Honduras: Adiós al bipartidismo

viernes, 29 de noviembre de 2013
TEGUCIGALPA (apro).- Honduras se partió en dos la madrugada del 28 de junio de 2009, cuando un grupo apoyó la expulsión de un presidente elegido en las urnas, y el otro salió a las calles para exigir su retorno. Los primeros se regocijaron porque un gobierno de facto detuvo la posibilidad de reformar la Constitución, con la participación de los sectores más desfavorecidos del país. Los segundos, organizados en el Frente Nacional de Resistencia, pusieron sus cuerpos en las calles durante cinco meses para pedir la restitución del orden democrático. El pasado 24 de noviembre, esos mismos actores concurrieron a elecciones, en lo que se planteó como un intento de cerrar las heridas del golpe de Estado. “Golpistas” y “resistencia” compartirán ahora el Congreso. El depuesto expresidente Manuel Zelaya, que volvió al país en 2011, gracias a la mediación de la comunidad internacional, conformó un nuevo partido, Libertad y Refundación (Libre), que aglutina a sus partidarios en las calles y a su círculo de colaboradores. Ante la imposibilidad de su reelección, su esposa Xiomara Castro se postuló para la presidencia y él como candidato a diputado. Zelaya será el coordinador de su bancada en el Congreso, pero Xiomara Castro, trampolín de la candidatura de aquel, pasó a un segundo plano. Durante toda la campaña, el partido Libre –con apenas 18 meses de vida– puso contra las cuerdas al candidato oficialista Juan Orlando Hernández, del conservador Partido Nacional. Con Mel –como es conocido en Honduras el expresidente– como asesor, Xiomara Castro empezó la contienda como candidata ganadora, a 12 puntos de Hernández, y las esperanzas se dispararon. Aquella sociedad que salió masivamente a las calles en 2009 sentía que podían revertir en las urnas lo que les impusieron a la fuerza. Pero lo mismo temía la oligarquía, y en un país controlado por una decena de familias no podían permitirlo. El país centroamericano fue la república bananera donde Samuel Zemurray, presidente de la United Fruit en la región, dijo en 1923: “en Honduras es más barato comprar un diputado que un burro”. Y en 2013 Honduras sigue siendo el feudo de los poderes económicos. “En esta legislatura los diputados liberales han estado a subasta, se alquilaban al mejor postor”, acusa el exfiscal general Edmundo Orellana, quién también fue congresista y ministro, y continúa como militante en el Partido Liberal. El próximo presidente, Juan Orlando Hernández, quien estaba a la cabeza del Congreso saliente, aprobó todas las polémicas leyes que impulsó su partido con más de cien votos (pese a que sólo tenía 70 escaños), tanto las que profundizaron la militarización y el modelo neoliberal, como la destitución de los magistrados de la Corte Suprema o el nombramiento a modo de un nuevo fiscal, con lo que se derribó la independencia de poderes. “Hay unas seis u ocho familias que hacen de testaferros del capital extranjero, que son las que controlan este país y toman las grandes decisiones. Ellas ven en los políticos a empleados de sus corporaciones y no toleran a tipos irreverentes como Mel”, dice uno de los intelectuales más respetados del país, Víctor Meza. En este escenario, que Mel vuelva, y lo haga con la primera formación progresista que consiguió casi una tercera parte de los escaños, solo se entiende por la polarización que produjo el golpe de Estado. “Antes del golpe había una izquierda debilitada y fragmentada, pero el golpe generó una sinergia social que unificó el movimiento y que se plegó al liderazgo de Zelaya, que aun con ciertas características caudillescas representa una fuerza progresista. Su presencia en el Congreso es un cambio total en términos políticos”, explica Meza, coordinador del Centro de Estudios Para la Democracia (Cespad). “Mel lo hizo muy bien, recogió todos los reclamos, las frustraciones del pueblo, sobre todo del pueblo pobre”, señala a su vez Edmundo Orellana, exministro de Defensa en el gobierno de Zelaya. Bajo el sombrero de Mel, la izquierda se alineó a un espectro electoral inclinado a la derecha, donde los partidos Liberal y Nacional se han alternado el poder desde el siglo XIX, pese a los golpes de cuartel que predominaron hasta los años 80. Pero también apareció otro nuevo actor, el centrista Partido Anticorrupción (PAC), liderado por el locutor de los partidos de futbol en Honduras y showman televisivo, Salvador Nasralla. Con su popularidad y un perfil de ciudadano alejado de la clase política, Nasralla logró dividir el voto de descontento y se llevó el apoyo de la gente joven y cansada de los mismos políticos de siempre. Con la participación más alta de los últimos 15 años (61%), estas elecciones quebraron el bipartidismo más antiguo de América Latina, y el Partido Nacional ganó la presidencia, pero sin mayoría legislativa. Al cierre de esta edición, las proyecciones del Tribunal Supremo Electoral repartían los 128 escaños del Congreso: 47 para los conservadores, 39 para los diputados de Libre, 26 para los liberales y 13 para el PAC. Otros tres partidos más antiguos, que siempre han servido de bisagra, mantienen un escaño cada uno. Con estos números, el jefe del Ejecutivo no podrá gobernar a su antojo, ya que necesitará por lo menos el apoyo de otros 18 diputados para aprobar decretos con mayoría simple. “Es un gobierno sumamente débil, porque 70% está en su contra. Perdieron el Congreso, que es el primer poder del Estado, lo tiene la oposición. El gobierno perdió el poder, entonces hay una victoria”, señaló Manuel Zelaya a su emisora amiga Radio Globo. El expresidente sabe bien de lo que habla, porque fue el Congreso el que lo destituyó, pero ahora vuelve como diputado y será el coordinador de su bancada. El partido de Zelaya desplazó al mismo Partido Liberal que le dio el golpe y quedó en un modesto tercer lugar. Sumados, los dos partidos tradicionales tienen una mayoría simple y pueden aliarse para legislar, sin embargo, no suman mayoría calificada para impulsar reformas estructurales. “Hay una pérdida para el bipartidismo, está muy desgastado y puede hacerlo más en estos cuatro años si el Partido Liberal cogobierna y no se diferencia del Partido Nacional”, sostiene el sociólogo Eugenio Sosa. De momento, Mel ya ha tendido la mano: “No vamos a negociar con el gobierno, sí con la oposición, es nuestro derecho hablar con el PAC, con Salvador Nasralla, hablar con las personas que están directamente involucradas en las diferentes tendencias del Partido Liberal”. Viejo lobo liberal, conoce sus mañas e incluso tiene aliados en el viejo partido que lo expulsó. La corriente minoritaria, que dirige Yani Rosenthal, exministro en la presidencia de Zelaya, puede acercarse a Libre y darle su voto. “Si Zelaya logra pactar con el yanismo, ni siquiera Nacionales y Liberales ajustarían la mayoría simple, lo que cambiaría radicalmente la correlación de fuerzas”, añade Sosa. “Mel es un gran negociador y no va a quedar mal ahí, al contrario, podría generar divisiones para acumular poder en el propio Congreso. Él crece mucho en el caos y ahí se puede imponer. Al final de los cuatro años va a ser la figura más visible del Congreso”, explica Orellana. El PAC también se muestra abierto al diálogo. Antes de las elecciones, Salvador Nasralla dijo a Proceso que “habrá acuerdos en cosas que beneficien al pueblo, por supuesto. Ya hemos coincidido con Zelaya en algunas cosas, como la propuesta del voto electrónico”. De hecho, ambos partidos han denunciado irregularidades durante la jornada electoral. Haciendo honor a su nombre, el Partido Anticorrupción ya dio la primera muestra de transparencia al publicar en Internet todas las actas de las elecciones. Triunfe o no Zelaya como negociador, ambas formaciones serán un revulsivo en un Congreso que ha dominado sobre el Ejecutivo en los últimos gobiernos. “Habrá un diálogo abierto con todas las fuerzas políticas”, vaticina Sosa. Esto es una novedad en un país que apenas resurge de un golpe de Estado y donde solo 18% de la población, según el último Latinobarómetro, expresa alguna satisfacción con el sistema. Y es que nos es para menos, el panorama que hereda el próximo gobierno es desolador: las arcas del estado vacías, dos tercios de la población bajo el umbral de la pobreza, los peores índices de violencia del mundo y la presión financiera de una deuda de siete mil millones de dólares. Lo sorprendente en este contexto es que haya ganado el continuismo con un programa clásico: mano dura contra la delincuencia y asistencialismo social. Ante este escenario, el mismo Zelaya mantiene la idea de convocar a una Asamblea Constituyente, la bandera de campaña de Libre. Y Sosa no descarta que el expresidente negocie una Constituyente con el partido en el gobierno. “Juan Orlando Hernández debería saber que aún a los que votaron por él debería darles la idea del cambio. Los militares a las calles puede funcionar coyunturalmente, pero necesita dar la idea del cambio, y ¿cúal es? No va a afectar a los grupos de poder, pero un elemento es colocar la Constituyente, animar a los partidos y al pueblo a participar y usarla como un distractor”. Una reforma de la Constitución bajo el gobierno de la derecha distaría mucho del proyecto original de Constituyente que originó el golpe de Estado, pero abriría la puerta a la reelección tan ansiada por Zelaya y por otros expresidentes, aunque volvería a dejar al margen al movimiento social, uno de los puntales para que Libre se consolidara como fuerza política. “Mel y el partido han sido un instrumento para llegar a tener fuerza dentro de las estructuras estatales, pero ahora hay que reforzarse como movimiento y ser vigilantes con el gobierno y con todos los partidos, incluso con Libre, que no debe agarrar las mañas y convertirse en un partido tradicional, sino mantenerse como el del cambio”, subraya Nectalí Rodezno, abogado y militante del Frente Nacional de Resistencia Popular. Y ahí está el gran reto de la izquierda hondureña: fortalecerse como partido o desaparecer. “Libre no es un partido, es una fuerza en construcción, es un movimiento social que se ha transformado en expresión electoral en un contexto histórico determinado”, describe. De hecho, desde su creación tiene cinco corrientes internas que responden a la diversidad de sectores que lo integran y que pueden suponer un lastre para fortalecer el partido. El ejemplo mexicano pesa sobre sus cabezas.

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