Norilsk, 60 años del principio del fin del régimen soviético

viernes, 17 de mayo de 2013
MéXICO, D.F. (apro).- “Murió el diablo”, y la noticia corrió como pólvora entre los zek, la abreviación con la que se nombraba a los prisioneros políticos, en el Gorlag, el campo de trabajos forzados encargado de la construcción de Norilsk, la ciudad más nórdica del mundo. Era la noche del 5 de marzo de 1953, cuando la información sobre la muerte del tirano Josef Stalin provocó un festejo sigiloso en las barracas, aunque no faltó alguno que improvisara una lezguinka, baile folclórico de Georgia. Pero lo que hasta hace poco era prácticamente desconocido, es que dos meses después, el 25 de mayo, se iniciaba el levantamiento de los 20 mil prisioneros del Gorlag de Norilsk, que duró 69 días y que marcó el principio del fin del Archipiélago Gulag, ese siniestro universo de campos de trabajos forzados descrito por Aleksandr Solzhenitsin, por donde pasaron casi veinte millones de soviéticos. Con su acción, los zek de Norilsk marcaron, hace 60 años, el inicio de deshielo y de la liberalización del régimen soviético. Ese cambio político no fue obra de Nikita Jrushov, el ruidoso secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética que en 1956 denunció el culto a la personalidad de Stalin, sino de los cientos de héroes anónimos que desafiaron al régimen en la tundra del congelamiento eterno. Los prisioneros hicieron banderas negras con una raya roja horizontal y las colgaron de las ventanas de las barracas, al grito de “libertad o muerte”. Se organizaron independientemente, tomaron sus decisiones democráticamente, enfrentaron la represión de la NKVD (Comisariado de Asuntos Internos) y de la KGB. Fueron brutalmente reprimidos, pero su lucha triunfó. De Berlín a Siberia Lev Aleksandrovich Neto estuvo allí. Sus padres eran fervientes comunistas. La madre le puso Lev en honor a su héroe, León Trotsky, con quien ella había trabajado. En 1943, el joven de 18 años fue llamado a filas y fue enviado en paracaídas a los bosques bálticos para luchar contra los alemanes, hasta que cayó prisionero. A sus 87 años de edad, Lev relató su historia a Apro desde Moscú. “Tenía veinte años cuando terminó la Segunda Guerra Mundial. Yo estaba en Alemania, a donde llegué, como decíamos nosotros ‘por la patria y por Stalin’. Estuve dos meses en un campo del ejército de Estados Unidos, hasta que me liberaron. Podía ir al lugar del mundo que quisiera pero decidí volver a mi patria, y ni siquiera alcancé a llegar a Moscú. Por el camino me arrestaron y me acusaron de espionaje, por haber vuelto voluntariamente, lo cual era ‘sospechoso’. Me torturaron, me acusaron de traidor y, en 1948, una troika militar me condenó a 25 años en un campo de trabajos forzados. Llegué a Norilsk un año después, en 1949, para trabajar en la construcción de la ciudad, con temperaturas de 50 grados bajo cero y el piso eternamente congelado”, recuerda. El archipiélago Gulag (abreviatura de Glávnoie upravlenie ispravítelno-trudovyjlageréi, Dirección General de Campos de Trabajo), fue el sistema carcelario impulsado por Stalin, basado en el uso de los prisioneros como mano de obra para construir rutas, vías férreas, hidroeléctricas, minas, fábricas y ciudades, por el cual pasaron millones de soviéticos entre 1929 y 1953. Después de la Segunda Guerra Mundial, la llegada a los campos de prisioneros que fueron soldados, o que venían de otros países, cambió la atmósfera que se vivía. “Muchos de ellos estuvieron en la guerra, en las organizaciones guerrilleras que combatían a los nazis, o en los movimientos nacionalistas del Báltico y de Ucrania Occidental”, escribió Alexei Tarasov en Novaya Gazeta del 20 de febrero pasado. El campo era la Torre de Babel, con 68 nacionalidades: chechenos, griegos, tártaros de Crimea, alemanes del Volga, japoneses, prisioneros chinos, húngaros, polacos, checoslovacos, yugoslavos, franceses. Nikokai Formozov, un biólogo de profesión que se dedicó a la historia del Gulag, comentó a Apro desde Moscú que, “unos meses antes, llegó a Norilsk un grupo de mill 200 prisioneros de Kazajstán, que eran la base de la resistencia al Gulag. La dirección quería castigarlos enviándolos a Norilsk, pero el resultado fue propagar el ‘virus de la rebelión’, según la expresión de Solzhenitsin”. “En 1953, cuando murió Stalin, pensamos que este régimen inhumano había terminado”, continúa su relato Lev Aleksandrovich. “Empezamos a pensar que podíamos volver a nuestros hogares, pero la amnistía del 27 de marzo concedida tras su muerte fue sólo para los prisioneros comunes y no para los políticos (en Norilsk únicamente había 63 presos comunes y 20 mil 82 políticos). Por el contrario, la represión se agudizó y esto fue lo que llevó al estallido”, prosigue. A los prisioneros sólo les permitían recibir una carta por año, las ventanas tenían rejas, el baño era en la calle con temperaturas de hasta cincuenta grados bajo cero, no había jabón, tenían los números cosidos o pintados en la ropa, trabajaban la tierra congelada con picas y palas, en la noche casi eterna del Ártico, y si alguno se retrasaba o daba el más mínimo motivo, era fusilado en el acto como “intento de fuga”. La república de los zeks “El 25 de mayo me encontraba trabajando cuando sonó la sirena antes de terminar el turno y todos dejamos de trabajar, porque en otra de las divisiones un guardia había matado a un prisionero. Recuerdo a Yevgueni Gritsak, un ucraniano, que fue uno de los primeros en ponerse al frente. Como él, empezaron a surgir otros en las distintas divisiones, que inflamaron el corazón de los demás con sus llamados y asumieron la responsabilidad de conducir este masivo enfrentamiento al poder”, relata Lev Aleksandrovich. La huelga se fue extendiendo por todas las divisiones del Gorlag. Al saber que les rebajaron a los huelguistas la ración de comida a la mitad, las mujeres de la sexta división declararon la huelga de hambre. El 4 de junio, un guardia disparó matando cuatro prisioneros. La reacción de los huelguistas fue tan fuerte que la administración del campo se tuvo que ir, dejando el control completo de las instalaciones en manos de los prisioneros. Lo sobresaliente de la huelga fue la organización democrática. En cada una de las seis divisiones del Gorlag, cada una de 3 mil 500 a 6 mil personas, se eligieron organismos formados por representantes de los grupos nacionales y de las distintas regiones, de las brigadas y barracas, que tomaban las decisiones y distribuían la información y las órdenes. Los órganos de autogobierno decidían todo: seguridad, defensa, organizaban patrullas, adelantaban negociaciones con la administración del Gorlag, hacían arreglos en las barracas, trabajos de limpieza, sostenían el trabajo en los talleres de arreglo de calzado y en otros necesarios para el sostenimiento de los huelguistas. En las barracas se hacían competencias deportivas, realizaban conciertos y se presentaban obras de teatro prohibidas. "Los de Karaganda fueron la base de la conducción de la huelga. Mataron a los informantes y a los presos comunes que colaboraban con la administración aterrorizando a los prisioneros políticos”, recuerda Formozov. Los huelguistas se dirigieron a los que estaban del otro lado del alambre de púas y a los soldados con volantes. “Soldados, no permitan derramar la sangre de sus hermanos. Viva la paz, la democracia y la amistad de los pueblos”, escribían. Los volantes se repartían usando una cometa en forma de culebra: enrollaban las hojas y las ataban con hilo, al final del cual colocaban una larga mecha a la que prendían fuego, haciendo volar la cometa, y dejando que el viento repartiera los volantes. Los comités elaboraron un listado de exigencias que iban desde lo mínimo --permiso de recibir correspondencia, eliminar las rejas y los números de los trajes, enviar a casa a los inválidos, las mujeres, los viejos y los enfermos-- hasta las más generales: condena a los culpables de la represión y asesinato de prisioneros, cambiar la dirección del Gorlag, exigir la revisión de los casos de los prisioneros políticos, amnistía, rehabilitación y la terminación de los juicios cerrados. El 6 de junio de 1953llegó de Moscú una comisión que se reunió con el comité de huelga y concedió algunas de las reivindicaciones, gracias a lo cual la huelga se suspendió por unos días, pero se reinició porque se detuvo aun grupo de prisioneros, a pesar de que la comisión había prometido que no habría represalias. La huelga se prolongó hasta el 4 de agosto, cuando la represión por fin logró dominar a los rebeldes. Según datos del viceprocurador de Norilsk, que investigó los hechos, murieron cerca de 100 prisioneros y 200 fueron heridos. Según otros testimonios, las cifras fueron de 200 y 400 respectivamente. La huelga fue derrotada pero triunfó. Todas las demandas económicas fueron satisfechas, les empezaron a pagar un sueldo, se limitó la jornada laboral a nueve horas, apareció el pan, sacaron las rejas, les quitaron los números de la ropa, les permitieron recibir correspondencia, y poco a poco empezaron a liberar a todos los prisioneros, a revisar los juicios y acortar las sentencias. La mayoría de los activistas fue enviada a otros campos y prisiones, pero la situación ya había cambiado. “A mí me enviaron al campo ‘Esperanza’. La nueva zona se convirtió en una república democrática producto del levantamiento. Ahora ya teníamos un día de trabajo normal, el viento de las libertades que se avecinaban hacía nuestras caras más felices, los ucranianos cantaban sus canciones soñando con volver a casa, podíamos dedicarnos a actividades artísticas sin control de la administración del Gulag, hacíamos espectáculos, hasta acrobacias de circo”, relata Lev Aleksandrovich. En junio de ese año, mientras se sucedía la huelga, estallaba una insurrección en Berlín, y ese mismo mes, Lavrenti Pavlovich Beria, el sanguinario jefe del MVD (Ministerio del Interior) y mandamás del Gulag, fue arrestado para luego ser juzgado y fusilado por órdenes de los demás miembros del Politburó que sobrevivieron a Stalin, primer claro signo de los cambios que se avecinaban. El 19 de julio se inició la huelga de los 18 mil prisioneros del Gulag de Vorkuta y en mayo de 1954 tuvo lugar la huelga del Gulag de Kenguir. En 1954, el Gorlag fue liquidado, como en la práctica todo el sistema del Gulag y Norilsk, declarada ciudad el 15 de julio de 1953, fue transferida a la administración civil. Los que cambiaron la historia En 1956 se realizó el XX Congreso del Partido Comunista en el cual Jruschev desnudó los crímenes de Stalin. Pero los protagonistas de ese gran cambio político fueron otros. Para A. Bailo, uno de los activistas de la huelga de Norilsk citado por Tarasov en Novaya Gazeta, “el régimen transmite la versión de que los cambios políticos fueron resultado de decisiones emanadas del Kremlin; el padre del “deshielo” y del desmonte del Gulag habría sido Nikita Jrushev, y no los miles de prisioneros del Gorlag, no los Yevgueni Gritsak y los Boris Shamaev. Pero fue el levantamiento del Gorlag el que obligó al Kremlin a desmontar el régimen de terror. En 1953, el pueblo decidió la historia”. En la conferencia internacional de los sobrevivientes de Norilsk realizada hace una década, cuando se cumplieron 50 años de la huelga, los participantes escribieron en su declaración final: “La suerte de nuestro país no fue un juguete en manos de los líderes, la lenta liberación de las garras del totalitarismo no fue un regalo de los generosos dirigentes. Nuestra huelga, así como otras acciones en los campos, quebró la base del régimen comunista: el gigantesco imperio del Gulag. Fue el pueblo quien empezó la reforma, empujando desde atrás a los reformistas”. “Tenemos derecho a saber la verdad, no sólo sobre el terror, sino sobre la resistencia, saber cuántas huelgas hubo, cuántos valientes hijos e hijas de nuestra patria cayeron resistiendo con heroísmo. Sabemos la enorme importancia que tienen las heroicas batallas en la conciencia nacional de los pueblos, como el levantamiento del gueto de Varsovia en 1943. La memoria del levantamiento de los prisioneros del Gulag será un ejemplo de tenacidad y de amor a la libertad para las generaciones rusas del siglo XXI”. Lev Aleksandrovich volvió a Moscú en febrero de 1956 y fue rehabilitado en 1958. El y sus compañeros mostraron que, aún en las más duras condiciones, héroes anónimos pueden cambiar la historia. La sociedad rusa todavía está en deuda con ellos.

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