la moneda está en el aire. No se sabe si después de la caída de los gobiernos de Egipto y Túnez, y de los crecientes escenarios de guerra interna en Libia y Yemen, los alzamientos populares en otras naciones árabes –amigas y enemigas de Israel– derivarán en un cambio de régimen. Tampoco si las reivindicaciones de los manifestantes, hasta ahora meramente sociales y de apertura política, serán cooptadas por determinadas corrientes ideológicas o religiosas.

Lo único cierto es que debe haber un frenético movimiento subterráneo de todos los bandos, para encauzar la efervescencia social en pro de sus propios intereses, tanto a nivel interno como regional e internacional. Dentro de Israel, por ejemplo, los cambios en Egipto desataron un fuerte debate entre los polos políticos, en cuanto a las lecciones a aprender.

Shlomo Brom, un general retirado y experto en políticas árabes del Instituto de Seguridad Nacional de Tel Aviv, dijo que la derecha piensa que no se pueden negociar acuerdos de paz con los árabes, porque no hay garantías de que se cumplan dado que sus gobiernos son inestables; la izquierda, por su parte, considera que precisamente por esta inestabilidad Israel debería estar interesado en minimizar las fricciones y sostener continuas negociaciones con el mundo árabe.

Esta discusión por supuesto se extendió también a la amplia  y dispar comunidad judía de Estados Unidos. Sin embargo, el lobby pro Israel, dominado por la derecha más recalcitrante y que ejerce la mayor influencia sobre las políticas públicas de Washington en Medio Oriente, no se alejó un ápice de su discurso habitual, y después de acusar a Obama de traición, le advirtió que no toleraría menos que privilegiar en esta crisis los intereses y la seguridad de Israel.

Paradójicamente, para los israelíes y los judíos de todo el mundo mantener en esta coyuntura los mismos argumentos del islamismo radical, los árabes inciviles y violentos, y la amenaza de Irán, y empujar a Estados Unidos a que actúe con esta visión frente a la efervescencia callejera, podría resultar contraproducente y hacer reales las acusaciones de Gadaffi y de Saleh sobre una “intervención foránea”.

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