Agitación en el Golfo

martes, 5 de abril de 2011

Concentrados en el desarrollo de la guerra en Libia, los medios occidentales descuidan los acontecimientos en los países de la Península Arábiga, advierte Anis Bouayad, doctor en ciencias de gestión y experto en geopolítica. Precisa: si las protestas civiles se desbordan en las monarquías petroleras, las bolsas de valores empezarán a tambalearse. La razón: se verían amenazadas las reservas de crudo más importantes del planeta y estarían en riesgo los millonarios fondos de inversión que esas naciones árabes han colocado en todo el mundo. Eso, dice, no lo soportarían los mercados financieros.

 

PARÍS, 5 de abril (Proceso).- Nada parece capaz de detener la primavera árabe: en Túnez y Egipto se dan los primeros pasos de complejos procesos democratizadores; las tropas de Muamar El Gadafi y los rebeldes apoyados por la fuerza aérea de la coalición internacional siguen disputándose las ciudades costeras libias; y a Siria y Yemen las sacuden protestas que sus presidentes reprimen mientras prometen cambios.

Por su parte, el rey de Bahréin, Hamad bin Isa al Jalifa, pidió auxilio al Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo (CCEAG) –al que pertenece junto con Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Omán y Kuwait– para sofocar las crecientes movilizaciones en pro de cambios democráticos.

El 17 de marzo, el CCEAG envió mil soldados sauditas y 500 policias de los Emiratos, así como tanques y vehículos blindados a la pequeña isla. Ese operativo, Escudo de la península, causó 24 muertos –cifra oficial cuestionada por ONG locales e internacionales– y no provocó reacciones internacionales. Sólo Teherán protestó enérgicamente.

El 29 de marzo, Al Jalifa cantó victoria: en alusión a Irán aseguró que el CCEAG acababa de “frustrar un complot extranjero fomentado desde hace 20 o 30 años (sic) y que amenazaba a todos los países del golfo”.

“Lo que declaró Hamad bin Isa al Jalifa es falso y sumamente grave. Las reivindicaciones de los bahreinitas no son religiosas. Igual que los tunecinos y egipcios, los manifestantes concentrados, sobre todo en Manama, la capital, piden libertad de expresión, igualdad, dignidad. Si bien la mayoría de los manifestantes son chiitas, no se movilizaron porque aspiren a tomar el poder. Lo hicieron porque quieren los mismos derechos que la casta dominante y para construir una sociedad democrática”, explica Anis Bouayad, experto en geopolítica y estrategia.

“Mi temor es que Arabia Saudita y el régimen de Bahréin caigan en la tentación de achacarle todo a la religión para no enfrentar las reivindicaciones sociales y políticas. Sería muy peligroso e irresponsable seguir ese juego.”

Bouayad, doctor en ciencias de gestión, acaba de publicar su octavo libro, que despierta mucho interés: Changer de regard pour voir le monde qui vient (Cambiar de mirada para ver el mundo que viene). Su tesis es que la época actual es de grandes rupturas y nos obliga a descifrar el mundo con referencias nuevas. Su propósito: dar al lector esas referencias.

Gracias a su doble cultura –es francés de origen marroquí– y a su larga trayectoria como experto en estrategia, Bouayad tiene una visión global, a mediano y largo plazos, de los procesos reivindicadores que sacuden al mundo árabe.

Es categórico: “Asistimos a algo que tendrá múltiples consecuencias en todo el planeta. Por primera vez desde hace 10 siglos el mundo árabe vuelve a entrar a la historia”.

El excatedrático de varias universidades francesas, que dicta conferencias y publica análisis en medios galos, da una brevísima lección de historia:

“El islam nació en el siglo VII, progresó y creó un imperio floreciente que duró tres siglos. Luego se apagó y cayó en una especie de letargo. Durante 10 siglos los árabes se limitaron a ver pasar la historia. Hoy están saliendo de esa inercia. Vencieron el miedo y empiezan a ser actores de su propia historia. Ese renacimiento va a ser largo, doloroso, habrá guerras civiles, pero a mi juicio, no hay vuelta atrás.”

–¿Qué elementos lo hacen sentirse tan seguro?

–Entre otros, la intervención de Arabia Saudita en Bahréin y la dura represión que siguió. Es la demostración de que el proceso revolucionario se desplaza del Magreb (norte de África) al Machrek, que incluye a los países del Golfo. Insisto: lo que pasa en ese pequeño país, que cuenta sólo con 600 mil bahreinitas y tiene 700 mil inmigrantes, no implicaba enfrentamiento alguno entre sunitas y chiitas.

–¿Por qué intervino el Consejo de Cooperación del Golfo?

–Por miedo al contagio. Igual que las otras petromonarquías, Bahréin surgió como Estado cuando los franceses, los británicos y luego los estadunidenses reorganizaron la región en función de sus intereses. La minoría sunita (30% de la población) gobierna el país. Los chiitas (70%) no gozan de los mismos derechos que los sunitas, aunque tengan el mismo nivel de estudios y de capacitación.

“Es importante subrayar que el gobierno de Bahréin invirtió masivamente en centros docentes y que el país ejerce una especie de magisterio en el campo de la edición y la prensa árabes. Los manifestantes de Manama son jóvenes urbanos, educados, que no se quieren enfrascar en luchas religiosas, sino participar activamente en una sociedad moderna igual que los jóvenes de Siria, Jordania, Túnez, Egipto, Argelia...

“Su movimiento de protesta empezó a mediados de febrero. Fue momentáneamente amordazado por la intervención de las tropas del Golfo, pero va a seguir. Los dirigentes de Arabia Saudita lo saben y tiemblan, por eso intentaron apagarlo.

–Oficialmente afirman haber sofocado un complot iraní.

–No hay tal complot. Basta ver la actitud de Mahmud Ahmadineyad (presidente de Irán): primero aplaudió las revoluciones tunecina y egipcia. Los iraníes aprovecharon ese apoyo para salir a las calles a manifestar su solidaridad con los revolucionarios. En realidad querían aprovechar la oportunidad para demandar democracia y libertad. 

“El régimen reprimió las protestas y optó por un perfil bajo. Hoy no busca crear tensiones entre chiitas y sunitas en el Golfo. Pero el rey de Bahréin y las otras petromonarquías usaron el pretexto religioso para enfrentar las demandas políticas.”

–¿Hay posibilidades de contagio democrático en los países del Golfo?

–Por supuesto. Bahréin y Arabia Saudita son vecinos: un puente los une. En ambos países las reservas petroleras están en regiones chiitas. Las protestas bahreinitas ya tienen eco en Arabia Saudita, donde se manifiesta cada vez más abiertamente la exigencia de cambios. 

“En las últimas semanas, el régimen del rey Abdallah gastó 100 mil millones de dólares para comprar paz social. Aumentó los salarios 40% y prometió construir casas. Fue en vano. La onda de choque de la revuelta de Bahréin amenaza propagarse a todos los países del Golfo.

“Me parece que los medios de comunicación son un poco miopes. Su atención está absorbida por Libia. Ciertamente lo que pasa en ese país es grave, pero a mi juicio descuidan lo que ocurre en Bahréin. Es un error.

–¿Por qué?

–Bahréin, pero sobre todo el conjunto de las petromonarquías del Golfo tienen fondos de inversión en todo el mundo. Se calcula que están dotados de capitales que van de 1 a 7 billones de dólares, sin hablar de las inversiones multimillonarias de los hombres de negocios de esa región.

“Tanto los Estados del Golfo como estos inversionistas privados tienen participación importante en las industrias de punta de Europa y Estados Unidos. Sólo citaré el caso de Qatar, que tiene entre 17 y 20% de las acciones del nuevo grupo automovilístico formado por la fusión de Porsche y Volkswagen.

“Compraron participaciones en múltiples bancos, como Barclays, Morgan Stanley, Citigroup, Merrill Lynch y UBS, entre otros. Invirtieron en turismo en el mundo entero; también en telecomunicaciones e industria farmacéutica y agroalimentaria. En África invierten en puertos y minas. Incursionan en tecnología innovadora previendo la era pospetrolera. Invierten además en un campo del que nadie habla.

–¿Cuál?

–Compran tierra agrícola en todas partes. En aras de desarrollar su industria agrícola intensiva compran tierras o las alquilan durante 99 años. Arabia Saudita es uno de los mayores compradores en el mundo. Ya adquirió 1.6 millones de hectáreas en Indonesia y Sudán. Los Emiratos Árabes Unidos compraron 1.3 millones de hectáreas en Paquistán, Sudán, las Filipinas y Argelia.

“En nuestro universo globalizado, el peso económico y sobre todo financiero de las petromonarquías es descomunal. Cualquier turbulencia en su seno afectará a la mayor parte del planeta 

–¿Podría ser más concreto?

–En caso de que los movimientos de protesta se extiendan a las petromonarquías, las bolsas de valores se van a empezar a tambalear por dos razones: no soportarían las amenazas sobre las reservas petroleras más importantes del mundo, y se vigilaría con minuciosidad lo que pase con los fondos soberanos de esos Estados. 

“El mercado financiero odia la incertidumbre. Si los Estados del Golfo, detentadores de participaciones importantes en numerosas empresas, viven momentos de turbulencia, las acciones de esas empresas sufrirán serias bajas y el mercado vacilará. En realidad el país que se debe vigilar de cerca es Arabia Saudita. Lo que va a ocurrir allí será clave y hay que reconocer que el porvenir de esa nación es incierto.

–Usted alude a la enfermedad del rey Abdallah bin Abdelaziz y a las luchas internas para su sucesión.

–No se conoce la edad exacta del rey. Es de alrededor de 86 años. Pero sí se sabe que su estado de salud es más que precario y que el problema de su sucesión es cada vez más candente. Se enfrentan dos corrientes en la cúpula de la dinastía Saud. Una liberal, que estaría de acuerdo con la modernización progresiva de ese sistema casi medieval, y otra fundamentalista, que niega toda apertura.

Bouyad recuerda el pacto –secreto durante décadas– entre el presidente estadunidense Franklin Roosevelt y Bin Saud, líder de la dinastía Saud. El primero se comprometió a proteger a Arabia Saudita contra viento y marea; el segundo –cuyo país tiene las dos terceras partes de las reservas mundiales de petróleo– a aplicar al pie de la letra la política energética de Washington.

A su vez bin Saud consolidó su pacto con los wahabitas, rama fundamentalista del Islam muy poderosa en Arabia Saudita. Aceptó hacer respetar su visión religiosa en todo el país a cambio de su lealtad.

Bouyad deja el pasado e imagina dos hipótesis para el futuro inmediato de Arabia Saudita: “Si el sucesor de Abdallah bin Abdelaziz pertenece a la corriente abierta se iniciarán los cambios que romperían el pacto con los wahabitas. Éstos tienen suficiente influencia para crear problemas. Si gana la corriente ultraconservadora, se multiplicarán las protestas a favor de los cambios y pervalecerá la inestabilidad”.

–Hay otra agravante: las revueltas en Yemen, otro vecino de Arabia Saudita.

–Arabia Saudita está entre los extremos de una pinza. Tiene a dos vecinos sacudidos por turbulencias políticas: Bahréin y Yemen. Este país es pobre y atrasado. Su presidente Ali Abdullah Saleh es un déspota que ejerce sólo un control limitado sobre su territorio, cuyas amplias zonas montañosas están en manos de tribus y beduinos. En algunas de esas montañas Al Qaeda tiene bases de repliegue.

“Las protestas vienen de la élite educada y de las mujeres de Sanaa, la capital. Son de la misma naturaleza que las de los demás manifestantes del mundo árabe. Es difícil prever cómo evolucionará la situación en ese país. Sólo una lenta y progresiva democratización de toda la región podría restarle influencia a Al Qaeda y a las corrientes terroristas islámicas.”

–En un análisis, publicado el 23 de marzo en Le Monde, usted insiste en la importancia de Arabia Saudita en el mundo árabe-musulmán y en las implicaciones que su desestabilización tendría entre los creyentes del Islam.

–Insistí en ese punto porque en Occidente no se mide la importancia del prestigio de ese país en todo el mundo árabe-musulmán. Arabia Saudita es la tierra del profeta, alberga a los dos lugares santos del Islam: La Meca y Medina. Es la espina dorsal del mundo árabe-musulmán. Hacer el peregrinaje a La Meca es cumplir el quinto mandato del Profeta. Es capital para millones de personas.

“Arabia Saudita representa lo que Roma en el siglo XV para los cristianos. El hecho de que, de una forma u otra, salga afectada por la primavera árabe es altamente simbólico para el mundo musulmán. No digo que sea negativo, digo que es simbólico y que tendrá consecuencias.

“Cuando mencioné el despertar árabe después de 10 siglos de sopor aludía entre otras cosas a ese tipo de símbolos. Egipto es un fuerte símbolo intelectual y cultural para todo el mundo árabe que se apasiona por sus escritores, pensadores, filósofos, poetas, cineastas, cantantes. 

“Que esa nación simbólica haya emprendido su camino hacia la democracia tiene una importancia capital. Aun si ese camino es difícil y caótico. El hecho de que Arabia Saudita, referencia religiosa por excelencia, no escape al torbellino actual también es un elemento clave.

–La actitud de la coalición que apoya a los rebeldes libios contrasta con su “discreción” ante la represión a los manifestantes de Bahréin y Yemen.

–Los intereses en juego en la región son gigantescos: petróleo, gas, geopolítica e industria militar. Es muy conocida la presencia de bases militares estadunidenses en Arabia Saudita y Bahréin, pero se conocen menos los pasos que Nicolas Sarkozy está dando en esa parte del mundo.

“Un artículo reciente de Le Monde subrayó los intereses crecientes de París en Qatar –cuyas fuerzas armadas están esencialmente dotadas de material bélico francés–, en Arabia Saudita –cuyas tropas de élite están siendo entrenadas por expertos franceses– y en los Emiratos Árabes, donde Francia tiene una base militar desde 2009.”

–¿A corto o mediano plazo se cuestionarán estos intereses?

–Lo que va a pasar para Occidente a mediano plazo es una redistribución de las cartas a escala política, económica, financiera, militar y sociocultural. Es la lección que podemos sacar sobre todo de las turbulencias que sacuden a Bahréin y se extienden a Arabia Saudita. Es la razón por la cual insisto en que lo que ocurre en esa isla minúscula de la Península Arábiga tendrá más consecuencias que los acontecimentos libios que monopolizan por el momento la atención mundial.

“El despertar árabe es uno de los elementos importantes que me llevan a afirmar que estamos entrando en una era de ruptura y que necesitamos nuevas referencias para entender el mundo que viene.”