China: un congreso con signos reformistas

viernes, 2 de noviembre de 2012
BEIJING (apro).- Durante el XVIII Congreso Nacional del Partido Comunista de China (Pcch), que iniciará el jueves 8 en Beijing, se llevará a cabo el mayor relevo de la dirigencia en el poder durante la última década. Nadie espera sorpresas: Xi Jinping presidirá el país desde que fue señalado como el “el elegido” hace cinco años, durante el anterior Congreso del Pcch. Ahora la tarea más delicada y capital es la composición del Comité Permanente del Partido. Sus nueve miembros pilotean el país. No obstante, se da por seguro que en este Congreso el número se reducirá a siete con el propósito de buscar un órgano más eficiente. De sus actuales integrantes sólo permanecerán Xi y Li Keqiang, futuro primer ministro. La China actual nació en la cabeza de Deng Xiaoping. Recogió un país empobrecido y saturado de ideología y lo encaminó a la cumbre mundial por la vía pragmática. Su influencia no tiene parangón en la historia mundial: designó a su sucesor (Jiang Zemin) y al sucesor de su sucesor (Hu Jintao), quien alcanzó el poder con Deng ya muerto. Los problemas actuales de China también nacen con Deng y en la degeneración de su modelo. Sus célebres frases “enriquecerse es glorioso” o “es normal que algunos se enriquezcan antes que otros”, desembocaron en la década ultraliberal que encabezó Jiang Zemin y su clan de Shanghái. Fue la época del sálvese quien pueda y de la tentación de olvidar las áreas rurales (consideradas como casos perdidos) para concentrar los recursos en las ciudades. La fórmula del “crecimiento a toda costa” provocó una fractura social entre pobres y ricos que Hu, quien llegó de provincias atrasadas, ha intentado mitigar con un giro de la política hacia el bienestar social. “La brecha creciente” El ingreso per cápita en las ciudades fue el pasado año 3.13 veces mayor que el rural (el promedio mundial es 1.5 a 1). Cuando empezaron las reformas en 1978, la proporción era de 2.56 a 1. El sistema de responsabilidad familiar que sustituyó a las improductivas comunas redujo la proporción a 1.82 a 1 en 1983, pero desde entonces la brecha no ha dejado de crecer. El coeficiente Gini, que mide las desigualdades de ingresos, aumentó de 0.275 en los años ochenta a 0.438 en 2010 (se entiende como peligroso para la estabilidad social cuando rebasa el 0.4). La prensa occidental repite de manera pertinaz la frase “la brecha creciente” para referirse a la desigualdad social. Ello suele llevar a la creencia errónea de que unos han crecido a costa de otros, de que las ciudades avanzan mientras el campo retrocede o, en el mejor de los casos, se estanca. El crecimiento económico en los últimos 30 años en la China rural ronda un 8%, pero en las ciudades, con mayores recursos para generar riqueza, alcanza el 12%. En 2010, un año de crisis y recesiones globales, los ingresos per cápita en las zonas rurales crecieron 8.5 % y las ciudades fue 9.8 %. Pese a ello, “la brecha creciente” es un problema serio. “Las contradicciones de la economía y sociedad en China se están acercando al límite”, declaró en septiembre pasado el prestigioso economista Wu Jinglian a la revista económica Caijing. Las advertencias no llegan ahora de Occidente, cuyos analistas llevan tres décadas pronosticando el “inminente” colapso chino, sino que surgen en Beijing con un acusado sentido autocrítico. Incluso cuando el mundo se maravillaba con las cifras del crecimiento chino, el gobierno ya alertaba de la caducidad del modelo de fábrica global. En la práctica se ha hecho poco porque cuesta cambiar de caballo cuando se encabeza la carrera. Sin embargo, la crisis mundial, que ha castigado a sus compradores internacionales, ha confirmado el pronóstico de que se agotó ese modelo económico basado en las exportaciones: El PIB creció 7.4% en el tercer trimestre, el ritmo más bajo en tres años y casi la mitad del 14.2 % de 2007. El Banco Mundial advierte que caerá al 5 % en 2026 si Beijing no reacciona. El primer ministro Wen Jiabao se disculpó en marzo pasado por no haber actuado con más decisión. Un artículo del diario oficialista Study Times señalaba que los problemas causados por la política económica de la última década eran “más numerosos que los logros”. Otra publicación del Pcch, Seeking Truth, dijo que “el estancamiento es una vía muerta”. En la prensa más tradicional, las opiniones señalan que no bastan los cambios cosméticos; se requieren los estructurales. En 2008 Beijing ordenó inyectar capital en infraestructura por un monto de 586 mil millones de dólares con el propósito de eludir la recesión internacional. El mundo aplaudió la medida porque mantuvo el crecimiento económico. Hoy se subrayan los efectos negativos: disparó la inflación inmobiliaria y el endeudamiento de las entidades locales, provocó destrozos medioambientales, fomentó la corrupción y favoreció a las empresas estatales a fuerza de castigar a las privadas. La solución actual intenta racionalizar los esfuerzos gubernamentales y dar más cancha a la iniciativa privada. Los think tanks a los que Pekín ha pedido consejo defienden la urgente reforma del crédito financiero, actualmente en manos de los bancos estatales. El gobierno les dicta a quién, cómo y cuándo prestarlo. Normalmente acaba en las 100 mil empresas estatales (SOE, por sus siglas en inglés). Terminar con sus privilegios no será fácil. Muchos de sus presidentes son directamente elegidos por Beijing, forman un grupo de apoyo e influencia y tienen argumentos de peso: ofrecen beneficios fiscales e invierten en proyectos deficitarios como el desarrollo de las minorías étnicas. “Mejorar la competitividad de las SOE y los bancos es clave. Las empresas pequeñas del sector privado necesitan acceso al capital en igualdad de condiciones. Asegurar el cumplimiento de la ley y los contratos, y mejorar la protección intelectual también es esencial”, señala en entrevista John Quelch, decano de China Europe International Business School (CEIBS), la escuela de negocios más prestigiosa de China. “Hay un acuerdo general sobre la necesidad de las reformas y muchas ya están en marcha (…), aunque tardarán probablemente 15 años en ejecutarse completamente. No creo que sea necesario un líder muy poderoso para empujarlas. Si hay consenso, no será difícil. Las que necesitan el apoyo de los gobiernos locales y las referentes a las SOE son las que implican mayores retos, pero éstos son manejables”, añade Scott Kennedy, director del Centro de Investigación de Negocios y Políticas Chinas. Reformismo Dentro del debate económico late el político: dar mayor o menor papel al Estado. La tendencia oficial quedó clara con la destitución en marzo de Bo Xilai, exjefe del Partido en Chongqing, y quien aspiraba a entrar en el Comité Permanente. Bo lideraba a los neo-maoístas, quienes abogaban por recuperar los espacios perdidos por el Estado. Beijing coloca el consumo interno en el centro de la segunda fase de crecimiento económico. Los mil 306 dólares de consumo per cápita en China de 2009 apenas son el 4% del estadunidense. Sorprende que la reforma de las coberturas sociales ocupe un lugar secundario en el debate económico. La milenaria capacidad de ahorro china tiene por objetivo la vejez y los imprevistos. Una pierna rota, apenas un contratiempo en Occidente, arruina aquí una economía familiar. En China han muerto pacientes en las puertas de los hospitales porque no podían pagar el tratamiento por adelantado. En los últimos meses se han sucedido ataques al personal médico por enfermos desesperados. Li Mengnan, de 18 años, fue condenado la semana pasada a cadena perpetua por matar con un cuchillo a un médico y herir a otros dos en Harbin (provincia de Heilongjiang). Lo defendió Li Fangping, un célebre abogado de casos civiles. “Los hospitales recetan medicinas caras e inútiles para financiarse. Los pacientes esperan horas y son atendidos sólo durante unos minutos. El sistema no ha mejorado lo suficiente. Faltan recursos. Las inversiones del gobierno sólo cubren las cuestiones superficiales, pero no el problema de fondo: la incapacidad del cliente de pagar el tratamiento”, señala el abogado en entrevista por teléfono. Beijing emprendió en 2010 una ambiciosa reforma al sistema de salud para cubrir con algún tipo de seguro médico a sus habitantes (actualmente sólo lo tienen el 10 % de la población rural y el 25 % de la urbana) y en los últimos tres años invirtió en este sector 240 mil millones de dólares. El proceso va más lento de lo esperado. Es previsible que las urgencias económicas eclipsen los deberes políticos. La década pasada trajo fenómenos nuevos y saludables: huelgas de trabajadores, el periodismo de investigación o la caída de líderes corruptos debido a la presión popular. Sin embargo, al mismo tiempo se ha acentuado la persecución a la disidencia. El discurso público reformista lo ha monopolizado Wen, quien se jubilará durante el Congreso que se realizará en esta semana. El primer ministro ha repetido que el colapso amenaza si no se acometen reformas urgentes. La opaca política china sólo permite acercarse al pensamiento de sus líderes a través de la prensa oficial. Su lectura en los últimos meses sugiere un camino reformista. La condena a dos años a un campo de rehabilitación por trabajo a Ren Jianyu por pedir el fin del Pcch provocó lamentos generalizados. El influyente diario oficialista Global Times publicó que “es preocupante que la gente pueda ser aún castigada por expresar sus críticas. (…) Eso ocurría en algunos países antes del siglo XX. Hoy está pasado de moda y atenta contra la libertad de expresión y el imperio de la ley”. El diario Study Times, publicado por la escuela donde se forman los cuadros del Pcch, aplaudió la democracia de Singapur y aclaró que su eterno partido gobernante goza de un apoyo popular genuino. “Si quieres ganarte el corazón de la gente, necesitas un gobierno que sirva al pueblo”. Nunca antes habían salido de órganos tan cercanos al poder llamamientos tan claros a la libertad de expresión. Los más optimistas ven en ellos la prueba de que Beijing pretende rebajar la tensión social permitiendo más debates públicos. Nadie espera, sin embargo, el tránsito a una democracia. De Hu Jintao se esperaba que resolviera esos retos cuando alcanzó el poder con fama de audaz. El tiempo lo ha revelado como un tipo prudente. Xi Jinping los hereda una década después con idéntica reputación y menos tiempo.

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