Siria: Las cárceles de Assad

viernes, 3 de febrero de 2012
TRÍPOLI (apro).- “Ahora sé cómo torturar a un hombre. Mis nuevas habilidades serán muy útiles cuando llegue su turno”. Sentado en un café de los alrededores de la norteña ciudad libanesa de Tripoli, donde se refugió hace casi dos meses, tras escapar de Siria, Abu Omar mantiene la calma y la compostura cuando se le pregunta qué trato daría a sus torturadores. Sus palabras son crudas como la rabia que siente hacia ellos: “Nunca seré capaz de perdonarlos. Si no enfrentan un juicio, yo cobraré mi propia venganza”, dice. Vestido con una camisa gris a rayas y una chaqueta de cuero, y su rostro cubierto por una negra y espesa barba, Abu Omar se cuenta entre los miles de activistas y manifestantes civiles que han sido capturados por las fuerzas de seguridad sirias durante los 11 meses del levantamiento popular que busca derribar al régimen del presidente Bashar al-Assad. Arrestado el 20 de mayo en su pueblo natal de Baniyas, Abu Omar fue mantenido cautivo durante 70 días en seis prisiones diferentes, donde sostiene que fue repetidamente golpeado y torturado. “Pasé momentos muy duros, pero tuve más suerte que otros”, reconoce. “Algunos fueron encarcelados por más de seis meses sin haber asistido a ninguna manifestación”. Hasta hace un año, la vida de Abu Omar era igual a la de muchos otros jóvenes sirios: con 27 años y una carrera universitaria en legislación islámica, su vida se dividía entre las horas de trabajo que dedicaba al negocio familiar y el tiempo que pasaba con sus amigos y en la mezquita. Luego, el 15 de marzo de 2011, protestas masivas estallaron en Daraa, a las afueras de Damasco, llevando a la revuelta siria a otro nivel. “Baniyas fue una de las primeras ciudades en rebelarse y yo era uno de los manifestantes más activos. No me perdía ni una sola protesta”, recuerda. Al principio los manifestantes sólo demandaban reformas económicas y la liberación de los activistas detenidos, pero muy pronto las víctimas civiles causadas por la represión gubernamental –que según Naciones Unidas se elevan a más de 5 mil muertos– los llevaron a exigir la renuncia del presidente Assad. El pasado 7 de mayo, decenas de tanques y miles de elementos de seguridad ingresaron a Baniyas para recuperar los barrios suníes controlados por los manifestantes desde principios de abril. Abu Omar era uno de ellos. “Desde el momento en que entraron a la ciudad, yo sabía que estaba entre los más buscados”, afirma sin ninguna duda. El grueso de las fuerzas de seguridad se retiró de ahí el 14 de mayo, dejando tras de sí a algunos agentes del Mukhabarat y a los shabbiha, como se conoce respectivamente a la inteligencia militar siria y a las milicias leales al régimen. Torturas Para eludir su vigilancia, Abu Omar pasó dos semanas en casas de amigos y cambiaba constantemente de escondite, hasta que el día 20 el deseo de hacer una visita rápida a su familia fue tan fuerte que lo venció. Al entrar a su casa, un espía local lo vio y rápidamente avisó a las fuerzas de seguridad. Una hora después, hombres uniformados tocaron a su puerta. “Cuando abrí, de inmediato me di cuenta de quiénes eran”, recuerda con resignación. “No tenía caso resistirse. Hubieran destruido la casa”. Abu Omar fue arrestado y llevado a una base militar en la vecina ciudad de Lattakia, donde fue confinado en una celda de un metro cuadrado, sin luz ni ventanas. Una hora después se inició su primer interrogatorio. Esposado y desnudo, fue llevado a un cuarto donde, a juzgar por los pares de botas que alcanzaba a ver por debajo de la venda que le cubría los ojos, lo aguardaban seis oficiales de seguridad. “Empezaron por decir que yo estaba detrás del levantamiento, y me acusaron de ser parte de un complot extranjero que quería derribar al gobierno”, explica, insistiendo en que él es un activista civil pacífico, que sólo estaba pidiendo reformas. “También dijeron que yo era miembro de la Hermandad Musulmana, sólo porque soy una persona muy religiosa”. Pateado y tundido a golpes durante aproximadamente media hora, negó cualquier falta, lo que llevó a los oficiales a escalar el maltrato. “Me hicieron ascostarme sobre la espalda y empezaron a golpear mis pies con un bastón de goma”, dice, moviendo nerviosamente sus manos por debajo de la mesa. “Luego sujetaron cables eléctricos a mis dedos, mis orejas y mis partes íntimas. Fue muy humillante”. Después de mojar el piso para incrementar la intensidad de las sacudidas, fue electrocutado varias veces, con una descarga cada vez más fuerte que la anterior. “Es una sensación indescriptible. Las sacudidas son tan fuertes que sientes que el pecho te va a estallar. Tienes que gritar”, explica, bajando la voz y la mirada hacia el suelo. Cuando terminó la tortura fue regresado a su celda. Escuchaba los gritos de otros prisioneros que eran sometidos al mismo suplicio. Durante los restantes nueve días que permaneció en Lattakia fue torturado otras cuatro veces, pero nunca confesó ninguno de los crímenes que se le imputaban. “Si lo hubiera hecho, sólo para que dejaran de torturarme, me hubiera pasado los siguientes 15 años en prisión”, argumenta con lucidez. “Todo lo que pedía era una Siria democrática y secular, donde no haya necesidad de pertenecer a cierta etnia para obtener un trabajo gubernamental, y donde los jeques e imanes no tengan que pedir la aprobación del Mukhabarat para enseñar o predicar”. El undécimo día fue transferido a otra base militar, esta vez en Damasco. “Al llegar ahí, tres oficiales me golpearon como bienvenida”, continúa, esbozando una sonrisa irónica. Desnudado otra vez, fue obligado a mantenerse de rodillas un día entero, con una gruesa manta militar sobre sus espaldas. Sólo después de 30 horas de sudor y sufrimiento se le permitió comer algo y los guardias lo llevaron a su nueva celda: un cuarto de 1.5 por dos metros, que Abu Omar compartió con otras siete personas durante los siguientes 12 días. La celda era tan pequeña y estaba tan atiborrada, que los internos tenían que dormir sentados. Se les servían sólo dos comidas al día, en las que debían compartir un vaso de aceitunas y uno de yoghurt, para el desayuno, y un plato de arroz y pan para la cena. No obstante, Abu Omar sostiene que la falta de comida nunca creó tensiones dentro de la celda. “Compartíamos esos magros alimentos en partes iguales. Todos estábamos en la misma situación”, comenta. En el quinceavo día de su cautiverio le permitieron bañarse. “La regadera duraba de diez a quince segundos, ¡y sin jabón!”, cuenta casi divertido. “Hacer tus necesidades fisiológicas era la misma cosa: tenías que correr al baño completamente desnudo, con un guardia que esperaba fuera para golpearte si te pasabas de tiempo”. Peores que las privaciones eran las humillaciones a las que se sometía a los prisioneros. Un día, Abu Omar fue sorprendido orando. Lo sacaron de la celda y lo metieron dentro de una llanta que pendía del techo con una cuerda. Ahí, colgado de cabeza, lo golpearon severamente. “Fui sometido inclusive a un simulacro de ejecución. Esos han sido los peores 15 minutos de mi vida”, dice riéndose, para suavizar el drama del momento. Junto con otros prisioneros, Abu Omar fue conducido al patio de la cárcel, donde todos fueron vendados de los ojos y obligados a pararse de espaldas a una pared, frente a un pelotón de fusilamiento. “Cuando el oficial ordenó cargar y apuntar, pensé que había llegado el final. Luego el pelotón disparó al aire y todos los guardias empezaron a reír. Yo casi me desmayé”. La huida Después de 13 días en la base, Abu Omar fue transferido a una prisión clandestina en Damasco, perteneciente a otra rama del Mukhabarat, donde permaneció por casi dos meses. “Las condiciones mejoraron ligeramente”, recuerda. “Me metieron en una celda grande que albergaba a 75 prisioneros; teníamos un excusado y podíamos acostarnos de noche, si bien el sitio estaba tan abarrotado que tenías que dormir forzosamente del lado y con los pies de alguien más sobre tu cabeza”. Sin libros, periódicos o cualquier otro contacto con el mundo exterior, los prisioneros sólo podían confiar en sus propios relatos para actualizar a los demás sobre el levantamiento. “Había gente de todas las edades, provenientes de Homs, Hama, Idlib, Damasco… Algunos eran hombres viejos, otros apenas tenían 15 años, pero todos habían sido arrestados durante la represión”, explica. Pasó 50 días en esa prisión, marcados por una rutina de horas interminables en la celda y torturas cada vez más esporádicas. “Algunas veces todos teníamos que permanecer por horas desnudos y sentados en el piso, mientras los guardias nos insultaban y nos golpeaban. Pero para entonces yo ya estaba acostumbrado”, dice confidencialmente. “Después de los primeros diez minutos, tu cuerpo ya no siente el dolor”. Abu Omar conservó la fuerza durante todo su cautiverio, confiando en que algún día sería liberado. A fines de julio su resistencia dio frutos. En menos de una semana fue transferido a tres cárceles diferentes, incluyendo una civil en Damasco, a la que bromeando describe como “un hotel de cinco estrellas”, comparada con las anteriores. Ahí, por primera vez en 70 días, se le permitió cimunicarse con su familia. “Cuando llamé a casa, mi hermano al principio no me reconoció”, recuerda Omar notoriamente conmovido. “Llamó a mi madre y empezó a llorar”. Sin esperanza de encontrarlo con vida, la familia ya buscaba su cuerpo, pensando que había muerto a causa de la tortura. Dos días después, Omar finalmente acabó en Tartus, una localidad situada 40 kilómetros al sur de Baniya, donde supuestamente debía enfrentar un juicio que nunca se dio. Después de dos audiencias, su familia fue capaz de reunir suficiente dinero como para sobornar al juez y lograr que lo dejara libre. Abu Omar asegura que no sabe cuánto pagó su padre por él, pero explica que en estos casos el rango oscila entre los 6 mil y los 8 mil dólares. De regreso al hogar, no tuvo mucho tiempo para disfrutar de la compañía de sus parientes. Cuatro horas más tarde llegó un amigo, para advertirle que huyera: había visto a unos agentes del Mukhabarat preguntando por la ubicación de su casa. Mientras su padre arreglaba las cosas para sacarlo del país, Abu Omar pasó las siguientes tres semanas otra vez escondiéndose. Finalmente, gracias a un amigo, logró obtener una visa de turista para Dubai y sobornar a un oficial del aeropuerto de Damasco, para que lo pasara por los controles de seguridad. Omar abandonó Siria a principios de septiembre. Desde entonces, la casa de su familia ha sido registrada dos veces por las fuerzas de seguridad, en tanto que uno de sus hermanos pasó a la clandestinidad. Cuando en diciembre expiró su visa, Abu Omar dejó Dubai por la relativa seguridad de Trípoli, donde ahora es albergado por una organización de apoyo siria. Aquí se ha convertido en un ciber-activista que espera el momento adecuado para ingresar de nuevo a Siria. (Traducción: Lucía Luna)

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