La guerra encubierta contra Irán

viernes, 20 de enero de 2012
MÉXICO D.F. (apro).- Aparte de las sanciones internacionales y las advertencias públicas contra su controvertido programa atómico, la República Islámica de Irán está siendo sometida a lo que se aprecia como una guerra sucia. El cuarto atentado contra uno de sus científicos nucleares, todos con el mismo método, y la introducción de un virus informático, especialmente diseñado para inhabilitar sus sistemas operativos, no dejan dudas de que se trata de acciones concertadas y dirigidas a un sector específico. “En vez de librar una guerra convencional, las potencias occidentales y sus aliados parecen estar recurriendo a tácticas de guerra encubiertas para retrasar su avance nuclear”, deduce Theodore Karasik, director del Instituto de Análisis Militar para Oriente Próximo y el Golfo, en una nota enviada desde Dubai por la corresponsal del diario español El País. “Los ataques se dirigen contra individuos identificados como parte del programa nuclear, para crear miedo entre sus compañeros y alentar la fuga de cerebros”. El 11 de enero, Mustafá Ahmadi Roshan, catedrático de la Universidad de Tecnología e Ingeniería Química de Teherán y subdirector de mercadotecnia de la planta nuclear de Natanz, murió luego de que unos motociclistas deslizaran una bomba de lapa bajo su automóvil. Otro par de sus colegas murió de forma similar en los últimos dos años y, en 2010, Freydun Abbasi-Davani, actual jefe de la Organización de Energía Atómica de Irán, se salvó al saltar de su coche cuando notó que desde una moto adherían algo a su puerta. Por su parte, el virus informático Stuxnet obligó en 2010 a parar por meses las centrífugas que enriquecen uranio en Natanz, al detectarse extrañas fluctuaciones de corriente que podían llevar a un estallido. También se observó un descontrol en los radares militares, lo que motivó al alto mando iraní a entrar en alerta y posponer la activación de nuevo material militar adquirido, por riesgo a que sus sistemas de cómputo también fueran infiltrados. Tanto en el caso de los atentados a sus científicos como en el del virus, las autoridades políticas y religiosas de Irán no han vacilado en señalar como responsables a los servicios secretos estadunidenses (CIA), británicos (M-16) e israelíes (Mossad). Washington y Londres han negado consistentemente estas acusaciones, mientras que Tel Aviv simplemente ha guardado silencio. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, negó que Estados Unidos estuviera involucrado en “cualquier acto de violencia dentro de Irán” y dijo que seguía privilegiando las sanciones y la vía diplomática. De hecho a raíz del asesinato de Roshan, en estos días se develó un intercambio epistolar secreto entre Barack Obama y el líder espiritual de Irán, Alí Jamenei, en el que si bien ambos se lanzan acusaciones recíprocas, también se dicen dispuestos a retomar las pláticas en el seno del Grupo 5+1, integrado por los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania. El premier británico David Cameron se adhirió a esta postura, mientras que el israelí Benjamín Netanyahu no dijo nada. Algunos de sus militares empero se fueron de la lengua. Yoav Mordechai, vocero de las Fuerzas de Defensa de Israel, escribió en Facebook que “no tengo idea de quién mató al científico iraní, pero no derramé una lágrima”. Y medios israelíes citaron al jefe del Estado Mayor, Benny Gantz, quien a puerta cerrada ante un comité parlamentario comentó que Irán debiera esperar “más sucesos extraños en 2012”. “¿Quién está matando a los científicos nucleares iraníes?”, preguntó la cadena televisiva estadunidense CNN. “Muy posiblemente los israelíes con la cooperación de mujaidines iraníes”, contestó Trita Parsi, presidente del Consejo Nacional Iraní-Americano y autor del libro “Un simple movimiento de dados: la diplomacia de Obama con Irán”. Explicó que “Israel no pierde casi nada. Los asesinatos eliminan a activos nucleares de Irán y lo avergüenzan, al evidenciar que no puede evitar los ataques. Y si Teherán responde con un acto de violencia, Israel tiene un pretexto para emprender acciones militares en su contra”. Otros analistas como Michael Rubin, del American Enterprise, y Mark Hibbs, de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional, concuerdan en que los atentados coinciden con el modus operandi de los servicios secretos israelíes, probablemente en cooperación con grupos iraníes como el Mujaidin-e-Khalq, que quieren derrocar al régimen chiita. A ello abunda la división entre el presidente Mahmoud Ajmadineyad y el ayatola Alí Jamenei, que se ha agudizado en los últimos años. Y muchos se preguntan también qué hay de los servicios de inteligencia de las naciones árabes vecinas que tampoco gustan del desarrollo nuclear iraní. En este marco se inscribió precisamente el año pasado el presunto atentado orquestado por guardias de la Revolución Islámica contra el embajador saudita en Washington. En este mundo subterráneo las pistas son múltiples, pero la que se mantiene siempre al frente es la israelí. Y más difícil resulta desmentirla, luego de que esta semana la revista Foreign Policy publicara un artículo que, basado en memorandos de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), describe cómo agentes israelíes del Mossad se hicieron pasar por espías estadunidenses con el fin de reclutar a miembros de la organización terrorista Jundallah, para librar su guerra secreta contra Irán. Titulado “Bandera falsa”, el texto firmado por Mark Perry se remite a 2007 y 2008, cuando llegaron a la Casa Blanca informes acusando a elementos de la CIA de realizar acciones encubiertas con Jundallah, un grupo sunita paquistaní responsable de asesinar a funcionarios iraníes y perpetrar matanzas contra civiles. Washington había prohibido hasta el más mínimo contacto con este grupo, por lo que cualquier acercamiento constituia una grave desobediencia. Pero lo que era válido para los agentes de la CIA no lo era para los del Mossad. Con base en documentos y entrevistas con funcionarios de inteligencia de Estados Unidos (activos o retirados), Perry cuenta cómo oficiales israelíes utilizaron pasaportes y dólares estadunidenses para realizar los reclutamientos en Londres, prácticamente “frente a la nariz” de los propios agentes de la CIA. “Aparentemente les importaba un comino lo que nosotros pudiéramos pensar”. En Washington, los informes fueron ascendiendo la cadena de mando de la CIA. Primero llegaron al director de Operaciones, Stephen Kapppes, y a su adjunto, Michael Sulick, y luego a la cabeza del Centro de Contrainteligencia, encargado de investigar “las amenazas planteadas por los servicios de inteligencia extranjeros”. Pero cuando llegaron al entonces presidente George W. Bush, éste “estalló de furia”. El informe, dijo uno de los entrevistados, despertó preocupación en la Casa Blanca de que el operativo israelí pudiera hacer peligrar la vida de ciudadanos estadunidenses. “No hay duda de que Estados Unidos ha cooperado con Israel para reunir información de inteligencia sobre Irán, pero esto es diferente. Sin importar lo que muchos piensen, nosotros no andamos asesinando funcionarios iraníes ni matando civiles de ese país”. Bush tuvo que seguir lidiando con este asunto hasta el último día de su administración. Uno de los oficiales hizo ver que las actividades de los agentes israelíes ponían en riesgo la frágil relación de Estados Unidos con Pakistán, que se encontraba bajo presión de Irán para acabar con Jundallah; y con Irán mismo. “Es difícil tratar con un gobierno extranjero que está convencido de que estás matando a su gente. Y una vez que lo haces, ellos se sienten con derecho a hacerlo también”. Aparentemente, la operación del Mossad levantó un fuerte debate en el equipo de seguridad nacional, y uno de sus miembros inclusive sugirió “dejar de tener consideraciones con Israel”. Pero al final no se hizo nada, a pesar del enojo de muchos elementos de la comunidad de inteligencia estadunidense. Lo que hicieron los israelíes, dijo uno, “fue estúpido y peligroso. Se supone que Israel está trabajando con nosotros y no contra nosotros. Si quieren derramar sangre, que derramen la suya”. Esta situación no se resolvió, sino hasta que Barack Obama asumió la presidencia y redujo drásticamente los programas conjuntos de inteligencia entre Estados Unidos e Israel en relación con Irán. Estos se reducen ahora a información de naturaleza técnica y no incluyen acciones encubiertas que tengan como blanco la infraestructura o el liderazgo político o militar iraní. De todos modos, Jundallah siguió realizando ataques suicidas en la frontera de Irán con Pakistán durante 2009 y 2010, reforzando las sospechas de Teherán de que el servicio de inteligencia paquistaní, el ISI, también estaría protegiéndolo. Ello a pesar de que su líder, Abdul Malik Rigi, fue capturado por los paquistaníes y entregado a Irán, donde fue juzgado y ahorcado en junio de 2010. Antes de morir habría “confesado” que se reunió con supuestos oficiales de la OTAN, pero no sabía si eran estadunidenses o israelíes “encubiertos”. Actualmente se desconoce qué tan activo está Jundallah, pero el que ciertamente lo está es Mujaidin-e-Khalq, un grupo de exiliados iraníes que busca derrocar al régimen de Teherán con métodos igualmente violentos y que ha mantenido el apoyo de algunos “halcones” de la administración Bush. La de Obama, por su parte, ha negado enfáticamente cualquier relación con los dos, a los que tiene clasificados como terroristas. En cuanto a los israelíes, agentes de la CIA todavía en activo, entrevistados por Perry, dicen que estos continúan regularmente proponiendo a sus pares estadunidenses acciones encubiertas contra blancos iraníes, a las que aseguran dicen rotundamente que no. Según el Wall Street Journal, la Casa Blanca está cada vez más preocupada ante un posible ataque sorpresa de Israel contra Irán, lo que Obama y su secretario de Defensa, León Panetta, han “desaconsejado” debido a las graves consecuencias que acarrearía. Informado del operativo en que los agentes del Mossad se hicieron pasar por sus pares de la CIA, el general retirado y exjefe del Comando Central, Joe Hoar, dijo que si bien “estos operativos con ‘bandera falsa’ no son nuevos, son muy peligrosos. Estás utilizando tu amistad con un aliado para tus propios fines. Israel está jugando con fuego y nos involucra en su guerra encubierta, lo queramos o no”. La inquietud crece cuando las tensiones entre Teherán y Washington han subido exponencialmente –debido al endurecimiento de las sanciones económicas contra Irán y la amenaza iraní de cerrar el Estrecho de Ormuz– y cualquier paso en falso podría generar un estallido bélico de efectos inclaculables. Por lo pronto, para sorpresa del Pentágono, el ministro de Defensa israelí, Ehud Barak, pidió que se pospusieran los ejercicios navales conjuntos entre Israel y Estados Unidos en el Golfo Pérsico, programados para abril de 2012 y que llevarían el nombre de “Desafío Austero”.

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