Medio Oriente: La ambigüedad nuclear

viernes, 11 de mayo de 2012
MÉXICO, D.F. (apro).- A principios de abril, el escritor alemán y Premio Nobel de Literatura (1999), Günter Grass, provocó un revuelo político y mediático al escribir un poema titulado Was gesagt werden muss (Lo que hay que decir), en el que advierte de los riesgos para la paz que implican el arsenal nuclear israelí y un posible ataque preventivo de Israel contra las instalaciones atómicas de Irán. Ante la siempre sensible relación entre Alemania e Israel, derivada del exterminio judío por los nazis, la polémica se centró en si Grass, quien hace apenas unos años reconoció que como adolescente fue miembro de las SS hitlerianas, tenía autoridad y razón para criticar de esa forma la política belicista del actual gobierno israelí. En en balance le fue mal, porque muy pocos lo apoyaron públicamente y la mayor parte del espectro político alemán, de cualquier color, tomó distancia de él. En Israel y dentro de la comunidad judía, como él lo anticipaba en su poema, simplemente lo acusaron de antisemita. El gobierno de Benjamín Netanyahu, en un exceso, lo declaró persona non grata y le prohibió ingresar a territorio israelí. Muy pocos medios explicaron que el pronunciamiento del autor de El tambor de hojalata se daba en el contexto de la venta de Alemania a Israel de un submarino equipado con misiles, de cuyo uso no quería hacerse cómplice; que en su escrito calificaba, sin nombrarlo, al presidente iraní Mahmoud Ahmadineyad como “un bocón que sojuzga a su pueblo”; y que como mejor solución proponía que tanto Israel como Irán se sujetaran a la inspección internacional de sus respectivas capacidades nucleares. Pero lo que se vio como políticamente incorrecto por parte de Grass fue uno de los principales acuerdos de la VIII Conferencia de revisión del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP) que se llevó a cabo a fines de 2010 en Nueva York, en el marco de Naciones Unidas. Entonces no sólo se acordó acelerar el desarme nuclear a nivel mundial, sino realizar en 2012 otra conferencia en Finlandia, con el propósito específico de avanzar en la creación de una zona libre de armas nucleares en Medio Oriente. La lógica es que si todos los países de esa región se acogen al TNP, permiten la inspección de sus instalaciones nucleares por parte de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) y se comprometen a un uso exclusivamente pacífico de este recurso energético potencialmente letal, se acabaría de facto la disputa entre Irán e Israel, de hecho las dos únicas naciones en esa zona de las que todavía se tienen dudas sobre sus actividades nucleares. Y es que ambos países han guardado deliberadamente una ambigüedad sobre el tema, lo que les permite plantear amenazas en el campo militar y condiciones en el diplomático. Irán jura y perjura que su programa nuclear sólo tiene fines civiles, pero Israel y Occidente sospechan que está desarrollando en secreto armas atómicas, y de acuerdo con evidencias satelitales y en el terreno la AIEA también tiene sus dudas. Israel, por su parte, nunca ha negado ni afirmado si cuenta con un arsenal nuclear, pero la AIEA sí lo cree, y la apoyan imágenes de satélite y estudios de centros independientes como el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI, por sus siglas en inglés), Global Security (GS) o la Federación de Científicos Americanos (ASF, por sus siglas en inglés)). Tan es así, que el documento final de la conferencia del TNP de 2010 reafirmó “la importancia de la entrada de Israel en el tratado y la colocación de todas sus instalaciones nucleares bajo las inspecciones de la AIEA”. La iniciativa, presentada por las naciones árabes con el apoyo del Movimiento de Países no Alineados, en realidad sólo retomó otra propuesta planteada en 1995, en el marco de una anterior conferencia de evaluación de la ONU, que desde 1970 se realiza cada cinco años. El punto, aprobado pese a la oposición de Estados Unidos --que “lamentó profundamente” la presión árabe para que Israel suscriba el TNP--, fue casi inmediatamente rechazado por Tel Aviv, que además adelantó que no participaría en la conferencia de Finlandia este año. El argumento: que no se habían tomado en cuenta los problemas de seguridad en la zona. Y es que los gobiernos israelíes han condicionado cualquier iniciativa en este sentido a una situación de paz con todos sus vecinos, lo que hasta ahora se ha demostrado como tarea imposible. Según un análisis de Pierre Klochender para la agencia IPS, los estrategas israelíes consideran que la “ambigüedad” sobre su arsenal nuclear potencia su seguridad casi tanto como la posesión misma de armas de destrucción masiva. Y aunque algunos activistas dentro del propio Israel exigen que se diga la verdad, la prensa y la mayoría de la opinión pública prefieren mantenerse al margen del debate, por temor a minar las defensas israelíes. Entre los expertos –AIEA, SIPRI, GS, AFS, etcétera– prácticamente nadie duda de que Israel posea armas nucleares. Pero dado su secretismo, las estimaciones varían en un rango muy amplio que va de 75 a 500 cabezas nucleares, aunque la mayoría coincide en que deben ser entre 200 y 300. Lo que se desconoce es cuántas se encuentran activas y si se están desplegadas en lanzamisiles, bombarderos o submarinos atómicos. Oficialmente no se sabe de ninguna prueba atómica realizada, aunque hay algunos datos que apuntan a que en 1979 Israel podría haber detonado junto con Sudáfrica (entonces todavía bajo el régimen del apartheid) una carga de dos o tres kilotones en el Atlántico Sur. Este episodio se conoce como el “Incidente Vela”, por el nombre del satélite estadunidense que reportó haber detectado en esa zona destellos propios de una explosión atómica. Gran parte de ese expediente continúa hoy clasificada y ambos países han negado el hecho de manera vehemente. Sin embargo, en 1986 el ingeniero nuclear israelí, Mordechai Vanunu, contó que desde 1958 Israel ha desarrollado en forma continuada un programa nuclear en la localidad de Dimona, ubicada en el desierto del Neguev, y ratificó que durante una época hubo colaboración con Sudáfrica. Vanunu fue posteriormente procesado y encarcelado por revelar secretos militares. El llamado Centro de Investigación Nuclear del Neguev, por su parte, nunca ha publicado algún informe científico sobre sus actividades. En febrero de 2000, según reportó el diario Yediot Ahronot, el parlamentario árabe-israelí Issam Makhoul Hadash desató una tempestad en el Knesset, cuando declaró que “Israel posee entre 200 y 300 armas atómicas” y además “los sucesivos gobiernos israelíes han convertido esta pequeña porción de tierra… en un gran depósito de armas nucleares, biológicas y químicas”. Pese a todas estas revelaciones, el aparato de seguridad israelí ha mantenido su secretismo y no parece próximo a romperlo. Tampoco se ve plausible que en caso de realizar un ataque preventivo contra las instalaciones atómicas de Irán, Israel utilizara armas nucleares y “acabara” con el pueblo iraní como, ahí sí en una exageración, afirmara en su poema Grass. Lo más probable sería una acción rápida, como la que realizó contra la central nuclear iraquí de Tamuz, en 1981. Aunque ahora tal vez sería más difícil, porque el régimen iraní ha tenido el cuidado de dispersar sus capacidades nucleares por todo su amplio territorio. Eliminar el factor sorpresa y montar una campaña aérea sería poco viable y merecería el repudio internacional. Estados Unidos mismo ha desaconsejado a su aliado de llevar a cabo una acción militar, que podría acarrear consecuencias impredecibles, y las recientes crisis en el gabinete de Benjamín Netanyahu evidencian que no está en el mejor momento político para actuar. Irán, por su parte, ha jugado en contrario. Después de la crisis de enero por el endurecimiento de las sanciones internacionales debido a la falta de cooperación para verificar sus actividades nucleares, que incluyó la amenaza de Teherán de cerrar el Estrecho de Ormuz, el régimen islámico aceptó reabrir el proceso de negociaciones dentro del llamado Grupo 5+1 (los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania) y se mostró más flexible a las demandas de la AIEA. Ello no necesariamente significaría que Irán abriera todas sus instalaciones atómicas a la verificación externa ni que renunciara a su programa nuclear, pero le permitiría ganar tiempo y contar con un paraguas de protección, ya que a Tel Aviv le resultaría muy contraproducente realizar un ataque militar cuando, por otra parte, las principales potencias mundiales realizan un esfuerzo diplomático para buscar una solución pacífica. A diferencia de Israel, Irán es además desde hace rato signatario del TNP. De hecho, toda su infraestructura nuclear se deriva de la época del sha Mohamed Reza Pahlevi, que a toda costa trató de hacerse de tecnología para fabricar una bomba atómica. Pero entonces eran tiempos de la Guerra Fría y sus aliados occidentales no veían con malos ojos que hubiera una fuerza de disuasión en el área de influencia de la Unión Soviética. Las coordenadas cambiaron sin embargo con la revolución islámica del ayatola Jomeini que lo derrocó, y luego con el colapso del bloque socialista. Hoy la principal batalla se libra en el mundo del Islam, en el que Teherán quiere jugar un papel preponderante, pero a ello no sólo se opone Israel, sino sus vecinos árabes y las principales potencias mundiales que tienen un arsenal nuclear. Todos están claros de que Irán aún no cuenta con un arma atómica, pero precisamente eso quieren impedir. No está claro qué se podría obtener este año en Helsinki si Israel se niega a asistir y tampoco acepta suscribirse al TNP. Mientras mantenga esta posición, es de esperarse que Irán seguirá jugando también con la ambigüedad y ganando tiempo. En todo caso, lo que sí sería deseable, es que se empezara a tratar a los dos con el mismo rasero.

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