Irán: ¿Un giro de 180 grados?

viernes, 24 de enero de 2014
MÉXICO, D.F. (apro).- El lunes 20 entró en vigor el pacto alcanzado en noviembre por Irán y el Grupo 5+1 (integrado por Estados Unidos, Francia, Reino Unido, China y Rusia, más Alemania), mediante el cual la nación persa se compromete a congelar durante seis meses su programa nuclear de enriquecimiento de uranio a cambio del levantamiento de algunas sanciones impuestas por Naciones Unidas. Después de ese plazo se hará una nueva evaluación para llegar a un acuerdo definitivo. Por lo pronto, al gobierno del nuevo presidente iraní, Hasan Rohani, le bastaron apenas unos meses desde que lo ratificó el Parlamento en agosto de 2013, para obtener una tregua después de ocho años de forcejeos con la comunidad internacional que implicaron estrecheces económicas, aislamiento diplomático, amenazas de ataque militar y una guerra encubierta que cobró vidas y causó daños en la infrestructura nuclear de Irán. Paradójicamente, hace medio año nadie daba un centavo por Rohani. Los principales candidatos a las elecciones de junio que se barajaban eran los conservadores afines al líder supremo, el ayatola Alí Jamanei, y en las filas de los reformadores ni figuraba. Ahí, la primera opción era el expresidente, Mohamed Jatami, quien decidió no presentarse; la segunda, el pertinaz político Akbar Hashemi Rafsanjani, quien fue vetado por el Consejo de Guardianes de la Revolución; y la tercera, Mohamed Reza Aref, quien por eliminación quedó finalmente en la candidatura. Sorpresivamente, sin embargo, una semana antes de los comicios Aref se retiró para darle su apoyo a Rohani. Y sorpresivamente, también, éste ganó con 50.7% de los votos y 72% de participación en la primera vuelta electoral, una victoria que fue leída como producto del hartazgo de las clases medias iraníes frente a una situación política y económica cada vez más precarias. El triunfo acabó también con el enconado enfrentamiento entre los ultraconservadores seglares, encabezados por Mahmoud Ahmadineyad, y la teocracia, doctrinaria pero más prudente. Durante su brevísima campaña, Rohani, quien en 2009 apoyó las manifestaciones populares en contra del presunto fraude electoral cometido por las fuerzas de Ahmadineyad, que se sellaron con una sangrienta represión y el encarcelamiento de varios líderes reformistas, dijo que “las observaciones descuidadas y no estudiadas” de su antecesor le habían costado muy caro al país, aludiendo a las sanciones económicas internacionales, que prometió suavizar en beneficio de la economía nacional. En 2005 Ahmadineyad también llegó al poder a causa de una crisis económica y con un voto aplastante de 62%. Desbancó de la presidencia precisamente al reformista Jatami, quien al parecer se había ocupado demasiado de lo político y diplomático, y poco de lo práctico, por lo que el electorado opinó que quería “menos reformas y más pan”. Reformas ciertamente ya no hubo, pero pan tampoco. Si bien Ahmadineyad dijo que no habría “espacio para extremismos”, pronto su lengua lo traicionó. En medio de las campañas militares del gobierno de George W. Bush contra Afganistán e Irak, y con Irán incluido en el llamado “eje del mal”, el presidente iraní empezó a despotricar otra vez contra “el gran Satán”, es decir Estados Unidos, a negar el Holocausto judío y a amenazar con la destrucción de Israel. Al mismo tiempo, y apenas dos años después de haber signado el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP), Teherán rompió los precintos instalados por la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) y anunció que volvería a enriquecer uranio en sus centrifugadoras. Simultáneamente impidió el acceso a los inspectores internacionales y anunció que haría grandes inversiones en la ampliación de su planta nuclear. Aunque siempre reivindicó que todo era con fines pacíficos, su combinación con una retórica belicosa y una renuencia a la supervisión desató a partir de ahí un estira y afloja con la comunidad internacional que se saldó con cuatro rondas de sanciones económicas, cada cual más dura, que empezaron por asfixiar a la industria nuclear y al final afectaron a toda la economía iraní. Intercalados se dieron esfuerzos diplomáticos, entre ellos la formación del G5+1. Ni China ni Rusia querían otro frente bélico en su área de influencia, opción que Estados Unidos nunca quitó de la mesa e Israel siempre impulsó –incluso de manera unilateral– como medida preventiva. Teherán tampoco ayudó al presumir que contaba con misiles de largo alcance que podrían golpear blancos israelíes y estadunidenses en el Golfo Pérsico, dejando además en la ambigüedad si tenían cabezas nucleares o no. Irregular también, la relación con la AIEA se tensó notablemente a fines de 2009, cuando el egipcio y Nobel de la Paz 2005, Mohamed el-Baradei, quien siempre negó que Sadam Husein tuviera armas de destrucción masiva y también estaba convencido de que el régimen de los ayatolas no tenía capacidad de fabricar armas nucleares, dejó su puesto al japonés Yukiya Amano, un diplomático formado en el campo del desarme y la no proliferación de armas atómicas. Tan pronto como en 2010, la AIEA al mando de Amano creó una conmoción al aseverar que Teherán “dispone de uranio suficiente para construir dos o tres bombas”, apenas unos meses después de que el Pentágono asegurara que “Irán aún no tiene capacidad de fabricar una bomba atómica”. Siempre en el mismo tono y sin evidencias contundentes, la agencia creó de hecho la mayor crisis relacionada con el programa nuclear iraní a fines de 2011, cuando por primera vez en su informe oficial aseguró que Irán ya estaba desarrollando armas nucleares. Teherán desde luego lo negó con vehemencia, pero de inmediato se generó una febril actividad diplomática para endurecer las sanciones contra él y “estudiar otras medidas adicionales, sin descartar ninguna”, según dijo el presidente estadunidense Barack Obama. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, insistió en su derecho de lanzar un ataque preventivo, del que apenas pudo disuadirlo el secretario de Defensa de Estados Unidos, León Panetta. Ante la eventualidad de un ataque, las autoridades políticas y religiosas de Irán cerraron filas, y el líder supremo, el ayatola Alí Jamenei, advirtió que su país respondería “con puño de hierro” a cualquier agresión. Manifestantes, evidentemente tolerados, asaltaron la embajada británica en Teherán, luego de que el Reino Unido cortara sus lazos financieros con Irán, lo que creó una seria crisis diplomática entre ambos países. Pero por debajo de estas tensiones públicas, se libraba además una guerra encubierta. En enero de 2012 causó indignación la muerte de Mustafá Ahmadi Roshan, científico nuclear y catedrático de la Universidad Tecnológica de Teherán, luego de que unos motociclistas adhirieran una bomba a su coche. Sin embargo dos de sus colegas ya habían sido asesinados así y, en 2010, Fraydun Abbasi-Davani, jefe del Organismo de Energía Atómica de Irán, apenas se salvó al saltar de su auto. También en 2010, un virus que sería conocido en el ciberespacio como Stuxnet obligó a parar por meses las centrifugadoras de varias plantas, particularmente la de Natanz, retrasando considerablemente el programa nuclear iraní. Igualmente se observó un descontrol en los radares militares, lo que obligó a desactivarlos por temor a más infiltraciones. Tanto en el caso de los atentados a sus científicos como en las infiltraciones, Teherán no vaciló en acusar a los servicios secretos estadunidenses (CIA), británicos (M-16) e israelíes (Mossad). Washington y Londres negaron enfáticamente las acusaciones, y Tel Aviv se limitó a guardar silencio. En este ambiente se dio también el extraño intento de asesinato del embajador saudita en Washington, presuntamente orquestado por Guardianes de la Revolución Islámica. Hay que recordar que también las monarquías del Golfo, todas sunitas y que mantienen con el chiismo iraní una fuerte pugna por el control del mundo musulmán, se oponen rotundamente a que su vecino tenga un arma nuclear. Asediado por varios frentes, Irán empezó a abrirse en 2012 a las visitas de los inspectores de la AIEA y a nuevas pláticas en el marco del G5+1, pero sin grandes avances. Al contrario, cada fracaso era rubricado con más aislamiento diplomático y más sanciones económicas. Mientras, al interior del país, el descontento político y la irritación social crecían. Más allá de la herida abierta por la brutal represión de 2009, muchos opositores reformistas siguieron encarcelados o bajo arresto domiciliario, sus reuniones continuaron prohibidas y sus medios de comunicación confiscados o restringidos. A la par, las sanciones y las errónes políticas económicas fueron erosionando la vida cotidiana. Con importaciones y exportaciones a la baja, pocas inversiones foráneas, divisas congeledas en el extranjero y una planta productiva obsoleta, el valor del rial cayó a la mitad, la inflación subió a 32.3% y el desempleo a 40%, sobre todo entre los jóvenes. En 2012 el Fondo Monetario Internacional anunció que Irán había entrado en recesión. Para llenar las arcas nacionales vacías, el gobierno de Ahmadineyad canceló un programa de subsidios a alimentos y combustibles, que le acarrearía miles de millones de riales frescos “para distribuir entre los pobres”. Pero el resultado fue que los precios de todos los bienes y servicios se dispararon en cadena, cayó la demanda, se redujo la producción y aumentó todavía más el desempleo. En este clima se realizaron las elecciones de junio de 2013, por lo que no debería sorprender que haya ganado Rohani. La gran interrogante sin embargo era qué margen de acción tendría para cumplir su promesa de aliviar las sanciones, dado que el programa nuclear iraní siempre ha sido apoyado y decidido por los consejos supremos de Clérigos, de Seguridad Nacional y de los Guardianes de la Revolución. Pero casi inmediatamente después de tomar posesión, Rohani anunció que “Irán está listo para retomar unas negociaciones serias sin pérdida de tiempo” y que contaba con el apoyo pleno del líder supremo Alí Jamenei. Y si bien defendió que el derecho iraní de enriquecer uranio era “inalienable”, repitió una y otra vez en todos los foros, incluido el de Naciones Unidas, que su país no buscaba armas nucleares. Parece que sus argumentos fueron creíbles, porque el 24 de noviembre se firmó el pacto que, en principio, deberá dar fin a ocho años de tensión. No todos quedaron contentos. El premier israelí Netanyahu sentenció que era un “error histórico” que se pagaría muy caro y también expresaron sus dudas los emires del Golfo. Obama, por no dejar, dijo que entendía sus preocupaciones. Con 64 años, Rohani no es ningún advenedizo en la política iraní. Ha ocupado varios cargos en el parlamento, fue negociador nuclear en jefe durante el gobierno de Jatami, habla cinco idiomas y cuenta con un doctorado en leyes en la Universidad de Glasgow. Sabe pues moverse dentro y fuera de su país. A nivel internacional todavía le queda por resolver el respaldo de Irán al régimen de los Assad en Siria, sobre todo a través del movimiento chiita libanés Hezbollah. Por lo pronto, a exigencia de la oposición armada siria, Teherán fue “desinvitado” de la segunda reunión en Ginebra. Interrogado al respecto, Rohani contestó que “sólo somos un país más de la región que está pidiendo estabilidad y paz”. En cuanto a sus promesas domésticas, ya liberó a algunos presos políticos, pero le falta recuperar la economía, lo cual no se logrará ni única ni inmediatamente con el levantamiento de sanciones. Pero si lo logra, con seguridad también podrá ir introduciendo algunos cambios. Porque a diferencia de hace ocho años, los iraníes quieren “más reformas y más pan”.

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