El "rey" de la coca en España

lunes, 2 de mayo de 2011
Una investigación internacional comenzada en 2009 permitió a la policía española desmantelar una célula mafiosa que transportaba cocaína desde Sudamérica y la introducía a Europa. El jefe de esa red de traficantes, ya aprehendido, era un tapatío que vivía en Madrid dándose vida de sultán y a quien sus socios temían... tanto, que incluso habían contratado a un mercenario ruso para que se encargara del “problema”.   MADRID 2 de mayo (Proceso).- Nicolás Rivera Gámez, mexicano de 50 años, tenía un tren de vida impresionante: cinco mansiones en España –por una de las cuales pagaba un alquiler de 12 mil euros mensuales–, otra en Londres y una más en Argentina, y se desplazaba en sus últimos modelos Rolls Royce Phantom, Aston Martin, Porsche Panamera, Maserati o Bentley, entre los 10 autos de lujo a su disposición. Igual de extraordinaria era su colección de relojes dominada por el oro y los diamantes. Sus gastos mensuales no bajaban de 60 mil euros. Solo o con su familia, este hombre originario de Guadalajara solía viajar al Reino Unido, Alemania, Suiza, Mónaco, Argentina o México. Vivía como potentado pero pocos sabían cuál era su verdadera actividad empresarial. Al menos hasta el 3 de septiembre de 2010, cuando fue detenido por la Brigada 42 de la Unidad de Droga y Crimen Organizado de la Policía Nacional como resultado de una investigación internacional por narcotráfico que se inició en julio de 2009, que aquí fue denominada Operación Guadaña, y en Argentina, Manzanas Blancas. Ese día Rivera Gámez estaba en su mansión en La Finca, una urbanización en Pozuelo de Alarcón (en las afueras de esta capital), promovida como la más lujosa de España, y por cuya exclusividad y extremas medidas de seguridad ha sido elegida para vivir en ella por los dueños de algunas multinacionales, por futbolistas como Cristiano Ronaldo, Raúl o Zinedine Zidane, por el entrenador del Real Madrid, José Mouriño, o cantantes como Alejandro Sanz. En ese momento, tras haber llegado de Cancún, preparaba un viaje a Mónaco para el cual dispuso que uno de sus colaboradores llevara por carretera, de Madrid al principado, su Rolls Royce Phantom para tener en qué pasear y después llevar a sus hijas a un internado en Suiza. Su nombre surgió en la investigación de la policía muchos meses después de iniciadas las pesquisas en torno de un complejo entramado de organizaciones –una colombiana y otra española– que participaban en el “envío transoceánico de importantes cargamentos de estupefacientes desde Argentina con destino a España”, según se desprende del expediente judicial afincado en la Audiencia Nacional, al que este semanario tuvo acceso.   “Máximo representante”   A Rivera lo ubicaron por algunas comunicaciones telefónicas y en reuniones específicas con sus socios. En una de ellas, en mayo de 2010 en una cafetería de Vigo, Galicia, su interlocutor, cometió el error de tirar una servilleta en la que había escrito datos clave sobre los preparativos para el envío de un cargamento de droga desde Argentina, que sirvió luego de prueba a la policía. Con el avance de las pesquisas y el intercambio de información con agencias antidrogas del Reino Unido, Estados Unidos, Francia, Polonia y Argentina, la policía española calibró el papel jerárquico que este mexicano tenía en la operación mafiosa. “Máximo representante de la organización suministradora”, de origen colombiano y mexicano, dicen. Por ejemplo el 15 de septiembre de 2010, al pedir autorización judicial para catear algunas de sus mansiones, la policía describe: “La importancia de este individuo dentro de la organización ha quedado evidenciada a través no sólo del control que él mismo aparentemente tendría de todas las ramas de la organización, sino de igual modo a través de la opulencia y ostentación que él mismo ha evidenciado”. Para capturarlo la policía tuvo que desplegar una gran operación, casi simultánea, que incluyó al menos 20 cateos e intervenciones para detener a 65 miembros de la trama; de éstos, 10 habían caído previamente en Argentina, mientras que en España (Madrid, Galicia, Alicante y Barcelona) fueron capturados 20 por narcotráfico, 20 por blanqueo de capitales y 15 más en una primera fase de la operación; 202 kilos de cocaína les fueron asegurados en Barcelona. También les decomisaron 5.5 millones de euros en efectivo, la mayoría “envasados al vacío”; un número no determinado de empresas de importación y exportación de frutas y de chatarra que servían como “pantalla” para el tráfico de cocaína; 65 autos y motocicletas de gran lujo y seis yates. Por su papel jerárquico, Rivera era el máximo responsable de las casi 3.5 toneladas de cocaína que habían sido aseguradas el 16 y el 23 de junio de 2010 en dos operaciones policiales en puertos de Argentina y Brasil. Del voluminoso expediente se desprende que otros envíos de cocaína de esta organización sí fueron colocados en Europa. El mismo día del aseguramiento en Argentina de más de mil 700 kilos de cocaína que venían camuflados en un cargamento de manzanas de la exportadora Frutol, la policía española interceptó una llamada de Buenos Aires a Vigo. El empresario gallego Valentín Temes Chao habló con su primo David Temes Arnosi, ambos implicados en el entramado empresarial “tapadera”, para advertirle: “Escucha esto: se jodió todo aquí”, dice Valentín. “Se jodió, ¿cómo?”, cuestiona David. “El tarado este no sé qué hizo con unos canadienses, no sé, le pillaron; un desastre”. “¿En cuál (teléfono) estás?, te llamo yo”, dice David. “No tienes que llamar a ningún lado ni me llames a ningún lado… estoy en locutorio (cabina telefónica)”, dice Valentín. “Sí, pero ¿tan grave?”. “Sí, todo grave… por el chisme que hay en el puerto, el escáner ese, y se lo jodieron... avisa al tío José”, revira Valentín. “Vale, vale”, dice David. “Nada más… aparentemente eran unos canadienses que vinieron a comprar fruta… pero bueno, a ver te llamaré, ¿vale?”. El 29 de junio pasado, seis días después del aseguramiento de casi 1.8 toneladas de droga en Brasil, que venía oculta en un envío legal de manzanas, la policía española registró una llamada telefónica entre Nicolás y David Temes: “Tenemos que vernos urgente, que hubo un problemón”, le dice David. “¿Sí? Pero ¿estás bien?”, responde el mexicano. “Yo sí pero hay gente que no, tenemos que vernos”, insiste el gallego. “¿Cuándo nos vemos? Dime tú, ¿ahorita o qué?”. “Si puedes venir mañana hasta aquí, se agradece”, le dice atemorizado el empresario. “¿A qué hora quieres que esté ahí?”. “Hacia la mañana, hacia las diez”, dice. “Pero qué, ¿tranquilo?”, pregunta el capo. “No, mal, mal, mal”, insiste nervioso el empresario. “¿Sí?”. “Sí, muy mal, mañana a las diez te cuento, ¿vale?”. “Sí, sí, sí, pero ¿no hay esperancita?”, dice Rivera. “No… una…”, responde su interlocutor antes de terminar la llamada. Una fuente judicial enterada del caso dice al reportero que el tono del mexicano advierte la “frialdad” con que se expresa, pese a la pérdida de la droga.   El recurso del miedo   Aunque tras la “caída” de las 3.5 toneladas de coca disminuyó el flujo de comunicaciones intervenidas en España, las que logró captar la policía –llamadas, mensajes de texto y correos electrónicos– muestran el temor de los miembros de la organización a eventuales represalias de Nicolás Rivera, quien incluso viajó a Vigo “para deslindar responsabilidades”. El oficio enviado por la policía al juez el 26 de julio señala que “los diferentes investigados en la actualidad están manteniendo diversas reuniones, todas ellas encaminadas a ultimar los detalles para realizar una nueva “importación” de estupefaciente, así como depurar responsabilidades y saldar las deudas que ha producido la aprehensión de las diferentes partidas de estupefaciente y que han sido intervenidas tanto en Brasil como en Argentina”. Uno de ellos confiesa en un email que no acudió a una reunión “porque cogí miedo con este señor”, en alusión a Rivera. Un miembro de la célula gallega convoca a una reunión por medio de un mensaje de texto: “Necesito verlos urgente. Caso niko”. “Tenemos que hablar que es serio”, responde otro. “Tenemos al tipo ese aquí”, dice uno más. Otro, a su vez, advierte que “los primos”, sin aclararse a quién se refiere, “trabajaron doble con nic”, y el interlocutor responde: “Sí, pero tenemos que hablar porque trabajaron amenazados…” Oculto durante días por temor a represalias, David Temes recibe una llamada amenazadora el 2 de julio de una persona que la policía sólo identifica como un sudamericano, en la que le advierte que tienen que hablar por el “asunto de unos patos”, en referencia a la droga (los “tabiques” de la cocaína traían un anagrama del Pato Donald). Esta presión ejercida por el mexicano, que la policía describe como “un quebradero de cabeza” para el resto de los investigados, le permite detectar que los gallegos incluso habían contratado a un delincuente ruso, Alexander Synitsin, para que “conversara” con Nicolás Rivera con la finalidad de  detener la presión sobre ellos y sobre David Temes, “dada la reputación con la que cuentan los sujetos de Europa del Este dentro de las organizaciones de narcotráfico” para efectuar “‘cobros’, presionar a rivales o en ajustes de cuentas”, aventuran los policías. A la par, el socio más cercano del mexicano, el colombiano Héctor Manuel Torres Silva, pese a externar ante sus superiores en Argentina sus quejas contra Nicolás y su frustración por no poder presionarlo, recibe la orden de los jefes de la organización de “ni presionarle ni exigirle responsabilidades (a Nicolás), motivo por el cual la función de Alexander finalmente no se habría concretado”, dice la policía. Al ser presentado ante el juez cuarto de Vigo, Galicia, el 6 de septiembre, Rivera Gámez mostró una cara diametralmente opuesta a la que la policía había ido construyendo de su papel en la trama mafiosa. Primero dijo ser “comerciante”, “vivir de sus rentas” y que su alto nivel de vida se debía a que había “vendido un departamento en México”. Cuidadoso en extremo en sus respuestas, el mexicano dijo al juez que el dinero producto de esa venta lo había podido traer a España por medio de “personas que se dedican a transportar dinero”; habló de sus viajes “de placer” a Argentina, de unos al Reino Unido “para ir a ver a mis hijas” que estaban en un internado y señaló que para entonces buscaba otro “en Suiza”. De la documentación personal que le fue incautada se desprende que además de Guadalajara, vivió en San Pedro Garza García, Nuevo León. Uno de los informes remitido por los investigadores al juzgado advierte que “Argentina no es un país productor de cocaína, sino que está siendo utilizado por los grandes clanes del narcotráfico colombiano como punto de salida de su ‘mercancía’, tratando así, por alejamiento de los puntos considerados habituales de exportación, de conseguir rutas seguras para sus ilícitos negocios”. Por esa razón refieren que el papel desempeñado por Rivera Gámez sería “el de ‘oficina’ en España de los suministradores del estupefaciente”, que por tanto “velaría” por los intereses de los mismos. Los investigadores añaden: “En relación a la nacionalidad mexicana de este sujeto debe señalarse cómo en la actualidad los grandes clanes mexicanos están copando el negocio del suministro de estupefacientes, abarcando gran parte del dominio o control de las exportaciones que se efectúan desde el centro y sur del Continente Americano, como consecuencia de su gran potencial económico y la violencia con la que defienden sus ‘negocios’”. La misma fuente judicial consultada explicó al reportero que este caso sería muestra del papel “protagónico” que están teniendo las “alianzas” entre organizaciones colombianas y mexicanas en “el entramado de las operaciones hacia Europa”.