Cuatro años en Abu Salim

miércoles, 28 de septiembre de 2011
TRÍPOLI (Proceso).- “Siempre supe que algún día visitaría este lugar como hombre libre”. Sentado en la sala de su casa, en las afueras de la capital libia, Abu Hamuda, de 47 años, habla a Proceso de los cuatro años que pasó en Abu Salim, la prisión de máxima seguridad donde el régimen de Gadafi solía encarcelar a sus oponentes. Esa cárcel está sólo a unos cuantos kilómetros de la casa de Hamuda, quien de 1995 a 1999 estuvo encerrado en ese enorme edificio de concreto gris, recientemente tomado y saqueado por los rebeldes. Recuerda vívidamente el día en que fue citado por la policía. “Era 1995. Dijeron que querían hacerme unas preguntas y fui allá. No tenía nada que esconder”. Pero una vez en la estación de policía se dio cuenta de que la cosa no eran tan sencilla como él pensaba. Uno de sus colegas lo había denunciado a las fuerzas de seguridad por ser “sólo un buen musulmán”, según lo plantea Hamuda; añade que Gadafi siempre consideró cualquier tipo de conducta fervientemente religiosa como una amenaza nacional. Como resultado, todos los conocidos de su colega fueron citados e interrogados. Hamuda fue a parar a Abu Salim a la espera de comparecer ante un juez. “Pasé ahí meses sin saber cuál sería mi destino. Toda comunicación con el exterior estaba prohibida”, cuenta. El juicio no fue mejor. El juez lo interrogó sobre sus vínculos con su colega musulmán. “Yo simplemente dije que a él no lo conocía, que desconocía sus actividades y que me podían matar ahí mismo si estaba mintiendo”. Agrega: “Al final el juez no me dictó ninguna sentencia y me dijo que sería liberado en una semana”. En lugar de ello pasó en prisión cuatro años más, en la sección militar donde permanecían todos los internos declarados “no culpables” (esperando juicio o ser liberados). Durante el primer año y medio inclusive se le impidió hacer ejercicio o salir al patio. “Fue el periodo más duro”, recuerda. “Sin sol tu cuerpo se debilita más y más y te enfermas. Los huesos y la piel se ponen blandos”. Cuando vio por primera vez el sol, 18 meses después de llegar a Abu Salim, el impacto fue insoportable. “La luz era demasiado brillante y yo no podía ver nada. Me tomó un mes completo volverme a acostumbrar al sol”. Su recuperación tomó todavía más tiempo: varios meses de té con azúcar hasta que su cuerpo volvió a la normalidad. “Recuerdo que los primeros días ponía mi mano contra el sol y estaba yo tan flaco y descarnado que podía ver a través de ella”, rememora incrédulo. Cada lunes familiares de los internos podían acudir a la prisión para llevarles ropa y alimentos, pero según Hamuda estos bienes nunca les eran entregados. Las condiciones dentro de la prisión eran terribles: las golpizas de los guardias eran constantes y a los prisioneros sólo se les daba medio pan para el desayuno y un cuenco de arroz para compartir entre dos en la cena. Conseguir agua era todavía más difícil. “Algunas veces nos arrojaban agua por la mirilla de la puerta. Nos acercábamos ahí y abríamos la boca para que nos cayeran siquiera unas gotas, igual que animales”, explica. “Hacíamos pequeños agujeros en las tuberías que corrían por las paredes y juntábamos las gotas que caían en una taza para poder beber”. Hoy las celdas saqueadas de Abu Salim, cubiertas de algunas piezas de ropa, colchonetas y libros que los internos abandonaron al huir, parecen las de cualquier prisión. Con pisos de mosaico, baños y una pequeña cocina, pueden alojar cómodamente a 14 personas; pero Abu Hamuda asegura que era diferente en su época. Las condiciones eran tan difíciles que a principios de 1996 los prisioneros empezaron a quejarse. Pedían ver a su familia por lo menos de vez en cuando, que los internos enfermos fueran atendidos en instalaciones adecuadas y que los inocentes fueran liberados sin tener que estarse pudriendo durante años en Abu Salim. Pidieron hablar directamente con Gadafi, pero en su lugar les concedieron una reunión con Abdullah Senussi, el jefe de los servicios libios de inteligencia. “Nos pidió elegir a cinco representantes para expresar nuestras quejas”, explica Hamuda. Pero en cuanto los cinco fueron elegidos se los llevaron a un ala diferente de la prisión. El 29 de junio de 1996 los guardias de seguridad recibieron la orden de reunir a todos los internos de la sección “culpables” en un patio. Poco después, desde el enrejado de fierro que lo rodeaba, empezaron a disparar y a lanzar bombas contra los prisioneros, que fueron sacrificados como borregos ya que las puertas del patio habían sido cerradas. “Yo estaba en otra sección pero claramente recuerdo el ruido de los disparos y de los proyectiles antiaéreos”, narra Hamuda. “Pensamos que había un intento de fuga, porque duró mucho tiempo, desde las primeras horas de la tarde hasta que se puso el sol”. Cuando la carnicería terminó, mil 200 prisioneros yacían muertos en el patio. Muy pocos sobrevivieron, aunque gravemente heridos, y fueron llevados a un hospital cercano, donde la esposa de Abu Hamuda había dado a luz a su único hijo, Hamida, 13 días antes. “Ella me contó que vio llegar unas pick-ups con cuerpos hacinados como sardinas en lata”, refiere. “Fue horrible para ella. Y cuando se enteró por una enfermera de que venían de Abu Salim, se asustó muchísimo de que yo pudiera estar muerto”. Pero sin posibilidades de comunicarse con la prisión no había forma de saber si Hamuda todavía estaba vivo. Su esposa tuvo esa incertidumbre hasta que él fue liberado. Hamuda sólo se enteró de lo que había ocurrido cuatro días después, cuando un ala completa de la cárcel fue cerrada y algunos prisioneros que estaban más cerca del patio fueron llevados a su sección. Como resultado de la masacre las condiciones en Abu Salim mejoraron. Para apaciguar su resentimiento, durante algunos meses a los prisioneros se les proporcionó comida decente. “Nos dieron frutas, buena comida, café… era como estar en un hotel”, bromea Hamida. En 1999, sin previo aviso, fue liberado y pudo ver por primera vez a su hijo, nacido mientras estuvo en cautiverio. Desde entonces las historias de su vida en prisión se han convertido en parte importante de la relación entre padre e hijo. “Mi padre siempre me ha contado todo lo que pasó en prisión”, dice el muchacho. Durante 12 años Hamida nunca perdió la esperanza de ver caer ese monumento a la injusticia. Cuando los rebeldes liberaron Trípoli del régimen de Gadafi y tomaron el control de la capital, ese sueño se hizo realidad. Abandonada por los guardias, la prisión fue tomada por los rebeldes, que la revisaron de arriba a abajo y liberaron a todos los internos. Hoy Abu Salim es un silencioso gigante de concreto que yace bajo el ardiente sol de Trípoli. La gente lo visita todos los días, con la curiosidad de ver ese lugar de donde tantas historias de violencia y horror han salido. En 2004 el gobierno libio reconoció la matanza de los mil 200 presos y ofreció algún dinero a sus familiares a modo de compensación. Dinero que la mayoría de ellos no aceptó, asegura Abu Hamuda. A principios de septiembre regresó a Abu Salim por primera vez desde 1999. Esta vez como hombre libre y con su hijo. “Fue una sensación increíble”, exclama. “Ver este lugar vacío me hizo muy feliz”. Hamuda fue capaz de ubicar su antigua celda y se la mostró a su hijo, quien decidió regresar al día siguiente, solo, para digerir todo lo que le contó su padre. “Fue algo tan impactante para mí que era algo que necesitaba ver y entender”, dice evidentemente conmovido por la experiencia. Actualmente Hamuda sigue en contacto con varios de sus compañeros de prisión, aunque tuvo que mantener esas relaciones secretas. Exponerlas durante el régimen de Gadafi hubiera sido una admisión implícita de culpa. “Había tantos de ellos que eran inocentes”, explica. “Personas como yo que no hicieron nada y nunca fueron encontrados culpables, pero que se estaban pudriendo por la decisión de un loco”. (Traducción: Lucía Luna)

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