La India: violencia terrorista

viernes, 9 de septiembre de 2011
NUEVA DELHI., 9 de septiembre (apro).- A la segunda va la vencida. Después de la explosión sin víctimas que se produjo el pasado 25 de mayo en el aparcamiento del Tribunal Superior de Nueva Delhi, un nuevo atentado bomba en la puerta principal de la corte regional causó el pasado miércoles la muerte de 12 personas y dejó 87 heridos. Mientras testigos, abogados y litigantes hacían fila en el control de recepción para entrar en la institución judicial, a las diez y cuarto de la mañana un hombre de unos treinta años se adelantó tranquilamente en la cola, dejó el maletín que portaba en el suelo con dos kilos de explosivos formados por nitrato y se retiró. Unos segundos más tardes estallaría la bomba que se encontraba dentro de la valija. “De pronto escuché un enorme estruendo. No sabía si dos coches habían chocado en la entrada o un mono había roto los cristales de una ventana. Me asomé al exterior y vi decenas de cuerpos tirados en el suelo, algunos de ellos despezados”, explicó a Apro Mithilesh Mishra, un joven abogado que acude al Tribunal Superior de Nueva Delhi desde hace dos años. “Incluso llegué a ver una cabeza colgando de la rama de un árbol”, añade Mishra. “Solamente quieren causar destrucción y miedo”, murmuraba el letrado Vivek Gupta con el traje negro y camisa blanca oficial, los pies manchados de barro y la mirada perdida tras las gafas, aliviado de que sus clientes hubieran evitado la explosión por un par de metros. Algunos de los testigos se quejaban de que a pesar de la explosión ocurrida en mayo pasado no se habían instalado cámaras de seguridad en el edificio de ladrillo rojo y, según la agencia de noticias Reuters, el escáner para detectar metales en el puesto de entrada ni siquiera funcionaba. Un cráter profundo se había abierto en el asfalto a la entrada del tribunal que en su interior podía albergar alrededor de 2 mil personas, según testigos. La Corte está situada en una zona privilegiada de la capital india, muy cerca del simbólico monumento de la Puerta de la India y el Parlamento. Mientras la institución judicial continuó con su labor por la tarde, los diputados decidieron interrumpir la sesión del día. La policía de Nueva Delhi, tras hacer público los esbozos de los dos presuntos hombres barbudos autores del ataque, detuvo al día siguiente a tres sospechosos para ser interrogados. Entre ellos se encuentra el dueño de un café internet en la región de Kishtwar en Cachemira, de donde procedía el correo electrónico recibido por las autoridades indias en el que se reconocía la culpabilidad del atentado. Las autoridades indias señalaron que Harkat-ul-Jihad Islami (HuJI), un grupo terrorista bangladesí-paquistaní afiliado a Al Qaeda, había asumido la autoría del ataque. En un correo electrónico dirigido a la Agencia Nacional de Investigación del país, la organización islamista, que lucha por la causa de los islasmistas en la disputada región de Cachemira, pedían la anulación de la pena de muerte para un cachemir responsable del ataque al Parlamento indio en 2001. En caso contrario, atentarían contra objetivos más destacados, amenazaban. “Si el condenado a muerte, Afzal Guru, hubiera sido ejecutado el Tribunal Superior no se habría convertido en el centro del ataque de quienes quieren liberarlo”, dijo a Apro Brahma Chellaney, del Centro de Investigación Política. Dos organizaciones diferentes –una de Bangladesh y la otra en Pakistán- utilizan el nombre de HuJI. Ambas han llevado a cabo ataques en India, pero nunca antes habían escrito un correo electrónico haciendo tales afirmaciones, solamente a publicaciones islamistas. Fuentes de Inteligencia señalan que el texto estaba mal redactado y enviado desde una cuenta de correo creada recientemente. Fuentes de seguridad desde Cachemira también han manifestado sus dudas de que HuJI esté detrás del ataque ya que el grupo lleva inactivo durante bastante tiempo en la región y no parece coherente que utilizara un café con acceso a Internet para enviar un mensaje en el que asume su responsabilidad. Además, al día siguiente la Agencia Nacional de Investigación recibió un nuevo correo electrónico reclamando la autoría del ataque, esta vez de los Muyahidines Indios (MI), la versión india de la agrupación islamista paquistaní de Lashkar-e-Taiba, sospechosa de haber tomado durante tres días varias localidades de Bombay en 2008 que se saldó con la muerte de 166 personas y que también lucha por la anexión de Cachemira a Pakistán. Ambos países vecinos han luchado tres guerras por dicha región desde que obtuvieran la independencia en 1947. En el mismo email MI advierte de que otro ataque similar tendrá lugar en un centro comercial de la capital el próximo martes y que se eligió la fecha del miércoles para el atentado en el Tribunal Superior de Nueva Delhi porque es el día que la institución judicial está atestada de litigantes y testigos dispuestos a poner una denuncia o averiguar cómo sigue su caso pendiente. “Estamos examinando los diferentes correos electrónicos recibidos por los medios de comunicación y las autoridades indias con detenimiento. Es esencial averiguar su autenticidad”, señaló el secretario del ministerio indio del Interior, U. K. Bansal. En el caso extremo de que no se pueda rastrear el origen de los correos, las fuerzas de seguridad indias han señalado que contactarán al servidor Google. En el siglo XXI las huellas del crimen se buscan en los bits de información virtual. India y Pakistán se encuentran en este momento tratando de reactivar las conversaciones de paz que se interrumpieron tras los ataques a Bombay en 2008. Cualquier posible conexión entre la explosión del pasado miércoles y Pakistán puede dar al traste este frágil proceso. El primer ministro del país, Manmohan Singh, de visita en Bangladesh, denunció lo ocurrido como “un acto cobarde”. “Nunca sucumbiremos a la presión terrorista”, afirmó ante los periodistas en Dacca en la primera visita oficial de un primer ministro indio en el país surasiático en 12 años. “Esta es una guerra larga en la que todos los partidos políticos, todos los indios, tienen que permanecer unidos para acabar con el azote del terrorismo”, añadió Singh. Pero gran parte de la población india se encuentra cansada de la supuesta “resistencia” psicológica de los habitantes del subcontinente ante el terror y quieren más seguridad. Menos muertos. Más autores entre rejas. Al propio primer ministro no le quedó más remedio que reconocer el pasado miércoles 7 que los militantes estaban explotando las debilidades del aparato de seguridad indio. En un momento en el que el gobierno indio sufre el descrédito por varios casos de corrupción masiva, la mayoría de los medios de comunicación volvieron a cuestionar la ineficacia de las fuerzas de seguridad para evitar los frecuentes atentados que sufre el subcontinente, como el ocurrido el pasado julio en Bombay, en el que 26 personas perdieron la vida. Varios canales de televisión mostraron imágenes de Rahul Gandhi, el joven heredero de la corona del gobernante Partido del Congreso, siendo abucheado por las víctimas en un hospital de la capital. “La gente está enfadada. Tiene derecho a estarlo. Cree que el Estado indio está fallando a la hora de proteger sus vidas. Los indios no desean volver a los días de ataques terroristas regulares que sucedieron durante los 15 años previos al 2008”, señaló el bloguero Pragmatic Desi en Internet. Un informe publicado el pasado agosto por el Instituto Indio de Estudios y Análisis de Defensa describe cómo la fuerza policial sin recursos económicos suficientes en Bombay ha sido incapaz de adquirir chalecos a prueba de balas a pesar de las promesas realizadas después de que el grupo de militantes paquistaní asolara la urbe durante 24 horas en 2008. Tampoco se colocaron las cámaras de vigilancia convenidas y el “distrito de los diamantes” --el corazón económico indio-- volvió a experimentar el terror el pasado mes de julio. Ajai Sahni, responsable del Portal de Terrorismo en el Sur de Asia, un think tank con sede en Delhi, pidió al Gobierno que “invirtiera más en entrenamiento y equipamiento de la policía de base y en inteligencia”. Las grandes ciudades indias, caóticas y con una gran densidad de población, se convierten en blancos fáciles para el terror, más aún cuando las medidas de seguridad puede que existan, pero su implementación no es siempre muy estricta. En la puerta de los cines y los centros comerciales también existen los escáneres y no se pueden introducir ni cámaras de fotos ni mecheros, cerillas o tabaco, pero el personal de seguridad no realiza un cacheo muy riguroso ni observa detenidamente el contenido del bolso. No existe mucho esmero en la labor de su rutina, es casi un acto mecánico e inconsciente. Antes de dar comienzo la película aparece un mensaje en la pantalla de advertencia de que podrías estar sentado al lado de un terrorista y que vigiles las bolsas sin dueño que estén por la sala. Miras a los espectadores a tu derecha y a tu izquierda y te parecen inquietantes después de leer el aviso. Por otra parte, los puestos de control que se erigen a la entrada de muchos barrios por la noche en la capital tampoco parecen muy eficaces en su labor. “¿Cuánto más tendremos que soportar el terrorismo año tras año? Ojalá que nuestros políticos fueran más sinceros a la hora de diseñar sus políticas y llegaran a ser realmente efectivos. Y la corrupción en las fuerzas policiales solamente empeora la posibilidad de conseguir justicia”, se quejaba con amargura el joven ingeniero de Goa William Gracias, que trabaja en la capital india. Resistente o no, unida o separada, herida o abatida, Nueva Delhi amanece bajo la continua amenaza de otro nuevo ataque terrorista en un mercado o centro comercial o tribunal con la misma voracidad y energía de todos los días.

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