Las independencias dependientes del mundo árabe

domingo, 3 de abril de 2011

MÉXICO D.F., 3 de abril (apro).- Aunque por ahora la iniciativa se limita a un solo país, el “Grupo de Contacto para Libia”, que se creó el pasado 29 de marzo en Londres y en el que, Estados Unidos aparte, han jugado un papel protagónico Gran Bretaña y Francia, remite irremediablemente a los acuerdos de 1919 en el seno de la Sociedad de Naciones, que establecieron los Mandatos franco-británicos sobre los pueblos árabes recién liberados del Imperio Otomano.

         Mucho sin embargo se cuidó el primer ministro británico, David Cameron, de aclarar que ninguno de los ahí reunidos “decidirá sobre el futuro de Libia”; pero consideró que en estos momentos el pueblo libio “no puede solo” (contra Muamar Gadafi), por lo que es una obligación de la comunidad internacional acudir en su ayuda.

         Este grupo, que pretende buscar una salida político-diplomática a la crisis libia y apoyar en la transición tras una eventual salida de Gadafi, está integrado, además de los tres conspicuos miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), por otra cuarentena de países, y por representantes de Naciones Unidas, la Unión Africana, la Liga Árabe, la Organización de la Conferencia Islámica y la Unión Europea.

Su primera reunión formal será realizada en Qatar y no se puede descartar que posteriormente intente ampliar sus esfuerzos a otras naciones del norte de África y el Medio Oriente que enfrentan revueltas populares similares, ya que como dijo la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, “hay que apoyar los llamados a la democracia que conmueven a Libia y otros países vecinos”.

Está claro que las circunstancias no son las mismas que llevaron al colonialismo europeo a extender su influencia sobre el mundo árabe al término de la I Guerra Mundial; pero también está claro que después de la larga dominación otomana (siglos XVI al XX), las naciones árabes resultantes de la fragmentación del imperio nunca se han podido liberar de la injerencia de Occidente, y que una gran parte de los conflictos que arrastran se deriva de esta constante intromisión.

Quizás habría que empezar por hacer una distinción entre arabismo e Islam, que en estos días se confunden mucho por ignorancia o por cálculo político. Pero lo cierto es que las revueltas se están dando en naciones específicamente árabes, y no por razones religiosas sino seculares.

Según la definición, árabes son quienes provienen de un tronco étnico común y hablan la lengua árabe, aun en sus diferentes variantes, y comparten una historia y rasgos culturales comunes que los hacen sentirse parte de una identidad árabe. Sin duda, el Islam forma parte de esta identidad, pero al extenderse a otras zonas geográficas se le ha asociado con países no árabes como Turquía, Irán, Afganistán y Pakistán, ya ni hablar de Indonesia –el mayor país musulmán del mundo– y otras naciones del sudeste asiático que nada tienen que ver con la arabidad.

En esencia, el mundo árabe se extiende por dos zonas geográficas: el Oriente Medio y el norte de África. En la primera se ubican Arabia Saudita, Yemen, los Emiratos Árabes Unidos y los Estados del Golfo, Irak, Siria, Jordania y Líbano. En la segunda Egipto, Túnez, Libia, Argelia, Marruecos y, un poco más al sur, Somalia, Mauritania y el Sahara Occidental.

Sometidos estos últimos al coloniaje europeo directo al inicio del siglo XX, los otros quedaron bajo la tutela de las potencias vencedoras al perder Turquía como aliada de Alemania la I Guerra Mundial.

Resulta interesante cómo reseña el historiador español José U. Martínez la organización de los Mandatos en Oriente Medio: los británicos como monarquías árabes y los franceses como repúblicas. Ambas formas alcanzaron una autonomía controlada, algunas inclusive una independencia formal, pero, en definitiva, “entre la fuerza del nacionalismo árabe y la de los aliados europeos se impuso esta última, dando como resultado la división de los árabes y su dependencia del tutelaje occidental”.

Pero aparte, dice el profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid, “entre las distintas corrientes del nacionalismo árabe predominó la de carácter conservador y oligárquico, representada por las grandes familias tradicionales y aristocrátas árabes, configurando así nuevas naciones de talante entre conservador –las repúblicas– y feudal –los reinos–, pero siempre prooccidentales”.

Este esquema se mantendría básicamente igual entre las dos Guerras Mundiales e inclusive unos años después de la Segunda. Si bien de 1945 a 1952 se consolidan e incrementan los procesos de independencia de los países árabes de Medio Oriente, éstos se dan desde la óptica de las oligarquías árabes nacionales, vinculadas con los intereses económicos occidentales. Hasta los afanes de unidad árabe se ven tutelados, al nacer en 1945 en El Cairo, bajo auspicios británicos, la Liga de Estados Árabes.

Un suceso derivado del tutelaje y de los compromisos internacionales contraídos por Occidente durante la II Guerra vino sin embargo a alterar el estado de cosas. El fin del Mandato británico sobre Palestina y la partición de su territorio acordada por la ONU en 1947 para dar paso al año siguiente a la creación de Israel, desató de inmediato una guerra entre el nuevo Estado y sus vecinos árabes, que habría de repetirse en 1956, 1967 y 1973, siempre con la victoria de los israelíes.

La pérdida de Palestina y estas derrotas consecutivas calaron hondo en los pueblos árabes, que no sólo se sintieron humillados y traicionados por Occidente, sino empezaron a ver a sus dirigentes como incapaces de enfrentarse a sus enemigos y aun sospechosos de favorecer a los aliados occidentales de Israel, en beneficio de sus propios intereses económicos. Esta situación prevalece hasta la fecha y constituye, sin duda, el foco de tensión por antonomasia en el mundo árabe.

Convergente con esta situación, a partir de los años cincuenta y hasta fines de los setenta cobran auge los movimientos nacionalistas árabes, se completan las independencias de todos los países de la región y en algunos surgen inclusive revoluciones populares y antioccidentales que desafían el orden establecido.

Punto de inflexión clave en este proceso fue la revolución egipcia de 1952, que transformó al país de monarquía en República y llevó a la presidencia a Gamal Abdel Nasser, promotor del panarabismo y que tuvo gran influencia en los ánimos nacionalistas y libertarios que agitaban en esa época a la región.

Fue sin duda el momento en que más cerca estuvo la comunidad árabe de recuperar su propia soberanía e identidad, pero también que marcó profundas tensiones intra y extra nacionales, entre los sectores populares y las oligarquías conservadoras, por una parte, y entre los regímenes prooccidentales y los de corte socialista revolucionario, por otra.

Con un agregado: la creciente Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, las dos potencias emergentes de la II Guerra que relegaron a un segundo plano la influencia europea, arrastró a su campo a las jóvenes naciones árabes, transformando sus diferencias ideológicas en una cuestión de bloques. Lo mismo ocurrió con el conflicto entre Israel y los palestinos, que engrosaron las filas de los movimientos de liberación nacional, emprendiendo acciones violentas que dividieron a las naciones árabes e incluso los enfrentaron con Jordania y Líbano.

En este contexto surge el concepto del Tercer Mundo y da vida a dos iniciativas que pretenden contrarrestar la política bloques. Una política, el Movimiento de Países no Alineados, que promueve un “neutralismo activo”; y otra económica, la Organización de Países Exportadores de Petróleo, que ante la creciente explotación del energético en la zona busca incidir en su propio beneficio en las reglas del mercado mundial.

En los hechos, sin embargo, cada país árabe se asocia a conveniencia con uno u otro bando, provocando tensiones itraregionales. El acercamiento de Egipto a Occidente tras la muerte de Nasser y su acuerdo de paz con Israel, desplazan el foco del nacionalismo árabe hacia regímenes prosocialistas como los de Irak, Siria, Libia y Argelia; Yemen se parte en dos, Líbano se desangra en una intermitente guerra civil y en el extremo atlántico del norte de África surge otro conflicto, el del Sahara Occidental, absorbido por Marruecos tras su abandono por parte de España.

Dos sucesos en naciones no árabes, pero sí islámicas, vendrían a alterar todavía más la paz de la región. Un golpe de Estado procomunista en Afganistán, que después daría paso a la ocupación soviética y a la resistencia de los mujaidines; y la revolución chiita en Irán, que arrojaría del poder al Sha e introduciría una cuña en un mundo mayoritariamente sunita, lo que a la postre llevaría a la guerra entre Irán e Irak.

Todo este entramado habría sin embargo de desdibujarse con el colapso del bloque encabezado por la Unión Soviética. Sin más apoyo político, militar y económico muchas naciones árabes tuvieron que replantearse sus alianzas y hacer concesiones a Occidente. Por otra parte, la desaparición del sostén ideológico dio paso al discurso islamista, que en muchos países, árabes y no árabes, se radicalizó y llegó hasta la “guerra santa”.

Lo demás, ya se sabe. Una creciente ola de atentados terroristas, hasta llegar al 11 de septiembre de 2001; la guerra internacional contra el terrorismo; las invasiones de Afganistán e Irak; la guerra civil en Argelia; el recrudecimiento del conflicto palestino-israelí, con las campañas militares sobre Líbano y Gaza; el aumento de la represión en el Sahara Occidental y, en general, contra todos los movimientos nacionalistas de la región, ya sea por diferencias étnicas o religiosas.

En medio de estos conflictos, arrastrados algunos por decenios, surgen a principios de 2011 los movimientos populares, básicamente juveniles, contra los regímenes árabes más longevos, que sacan a la luz otros rezagos: la falta de libertades políticas y de oportunidades ecónómicas. En forma sucesiva caen los gobiernos de Túnez y Egipto, y crecen las revueltas, unas pacíficas y otras violentas, en Argelia, Libia, Siria, Jordania, Yemen, Bahrein…

Parece otro momento de inflexión histórica, sin reclamos ideológicos ni religiosos, sino por simples derechos ciudadanos. Una oportunidad para que los pueblos árabes retomen su soberanía e identidad. Pero ello no sólo dependerá de la evolución de los acontecimientos internos en cada caso,  sino de cómo intervengan de nuevo las fuerzas externas.

Después del pasmo inicial ante las revueltas en Túnez y Egipto, es evidente que los países occidentales que conservan los mismos intereses en la región, empezando por el petróleo, se han empezado a mover vertiginosamente y escalado su intervencionismo. Nadie se quiere quedar al margen y las pugnas por el protagonismo entre Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos son evidentes.

Pero la intervención aérea sobre Libia ya está provocando roces con otros miembros de la OTAN, como Alemania y Turquía,  y del Consejo de Seguridad de la ONU, como Rusia y China. Sin contar con que las opiniones árabes ya otra vez se están dividiendo. La selectividad, por otra parte, con que las fuerzas externas están manejando los levantamientos en los diversos países da idea de que lo que las mueve no son motivos democráticos ni humanitarios. Si es así, aunque haya cambios, la verdadera emancipación del mundo árabe tendrá que volver a esperar.

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