Gitanos: Los olvidados

viernes, 7 de diciembre de 2012
MÉXICO D.F. (apro).- A casi 70 años de que ocurrió el exterminio de casi medio millón de gitanos en el marco de la política de depuración racial emprendida por el régimen nazi de Adolfo Hitler, y 30 años después de que el crimen fue reconocido, el pasado 24 de octubre la canciller alemana, Angela Merkel, inauguró en Berlín el primer monumento oficial que remenmora este genocidio. Ubicado cerca del Parlamento alemán y de otros dos monumentos, uno dedicado a los judíos y otro a los homosexuales y minusválidos aniquilados por el nazismo, el proyecto, aprobado desde hace 20 años, fue realizado por el artista israelí Dani Karavan, quien aistió al acto acompañado de judíos y gitanos sobrevivientes al Holocausto. “Este monumento nos recuerda a un pueblo olvidado durante mucho tiempo, y el homenaje a las víctimas incluye también una promesa: la de proteger a esta minoría”, dijo Merkel, quien reconoció que “los gitanos sufren hoy todavía discriminación y rechazo, y deben luchar por sus derechos. Es el deber de Alemania y de Europa apoyarles”. Previamente, Zoni Weisz, un gitano holandés de 75 años que sobrevivió al exterminio, pronunció palabras muy duras: “Espero que el Holocausto ‘olvidado’ no se olvide más y que en adelante se le otorgue la atención que merece” porque, sentenció, “es como si la sociedad no hubiera aprendido nada de la historia; de lo contrario, su actitud hacia nosotros sería otra”. Romani Rose, presidente del Consejo Central Alemán de los Sinti y los Roma –como se denomina a los gitanos en Alemania– alertó que “el nuevo y creciente racismo contra los gitanos en Europa no proviene sólo de la extrema derecha, sino que encuentra cada vez más apoyo en el núcleo de nuestra sociedad, y el preocupante aumento de la violencia racial contra nuestra gente no está recibiendo la atención política necesaria”. En la República Federal de Alemania (RFA) hay 70 mil sintis y romaníes de nacionalidad alemana, sin contar emigrantes y refugiados. “¿Qué pasa con los expulsados, señora Merkel?”, gritó otro asistente al acto. Se refería a 8 mil 500 gitanos kosovares que llegaron como refugiados huyendo de las guerras de los Balcanes y que, según un acuerdo firmado por los ministerios del Interior de la RFA y Kosovo en 2010, están siendo “voluntariamente repatriados” año con año. La canciller no respondió. Desde esa fecha el premio Nobel de Literatura 1999, Günter Grass, quien creó una fundación de ayuda a los gitanos, denunció en una carta abierta que el gobierno germano preparaba “una expulsión masiva, lo que constituye un escándalo para Alemania y una hipoteca para la paz en Europa”. Residentes ahí desde hace 15 años y con gran número de menores nacidos y criados en suelo alemán, el escritor advirtió que “las familias serán enviadas a la nada: sin alojamiento, comida, contactos sociales, escuela, trabajo ni seguridad. Esa será su realidad en Kosovo”. Pero no sólo el autor de El Tambor de hojalata se pronunció en este sentido. También lo hizo el comisario de Derechos Humanos de la Unión Europea, Thomas Hammarberg, quien declaró que “Kosovo se encuentra bajo una fuerte presión política para aceptar este acuerdo –Alemania fue una de las primeras en reconocer su independencia–, sin disponer de los medios para acoger a estas familias con dignidad y seguridad”. Desplazamientos Pese a las tensiones étnicas, la separación en barrios y escuelas apartados y hasta la creación de líneas de transporte “humanitarias” para proteger de ataques a miembros de las minorías –los gitanos huyeron precisamente de la “limpieza étnica” emprendida por los albaneses kosovares–, las autoridades alemanas catalogan a Kosovo como “seguro”, afirmación con la que no están de acuerdo observadores internacionales y organizaciones de refugiados. “La sociedad kosovar de la posguerra sigue dividida étnicamente. Tal vez la situación se encuentre calmada por la presencia de un considerable contingente de la OTAN, pero no se puede descartar que resurjan las tensiones, como ya ha ocurrido”, alertan. Incluso el secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, advirtió que el desplazamiento de los roma podría amenazar la estabilidad de Kosovo. Por su parte, la UNICEF y la UNESCO han expresado su preocupación por el bienestar y la educación de los menores, que constituyen la mitad de los repatriados a Kosovo. La mayoría de ellos no conocen el país al que “regresaron”; tampoco hablan albanés o serbio, y las escuelas no quieren recibirlos. Se calcula que tres de cada cuatro ya abandonaron los estudios, lo que significará un retroceso y una mayor marginación. En cuanto a los gitanos adultos, en general no pueden retornar a sus lugares de origen porque fueron arrasados tanto en el campo como en la ciudad. Según un estudio del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), “los derechos humanos básicos y el acceso a los servicios sociales están sumamente restringidos”. La mayoría vive en la pobreza, con apenas 80 euros al mes por familia, sin trabajo y sin atención médica. Los pocos programas asistenciales disponibles en Kosovo están dirigidos a quienes regresan “voluntariamente”, pero como la mayoría de los roma lo hacen de manera forzada, tienen que vivir de la ayuda internacional o de lo que len envían familiares que todavía quedan en Alemania. Debido a su pasado nazi, la relación de la RFA con sus minorías sigue siendo muy sensible hasta la fecha, y la que tiene con los roma y los sinti no es la excepción. Aunque mucho menos conocido que la “Shoá” judía, el “Porrajmos” o “Samudaripen” –“exterminio”, según la lengua de cada grupo– gitano corre en paralelo. Ambos pueblos fueron perseguidos, encerrados en guetos, deportados, transportados como bestias en trenes, llevados a campos de concentración, obligados a trabajar hasta el agotamiento y, finalmente, exterminados. También con ellos se hicieron experimentos médicos; hombres y mujeres fueron esterilizados, y los azotaron el hambre y las epidemias. Según la Enciclopedia del Holocausto, aun en esas atroces circunstancias fueron segregados. Sus guetos estaban separados de los de los judíos; en los campos de concentración había pabellones especiales para ellos e inclusive se habla de una “Noche de los gitanos”, en la que unos cuatro mil de ellos fueron gaseados e incinerados en Auschwitz-Birkenau. Los aliados nazis, desde la Francia de Vichy hasta los Ustasi croatas, pasando por todo el Este de Europa, se encargaron de entregarlos o realizar sus propios pogromos. Y las tropas de asalto nazis que entraron en la Unión Soviética los eliminaron a la par de judíos y comunistas. Al finalizar la II Guerra Mundial, se calcula que unos 500 mil gitanos habían muerto; sin embargo, la discriminación continuó contra ellos. La naciente RFA decidió que todas las medidas tomadas contra los roma antes de 1943 eran políticas legítimas de Estado y, por lo tanto, no tenían derecho a la restitución. Su caso sólo fue tangencialmente abordado en los Juicios de Nuremberg y, más aún, Robert Ritter, el experto nazi en los roma, sólo tuvo que entregar sus archivos y retuvo sus credenciales y su trabajo. Nunca se logró llevarlo a juicio y se suicidó en 1950. Depauperación Oficialmente, Alemania no reconoció el genocidio gitano sino hasta 1982, cuando el entonces canciller Helmut Schmidt recibió por primera vez a una delegación del Consejo Central Alemán de los Sinti y los Roma. Dos años antes, un grupo de gitanos sobrevivientes al Holocausto realizó una huelga de hambre en el campo de concentración de Dachau, para pedir el reconocimiento del genocidio gitano y el fin de la discriminación a su pueblo. Quince años después, en 1997, el presidente alemán Roman Herzog reconoció que el genocidio gitano tenía la misma motivación racista, y fue perpetrado por los nazis con la misma resolución y voluntad que el exterminio judío. A lo largo de todos estos años, sin embargo, la discriminación hacia los gitanos no ha sido superada. Si bien sus propias organizaciones se fortalecieron y han surgido numerosas iniciativas de apoyo a su causa, nacionales, regionales e internacionales, aún prevalecen los prejuicios sociales y los choques de costumbres; asimismo, factores políticos y económicos ajenos a ellos actúan en su contra. La caída del bloque socialista en 1989 y la ampliación de la Unión Europea hacia el Este desataron las primeras migraciones masivas de gitanos hacia el Oeste, que poco después aumentaron con el conflicto en los Balcanes. Los problemas económicos y la tensión social avivaron en todas partes los ánimos nacionalistas, y Alemania no fue la excepción, sobre todo en su recuperada parte oriental, donde proliferaron los grupos neonazis. El encono contra los foráneos llegados en busca de refugio político o mejores condiciones de vida, pero vistos como intrusos por los locales, se manifestó con violencia a principios de los noventa en varias ciudades de la ex República Democrática Alemana (RDA), pero particularmente en Rostock, donde un grupo de jóvenes con las cabezas rapadas asedió e incendió un albergue de extrajeros; el siniestro dejó varios muertos, la mayoría gitanos. Aunque en años recientes no se han reportado ataques de esta magnitud, tampoco han cesado las consignas y los actos xenófobos de los que con suma frecuencia son objeto los roma y los sinti. La crisis económica que golpea a Europa amenaza otra vez con caldear los ánimos y, por lo pronto, ha arrojado otra vez a los gitanos al fondo de la pirámide social. “Los roma son los últimos a los que se contrata y los primeros en ser despedidos”, destacó el director gerente del Centro Europeo de los Derechos de los Roma, Rob Kushen, quien agregó que este grupo “ha sido afectado en forma desproporcionada”. En abril último Amnistía Internacional publicó un informe en el que asienta que, lejos de estar mejor, los casi 12 millones de gitanos que habitan el espacio europeo se enfrentan a una mayor pobreza y discriminación. También asienta, que los países europeos y las propias instituciones comunitarias no hacen lo suficiente para evitar esta discriminación. “Son sólo medidas cosméticas, sin eficacia”, acusa la organización humanitaria. En estas condiciones de nada les servirá a los gitanos alemanes el monumento inaugurado por Merkel. Mucho menos a los de las demás naciones europeas, cuyas condiciones son todavía peores, sobre todo en el Este, y que merecerían un texto aparte.

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