Revueltas populares y daño patrimonial en tierras del Islam

viernes, 3 de agosto de 2012 · 22:44
MÉXICO, D.F. (apro).- En julio, las noticias dieron cuenta de que los radicales del movimiento tuareg que se sublevó en marzo pasado en Malí destruyeron varios monumentos históricos de la mítica Timbuctú. Los hechos trajeron a la memoria la destrucción de dos budas gigantes por parte de los talibanes en el valle afgano de Bamiyán, en 2001, y el saqueo al Museo de Bagdad tras la invasión estadunidense de 2003. Pero también en el marco de las revueltas populares de la “Primavera Árabe” se han registrado daños al patrimonio histórico y cultural de las naciones. En mayor o menor grado, Túnez, Egipto y Libia han pagado su cuota, y ahora la mayor preocupación es Siria, inmersa ya en una abierta guerra civil, donde los expertos y la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas en inglés) avizoran una verdadera “catástrofe cultural”. Si bien en todos estos conflictos lo que más se lamenta es la pérdida de miles de vidas, sobre todo de civiles inocentes, no puede dejar de preocupar el daño a su riquísmo acervo patrimonial que como afirma Irina Bokova, directora general de la UNESCO, “equivale a dañar el alma y la identidad de un pueblo”. Tan es así, que en 1954 se firmó en La Haya la Convención para la protección de los bienes culturales en caso de conflicto armado, que compromete a sus signatarios a “renunciar a la destrucción, el saqueo o el uso peligroso de la propiedad cultural, ya sea inmueble o mueble (sitios arquitectónicos, arqueológicos, museos y colecciones), diseñando mecanismos preventivos como la elaboración de inventarios, la identificación de los mayores peligros para estos bienes y el establecimiento de facilidades de almacenaje para su protección especial”. También hay un apartado específico sobre los riesgos de exportación del patrimonio cultural producto del expolio. Y es que según consigna el sitio Mediterráneo Antiguo, “el vacío de poder propicia un escenario idóneo para la acción de saqueadores espontáneos o bandas organizadas de expoliadores, mientras que los disturbios y las operaciones militares suponen un riesgo para la integridad de los principales monumentos. Todo ello unido a la confusión y falta de información que rodea siempre a las revueltas y enfrentamientos armados”. En Siria, donde el conflicto está en curso, el régimen baasista encabezado por Bashar al Assad es signatario de las convenciones internacionales que protegen el patrimonio cultural, pero no ha hecho mayores esfuerzos por honrarlas. Las alertas se encendieron cuando circuló un video que mostraba el bombardeo de la fortaleza de Qalat-al-Mudiq, en Apamea, donde también se ubica la ciudad greco-romana de Palmira. “Tras lanzar grandes cantidades de proyectiles sobre el monumento del siglo XII, en cuyo interior se encontraba la población civil, los tanques gubernamentales se desplazaron a la ciudadela y demolieron partes de la muralla para tener mayor espacio de maniobra. Trincheras y refugios fueron excavados, destruyendo la secuencia estratigráfica de este importante yacimiento arqueológico”, lamenta Rodrigo Martín Galán, doctor en Arqueología del Medio Oriente con especialidad en Siria. A raíz de este hecho, él y otros arqueólogos españoles y franceses, junto con investigadores sirios exiliados en París, formaron el grupo “Patrimonio Arqueológico Sirio en Peligro”, que recibe información de contactos clandestinos internos, para analizar y dar seguimiento a los daños con el fin de crear una base de datos. El grupo colabora directamente con la UNESCO, que en marzo pasado expresó su preocupación “por las posibles amenazas que pesan sobre el excepcional patrimonio cultural de Siria”, que abarca desde los primeros pasos de la historia humana hasta la actualidad. Además de las ruinas de Apamea, los caminos excavados por el ejército han dañado la zona arqueológica de Shmemis y un número considerable de tells (colinas que albergan yacimientos antiguos), donde se han llevado a cabo excavaciones ilegales con robo de piezas, ante la mirada complaciente, cuando no cómplice, de los soldados. Otro monumento que preocupa es el llamado Crac de los Caballeros, una de las joyas de la época de las Cruzadas mejor preservadas, y se tienen reportes de destrucción, por lo menos parcial, de mezquitas, zocos (antiguos mercados) y barrios enteros con elementos arquitectónicos de las épocas romana, bizantina e islámica en varias localidades. Hasta ahora la más afectada es Homs, donde el antiguo zoco de la Ciudad Vieja fue bombardeado e incendiado, la iglesia de Um al-Zennar sufrió daños importantes y el museo local, que alberga una magnifíca colección de mosaicos romanos, se reporta como saqueado. Falta sin embargo saber qué daños han provocado los recientes combates en Aleppo y Damasco, las ciudades más importantes del país. Por lo pronto una estatuilla famosa ya desapareció del museo de la capital y es buscada por la Interpol. En Túnez, el primer lugar donde la furia popular salió a las calles, después de los primeros días de represión el ejército se cambió de bando y el desenlace fue tan rápido que no hubo oportunidad propiamente de acciones armadas. Sí se reportaron saqueos y destrozos en algunas zonas, como el Museo de Mosaicos del Djem, pero la antigua Cartago, con su enorme riqueza histórica, no sufrió daños mayores. Paradójicamente ya realizadas las eleccciones, en las que ganaron los islamistas moderados, el ministro de Cultura, Mehdi Mabrouk, se vio obligado a condenar las agresiones a santuarios y tumbas de santones del Islam en Gabés, Monastir y la capital tunecina, perpetrados por radicales salafistas que consideran a estos sitios como contrarios al Corán y a sus visitantes como infieles. El nuevo gobierno decidió crear un observatorio nacional para proteger los bienes culturales del país, reclamados por la UNESCO como patrimonio de la humanidad en 1979. Una experiencia muy diferente se vivió en Egipto, que cuenta con siete sitios inscritos en la lista del patrimonio mundial. Aunque el núcleo de la revolución se ubicó en la plaza Tahrir de El Cairo, algunos de los lugares que sufrieron saqueos y destrozos de sus bienes históricos fueron las comunidades de Alejandría, Luxor, Sakkara y Sinaí, donde existen monumentos y colecciones de piezas antiguas. Sin embargo el momento cúspide se vivió con el saqueo del Museo de El Cairo, que con 160 mil piezas cuenta con la mayor colección mundial de arte egipcio. Aunque se formó una cadena humana para protegerlo, el caos producido por el incendio de un edificio adyacente permitió a la postre que unos saqueadores ingresaran por el techo y, tras destrozar algunas vitrinas, entre ellas las del Tesoro de Tutankamón, se llevaran 54 piezas. En pocos días 23 fueron recuperadas y los ladrones condenados a 15 años de cárcel y multa de 60 mil euros. Las 31 que siguen desaparecidas se piensa que están todavía en el país, por la dificultad que significa colocarlas en el mercado, aunque no se descarta que algunas hayan podido caer en manos de traficantes. El museo ya reabrió sus puertas, pero el gobierno ha publicado una lista roja de objetos en riesgo para solicitar el apoyo de la comunidad internacional en la preservación de su enorme patrimonio cultural. Sobre Libia los informes son contradictorios. Aunque hay coincidencia en que no hubo daños mayores al patrimonio histórico, que en algunos casos se remonta al siglo XIII a.C., sí hay evidencias de daños en las ruinas romanas de Sabratha “debido al impacto de armas ligeras y baterías antiaéreas, además del armamento pesado que ahí se estacionó”. También el museo de Misrata habría resultado dañado y todavía no se cuenta con un inventario de piezas desaparecidas. La mayor controversia gira en torno de la ciudad de Leptis Magna, fundada por los fenicios y que se convirtió en un importante centro comercial romano. Dado que las fuerzas gadafistas se atrincheraron ahí con equipo bélico, se temió que pudiera ser atacada por la OTAN, cosa que aparentemente no ocurrió porque la UNESCO le proporcionó a la Alianza Atlántica sus coordenadas para que no la bombardeara. Pero el uso de cuartel que se le dio al parecer sí provocó algunos daños. La que definitivamente no se salvó fue la colección de monedas antiguas del Banco de Bengasi. Los ladrones se llevaron ocho mil piezas, incluyendo monedas raras de oro, plata repujada y bronce con caligrafía griega, romana e islámica, muchas de las cuales datan hasta del 570 a.C. Aunque la policía libia y la Interpol andan tras su rastro, todo indica que ya circulan por los mercados de antigüedades. Algunas aparecieron en el zoco antiguo de la ciudad y otras fueron vistas en Egipto, junto con unas estatuas que había en el banco. La UNESCO ya alertó a los comerciantes de arte de los países vecinos para que estén atentos al tráfico ilegal. En cuanto a Mali, resulta evidente que los radicales salafistas de Ansar Dine se impusieron sobre los independentistas laicos del Movimiento de Azawad. El 30 de junio empezaron sus ataques contra los monumentos religiosos de Timbuctú, ciudad que data del siglo V d.C. y que vivió su máximo esplendor como centro de paso de las caravanas en el siglo XVI. Está inscrita desde 1988 en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Según los testimonios, islamistas llegaron en vehículos blindados, disparando al aire y gritando “Alá es grande”, y luego con hachas, picos y buriles procedieron a destruir siete de los 16 mausoleos de las mezquitas de Djingareyber y Sankoré, dedicados a los santones musulmanes que vivieron y fueron enterrados en esta ciudad construida de adobe. Unas semanas después destruyeron la histórica puerta de madera de la mezquita de Sidi Yahia, del siglo XV; también habrían destruido parcialmente el mausoleo de Sidi Mahmud. Para estos musulmanes fundamentalistas, que pretenden instaurar la sharia en el norte de Malí, los monumentos preislámicos y el arte figurativo son haram, es decir pecado, según su rígida interpretación del Corán. La agencia France Presse reportó que uno de los portavoces del grupo anunció que atacarían todo lo que se considera patrimonio mundial. “Eso no existe. Esto es de nosotros los musulmanes y los infieles no deben meterse en nuestros asuntos”, sentenció. Algo similar ocurrió hace once años en Afganistán, cuando la UNESCO destinó fondos para renovar a los budas gigantes de Bamiyán. Molesto, porque en su opinión el país tenía necesidades más urgentes, el gobierno talibán los declaró como ídolos contrarios al Corán y ordenó su destrucción, que fue realizada con dinamita y disparos de tanques.

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