Paraguay: la muerte de un "golpista democrático"

viernes, 15 de febrero de 2013
MÉXICO, D.F. (apro).- La noche del pasado sábado 2, el por tercera vez candidato a la presidencia de Paraguay, Lino Oviedo, concedió una entrevista a la radio Guyrá Campana de la nordestina ciudad de Concepción, donde antes había realizado un acto político. Luego abordó un helicóptero para regresar a la capital, Asunción, pero nunca llegó. El aparato, un Robinson 44, apareció en una zona rural de Puerto Antequera, destrozado y carbonizado, al igual que sus tres ocupantes: Oviedo, su guardaespaldas Denis Galeano Benítez y el piloto Ramón Picco Delmás. La fragmentación fue tal que los forenses aceptaron que tendrían que “armar un rompecabezas”, después de recibir 32 bolsas con restos humanos. El peritaje sobre las causas estará listo hasta dentro de dos meses, pero las especulaciones no se han dejado esperar. En principio, lo que se ha dicho es que el propio Oviedo habría insistido en regresar a Asunción, pese a los malos pronósticos meteorológicos, cosa que sus allegados aseguran jamás habría hecho. Vecinos de la zona del siniestro, por su parte, afirman que esa noche no había lluvia ni viento. El director de Aeronáutica Civil de Paraguay, Carlos Fugarazzo, aceptó que “en este momento se barajan varias hipótesis y todas son válidas”, y se comprometió a que la investigación sería transparente –apoyada por expertos internacionales– y se daría a conocer a la ciudadanía cuando estuviera lista, fuese cual fuese el resultado. Pero para los miembros del partido de Oviedo, la Unión Nacional de Ciudadanos Éticos (Unace), no se trató de un accidente, sino de un “crimen político”. Su jefe de prensa, César Durant, planteó que era “muy llamativo” que Oviedo muriera “justo el día en que se celebraban los 24 años del golpe de Estado que derrocó al dictador Alfredo Stroessner (1954-1989)”, en el que el exgeneral y candidato presidencial jugó un papel protagónico. Es más, dijo que se trataba de “un mensaje de la mafia”, sin precisar exactamente a quiénes se refería. Según la versión más difundida –que muchos consideran una leyenda– el 3 de febrero de 1989, por encargo del general Andrés Rodríguez, consuegro de Stroessner, el entonces coronel Oviedo se presentó en la casa del dictador con una pistola en una mano y una granada en la otra, y le dijo: “General, hasta aquí llegó su gobierno. O me acompaña o no salimos ninguno de los dos vivos de esta oficina”. Stroessner, quien había gobernado Paraguay con mano de hierro durante 35 años, apoyado en el ejército y el Partido Colorado, habría cedido dócilmente y aceptado partir hacia el exilio en Brasil, donde vivió hasta su muerte. Rodríguez tomó entonces el poder y Oviedo empezó su ascenso militar y político. De hecho, desde la caída de la dictadura, el recién fallecido fue la figura más protagónica y constante de la política paraguaya. Nacido en la ciudad de Juan de Mena en 1944, Lino César Oviedo Silva se mudó a Asunción para proseguir sus estudios. Inició su carrera castrense a la edad de 14 años, al ingresar al Colegio Militar Mariscal Francisco Solano López, y luego completó su formación en academias militares de Alemania. Habilidoso jinete, su afición por la equitación lo llevó a convertirse en instructor y a participar con buenos resultados en varias competencias internacionales. Pero su verdadera ambición era el poder político y no vaciló en utilizar su ascendencia militar para buscarlo. El mismo año del golpe contra Stroessner, Oviedo fue promovido a general de brigada y, en 1991, a general de división. Durante ese periodo ejerció primero como jefe de la I División de Caballería y luego del I Cuerpo del Ejército, hasta que a finales de 1993 se convirtió en comandante del Ejército. Sólo le faltaba el ascenso a general, cuando la política acabó con su carrera militar. El 22 de abril de 1996, con el fin de nombrarlo ministro de Defensa, el presidente Juan Carlos Wasmosy relevó a Oviedo de su cargo como comandante y ordenó su pase a retiro. Pero al militar no le pareció, por lo que se declaró en rebeldía y se acuarteló en el regimiento de Caballería de Asunción, desde donde exigió la dimisión del mandatario; no la obtuvo. Encarcelado y liberado mientras el proceso en su contra por rebeldía y sedición seguía su curso, el excomandante del Ejército decidió volcarse a la política y tomó el liderazgo de la Unión Nacional de Colorados Éticos (UNACE), entonces una corriente de la Asociación Nacional Repúblicana (ANR-Partido Colorado), con casi medio siglo en el poder. Un año después Oviedo fue proclamado candidato para los comicios presidenciales de 1998, al haber vencido en las internas al excanciller Luis María Argaña, jefe del Movimiento de Reconciliación Colorada, otra corriente de la ANR. Pero Wasmosy no iba a permitir tan fácilmente que lo sucediera. Debido a cargos “agravantes” contra su investidura, el presidente paraguayo ordenó un arresto disciplinario contra el todavía militar, en la I División de Infantería de Asunción. Entonces Oviedo desapareció y sólo reapareció una semana después, cuando la disposición presidencial había sido anulada por el Poder Judicial, gracias a un recurso de habeas corpus interpuesto por sus abogados. Éste, sin embargo, fue anulado por la Corte Suprema de Justicia (CSJ), lo que lo llevó otra vez a esconderse. Finalmente, dos meses después se entregó, pero el arresto se había convertido en prisión preventiva, ya que cansado de los vaivenes de la justicia civil, el presidente Wasmosy pidió crear un Tribunal Militar Extraordinario para juzgarlo. Pese a su reclusión, el Supremo Tribunal de Justicia Electoral lo confirmó como candidato de la ANR para los comicios presidenciales del año siguiente. Esa posibilidad quedó anulada en febrero de 1998, cuando el Tribunal Militar condenó a Oviedo a diez años de cárcel por “insubordinación y comisión de delitos contra el orden y la seguridad de las fuerzas armadas”. También determinó su “baja absoluta” del ejército y, un mes después, fue inhabilitado políticamente. Así, de un plumazo, el remiso general que se había autodefinido como un “golpista democrático” vio perdido su capital militar y político. Pero no definitivamente. Su sustituto en la candidatura presidencial, Raúl Cubas Grau, ganó las elecciones y se apresuró a liberarlo mediante un decreto.También le fueron restituidos sus derechos civiles y políticos, por lo que volvió a liderar la corriente interna del oficialismo, enfrentada con el ahora vicepresidente Argaña. En unos meses, sin embargo, la SCJ decidió que el decreto de Cubas era inconstitucional y que Oviedo debía volver a prisión. En medio de este forcejeo, en Paraguay se gestó una de las crisis políticas más graves desde que el stroessnerismo dejó el poder. El 23 de marzo de 1999 el vicepresidente Argaña fue asesinado, y unos días después se contaban ocho muertos y más de cien heridos del grupo “Jóvenes por la Democracia”, abatidos supuestamente por francotiradores “afines al oviedismo” mientras protestaban contra el crimen frente al Congreso. Oviedo, en lugar de aclarar su situación jurídica, optó por huir a Buenos Aires pocas horas antes de que cayera su amigo Cubas. Obtuvo asilo político por parte del gobierno de Carlos Menem. Mientras, en Paraguay, fue expulsado del Partido Colorado, y la justicia ordenó su detención y el embargo de sus bienes, por considerar que existían indicios suficientes de que habría participado como “coautor moral” en el asesinato de Argaña y los manifestantes. Negada la extradición por Argentina, Asunción y Buenos Aires acordaron el confinamiento del conflictivo exmilitar en la Patagonia, desde donde también se escapó un día antes de que Menem entregara la presidencia a su sucesor, Fernando de la Rúa. Acusado de continuar jalando los hilos políticos desde la clandestinidad por el nuevo presidente paraguayo, Luis González Macchi, y después de otro fallido golpe de Estado orquestado por sus seguidores, Oviedo fue finalmente detenido cuando intentaba ingresar disfrazado a Brasil. Ahí obtuvo también asilo, aunque el presidente Lula da Silva le prohibió realizar actividades políticas. Nunca cumplió a cabalidad esta prohibición, ya que continuamente hablaba con la prensa y jugaba con su regreso a Paraguay. Este retorno se hizo efectivo en 2004, cuando Oviedo se entregó a la justicia paraguaya para enfrentar en cautiverio las acusaciones pendientes. Uno a uno, fue absuelto de todos los cargos. Libre y exonerado, en 2008 decidió postularse otra vez a la presidencia por la ahora rebautizada Unión Nacional de Ciudadanos Éticos –luego de ser expulsada del Partido Colorado–, justa en la que quedó en tercer lugar, detrás del exobispo Fernando Lugo y la representante de ANR-PC, Blanca Ovelar. Aunque algunos analistas consideran que el papel de Oviedo fue clave para que se rompiera la hegemonía colorada y Lugo pudiera llegar al poder, éste lo acusó de un nuevo intento golpista, esta vez en complicidad con el expresidente Nicanor Duarte, quien quería un cargo en el Senado para conservar el fuero y evadir los cargos de corrupción en su contra. En realidad, aunque inicialmente hubo algunos acercamientos entre Lugo y Oviedo, este último rechazó cualquier alianza y se volcó de lleno a la oposición. Fue inclemente en sus críticas hacia el exsacerdote y aprovechó cualquier coyuntura para exigir su renuncia. Apoyó sin dudar el juicio sumario que expulsó a Lugo de la presidencia –después de un episodio turbio que costó la vida a varios campesinos y policías– y que fue calificado por muchos como un “golpe institucional”, o “democrático” como gustaba decir Oviedo. Más allá de su carrera militar y política, Lino Oviedo logró reunir una considerable fortuna, cuyo monto real se desconoce. Mientras se debatía su asilo en Brasil, la CIA entregó a la Comisión Parlamentaria de Investigación del Narcotráfico un voluminoso expediente en el que documentaba que el exgeneral era dueño de una fortuna de mil millones de dólares, que habría amasado con el comercio ilegal de drogas, armas y contrabando en general. El documento, con información de la DEA, también señalaba que, mientras duró su jefatura en el ejército paraguayo, Oviedo se encargó de desmantelar todas las operaciones emprendidas por la policía para restringir el comercio de drogas. El periódico O Globo, por ejemplo, citó textualmente que “oficiales de primer nivel entrenados en Estados Unidos fueron removidos de puestos clave por presiones de Oviedo”. Más allá de las migajas políticas para sus seguidores, la rebatiña por estos bienes puede crear conflictos futuros, ya que aparte de su esposa, Raquel Marín, Oviedo deja seis hijos, de los cuales los tres mayores son de madres diferentes. También están sobrinos y otros parientes que han actuado como prestanombres, y socios y acreedores no previstos que puedan surgir en los litigios. En cualquier caso, Lino Oviedo murió como vivió: entre sospechas y controversias. Edwin Brítez, uno de sus mayores conocedores y coautor del libro El ocaso del jinete. Crónica de un intento de golpe de Estado en el Paraguay, no tiene duda: murió un caudillo militar que tenía mucho arrastre político. Era, dice, “un trangresor nato que despertaba muchas pasiones y también creaba muchas enemistades”. Por eso no descarta ninguna causa en su muerte.

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