Educación al estilo chino

miércoles, 27 de abril de 2011

CHAPEL HILL, CAROLINA DEL NORTE., 27 de abril (apro).- “El himno de batalla de una madre tigresa”. Así reza el título del más reciente libro de Amy Chua, mujer de origen chino y profesora de Derecho de la Universidad de Yale.

Tras su publicación, la madre china ha sufrido insultos e, incluso, amenazas de muerte.

Un artículo dedicado al libro en el Wall Street Journal titulado “Por qué las madres chinas son superiores” recibió más de 7 mil comentarios, en general críticos y ofensivos contra la autora, durante las primeras semanas de su publicación online. Mientras, el volumen se convertía rápidamente en un best seller.

Después de haber dedicado dos libros al sesudo campo de las Relaciones Internacionales, Chua salió del armario académico y se decidió a contar sus más íntimos detalles en relación a la estricta educación que les ha procurado a las dos hijas que ha tenido con otro profesor de Yale de origen judío, Jed Rubensberg, quien parece no tener gran voz -al menos en el libro- sobre las niñas.

         A medio camino entre la auto-ironía y el puro exhibicionismo en busca de polémica y buenas ventas, Chua se erige como una súper madre china, consciente de las dificultades que sus padres atravesaron hasta ocupar un lugar prestigioso en la sociedad estadounidense y su propio padre se convirtiera en un reconocido científico, profesor de la Universidad de Berkeley.

         El fruto de ese esfuerzo ya se vio compensado: la semana pasada, la revista prestigiada revista Time la designó como la “Mujer más Influyente del año”.

Prohibiciones

La madre china, quien por su ropa informal, delgadez y tamaño podría casi ser confundida con sus hijas, no desea que sus niñas de tercera generación de inmigrantes, con una vida confortable, se echen a perder como sus débiles y mimados compañeros estadunidenses.

         A su juicio, los jóvenes de Estados Unidos pierden el tiempo sacando malas notas, jugando a los videojuegos, con tendencia a drogarse si se deciden a tocar la batería en su tiempo libre y viendo la televisión.

         Ya en la primera página, la profesora de Yale aclara la base de su doctrina educativa con las siguientes prohibiciones:

-no dormir en casas ajenas

         -no quedarse a jugar con amigos

         - no jugar en el recreo

         -no quejarse por no poder jugar en el recreo

         -no ver la televisión o jugar con el ordenador

         -no elegir sus actividades extracurriculares

         -nunca obtener menos de un sobresaliente

         -imposible no ser la número uno en todas las asignaturas menos en gimnasia y teatro

         -no tocar ningún otro instrumento que no sean el piano o el violín.

         En el segundo capítulo, dedicado a la primera hija, la madre explica: “Cuando Sophia tenía tres años leía a Sartre y podía escribir mil caracteres chinos…. Con esta misma edad, Sophia disfrutó de dos novedades: su primera lección de piano y una hermana pequeña”.

De hecho, en el volumen explica cómo obliga a Sophia a tocar el piano durante al menos cinco o seis horas al día. Tres años después llega Louise, a quien llama Lulu, y se repite la situación, ésta vez con el violín. Pero, a diferencia de Sophie, Lulu es una niña tan obstinada como su madre y se convierte en una especie de prodigio pianístico. A los 13 años ya está tocando en el Carnegie Hall de Nueva York.

         Tras amenazar a sus hijas con quemarles los peluches si no tocan la lección musical correspondiente “a la perfección”, llamarles “basura” si no le dedican una postal para el “Día de la Madre” lo suficientemente elaborada, o hacerles repetir hasta la extenuación un problema matemático en el que hubieran fallado en el examen, la autora ha conseguido crear una enorme polémica.

Según cuenta la madre tigresa, su hija Lulu no puede ir a beber agua o al servicio hasta no tocar la pieza “Pequeño mono blanco” con la delicadeza necesaria hora tras hora. No es de extrañar que Lulu viera el violín como una pesadilla.

Perfección

La segunda parte del libro es una lucha a muerte madre-hija. La autora lo reconoce a través de lo que representa para ella el violín. “Para mí simbolizaba la excelencia, el refinamiento, la profundidad – lo contrario de los centros comerciales, las enormes Coca-Colas, la ropa adolescente y el consumismo burdo”, analiza Chua, en un claro rechazo a la superficialidad de la sociedad y modo de vida de muchos jóvenes en Estados Unidos.

“Sobre todo, el violín simbolizaba el control. Sobre el declive generacional. Sobre el control de la natalidad. Sobre tu propio destino. Sobre el destino de tu hijo. (…) En resumen, el violín simbolizaba el éxito del modelo de paternidad china. Para Lulu, personificaba la opresión”.

Y Lulu cambió las cuerdas del violín por las de la raqueta de tenis. Amy Chua termina recapacitando al final del libro con que la imposición y una educación tan estricta no lo pueden significar todo frente a la personalidad e inclinaciones de los hijos. Gana la partida un “cierto” balance entre Este y Oeste, pero aún así las hijas la rozan la perfección casi inhumana de la madre: profesora de Yale, mujer atractiva, súper madre, autora de best sellers y felizmente casada con un hombre guapo y con una buena carrera a su vez.

Amy Chua reivindica con la fiereza de una madre tigresa (el horóscopo chino está conformado por diferentes animales que en el sistema occidental- la capacidad de disciplina y el aprendizaje memorístico, completamente desdeñados del sistema educativo occidental en las últimas décadas.

         Irónicamente estas formas, desaparecidas sobre todo después de la ruptura con el respeto a la autoridad y la jerarquía tras la Revolución del 68 en Europa y Estados Unidos, Chua las enfoca principalmente hacia la música clásica occidental. Se convierte en una absoluta obsesión para ella que sus dos hijas brillen en esta disciplina.

         “Hay que entender que China aprendió, sobre todo de Japón, a buscar la modernidad, como la ciencia o todo lo que procediera de Occidente, para poder recuperar la influencia y el lugar en el mundo que había ocupado siglos atrás”, señala Tu Lan, estudiante de doctorado de origen chino en la Universidad de Carolina del Norte.

         “Y también hay que tener en cuenta que desde el siglo II a. c. en China no ha existido feudalismo, sino que cualquiera podía llegar a convertirse en burócrata o gobernador del país a través de exámenes y esfuerzo personal”, abunda Tu.

         De hecho, los resultados del informe educativo PISA llevado a cabo por la OCDE en 65 países a finales del pasado año no dejan lugar a dudas de quién gana la partida mundial en educación secundaria: los estudiantes de Shanghái superan al resto tanto en matemáticas, como en ciencia y lectura.

Le siguen los jóvenes de Hong Kong, Singapur y Corea del Sur, los dos primeros lugares con población de etnia china y el último con valores confucianos. Confucio y la importancia que concedió a la educación parecen ser la clave del éxito.

Mientras los alumnos de Estados Unidos recalan en la posición décimo séptima en lectura, vigésimo tercera en ciencias en general y trigésimo primera en matemáticas en particular.  Sumado a la creciente presencia y éxito de los asiáticos en los colegios y universidades estadounidenses en busca de fondos tras el recorte financiero tras la crisis, los papás estadunidenses se han indignado en grado sumo ante esta china airosa y sin pelos en la lengua.

Las cifras económicas también cantan a favor del “modelo chino”, mientras que el crecimiento de Estados Unidos durante el tercer trimestre de 2010 fue un endémico 2,6%, la locomotora china siguió con un sólido 10%, sin apenas haber notado la recesión mundial.

         “Además de la política del hijo único, en China hay una fuerte presión para el éxito porque no existe el estado del bienestar de Occidente y la vejez de cada uno dependerá exclusivamente de la capacidad de ayuda económica del único vástago que el Estado les ha permitido tener”, reflexiona Tu.

         Wynton Wong parece hija de esa perfección de inmigrante china de segunda generación en Estados Unidos. Con tan sólo 18 años obtiene las mejores notas en la escuela, toca el piano, la flauta, la guitarra, el arpa china, baila danza clásica y práctica la esgrima durante los fines de semana. Wynton no parece sentirse abrumada por tanta actividad, ni su madre, Annie, parece obligarla a cumplir ninguna de esas actividades a rajatabla.

         “Leí muchos libros sobre educación cuando tuve a mis hijos y deduje que la música estimula el cerebro, por eso traté de inculcarles la pasión por ella. Pero que tocaran los instrumentos que quisieran cuantas horas quisieran”, señala Annie.

Esta mujer, quien es una potente empresaria en la compra-venta de productos textiles entre Asia y Estados Unidos, parece entender la “educación china” de sus hijos de una forma más integradora y respetuosa que la obsesiva y controladora Amy, aunque igualmente firme.

         “Creo que es muy importante que los hijos respeten y se eduquen dentro de una familia unida. Jamás he discutido con mi marido delante de ellos. Un gran número de los jóvenes estadounidenses crecen en familias rotas y así es muy difícil concentrarse después en la escuela”, añade Annie, quien huyó junto con la mayor parte de su familia de Hong Kong, cuando China recuperó su soberanía en 1997.

Futuro

Wynton, con su marcado acento estadunidense, parece una chica feliz y madura para su edad. Con una falda corta plegada de cuadros y una camiseta ajustada la joven chino-estadunidense habla con lentitud de su amor por la música y de su doble identidad.

“Me siento parte de ambas culturas. Sólo durante algún viaje a las montañas en zonas muy rurales la gente se extraña de verme hablando con acento americano y me pregunta qué hago en Estados Unidos. También se pueden mostrar un poco paranoicos con la creciente influencia china, pero en general me siento una más”, subraya Wynton con su voz grave.

         Amy, finalmente, ha de reconocer en la última parte del libro una solución similar: es imposible enfrentarse a su segunda hija, Lulu, quien le hace ver que no le puede obligar a dedicar todo su tiempo libre a una actividad que ni siquiera disfruta o, al menos, no hasta al punto de practicar el violín seis horas al día. Chua cede. No sin antes recordar que los acomodados niños estadunidenses no llegarán muy lejos. Tal y como el futuro de su país, parece.

         Al fin y al cabo “los chinos creen que la mejor manera de proteger a sus hijos es prepararles para el futuro, dejarles comprobar de lo que son capaces y armarles de habilidades, capacidad de trabajo y confianza en uno mismo que nadie pueda arrebatar”.

El mensaje para las madres es que saquen el látigo y sean capaces de educar a sus hijos con la fiereza de una tigresa para que se enfrenten a un mundo globalizado cada vez más competitivo. 

Comentarios