Libia: Entrampados

miércoles, 28 de septiembre de 2011
Tras el triunfo de la revolución, decenas de miles de inmigrantes subsaharianos quedaron atrapados en Libia. Son presa del resentimiento de buena parte de la población de este país, que los señala como beneficiarios indirectos del depuesto régimen, y los rebeldes persiguen a muchos ellos con el argumento de que pudieron ser “mercenarios” al servicio de Muamar El Gadafi. Sin documentos migratorios, sin empleo y sin dinero se refugian en campamentos donde no están a salvo de abusos y vejaciones: les roban, los golpean, violan a sus mujeres… TRÍPOLI, LIBIA (Proceso).- “Nos llaman ‘burros’ y nos siguen considerando esclavos. La verdad es que desconocen las leyes humanas y hasta las leyes de Dios”. Sentado sobre un tapete colocado bajo el casco de un barco de madera encallado en una pequeña dársena de la localidad de Mahya, a 27 kilómetros de la capital libia, Amedi Doucomer sigue batallando para adaptarse a su nueva vida. “Quiero irme de este país, la situación se ha vuelto insoportable”, explica. “Todos los días nos roban, nos golpean y abusan de nuestras mujeres. Ésta no es la vida que vine a buscar aquí”. Pintor de 26 años proveniente de Malí, Doucomer llegó a Libia hace seis años después de pagar 300 mil francos africanos (unos 500 euros) a los traficantes de personas que lo introdujeron a través de Argelia. Hoy es uno de los casi mil inmigrantes varados en esta antigua base naval de los alrededores de Trípoli, que se encuentran a merced de los matones locales y de rebeldes furiosos que peinan las calles de la capital en busca de inmigrantes subsaharianos a los que acusan de haber sido mercenarios de Gadafi. Lejos de las gloriosas celebraciones por la salida de Gadafi organizadas en la recientemente rebautizada Plaza de los Mártires, los inmigrantes de Mahya representan la otra cara de la revolución: la de decenas de miles de trabajadores extranjeros que son ahora los involuntarios objetivos de los rebeldes en su frenética búsqueda de colaboradores del depuesto régimen. Se han convertido también en un blanco fácil para el resentimiento de la población local. En una situación en que las heridas de los combates son todavía muy profundas y los rebeldes están tratando de limpiar Trípoli de los leales a Gadafi, un documento vencido o la falta de alguien que dé garantías por ellos es suficiente para despertar las sospechas contra cualquier africano y meterlo en problemas. Durante las últimas semanas miles han sido detenidos y encarcelados en Trípoli. Otros se han reunido en lugares como Mahya en busca de protección mientras que los demás, según los propios inmigrantes, están atrincherados en sus casas con miedo de ser arrestados si se atreven a salir. Asustados por los persistentes combates entre rebeldes y leales a Gadafi dentro de la ciudad, y temiendo por su propia seguridad, más y más han llegado a esta base abandonada, antiguo punto de partida para quienes deseaban emprender el viaje marítimo a Italia. Pero en lugar de encontrar la seguridad y protección que buscaban, se metieron en una situación peor. “Cada vez que sales a buscar agua o comida lo haces bajo tu propio riesgo”, explica Osas Omogidane, un mecánico nigeriano de 27 años. “Hace unos días unos tipos nos robaron nuestro dinero y nuestros teléfonos celulares. Ahora nos vemos obligados a ir a mendigar a algunas tiendas cercanas para obtener un poco de comida”. Abusos De acuerdo con los ocupantes del campamento, hasta ahora los rebeldes no les han dado ningún tipo de seguridad. Al contrario, cada noche visitan el área alrededor de las 11 de la noche para hostigarlos, disparando al aire, golpeando gente y, en ocasiones, violando mujeres. “Hace dos meses –explica Doucomer– llegaron unos 40 rebeldes en pick-ups. Amenazándonos con sus armas, separaron a hombres y mujeres y luego se llevaron a algunas de las muchachas a los botes para violarlas. Uno de ellos obligó a una chica a besar su pene enfrente de nosotros.” Alrededor de él otros 20 jóvenes francófonos asienten con la cabeza, cobijándose bajo la sombra de un bote del inclemente sol. Vienen de Malí, Costa de Marfil o Togo. A unos metros, esparcidas alrededor de los muelles de cemento de la pequeña base, una miríada de otras pequeñas comunidades provenientes de Ghana, Nigeria y Gambia comparten la misma suerte. “Prácticamente todos somos sans papier, pero no somos criminales”, explica Edoh Komi Espoir, un togolés de 41 años, refiriéndose a la expresión francesa para definir a los inmigrantes sin documentos. “Ya desde la época de Gadafi nuestra vida nunca fue fácil en Libia”, continúa. “La gente aquí siempre ha sido racista, pero desde que se inició la revolución la situación empeoró”. Ante la facilidad para hacerse de armas, bandas criminales los tienen ahora en la mira. Aprovechan la falta de una autoridad capaz de restaurar el orden y un prejuicio generalizado que identifica a todos los africanos subsaharianos como beneficiarios del régimen anterior. Antes sólo una escala en la ruta hacia la rica Europa, Libia se convirtió en los últimos años en destino de cientos de miles de inmigrantes del África Subsahariana que llegaban en busca de las oportunidades económicas que no encontraban en sus países pobres, subdesarrollados e inestables. Según la Organización Internacional de Migración, más de medio millón de inmigrantes africanos negros viven en Libia, la mayoría provenientes de Chad, Sudán, Ghana o Nigeria. Casi todos han tenido empleos menores, como lavadores de coches, panaderos, jardineros y albañiles. No tienen contratos de trabajo regulares y ganan unos cuantos cientos de dinares al mes, que envían a sus países de origen para apoyar a sus familias. Richie Edos, un nigeriano de 29 años, es uno de ellos. “Trabajaba para una compañía de construcción turca y ganaba alrededor de 800 dólares al mes”, cuenta. “Con ese dinero pagaba en Nigeria la renta de la casa de mis padres y las colegiaturas de mis tres hermanos (de 11, 13 y 19 años)”. Pero con la revolución las cosas empezaron a descomponerse: luego del secuestro de algunos trabajadores turcos en Bengasi, la compañía retiró a todo su personal y abandonó el país, dejando a Edos sin trabajo y debiéndole todavía mil 800 dólares. “Durante algunos meses me las arreglé para sobrevivir con trabajos pequeños”, continúa Edos, mientras una docena de sus compatriotas lo escucha alrededor. Sin embargo, conforme los rebeldes se aproximaban, la violencia empezó a incrementarse, obligándolo a abandonar la ciudad y buscar protección en Mahya. Sin tener a dónde ir, su principal preocupación sigue siendo todavía la suerte de su familia. “No quiero que mi hermana se vaya de prostituta porque no puedo mandarle dinero; eso sería una vergüenza para mí”, explica. “Quiero trabajar. Sólo necesito un país donde sepa que voy a regresar a casa sano y salvo cada noche”. A mitad de su narración y a unos metros de distancia, cinco jóvenes libios rodean a una pareja que está sentada fuera de su tienda. Unos de ellos empiezan a tocar los pechos de la muchacha al tiempo que piden al hombre que se las dé. –Necesitamos una mujer, queremos la tuya –dicen. Cuando el hombre trata de protegerla los tipos empiezan a abofetearlo y a pegarle en la cabeza. Luego de unos minutos se marchan entre risas. La chica se mete rápidamente a la tienda, él se queda sentado afuera en un sillón roto, con la mirada cargada de desesperación y humillación. “Todos los días es lo mismo y no podemos hacer nada porque éste es su país”, explica un hombre que se presenta como un nigeriano de 27 años. “Hace unos días me golpearon el muslo derecho con un palo que tenía un clavo, sólo por diversión”, dice, y muestra una gran mancha de sangre seca en sus pantalones, cerca de una profunda punción en la parte trasera de la pierna. “Ilegales” Los rebeldes y los miembros del Consejo Nacional de Transición, el nuevo órgano gobernante en Libia, argumentan que los controles de seguridad tienen razón de ser dada la presencia de mercenarios subsaharianos en las filas de Gadafi. El ministro de Justicia, Mohammed al Alagi, ha afirmado reiteradamente que quienes sean acusados recibirán un juicio justo. “No discriminamos, simplemente estamos haciendo nuestro trabajo”, explica un combatiente rebelde que maneja un puesto de control en Gergarich, al tiempo que obliga a entrar en un automóvil a un nigeriano que detuvo hace pocos minutos, para llevarlo a la estación de policía. “Tenemos que proteger a Libia y eso es lo que estamos haciendo”. “Personalmente a mí no me gustan los africanos”, subraya un libio de edad mediana que está a su lado. “Hicieron cosas muy malas en el pasado y no lo hemos olvidado”. Sus argumentos tienen alguna base: algunos de los capturados supuestamente han admitido que combatían al lado de los leales al régimen de Gadafi atraídos por pagas de hasta mil dólares al día. El pasado marzo la BBC reportó que alrededor de 300 tuaregs habían abandonado Malí para ir a Libia a combatir al lado de Gadafi, quien durante los setenta y ochenta apoyó su rebelión contra los gobiernos de Malí y Níger, y posteriormente integró a algunos de sus combatientes a la Legión Islámica. Más adelante a muchos se les otorgó la nacionalidad libia, lo que ahora dificulta distinguir entre los libios naturalizados y los mercenarios. Más aún, algunas de las tribus que habitan la parte sur de Libia son negras, lo que contribuye a difuminar los límites entre estas dos categorías. “La realidad es que los libios no saben quién es quién”, afirma Víctor Adun, un nigeriano de 28 años que lleva cinco viviendo en Libia. “La gente aquí ni siquiera se toma la molestia de averiguar si alguien es libio o nigeriano. Para ellos la piel negra es lo único que cuenta”. De acuerdo con la mayoría de los inmigrantes, el racismo está profundamente arraigado en la sociedad libia y los acontecimientos recientes son sólo un pretexto para lanzarse en su contra. Además, la política africana de Gadafi, quien pretendía unificar al continente en una entidad similar a Estados Unidos y era uno de los principales promotores de la Unión Africana, nunca tuvo el apoyo de la población local, que ve a Libia mucho más ligada con el mundo mediterráneo y árabe que con África. Las atenciones de Gadafi hacia el resto de África distanciaron todavía más a los subsaharianos de los libios, contribuyendo a la percepción de que los primeros eran los beneficiarios indirectos del régimen. Algunos africanos se quejan de que ya antes de las revueltas se les prohibía subirse a un taxi o entrar a una mezquita, y otros dicen que eran insultados hasta por niños de cinco años. “Pero no todos los libios son malos”, rectifica Adun, quien trabajaba para una compañía constructora antes de que se iniciara la revolución. “Muchos de ellos son racistas, pero hay algunas familias que vienen aquí todos los días para darnos comida y agua. Otros ayudan a nuestros hermanos que están todavía en sus casas, aconsejándoles que por el momento no salgan”. Desesperados por ganar algún dinero, algunos de los extranjeros han sido reclutados para trabajos por día por constructores locales que visitan el campamento de Mahya por las mañanas. Muchos de ellos reclaman que no les pagaron y decidieron no volver al trabajo. “Entonces los jefes llegaron por la mañana con un montón de rebeldes que empezaron a disparar y a golpear a la gente, para obligarnos a trabajar”, cuenta Edos. Sin documentos, sin trabajo y sin dinero suficiente para intentar una riesgosa travesía por el Mediteráneo que los lleve a Europa, un buen número de africanos está obligado de cualquier manera a permanecer en Libia. Provenientes de sociedades en las que sus familias reunieron una considerable cantidad de dinero para pagar su viaje a través del Sáhara, muchos de ellos no pueden soportar la idea de un fracaso que sumiría a sus parientes en la desesperación. “La situación es difícil pero yo no puedo regresar a mi país con las manos vacías”, dice el togolés Espoir. “Sería como volver a empezar de cero”. Como resultado de la reciente violencia muchos inmigrantes ya han perdido la fe en la revolución. “Se autodenominan combatientes de la libertad, pero en realidad no sabemos quiénes son”, comenta Emmanuel Ojemaye, un plomero nigeriano de 35 años. “Lo único que sabemos es que antes por lo menos era posible trabajar”, completa Espoir, quien ahora está barajando sus opciones para el futuro. “Si no es posible quedarme aquí, intentaré ir a Europa”, expone. “Pero el viaje cuesta mil dinares (unos 600 euros) y reunir esa suma lleva de siete a 10 meses. Mucho tiempo, particularmente en esta situación”, dice dibujando una sonrisa amarga y mirando hacia el mar, esa enorme pared de agua que ata su destino al de Libia (Traducción: Lucía Luna).